Un sitio para vivir

El viejo cementerio era su residencia desde hacía varios meses. Raúl no sabía cómo, pero una tarde se vio allí dentro, acompañado sólo de la paz de los muertos y del trinar de los pájaros, que buscaban un lugar seguro para dormir en las ramas de los árboles. Era primavera. Después de dar unas vueltas supo que iba a ser su hogar, sobre todo cuando encontró un túmulo con derecho a sótano cuya puerta de acceso había perdido el candado, lo que le permitió echarle un vistazo y enamorarse de su sencillo interior, con nichos antiguos repartidos por las paredes, algunos de ellos pendientes de recibir a su futuro y callado ocupante. Aprovechó uno de esos huecos para guarecerse, consiguiendo quedarse totalmente aletargado. Fue su casa hasta que llegó julio con sus calores, insoportables para su delicada psicología, momento en que decidió pasar las noches a la intemperie. Fue de gran ayuda el agujero en tierra preparado para acoger la tumba de algún notable de la ciudad.

En sus paseos por los jardines de tumbas y naranjos y por los pasillos, franqueados por bloques de nichos en altura, notaba que le inundaba un gran sentimiento de armonía, un reencuentro con su espíritu, extraviado por los azares de la existencia. Las calles ostentaban nombres evocadores, como la principal, a la que pusieron el título de Todos los Santos, o la del Cristo y también la de la Magdalena. A veces también se atrevía a entrar en las salas de pésame o las de los velatorios. Cuando había gente, miraba y callaba. No se atrevía a perturbar el dolor de los visitantes, que bastante tenían con el obligado protocolo de despedir al difunto de turno. Entre los comentarios de algunos entendidos y algún detalle de cientos de epitafios, fue enterándose de la historia añeja del lugar.

El cementerio databa de principios del siglo XIX y tenía sus raíces en la Real Cédula de 1787, cuando Carlos III la firmó por razones sanitarias, prohibiendo los entierros en iglesias y conventos. Los Ayuntamientos fueron impelidos a construir los cementerios fuera de las poblaciones, en sitios ventilados y alejados. En 1804 hubo en Málaga una epidemia de fiebre amarilla y ése fue un buen argumento para que se iniciaran las obras del nuevo cementerio en la finca de Haza Cabello, a extramuros del núcleo urbano. Los problemas de los dineros no permitieron cercarlo hasta 1821, con cuatro hiladas superpuestas de nichos, con la colaboración de hermandades de pasionistas y de ánimas. Más tarde, en la mitad del XIX, salieron a la venta parcelas para erigir mausoleos, que adquirieron, naturalmente, familias con posibles, lo que dio luego trabajo a arquitectos renombrados, como Mitjana o Guerrero Strachan, y escultores de la talla de Palma o Bartolini. José María de Torrijos y su gente fueron de los primeros en coger sitio, aunque después otros cargaron con sus huesos para llevárselos a la Plaza de la Merced.

Raúl disfrutaba con la contemplación de la belleza severa de las construcciones funerarias que adornaban su hogar, como el panteón principal, con su verja y sus festones colgados de antorchas invertidas, todo de hierro fundido, y sus tumbitas alrededor. En el tímpano habían situado un grupo escultórico de terracota sobre el Juicio Final. Dentro, silencioso y frío, detrás del altar de la capilla, estaba el monumento de mármol blanco levantado en memoria de Manuel Agustín Heredia e Isabel Livermore.

En ocasiones se topaba con algún muerto despistado que había salido a dar una vuelta y no encontraba su nicho. Él se daba cuenta inmediatamente de que era nuevo y, tras preguntarle por su nombre, le ayudaba a encontrar el camino. Con el paso de los meses hizo buenos amigos. Todos tenían tantas historias que contar que eran auténticas delicias las veladas bajo el manto de las estrellas, sentado en la tumba de alguno de ellos. Lo que les quedaba eran simplemente las huellas de su paso por este mundo y las manejaban con verdadera pasión. No faltaba el metepatas que aún estaba pringado en los malos momentos de lo que había sido su vida, pero pronto era llevado al buen rollo por los demás. Algunos desaparecían y llegó a la conclusión de que eran precisamente aquéllos que eran abandonados por sus recuerdos. La mayoría de los que acudían a las tertulias eran muertos recientes, aunque también permanecía algún personaje insigne del pasado, quizás demasiado marcado por una vida violenta.

Las personas vivas siempre han querido permanecer presentes en la memoria del pueblo y, los que han podido, se han gastado parte de sus fortunas en testimonios de piedra para conseguirlo. Eso le venía a la mente a Raúl cuando contemplaba el imponente cimborrio octogonal que distingue al mausoleo de los Larios, con sus gárgolas, pináculos y cresterías. Hasta Cristo está presente en un altorrelieve, adorado por angelitos de rodillas, no faltando su capilla con lápidas de nichos a ambos lados, su altar iluminado por una vidriera y su cúpula.

Poco a poco, fue familiarizándose con la gran cantidad de arte que se derramaba de los afanes de eternidad de las criaturas de la alta sociedad malagueña. Ahora él era el dueño de todo, porque no había nadie que le reclamara, y se permitía confraternizar con la memoria de los pobres y la memoria de los ricos. Allí, a pesar de las fachadas de mármol, para él todos eran iguales. Alguna emoción sí que le entró cuando reconoció el panteón de Salvador Barroso, el primero construido en el cementerio. Una inscripción recuerda que era amigo de las ciencias y las artes y fundador de una memoria para dos premios anuales de mil reales para dos jóvenes que, por oposición, sobresalieran en matemáticas y dibujo.

Contra lo que es creencia general, los difuntos no tenían especial predilección por la noche para disfrutar de sus paseos por el lugar. Muchos preferían la luz del día, aprovechando el buen clima y la explosión y el colorido de las flores. Además, era consoladora la mirada de los visitantes, más optimista que en los meses de invierno, durante los cuales se notaría un bajón en la volátil percepción de los fallecidos. Ya avanzado el verano, Raúl se encontró frente a un ataúd que habían depositado en la sala de velatorios. No tenía nada de particular, salvo que, cuando el inquilino se incorporó para darse un garbeo, ya consciente de su especial situación de muerto y tras sortear a los deudos que permanecían alrededor llenos de tristeza, se dirigió a nuestro residente con expresión de sorpresa.

“¡Hombre, Raúl! ¡Cuánto me alegro de verte!” – se ve que el hombre se tomaba el asunto con filosofía. El interpelado se retiró hábilmente a una zona discreta, consiguiendo que el otro le siguiera.

“¿De qué me conoces? Algo me ha pasado, porque no recuerdo qué hacía antes de llegar aquí. El cementerio se ha convertido en mi casa y no me atrevo a salir, porque no tengo ni idea de qué dirección tomar” – fue claro desde el principio.

“Bueno, si te digo la verdad, hace un tiempo que no te veía” – el muerto continuaba la conversación como si aquello fuera lo más normal. Seguro que había sido un hombre de mundo y no se asombraba por cualquier cosa. “Soy Paco, el contratista de obras. Si puedo decirlo, tu mejor amigo. Lo que sí sé es lo que me ha pasado a mí. Lo vendí todo y me dediqué a disfrutar de la vida. Como unas vacaciones sin fin. Lo último que hice fue subirme a una avioneta, con la mala fortuna de que se cayó nada más despegar. De eso hace cuatro meses”.

“Ha tenido que ser terrible. ¿Y qué has hecho durante esos últimos meses?” – alcanzó a decir Raúl.

“Quedé en coma. No creas que fue todo tan terrible. Antes de eso fueron unas vacaciones de enorme felicidad. Hasta me dio por navegar en solitario durante un mes. Sólo la compañía del cielo y el agua. Si me lo hubieran preguntado, no hubiera elegido un final muy distinto”.

“¿Y qué puedes decir de mí?” – era una pregunta llena de esperanza.

“Lamento que no te acuerdes. La arquitectura ha sido siempre tu gran pasión. Pero, bajo mi punto de vista, da lo mismo lo que hagas y dónde lo hagas. Lo importante es la intensidad y la atención que prestes a tus actos. Yo estoy muerto pero contento. He vivido los últimos años de mi vida totalmente entregado a ella”.

Raúl decidió entonces hacer una incursión por los jardines para mostrar a su presunto amigo los detalles de lo que iba a ser su residencia. Como una especie de confidencia, le enseñó el hueco en el suelo que aprovechaba para descansar y aislarse de todo. También pasaron junto a la tumba de Jane Bowles. Frente a ella había una mujer de luto, con mirada perdida. “Es Jane. Me han dicho que suele venir en el aniversario de su muerte y quizás en algunas ocasiones especiales. Lo mismo que está luego no está. Y siempre se la ve triste” – aclaró el anfitrión al difunto reciente. Éste se mostraba interesado, porque en realidad nunca se le había ocurrido que hubiera tanto movimiento en el camposanto. “También hay otros casos de aparecidos esporádicos que siembran el pánico entre los escasos vivos que llegan a verlos. Circulan rumores sobre apariciones fantasmales, voces en mitad de la noche, interferencias telefónicas desde el más allá, movimiento de objetos, luces y golpes sin origen definido y hasta la aterradora presencia de supuestas ánimas negras. Eso son simplemente anécdotas”.

“Cuenta, cuenta” – le animó Paco.

“Los visitantes hablan también de un niño desconsolado que se dedica a llamar a su madre. Es Antoñito, que murió de leucemia. También han visto a otro niño que aparece ataviado con vestimentas blancas y vaporosas, levitando sobre el suelo, como si flotara en el aire. Pero en realidad las cosas no son tan aterradoras. Aquí hay gente tranquila, con buena conversación, que están de paso hasta que se les termina la memoria. Ya los conocerás”.

“¿Quieres decir que yo también estaré de paso?”.

“Naturalmente. ¿Es que te piensas quedar aquí paras siempre? Por lo que he deducido, los muertos quemáis de un modo u otro vuestra personalidad y luego pasáis a un estado que desconozco”.

Después de contemplar las pequeñas joyas de la arquitectura funeraria que acogían los restos mortales de los Crooke, los Fernández Canivell, los Grund, los Martínez de Tejada o los Ghiara, recorrieron los nichos de la gente corriente. En esos patios, en el fondo, el recién llegado sintió que le invadía la calma. No era mal sitio para su particular eternidad, cuando ya el tiempo no iba a procurarle los malos ratos que indudablemente había atravesado durante la mitad de su vida. Juntos asistieron al entierro del cuerpo de Paco, que hubiera dado cualquier cosa por explicarle a su mujer que no era para tanto. De todos modos, le enternecía el cariño y el desamparo que mostraban los hijos. Y él no podía hacer nada.

Las siguientes semanas fueron muy amenas para ambos. Aunque Raúl continuaba sin acordarse de nada de lo que proponía Paco, su compañía le resultaba agradable, y juntos asistieron a muchas tertulias, de las que de vez en cuando desaparecía algún miembro. Se notaba cuándo se iba a marchar el que fuere porque se volvía transparente, hasta que se volatilizaba en el aire.

“Otro que ha terminado con sus recuerdos” – susurraba Raúl al oído de Paco.

“Quizás sea para ti una ventaja no tener memoria. El paquete tiene que ir completo y la verdad es que el pasado envuelve tanto lo bueno como lo malo” – comentaba el amigo.

Uno de aquellos días vieron pasar una comitiva que se acercaba al hueco donde se guarecía Raúl. Iban de luto y varios hombres llevaban un féretro al hombro. Él se temió lo peor. Efectivamente, llevaban la caja en dirección a la fosa con toda la intención de enterrar allí al muerto. Tendría que buscarse otro sitio. Y lo sentía, porque se había acostumbrado a la extraña comodidad que le proporcionaba un lugar tan poco usual. Paco le puso la mano en el hombro a Raúl con gesto afectado.

“No te lo había dicho, pero ahora no puedo demorarlo más”.

Raúl miró con algo de desconcierto a su amigo difunto. No obstante siguió al cortejo con la vista, interesado en el protocolo de los dolientes.

“Tú eras el piloto”.

“¿Qué? No termino de entenderte”.

“Yo no iba solo en la avioneta. Caímos los dos”.

Ésa sí era una sorpresa para Raúl.

“Tú cuerpo va dentro de esa caja” – más explícito no podía ser Paco.

“Pero no reconozco a ninguno de los que la llevan. ¡No sé quiénes son! ¡No los he visto en mi vida!”.

“También entraste en coma. Casi todos tus recuerdos se fueron con el viento, pero te quedaste atascado con tu memoria de supervivencia. Por eso llevas aquí todo este tiempo. Esperando tu cuerpo”.

“¡No es posible! Yo me siento vivo”.

“¡Estás muerto! Es como si hubieras fallecido hace seis meses”.

“¿Por qué no me lo has dicho antes?” – el amago de unas lágrimas se hizo dueño de sus ojos.

“No era el momento. Mi amistad ha conservado mis recuerdos y tenía que estar a tu lado cuando llegara este día. Ahora podemos irnos”.

Mientras la familia y los allegados que Raúl había tenido en vida se afanaban en la tarea de meter la caja dentro de lo que había sido su cama durante tantos meses, los dos amigos se cogieron de las manos y olvidaron. Con una sonrisa en los labios fueron perdiendo consistencia y se convirtieron en parte del paisaje. Entre naranjos y tumbas, los demás muertos se quedaron mirando cómo desaparecían y en sus rostros se podía adivinar una sombra de nostalgia.

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