Una tarde Zen

Yuto se encontraba sentado en el jardín del sangha con los ojos medio cerrados y el cuerpo absolutamente inmóvil. A su alrededor el verde de las plantas se escondía, reaparecía y brillaba igual que si aquéllas estuvieran entregadas a un concierto vespertino de colores, conjuntando notas de sereno rebote en las pupilas de un observador medianamente ordenado. Un ugüisu estaba posado en la rama de un ciruelo cercano, invisible entre las hojas, contemplando cómo Hayate, uno de los discípulos, se acercaba despacio, procurando que el roce de sus pies con la tierra no causara perturbación en los sentidos del maestro. Una vez a su lado, se quedó quieto en espera de su cortesía, con la convicción de que podría tener que marcharse si se prolongaba el silencio de su mentor. En un momento impreciso, éste abrió los ojos y los mantuvo fijos en la lejanía, sin mirar. Entonces Hayate se atrevió a preguntar, muy bajito.

“Maestro, ¿qué relación hay entre los tres cerebros y los tres tesoros del Tao?”.

Yuto continuó sin pronunciar palabra. Hayate insistió.

“El cerebro entre las orejas, el del corazón y el del hara. El espíritu, la energía y la esencia. Me pregunto si hay un significado único para todos ellos”.

El ruiseñor japonés permanecía atento a los dos monjes, desde su atalaya vegetal. Yuto continuó callado durante un tiempo que podría haber sido embarazoso para cualquiera que no fuera Hayate. Finalmente hizo una señal casi imperceptible para que el discípulo se aproximara, lo que hizo éste progresivamente, deteniéndose en cada respiración, hasta que, silencio tras silencio, puso su oreja junto a la boca de su maestro.

“Dime. ¿Qué es lo más grande de este planeta?”.

Hayate ya estaba acostumbrado a respuestas que se retorcían en preguntas. Cerró los ojos encerrándose en una profunda reflexión y, después de un buen rato, durante el cual el maestro había retornado a su primitiva quietud, acertó a farfullar una posibilidad.

“Maestro, las pirámides de Egipto”.

El maestro volvió al mundo de la mente viajando en un profundo suspiro. Hayate atacó de nuevo con otra solución.

“El monte Everest” – y como no veía aprobación soltó otra. “Los océanos, que lo ocupan casi todo”. El maestro giró un milímetro su cabeza.

“Lo más grande del planeta es el planeta mismo” – al discípulo le pareció un comentario poco Zen.

“Maestro, mi preocupación tiene que ver con los tres cerebros y los tres tesoros del Tao” – Hayate rozaba ahora la impertinencia. Yuto se tomó su tiempo para contestar.

“Lo más grande es también lo más pequeño. ¿Por qué te empeñas en manejar los conceptos? Mezclar ingredientes para obtener una buena salsa requiere de talento, pero éste es sólo polvo de libros si tu paladar no es hermano del sabor”. Señalando a las plantas y las flores, añadió: “Cuando olemos la fragancia de una rosa u oímos el sonido del agua de una fuente jugando con el aire, son noticias del mundo del vacío”. El maestro juntó sus manos en acción de gassho. Una sola mente. Unidad de todos los seres. Luego añadió: “”Si alguien pregunta sobre el Tao y otro le responde, ninguno de ellos lo conoce”. Y abriendo los brazos repitió un conocido dicho Zen: “Antes de estudiar Zen, las montañas son montañas y los ríos son ríos; mientras estás estudiando Zen, las montañas ya no son montañas y los ríos ya no son ríos; pero una vez que alcanzas la iluminación las montañas son nuevamente montañas y los ríos nuevamente ríos”.

Luego se incorporó e hizo un movimiento con el dedo índice indicando al discípulo que lo siguiera. Ambos se dirigieron al interior del templo. El ruiseñor revoloteó curioso y los observó desde el umbral. Parecía gente inofensiva. El maestro tomó una hoja de papel de arroz y, tras mojar el pincel en tinta china, dibujó un ideograma cogiendo su extremo con los dedos pulgar, índice y corazón.

“¿Qué ves?” – la pregunta parecía fácil esta vez.

“Anatman” – se refería a la ausencia de todo yo. Hayate creía haber respondido correctamente.

“¿No ves la parte blanca de la hoja de papel?” – la sonrisa del maestro era ahora enigmática. El discípulo se sintió pillado de nuevo, pero también iluminado por una claridad imprevista.

“¿Y el pincel?” – Yuto continuaba, implacable. “¿Y la mano? ¿Y la habitación?” – Hayate respiraba con dificultad ante la presión de su maestro.

“En la escritura no existe el pasado, presente o futuro; sólo existen el aquí y ahora. El camino de la vida consiste justamente en ser como somos. El equilibrio a partir del desequilibrio: ahí se encuentra la armonía” – la voz del maestro fluía con suavidad.

Los dos volvieron al jardín, mientras el pajarillo volaba sobre ellos. Se sentaron en el mismo lugar donde el discípulo halló al maestro y juntaron las manos en mudra. El ugüisu se posó en un arbusto próximo a ambos, sin dejar de mirarlos. En el aire flotaba el aroma de unos versos antiguos.

Ume no hana
chirakamu oshimi
waga sonono
take no hayashini
ugüisu nakumo.

“Van deshojándose ya las flores de ume…
y en mi bosque de bambúes
gorjea un ruiseñor japonés
como si tuviera lástima de sus compañeras
que se le van dispersando”.

El ruiseñor entonó entonces un canto que era de alegría y en la mente de los dos monjes sonó como las palabras del viejo poema: “Sentado tranquilo, haciendo nada. La primavera llega, y el pasto crece por sí solo”. Durante todo aquel concierto el maestro no fue maestro y el discípulo no fue discípulo. Finalmente, el ugüisu regresó al ciruelo y los monjes se quedaron quietos, silenciosos, como si ellos mismos hubieran dejado de existir.

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