Un erizo fuera de lo común

 

El pánico había cundido por el hormiguero. Se trataba de un ataque contra el que no cabía otra defensa que no estar en aquel sitio y en aquel momento. Las moscas cortadoras de cabezas sobrevolaban el espacio ocupado por las hormigas rojas y cubrían sus objetivos con gran eficiencia, inoculándoles su semilla, que era destructora para las de abajo y, al mismo tiempo, creadora de vida para las de arriba. Las apocephalus tienen el tamaño justo para ello. Unos milímetros. Hacen un vuelo de descenso por detrás de la hormiga, mucho más grande, y con el tubo donde contienen los huevos perforan la membrana delgada que une las placas del exoesqueleto y depositan uno en la cabeza, en el tórax o en el abdomen. Cuando eclosiona la larva dentro de la hormiga, si no está en la cabeza, se hace camino hasta que llega a ésta. Allí la larva comienza a alimentarse de los músculos y tejidos de la hormiga hasta completar su desarrollo. En algunos casos, a pesar de tener la cabeza vacía, la hormiga continua moviéndose merced a otros varios cerebros pequeños en otras partes del cuerpo. El terrible final es una hormiga con la cabeza separada del resto del cuerpo.

 

Ajenos al drama que tenía lugar en el espacio reducido de los insectos, Pablo y Elena se dirigían al colegio, cumpliendo un precepto de obligado cumplimiento para toda la colectividad de niños en aquélla y en tantas otras comunidades del mundo. Norma de escasa o nula atención para los países pobres, en los que directamente someten a explotación a los niños de núcleos marginados, como un modo extremo de aliviar el hambre de la familia.

 

Pero el destino de todos los niños viene a ser el mismo, si generalizamos la esencia del sistema. Alguien podría argumentar que en los niveles sociales altos no cabe ese improvisado aforismo. Olvidan que, aun reservándoles el futuro un privilegio como explotadores, no dejarán de ser mentes limitadas por las secuelas de una supervivencia mal interpretada y dañina para la comprensión de ellos mismos.

 

Pablo llevaba escondido y cuidadosamente envuelto en un paño un pequeño erizo, dentro de una cestita de mimbre. Le hacía ilusión mostrarlo a los demás compañeros de clase, aunque no las tenía todas consigo sobre la actitud de la maestra si llegara a enterarse de su propósito. Vivía en las afueras y tenía la oportunidad de disfrutar de una relación directa con los animalillos del monte y también con los pájaros. Todavía tenían en la granja de sus padres un burro que convivía con ellos por simple afecto, ya que no podía ofrecer a cambio el duro trabajo que siempre se ha exigido a esta especie para seguir vivos. Y también había patos y gallinas. Una delicia bucólica, extraña para la sociedad mecánica en la que estamos inmersos.

 

Todos los días caminaban por el mismo sendero, sin que nunca antes les ocurriera nada particular salvo el milagro de la vida asomándose por las hojas de los árboles o saludándoles con el balanceo de la hierba mecida por la brisa. Ese mensaje sagrado que nos toca en el hombro constantemente y que ignoramos por pura rutina. Pero esta vez algo les sorprendió. Ambos se detuvieron al contemplar una luz intensísima que subrayaba la silueta de la roca que marcaba el siguiente recodo del camino. Primero se detuvieron y a continuación avanzaron lentamente, temerosos de que una fuerza desconocida acechara detrás del enorme peñasco. Al traspasar la puerta invisible de sus miedos, los dos fueron bañados completamente por el vívido resplandor, que impregnó sus espíritus con una altísima vibración llena de discernimiento y luego cayeron desmayados. Al despertar apenas podían acordarse de aquel extraño acontecimiento y decidieron continuar su marcha hasta el colegio. “Daos prisa o llegaréis tarde” – decía una vocecita que no era de ninguno de ellos.

 

Arribaron justo con el sonido de la campana repicando al aire, que era el aviso diario para el comienzo de las clases. Pablo y Elena seguían idéntico curso y tenían la misma maestra. Tiempos modernos de educación mixta. Se sentaron en sus respectivos pupitres y de nuevo sonó la voz. “Empieza la función” – decía esta vez. La maestra exigió silencio golpeando su mesa con la palma de la mano.

 

“No quiero oír una mosca” – dijo con gesto severo. Todos permanecieron en un silencio tan marcado que esta vez la vocecilla pareció que tronara.

 

“Más os valdría salir ahí fuera y vivir directamente la enseñanza de la naturaleza”.

 

Doña Petra sintió atacada su autoridad. Se levantó y se acercó a Pablo, orientándose por la memoria de las palabras que acababan de sonar.

 

“¿Dónde has aprendido a reírte de los mayores? Coge tus cosas y ve al despacho de Don Julián. ¡Empezamos bien la mañana!” – y subrayó su orden levantando el brazo horizontalmente, con el dedo índice buscando la puerta de la clase. El niño agarró su cartera y se incorporó para cumplir el supuesto castigo, camino del despacho del director, cuidando de que no se viera la cajita de mimbre, que se quedó dentro del pupitre. Cuando se marchó, la maestra recuperó el control y se dispuso a iniciar la lección del día.

 

“Hoy hablaremos de urbanidad” – lo había decidido segundos antes, claramente influida por la indignación que le había provocado el incidente.

 

“Urbanidad… Hablas de urbanidad cuando en realidad quieres decir sometimiento” – la voz era decididamente provocadora. Doña Petra abrió los ojos desmesuradamente. No esperaba que continuara la broma.

 

“¿Quién ha sido? ¡Que salga inmediatamente o castigaré a toda la clase!”.

 

“Soy la parte de atrás de tu conciencia”.

 

La maestra se dirigió al pupitre vacío y levantó la tapa giratoria. Vio la cestita de mimbre y, dentro, a nuestro pequeño erizo. Pasó la mano por todos los rincones buscando un altavoz o sabe dios qué invento del ángel de las tinieblas. Nada. Sólo el animal con púas. Cestita y erizo fueron transportados hasta la mesa principal mientras que la tapa del pupitre caía con estrépito, impulsada por los descontrolados nervios de su portadora. Se sentó y miró retadoramente a la audiencia infantil. Estaba decidida a resolver el motín.

 

“Es hora de que despiertes. No puedes enseñar desde tu ceguera. Los niños son como tú, pero tienen los corazones abiertos, como una buena tierra, esperando que siembres la mejor de las semillas” – era la misma voz, justo a su lado.

 

El desconcierto iba en aumento. Dirigió su mirada al erizo, que la observaba con ojillos traviesos. No podía ser. ¡Aquel animal hablaba! Se levantó de golpe haciendo que se volcara hacia atrás la silla. Las risas de los niños llenaban la sala colaborando aún más a que la mente de la maestra perdiera el sentido de la realidad. Para ellos todo lo que estaba ocurriendo era natural. Podía aparecer un marciano y se dispondrían sencillamente a hacerle preguntas. Doña Petra cogió la cestita con ánimo de volar al despacho del director con aquellas noticias increíbles, con la mala fortuna de que perdió pie y midió el suelo con toda su estatura. El impacto hizo también mella en la cestita, cuya pequeña puertecilla se abrió y por ella escapó el puercoespín como alma que lleva el diablo. Los niños se levantaron al unísono y corrieron detrás del animal gritando, tal que si estuvieran celebrando una fiesta.

 

El griterío dio lugar a una reacción en cadena y pronto las puertas de todas las aulas del colegio estaban abiertas de par en par con estudiantes de todas las edades dando vueltas por los pasillos y las escaleras, en busca de un erizo que nadie había visto, salvo los compañeros de Pablo y su accidentada maestra. Don Julián, con nuestro niño sentado delante de su mesa, cariacontecido y asustado con lo que se le podía venir encima, no podía dar crédito a los sonidos que le llegaban a las orejas. Pronto apareció doña Petra, lívida y con el aliento fuera de sitio. En el quicio de la puerta se veía la carita de Elena, cuyos ojos mostraban preocupación por el destino que le reservaran a su amigo.

 

“¡No podrás creer lo que ha ocurrido!” – decía la maestra, fuera de sí.

 

“Puedo creer lo que me digas. Pero primero devuelve a la gente a las aulas. ¡Después hablaremos!” – más que conciliadoras, sus palabras describían un próximo futuro con alguna desavenencia.

 

Verdaderamente costó un mundo restablecer el orden. La comidilla era común, con comentarios para todos los gustos sobre el suceso. Unos hablaban de serpientes que habían aparecido reptando hasta los retretes, otros de un ejército de erizos y hasta alguno hacía referencia a una aparición mariana. Doña Petra sí sabía cuál era el origen del desmadre.

 

“Puedes hablar. Aunque encuentro injustificable todo el follón que se ha armado” – le decía el director a la maestra, en presencia del atribulado Pablo.

 

“¡Él! ¡Ha sido él!” – balbuceaba doña Petra señalando a nuestro niño.

 

“Él ¿qué?”.

 

“Ha traído un bicho que habla y ha formado la de dios es cristo” – añadió ella, sin percatarse del surrealismo de su expresión. En ese momento cruzaba por el alfeizar de la ventana el famoso erizo, paseando tranquilamente. A la maestra se le iluminó el semblante, como si hubiera descubierto la pólvora.

 

“¡Por ahí va! Míralo. ¡Se está pavoneando!”.

 

El director miró hacia donde señalaba su compañera de pedagogía pero ya no había ningún animalito por allí. Su gesto era ahora escéptico, aunque no tenía intención de humillarla.

 

“Pienso que necesitamos un descanso. ¿Por qué no vamos al comedor y nos tomamos un cafelito?”.

 

“¡No quiero café!” – ahora ponía cara de loca.

 

“Él tiene razón. Un cafelito os vendría bien” – dijo la voz.

 

“¿Ves? No soy el único que quiere llegar a un puntito de relajación” – concedió don Julián.

 

“¡Ha sido el bicho! ¡Ha sido él! ¡Nos está tomando el pelo!” – gritó doña Petra, poseída por el mismo demonio.

 

En ese instante se abatió sobre todo el colegio una luz cegadora que volvía transparente todo lo que rozaba. Era como un relámpago que no terminaba de parar. Las aulas, los pasillos, el jardín, todo era recorrido por un río de resplandores que invitaban al mayor de los júbilos. Aquello duró cinco o seis segundos que se antojaron eternos para todos los que se encontraban en el interior del colegio. Luego vino la calma. Una relajación inesperada se adueñó de todo lo que se movía, promoviendo un sentimiento general de lo que podríamos llamar pasotismo involuntario. Don Julián abrió el micrófono y convocó a todo el mundo a través de los altavoces para reunirse en el gimnasio a cuenta del extraño incidente que acababan de experimentar. Un ramalazo de curiosidad se había adueñado de maestros y profesores, que acudieron al lugar de la cita con la poca bulla que les permitía su nuevo estado anímico. El director, encima de una tarima intentando organizar una confrontación de ideas, notó risitas sospechosas en la concurrencia, que lo miraban con aire de cachondeo, en este caso plenamente justificado. Contemplaban, estupefactos, cómo el erizo de Pablo trepaba por la manga de la chaqueta de don Julián y terminaba laureando su cabeza, igual que un rey con una corona de rayos.

 

“Llamo vuestra atención para que escuchéis” – la misma voz de siempre vibraba con más potencia. “Estáis sembrando la semilla equivocada. El tiempo convertirá a estos niños en adultos con la cabeza hueca”. Don Julián, debajo del erizo, estaba extáticamente quieto, con los ojos extremadamente abiertos, igual que si se le hubiera presentado un ser del más allá.

 

En ese instante la luz visitadora se envolvió alrededor de sí misma y mostró figuras tridimensionales flotando en el aire. Allí podían distinguirse a hombres y mujeres que inequívocamente eran las imágenes de los niños en el futuro. Aparecían como criaturas mecánicas, ocupados en mil quehaceres sin sentido. Los mismos que nos embargan a nosotros en nuestra lucha diaria por llegar a ninguna parte. En realidad sí que tenemos delante de nosotros un destino común: la dulce e inconsciente espera de la hora de la muerte. Las escenas llegaban a las mentes de todos sin obstáculo alguno, pareciendo que cada uno de ellos estuviera también introducido en el espectáculo de luces, como un protagonista más. Se oyeron unas palabras solemnes, que se enroscaban en cada oído igual que si fueran sólo para él.

 

“Si tratáis de moldear la inteligencia de los alumnos con una dirección determinada, dejará de ser inteligencia. A cada uno de ellos le concierne el modo en que la aplicará y, si es inteligente, actuará de la manera apropiada, porque no lo hará por ganancia, recompensa, tentación o poder”.

 

Los profesores estaban con la boca abierta. Era la luz o era el erizo. Nunca les habían dicho que su trabajo tenía cojeras en la base. Una revolución. Y la cosa continuó.

 

“Para comprender el movimiento del pensar, la integridad de la acción, la mente debe estar libre de creencias. La acción que busca recompensa no puede comprender su propia integridad, su propia plenitud. Ahora sois inconscientes de esa carga que corrompe la mente. Percibidla en la acción misma. Esa percepción directa liberará a la mente de todas las perversiones”.

 

Como por encanto, desapareció la luz imposible y todo recuperó el aspecto habitual. Daba la impresión de que no había ocurrido nada especial. Pablo recogió a su erizo y lo metió en la cestita, procurando pasar desapercibido, a lo que colaboraba Elena cubriéndolo por el flanco. Pero la luz no parecía estar satisfecha del todo con lo acontecido. Volvió con mucha mayor fuerza que antes y esta vez su intensidad superaba cualquier fuerza de la naturaleza. Todo lo que había de material en el colegio, paredes, puertas, lámparas, lápices, libretas. Todo. Hasta la ropa fue vencida por la luz, que disolvió cuanto encontró a su paso, dejando sólo visibles los cuerpos de los maestros y los alumnos.

 

Allí estaban. De pie y completamente desnudos, contemplándose unos a otros por primera vez en su vida como lo que eran. Y no había tiempo, porque los relojes se quedaron parados en la hora de los sueños. Una mano inmensa como el firmamento los levantó a todos con la delicadeza de una nube de primavera y los paseó por el universo, acariciando la belleza de las galaxias en sus giros acompasados con la música del orden eterno. Sus mentes no tenían ni necesitaban memoria de supervivencia, amarrada al pasado y el futuro que inventa el miedo. Experimentaron la libertad sin que estuviera presente la palabra. Y la mano los devolvió a la tierra, donde, al disiparse la luz con un simple soplo de lo sagrado, volvieron a estar entre los muros del colegio, donde reinó otra vez la “normalidad” que viste de equilibrio transitorio a nuestros ojos. Nadie recordaba nada. Nada de nada. Sin embargo, las mentes de profesores y alumnos, sin conciencia de ello, tenían ahora mentes limpias, lavadas con el agua de la inocencia, prestas a encarar la vida con la sorpresa, siempre nueva, que depara cada instante.

 

Elena y Pablo iniciaron el camino de vuelta a casa, con su querido erizo metido en la cestita, deseoso de llegar a su medio natural y relacionarse con la naturaleza tal como ésta se manifiesta cada día, ajena a las pretensiones y reglas de los seres humanos. Atrás quedaron doña Petra y sus colegas, protagonistas de una inesperada oportunidad para contemplar la existencia sin el peso de su propia historia, de la tradición, libres del instinto social que inocula en las criaturas jóvenes la metafórica semilla de las moscas cortadoras de cabezas. El drama de las hormigas atacadas por las apocephalus había detenido la rotación de su aterrador círculo vicioso, al menos en el escenario particular donde ha quedado representado este capítulo de la obra del gran teatro del mundo, en la que todos somos actores invitados.

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