La calle de mi infancia

Mi madre se llamaba Antonia y estaba sentada a la puerta de su casa, que tenía un número sugerente. El 30; como la sílaba sagrada OM con nuevo diseño. Era la tarde de un día como cualquier otro, cuando el sol comienza a tomarse sus horas de descanso y las sombras te invitan a darte un baño de frescor con la suave brisa que llega desde la esquina de la calle, acariciando los balcones de las casas para enfriarles las persianas y los hierros de las barandillas. Junto a ella había un hombre mayor con el pelo totalmente blanco, sentado en el escalón.

“Buena hora para parar las horas” – era María, la vecina del corralón de al lado, que se acercaba con una silla bajita de nea, con la clara intención de dejar que el reloj ralentizara el tiempo que faltaba para recoger velas y aterrizar en la cama, siempre hostil en esos meses por las calores del verano. “¿Espera a alguien?” – añadió dirigiéndose al hombre, sin pretender en el fondo una respuesta.

“Sí. Estoy esperando al destino” – no era una expresión típica del barrio de Capuchinos de la época y a la vecina no le pareció de buen gusto, pero no hizo ningún comentario. Si reflexionamos un poco, en el fondo nuestra actitud miope ante la vida se asemeja a una espera inconsciente del tránsito a dios sabe dónde. La calle empedrada olía a tierra mojada, después de haber sido barridos y regados con cubos de cinc los trozos que daban a cada fachada por mujeres, algunas con coco y delantal, al socaire de su reconocida fama de limpias y solidarias. Era un aroma peculiar que acompañaría a sus hijos hasta el fin de sus días con sólo evocar los recuerdos de su infancia atraídos a la memoria por un sonido familiar o una luz de nostalgia. Más normal hubiera sido escucharle decir “espero al tío de los bollos”. Pero no fue así, a pesar de que aquel día el peculiar vendedor no faltó a su cita vespertina, paseando por la calle, con parsimonia, su cesto de mimbre colgado del brazo y emitiendo cansinamente, casi en voz baja, su retahíla de pregonero jubilado. “¡Hay bollos de leche! ¡Hay bollos de leche!”. Todos recordaban que años atrás, cuando ya se apagaba la alegría de una de las muchas fiestas vecinales, tapizada con papelillos al viento la línea de cielo que colgaba de los tejados, el tío de los bollos regresaba a su hogar cabizbajo y pregonando, más rendido que nunca, su estribillo cambiado. “¡Ay, qué leche de bollos!”.

Poquito a poco el portal, y todos los portales, se fueron llenando de vecinas con abanicos para espantar la calor. Del número 32 bajaba, como cada tarde, Pepa la Ciega con su esportillo rescatado de la cocina de carbón, que repartía viento para todo el que se quisiera acercar. De mucha más edad que cualquier otra vecina, era una de las más estrafalarias de la calle. Una vez las sorprendió a todas con un delantal inmaculado, que resultó ser la única prenda que llevaba, como demostró al volverse para acomodarse en su silla y enseñar sin tapujos su viejo culo de vieja paso de todo.

Las niñas jugaban a la rueda y cantaban sus canciones de siempre, como concierto imprescindible para completar una algarabía de conversaciones y alegría sana. La puta de la calle, que era una vecina integrada como la que más en los menesteres y la historia del reducido entorno, se levantó mientras comentaba a las demás: “Por ahí viene Pasos Lentos”. Era uno de sus asiduos. Otras veces era el Campanillas o el padre de su hijo. La gente la respetaba y la temía, porque arrestos tenía todos los que te pudieras imaginar. Durante una temporada alojó en su casa (un eufemismo para referirme a una o dos habitaciones con derecho a cocina común y retrete también compartido) a su hermana monja. Puede parecer contradictorio, pero entonces era tomado como una anécdota más, sin rechazo alguno. Lo mismo ocurría con los mariquitas, gente adornada normalmente con unas gotas de gracia, que formaba parte de la comunidad sin exclusiones.

“¿Habéis oído las noticias de la radio?” – decía una recién llegada.

“No” – contestaba otra. “Hoy no he tenido tiempo más que para cocinar, fregar y planchar”.

“Ha aparecido un monstruo en la calle Alta. Acabo de venir de allí y está todo lleno. Han venido de toda Málaga”.

“Eso no son más que mentiras. ¡La gente no sabe ya qué inventar!” – contestaba otra escéptica.

“Y pensar que todo esto terminará cuando llegue la televisión…” – era el hombre, en plan futurista.

“¿La qué?” – era una palabra desconocida. A lo más que llegaba Antonia era a agenciarse un buen novelón, por supuesto alquilado de la tiendecilla de calle Dos Aceras, y fusilarlo a la luz de una bombilla amarillenta, muy cerca de los ojos por mor de sus córneas, cuarteadas por unas úlceras mal curadas durante su niñez.

“Cuando pasen treinta o cuarenta años todo esto desaparecerá. Demolerán los corralones y construirán edificios nuevos. Incluso descubrirán aquí mismo la tumba de un guerrero fenicio. Se verán películas dentro de las casas y la gente vivirá de otra manera. Habrá más comida y cada familia tendrá su propio cuarto de baño y su cocina”.

“¿Más comida?” – era la parte más intrigante. En la mente de algunas de las vecinas (o vecindonas, como decía mi padre) estaba aquella vez en que Remedios le dio a uno de sus hijos un pedazo de pan con un agujero en medio, en el que vertió un poco de aceite y le añadió un terrón de azúcar, con el sabio consejo de “Ten cuidado de que no te lo quite el Telesforo”. Éste era miembro de una familia tan falta de recursos como la mayoría, que solía pasar más hambre que un maestro de escuela de aquellos tiempos.

“Sí. Y dejarán de existir los corrillos como los de ahora. Las personas serán más independientes y se perderá bastante el salero que hoy parece tan natural. También habrá algunas crisis”. La expresión crisis económica no era tampoco conocida por el común de la gente del barrio, aunque todos estábamos inmersos en la negra depresión que sucedió a la contienda del 36 y el abandono del país por los europeos después de la segunda guerra mundial. Nos tocó el lado de la miseria.

Las mujeres guardaron silencio, sin entender del todo algo tan chocante. Por la punta de la calle asomó un gorrito blanco, parecido al que llevan los legionarios, y debajo de él a un hombre portando una tabla de madera llena de agujeros, en cada uno de los cuales había un cucurucho pequeño con lo que pretendía ser merengue y una cucharilla plana. “¡Al rico coqui!” – el estribillo era una pieza más en la variedad de sonidos y el mosaico de colores que pintaba el verano de calle Jinetes. Obviamente, el vendedor tenía pocas posibilidades de desprenderse de su mercancía, salvo que alguna abuela se compadeciera de su nieto y le diera una perra gorda para conseguir su golosina, despertando la envidia del resto de la chiquillería.

Cuando llegaba el corpus, las madres solían colgar sus colchas en los balcones. Mi madre tenía una roja y otra amarilla y sólo las recuerdo prendidas allá arriba. El párroco pasaba con su ropaje medieval y bendecía uno o dos altares que montaban entre todas. Los jarrones de metal solían llegar de un almacén de antigüedades que tenía uno de los vecinos pudientes. Al menos, más pudiente que el resto.

El rosario de la aurora era uno de los exponentes arquetípicos del barrio. Más de una mañana muy temprano me atrajo a la puerta de mi casa el sonsonete de las avemarías rezadas por las que mi madre llamaba beatas, paseando la lumbre de sus velas encendidas en su camino pausado alrededor del cura de San Felipe. Un espectáculo imborrable para una mente infantil atrapada entre la presión católica y el silencio prudente de una familia republicana. La posguerra había extremado las diferencias entre una sociedad favorecida por el poder de los vencedores y los pobres, que no sabíamos que lo éramos. Mi hermano mayor, desde una ingenuidad disculpable, presumía de pertenecer a la clase media.

En junio se quemaba a los júas, sentados en sillas viejas o colgados de cables que tendían de balcón a balcón. Cuando se celebraban las fiestas de la calle los vecinos pintaban las fachadas y se cubría todo de papelillos de colores. Hasta se adornaban los portales con hojas de palmeras y solía aparecer un yamba, palabra que los malagueños recortaron del inglés “jazz band”, si bien los únicos instrumentos a su alcance solían ser una batería y un acordeón. También podían oírse en ocasiones las notas lanzadas al aire por un organillo, accionado con un manubrio por el organillero, que acudía para ganarse unas perras, consiguiendo que buena parte de la parroquia se lanzara a bailar sobre el pavimento de piedras.

Recuerdo que en una ocasión se asomó por la puerta de mi casa la cabeza enorme del Chato, con expresión de ansiedad. Había galopado desde el extremo de la calle arrastrando el carro de la basura, en busca del contenido de una talega de pan duro que sabía que le guardaba mi madre. Era un mulo muy simpático y ella tenía debilidad por los gatos y los caballos. Cuando veía a alguno tirando de una manola le hablaba con cariño y le preguntaba cómo le iba en la vida. Los carruajes fúnebres también eran jalados por caballos con adornos negros y a mí me daban verdadero susto. Otros eran blancos y me aterrorizaban más, si cabe. Estaban reservados para los ataúdes de los niños. Los moribundos solían ser visitados por el cura para darles la extremaunción, con su estola al cuello y el bonete, que era un gorro negro con cuatro puntas hacia arriba, llevando entre sus manos el viático. Le acompañaban uno o dos monaguillos, con roquete blanco adornado con encajes y vestido rojo. Éstos portaban la oliera con el aceite bendecido y el hisopo. Si además tocaban la campanilla, era como para correr de miedo.

Muchos hombres llevarían los pantalones en sus casas, según la tradición de entonces, pero la calle era el reino de las mujeres. Era raro ver a un varón entre tanta hembra. El escalón de granito rojo con lunares menudos y blancos le resultaba reconfortante al hombre del pelo canoso. Cuando salió Antonia aquella tarde él ya estaba sentado en una de los extremos, con una media sonrisa en los labios. Se levantó muy educado y le dio un abrazo que casi esquivó ella, mirándole con aire de sorpresa. No obstante, a los pocos minutos ya charlaban de todo, como si se conocieran de toda la vida. Y es que para Antonia no había extraños, dado su carácter comunicativo y sin esquinas. Cuando se fueron incorporando las habituales no les resultó chocante, entendiendo que se trataba de alguien de la familia. Con el corro ya completo el hombre sacó de la cartera que tenía a su lado una especie de tableta de chocolate y se la mostró a la concurrencia. Todas miraron con cierto interés, sin comprender del todo lo que pretendía. En un momento que resultó mágico le dio a un botón y se iluminó el interior de la tableta. ¡Eran imágenes en movimiento! Puso un dedo en una parte del marco y se oyó una conversación. Y música. Era un milagro.

“Esto es el futuro” – les dijo, divertido. Las exclamaciones de sorpresa llamaron la atención de las vecinas de los otros portales y pronto había una muchedumbre alrededor, con expresiones de estupor ante lo insólito del aparato que mostraba. Finalmente lo apagó y volvió a meterlo en la cartera. La gente creyó que estaba ante un mago y tardaron en volver a las puertas de sus corralones, con la comidilla del suceso que habían contemplado, como conversación única. Pronto volverían a sus temas de todos los días, porque cualquier cosa te sorprende hasta que la ves diez minutos seguidos. No obstante, las vecinas que se sentaban en el número 30 continuaban interesadas con el misterio del hombre que las acompañaba.

“No querrán creerlo, pero la mayoría de sus nietos irán a la universidad” – añadió, como si estuviera viendo lo que decía.

“¿La qué?” – otra palabra que no era habitual en la tertulia.

“La universidad es el sitio donde se estudian carreras. Carreras universitarias. Ahora sólo están al alcance de los adinerados, pero con el tiempo abrirán una en Málaga. Y podrá estudiar todo el que lo desee y tenga capacidad para ello”.

Las vecinas estaban hipnotizadas con los cuentos del vidente. Éste extrajo de nuevo la tableta de chocolate de su cartera y les mostró escenas de la Málaga del siglo XXI. Era increíble. El puerto, la calle Larios. El túnel bajo la Alcazaba. También las fachadas de los museos Picasso y Thyssen y el cubo del Centro Pompidou. Y gente saliendo del metro. Escenas del primer ser humano en la Luna. La misma calle Jinetes aparecía cambiada y no había gente a las puertas de las casas tomando el fresquito. A la mañana siguiente aparecería el afilaó, chiflando su melodía encadenada mientras empujaba su taller portátil de madera de una sola rueda, que servía de motor a pedal para hacer girar la muela de esmeril. Al oír el chiflido las mujeres se restregaban las posaderas contra una puerta para conseguir buena suerte. O quizás se presentara el sillero, con su carga de nea bien apretada formando un cono muy alargado. Y posiblemente el lechero, acompañado de su rebaño de cabras que se anunciaban ellas solas con sus balidos enternecedores. O aquél otro que arreglaba las camas, las cunas y las máquinas. Pero esa noche era mágica, a lo que contribuían las luces agónicas de las farolas murales de hierro, muchas de ellas huérfanas de cristales.

Continuaron así durante bastantes horas, todas fascinadas con las historias del hombre mayor. Finalmente éste se incorporó y a continuación se inclinó para coger de la mano a Antonia. Ella se levantó algo desprevenida y él aprovechó para darle un último abrazo.

“Adiós, mamá” – le dijo al oído. Y luego se marchó andando muy lentamente por la única acera de la calle, hasta desaparecer de la vista de todas confundiéndose entre las sombras del futuro.

El dilema

El camino, siempre ascendente, estaba escoltado en ambas orillas por toda clase de vida verde, especies amigas de la tierra que hacían del lugar su casa ancestral. Algunas de las plantas eran recias, prestas a defenderse con la firmeza del acero, y otras flotaban en el aire con delicadeza, moviendo sus hojas con la elegancia de la brisa. Pero la mayoría no alcanzaba mucha altura, acogiéndose a la seguridad de lo pequeño. Era estrecho. Lo justo para permitir el paso de dos personas cogidas de la mano. Y sus piedras y su polvo habían escrito pisadas durante siglos en un código que el viento y la lluvia borraban continuamente, mofándose del sentido de permanencia de la raza humana. Su perfil era un guante para los cerros y se burlaba con total impunidad del horizonte, ofreciendo al caminante pocos tramos de sosiego.

El ser humano se había adentrado en aquella vereda varias horas antes. Lo hizo con decisión, esperando dejar en la piel de tierra los jirones de su desconcierto. No obstante, sentía cómo se desgastaba su reserva de aliento y se aceleraban los pulsos sin que terminara de desaparecer su resentimiento contra lo divino y lo mundano. No cabía otra perspectiva que volver vencido, pensaba para sí, con el saco de la experiencia igualmente lleno de ignorancia, colgado de su cansancio.

Ahora tenía ante sí una fuerte pendiente que conducía a una loma alta como el futuro. Como todas las que había superado, era la misma estampa del fin del mundo y sólo su vista bastaba para hundir su ya escasa determinación. Compungido, agachó la cabeza y ese movimiento le hizo descubrir una piedra a la derecha del camino que le invitaba a detenerse y descansar. Tomó asiento con el abandono del perdedor, mientras percibía cómo los poros de su cuerpo estaban anegados de esfuerzo inútil y los músculos de las piernas protestaban por la sinrazón del viaje. Arriba, la frontera desafiante de la loma guardiana lo separaba de un triunfo o de una nueva frustración. Abajo, el camino se dibujaba a sí mismo como un arroyo fresco que proponía la tranquilidad de lo conocido. Pudo distinguir a sus pies un reguero de hormigas que transitaban laboriosas, siguiendo un recorrido que marcaba su propio instinto. Para ellas era totalmente ajena la arquitectura de los hombres y entraban y salían de la senda humana ignorando por completo las sugerencias de su trazado.

Unas aves surcaban el sendero del aire, limpio como la inocencia, ajenas a las tribulaciones del viajero sin alas. Su vuelo no dejaba huellas y ellas parecían felices en un mundo sin caminos. La alta loma no era más que una arruga en la tierra y no había nada que descubrir al otro lado, totalmente desconocido para el hombre que añoraba la libertad vertical de sus movimientos. Éste, abatido como estaba, se subió a la piedra y, de pie sobre ella, dio un salto por encima de los matorrales que lo llevó fuera del camino, rodando a continuación entre guijarros y encontrando en cada giro el lenguaje de la montaña, que hablaba con aromas de retama, guitarrillos, tomillo, romero, menta verde o hinojo silvestre. Finalmente el cuerpo se detuvo en una hondonada y, boca arriba, sintió cómo colgaba sobre él la cúpula del templo celeste, azul hasta el límite de la belleza y rozando ya el pellizco del crepúsculo. Se adentró por el laberinto de su sistema nervioso el más espectacular de los sobrecogimientos, como un cuchillo de luna que buscara la sangre del atardecer. No había camino ni había hombre que deambulara por él. Sólo estaban presentes la tierra y el cielo y ambos eran la carne del que antes había sido observador.

Transcurrió una eternidad entre dos instantes del tiempo y en el extremo reapareció la conciencia perdida, entrando los ojos de nuevo en el juego de lo cotidiano. Se incorporó y observó su alrededor con la mirada primera, que tropezaba con cada imagen sin imagen anterior. Respiró con delectación el aire puro de la montaña y sintió renacer el orden de su organismo, joven como fue alguna vez e impregnado de la energía en su forma prístina. Cerca estaba el camino que antes le había derrotado, ofreciendo un brazo hacia lo desconocido y el otro hacia el pasado. Era una serpiente que se ondulaba entre mil tonos de verde, y permanecía silenciosa y quieta, descansando a lomos de las montañas. Ahora la veía desde la distancia interna de lo infinito y no la sentía arisca ni afectuosa. Era sólo un camino.

Salvó con pasos decididos el trecho que los separaba y puso los pies sobre su árido suelo. Miró hacia arriba, hacia la loma sin horizonte, y luego hacia abajo, donde moría su historia. Esta última ofrecía rutina y seguridad, la otra el estremecimiento de lo desconocido. Dentro de sí mismo, en lo más profundo, pudo ver que daba igual. La vida y la muerte eran una sola cosa y no había temor a afrontar el reto que se ocultaba detrás de las palabras. La mirada acariciaba el presente y éste devolvía una respuesta que era únicamente júbilo.

Respiró profundamente hasta que el aire en los pulmones pareció empujarle a flotar en una totalidad llena de color y, encogiéndose de hombros, comenzó a andar hacia la loma, que aguardaba impertérrita la visita del viajero anónimo.

Insólita compañía

Sergio Aquiles estaba siempre acompañado de aquellos cuatro extraños, cuya apariencia se mimetizaba hasta el punto de que era difícil distinguir categorías. Si iba a tomar café a algún bar, todos tomaban café. Si viajaba en autobús, eran cinco viajeros. Todo, todo era con todos. Incluso, por deducción, alguien podría pensar que hasta “eso” lo hacían juntos. Y “eso” es cuanto todo el mundo hace pero que todo el mundo calla.

Aquél era un día de tantos. Había salido el sol como cada mañana y los pájaros volaban su supervivencia por los vientos de la ciudad. Los coches circulaban como siempre y la gente tenía la prisa de siempre por ir a ninguna parte. Pero algo no casaba del todo. El primer sorprendido fue el camarero del bar de todos los días. Al ver acercarse al grupo, inmediatamente pidió la comanda con los cinco cafés y las cinco tostadas, aprendida de una rutina que se enredaba en sí misma. El protagonista de esta historia se sentó con sus acompañantes alrededor de la mesa de la esquina, que era la que más sillas tenía a su alrededor. Pero no eran cinco las sillas que necesitaban. ¡Eran siete!

Dos de los visitantes tuvieron que esperar unos minutos hasta que llegó el resto del desayuno. Todos desayunaron exactamente lo mismo. El camarero los observaba desde la distancia que marcaba la psicología de su oficio y no terminaba de creerlo. Los siete clientes iban impecablemente vestidos con trajes grises de tonos parecidos, zapatos negros inmaculadamente limpios, camisas blancas relucientes bajo corbatas de discretos colores y manos especialmente cuidadas por frecuente manicura. Durante años habían sido una estrella de cinco brazos y, sin avisar, eran siete los tentáculos de aquel sorprendente pelotón.

Aquiles hizo una seña y el empleado del bar acudió presuroso a cumplir con el trámite diariamente repetido de presentarle la cuenta. En silencio, recibió el importe de lo consumido y a continuación todos se levantaron a la vez de sus asientos y emprendieron el camino hacia la salida. Eran ejecutivos en procesión, serios, rígidos y de mirada perdida y fría.

Lo que había constituido una sorpresa se convirtió en semanas sucesivas en naturalidad cotidiana. Siete eran y siete continuaban siendo. El bar, el autobús, el policía de tráfico… en todo lugar ya era aceptada y asumida la presencia de la comitiva con su nuevo número mágico como bandera.

Pero llegó otro día de ruptura. Día de acontecimientos imprevisibles. ¡Los siete se habían convertido en setenta! Eran setenta trajes grises paseando setenta corbatas discretas con doble número de zapatos recién lustrados. El autobús que los transportaba estaba a tope solamente con su presencia. El asombrado conductor no había realizado parada intermedia alguna y se detuvo justamente frente al bar. Todos bajaron disciplinadamente y se dirigieron al interior del local para tomar su colación. Solamente cabía la mitad, de modo que el resto se quedó en el exterior, todos rectos, serios y pacientes.

– Señor, – se atrevió a musitar el camarero-. ¿Será lo de siempre?

– Lo de siempre multiplicado por diez – respondió cadenciosamente Aquiles.

– Señor. ¿No habrá alguno que desee algo distinto? Tenemos un amplio surtido…

– Todos tomarán lo mismo. Todos son lo mismo.

El camarero no terminaba de comprender el fondo del contexto y permaneció de pie con actitud de confusión.

Aquiles levantó la mirada desde su asiento. Por primera vez en mucho tiempo pegó más de tres palabras en su laconismo y aclaró:

– Usted sólo ve clientes. Está agarrado a su rutina y únicamente puede ver rutina. Todos estos ejecutivos viven en mi pasado, vueltos al presente para reconocerlos y bullirlos. Habitan en la muerte, sostenidos en la apariencia de la vida por un hilo invisible que los une a mi existencia. Es momento de romper ese vínculo y usted será testigo de ello, porque hoy es el día en que se abrirá una ventana a su escasa comprensión de hombre de costumbres.

Los ojos del interlocutor se abrían desmesuradamente en un intento de asimilar tanta explicación desde una fuente sin agua.

– Deme unas tijeras – exigió Aquiles con autoridad.

El camarero, casi clavado por el susto, se fue hacia el mostrador y volvió presto con el objeto solicitado. Aquiles apretó la mano izquierda alrededor de algo que no era visible y cerró las hojas de las tijeras, como si cortara ese algo. ¡No podía ser! Los sesenta y nueve ejecutivos comenzaron a perder color y, poco a poco, se adentraron en la transparencia hasta desaparecer totalmente. Aquiles le devolvió las tijeras al camarero que, al cogerlas, pudo apreciar cómo aquél se disolvía en la nada, hasta evaporarse de su misma memoria.

Sin saber qué hacía con aquellas tijeras en la mano, el diligente empleado del bar levantó la vista y miró a su alrededor. Le rodeaban sesenta y nueve asombrados camareros, contemplando con estupor las tijeras que todos portaban.

El saltador de montañas

El horizonte ofrecía su lienzo de terciopelo para que allá, al fondo, quedaran perfiladas las líneas de sube y baja que marcaban la falda velada de la cordillera lejana, arropada en lo más alto por las luces de las estrellas y el fulgor amarillo de una luna que amenazaba con caerse sobre la tierra, de grande que era su cara redonda, asomada entre laderas de pendiente increíble. La imagen de aquella grandeza era subrayada por el silencio de la noche, interrumpido por algún sonido exhalado por los habitantes del crepúsculo, avisador de presencias misteriosas y germen de cuentos de miedo e historias del poder oscuro.

Si se miraba con atención, los ojos del alma podían distinguir unos arcos efímeros de luz de lilas, dibujados en su movimiento por un ser cuya existencia desconoce la mayoría de los humanos. Era el saltador de montañas y se entregaba de lleno a su tarea nocturna, viajando libremente por las cimas más altas, sin preocupación alguna por el que dirán. Sobre todo porque los que podrían decir algo estaban dormidos y quietos por la noche, y dormidos y ambulantes por el día. Era un auténtico deleite el salto entre cumbres nevadas, sintiendo en la cara el frescor de la libertad cuando volaba por el viento.

Se conocía al dedillo los más íntimos recodos de las cimas de los Urales, los Alpes o Los Pirineos. También había pegado en más de una ocasión un extraordinario salto a los Andes y conocía de siglos la evolución de culturas milenarias, viendo cómo nacían y luego desaparecían dejando tras sí las huellas de piedras talladas por el sudor y la sangre. Y ahora las huellas tenían un matiz distinto, con manchas enormes de hormigón y acero extendidas por la piel de la tierra. También el aire estaba surcado por ondas invisibles que relacionaban a los seres humanos entre sí, algunas vigilando y otras amenazando. Alrededor del globo circulaban miles de artefactos nacidos del conocimiento y en busca de más conocimiento. Abajo, millones de criaturas deambulaban cargadas de sufrimiento en su búsqueda del placer, moviéndose a tientas desde sus cerebros aislados del mundo, frenéticamente comprometidos con la supervivencia física y su secuela humana, la supervivencia del ego.

Cuando miraba a la lejanía del horizonte podía distinguir una bruma oscilante en la vertical de pueblos y ciudades, formada por miles de líneas de todas las tonalidades que se separaban de la tierra. Eran los restos sutiles de cuerpos muertos, ascendiendo totalmente ausentes de dirección, en cumplimiento del reto final de sus existencias durmientes. La bruma era igualmente nutrida por otras volutas blancas con viaje contrario: de arriba hacia abajo. En este caso eran la esperanza de un paréntesis en el mundo material, un libro con un prólogo de la especie y muchas páginas por escribir. En conjunto semejaban un gas psíquico que envolvía el globo terráqueo, visible únicamente para el saltador de montañas, al que siglos de perspectiva habían dotado de una cómoda familiaridad. Formaba parte del medio ambiente y representaba un carnet de identidad propio para el planeta que envolvía. Esto era con respecto a los humanos, si bien la bruma se completaba con el ciclo vital, de ida y vuelta, del resto de las criaturas.

Su conciencia estaba dentro y fuera, formando parte del nervio salvaje de la naturaleza, inmune al conocimiento porque su sabiduría era el testimonio de aquélla, tan llena de historia como libre de ella por estar inmersa en la fluidez del instante. Era un cerebro expandido en su fusión con el cosmos. Por ser uno con todo, era también un amante de la soledad auténtica, donde no tienen sitio la ambición, la envidia, ni cojera alguna de las que cargan innecesariamente el espíritu de los seres humanos.

El saltador de montañas se estaba preparando para el salto anual que solía realizar mediado el verano a algunas de las elevadas cimas de los Himalayas, esas jóvenes montañas que sólo cuentan diez millones de años. Le resultaba gratificante la brisa, a veces huracanada, del Everest o del macizo del Annapurna, la Diosa de las Cosechas, con sus 56 kilómetros de longitud y sus seis imponentes picos principales, el más alto de los cuales fue el primero alcanzado por un ser humano. El Everest había recibido muchos motetes de los ponedores de nombres. En Nepal lo llaman Sagarmatha o “La frente del cielo”. En China, Chomolungma, “Madre del universo”, y en Nepal era Sagarmatha, que significa “Cabeza del cielo”. El nombre le llegó en honor del geógrafo británico George Everest. Para los locales era Deodungha o “Montaña sagrada”. Pero para el saltador de montañas era un gigante amigo al que saludaba caminando por su cabeza helada, compartiendo la serenidad y el silencio de las alturas.

Donde mejor pasaba el invierno era en los montes de Málaga, hasta que éstos se poblaron de casas y casas en las zonas próximas a la costa. No obstante, siempre le quedaban refugios de soledad en lugares donde no anida la avaricia incontenible del género humano. Y estaba cerca Sierra Nevada, corona blanca de los sueños de la Alhambra. Tan ocultas quedaban las pocas rocas vírgenes de sociedad que recibían al visitante del viento que ya podía verse en escasas ocasiones el reflejo pálido del saltador cuando jugaba a enamorarse del paisaje entre montañas antiguas. Recientemente había contemplado las ascensiones de último viaje de Mercedes y Amalia, dos veteranas agarradas a la memoria separadora del pasado. Discurrían libres y desconcertadas y miraron por primera vez al observador del viento en su paso por la frontera de la desaparición del yo. “¿Quién eres?”. Y después: “¿Quiénes somos?”. Las preguntas se desvanecían con cada centímetro de vuelo por los caminos del aire y dejaban atrás nudos de familia, conflictos, creencias y cuanto las habían definido como personas.

El saltador de montañas había contemplado durante eones los mismos procesos en la convección de la piel psíquica del planeta y no le sorprendían estas demandas del catecismo humano, que se disolvían en la sopa del tiempo. Tampoco era momento de respuestas, sólo posibles para la memoria que pregunta, anhelante de sumar pasado al pasado. Rodeó a ambas, cada una con un brazo, y paseó de monte en monte la inocencia que quedaba de ellas, haciendo que la brisa refrescara las últimas palpitaciones de su presencia material. Fue un regalo postrero, antes de que se confundieran con la inmensidad de lo anónimo.

Su salto a la cordillera de los Himalayas ya estaba ausente de recuerdos de muertos y arropaba su vuelo la ligereza de la libertad. Echó un vistazo a la corteza de la tierra, en la que no aparecían marcas delimitando las fronteras del hombre. Desde arriba todo era una sola cosa y no había, allá en lo alto, registros de la propiedad ni repartos de la tarta del mundo, inventados por el egoísmo y el deseo de seguridad de la especie que domina la tierra. En lo más recóndito de aquel espacio blanco y agreste habitaba un ser alejado de los corsés de la sociedad por decisión propia. Era un mito entre los sherpas, un rumor cuya verosimilitud se escapaba de la imaginación, un espejismo para los visionarios más atrevidos. Tenía por hogar una oquedad natural de la montaña, a la que se accedía por un agujero al que él mismo había dado forma rectangular, convirtiéndolo en puerta, disimulada con la piel de un yak albino que halló muerto en una de sus correrías por los alrededores. Era el meditador de la caverna y la amistad entre los dos traía causa de muchos años atrás, cuando el saltador de la montaña lo encontró desvanecido sobre una roca, casi a punto de precipitarse al vacío. Buscaba la verdad y estuvo en un tris de intentarlo por última vez en su vida. Le enseñó a alimentarse del sol de la mañana y a quedarse consigo mismo para encontrarse, aun a riesgo de no hallar nada al final del camino. En los últimos años su piel había alcanzado un punto cercano a la transparencia azulada, a juego con la ingravidez de su mente, devota obstinada de la libertad.

Cuando el meditador de la caverna derramaba la vista sobre la distancia, poblada de algodones flotantes que ocultaban la imagen de las faldas de la cordillera, le invadía una emoción que se escapaba de cualquier interés terrenal, circunstancia que se multiplicaba en noches de firmamento limpio, en las que las estrellas se apretujaban para manifestar la grandiosidad de la creación, en un concierto de silencio cuajado de luces.

Una de esas noches se encontraron de nuevo ambos amigos. No hacían falta palabras para hacer patente el afecto profundo que les unía. Los ojos del saltador de montañas se fundieron con los del meditador de la caverna y confirmaron su realidad interna. El pensamiento ya no era instrumento para percibir y sólo existía la percepción. Había dejado de ser un simple meditador y era uno con la naturaleza blanca de los Himalayas, hasta tal punto que entre los dos desaparecían los caminos y ya no era posible distinguir quién era quién, de ajeno que quedaba el juego de la dualidad.

La humanidad no lo sabía pero, a raíz de la disolución de la psicología del meditador de la caverna, no hubo uno sino dos saltadores de montañas, prestos a entregarse a cualquier ser humano anhelante de la realidad de la nada, que es el marco del todo. Y, a partir de ellos, las cumbres de la tierra esperan, con paciencia de milenios, los saltos de más espíritus liberados que, en progresión tan geométrica como la de la formación de un ser vivo a partir de un óvulo, pueblen el espacio de ausencia de protagonismo, hermanados en la no identidad, más allá del alfa y el omega del universo.

El camino de la vida

Algo parecía relucir en el rincón oscuro de aquella callejuela. Podría ser un trozo de cristal o sabe dios qué, pero llamó poderosamente la atención del muchacho que en aquel momento transitaba por allí, ocioso por la falta de tarea que deparaba la hora tardía, próxima al crepúsculo. El interés se acrecentó cuando aquella cosa emitió un sonido repetido. Se trataba de una piedra de cuarzo amarillo que destellaba como si tuviera dentro una luz. Alguien la había extraviado y seguro que le estaba ocasionando un gran trastorno su pérdida. Se preguntaba quién sería su propietario, mientras se agachaba hasta el lugar donde reposaba el objeto.

“Hola. Soy tu conciencia” – dijo una voz solemne.

“Buenoooo…” – el asunto empezaba con una pizca de cachondeo, así que decidió aguardar unos segundos hasta que el bromista se decidiera a identificarse de verdad.

“Eres Francis” – acertó la voz, que continuó con la misma ceremonia. “Tienes que corregir tu vida. De lo contrario, tu destino se estrellará contra tus deseos”.

“En realidad acabo de recogerte del suelo. Si me dices a quién perteneces podría encargarme de llevarte hasta tu dueño” – dijo el muchacho, cuidando de parecer amable mientras contemplaba el cristal ambarino, preguntándose si no se estaba excediendo tratando con lo que parecía un pedazo de guasa.

“No entiendes. No importa de quién sea. Tú eres ahora lo que verdaderamente te interesa. El rumbo que llevas no es el idóneo y podrías lamentarlo más adelante”.

“¿De qué rumbo hablas? ¿Te dedicas a asustar a la gente? Termina con esta broma y vamos al grano – insistió Francis.

“Me dirijo a ti. Tienes diecisiete años, faltas a clase con mucha frecuencia y le das a la marihuana con demasiado entusiasmo”.

“Como la mayoría” – replicó Francis. “Pareces un adivino de la tele y hasta te podrías ganar la vida embaucando al personal. Si no paras la película te meteré en una bolsa y te quedarás a dos velas”.

“No sabes lo que dices. En realidad lo equivocado no son las rabonas ni los porros. Es algo más profundo”.

Francis no tenía más correa para aguantar las salidas del pedrusco y lo escondió entre ambas manos para que se callase. Pensó que había dado punto final a la conversación. Eso creía al menos, pero la voz resonó de nuevo, algo más tenue por la barrera de carne.

“Tienes que escucharme. Te va en ello tu propia vida” – esta vez el tono era más terminante.

Aquello era insoportable, de modo que agarró a la piedra cotorra y se la metió en el bolsillo del pantalón. Esta vez sí llegó el silencio.

El camino de vuelta a su casa resultó nebuloso, totalmente inmerso en reflexiones tortuosas sobre lo que acababa de ocurrir. En cierto modo, la voz llevaba razón en algo: tenía nublado el entendimiento de tanto porro. Era ya tiempo de plantearse una salida al atasco en que había metido a su rebeldía. Tan enrollado caminaba que tropezó con un saliente de la acera y cayó al suelo cuan largo era su cuerpo. Sintió que se introducía en la entrada negra de un túnel largo como el hambre y frío como una tumba. Sinuosas volutas humearon a su alrededor, cada una de las cuales era la cara evanescente de un recuerdo. “Estás enredado en la ilusión” – decían a coro. “Estás viviendo la vida de un muerto” – continuaban susurrando, en el tono aburrido de un rezo de procesión. “Somos el pellejo de tu miserable cuerpo, escapando a tiras del saco vacío que eres” – provocaban también.

Abrió los ojos con desesperación, esperando encontrar una mirada compasiva ensartada en un halo de protección. Sonaron unas palabras. La boca que le hablaba lo hacía en tono neutro y nada cómplice. “Soy la voz de lo anónimo y soy la nada en el todo” – esto era harto complicado para su turbado entendimiento. Se incorporó hasta ponerse de rodillas, apoyando las manos sobre el suelo y la pared, que se ofrecía ondulante como una cortina de viento, y luchó por ponerse de pie, cosa que logró finalmente tras una fatigosa lucha con el estupor. A duras penas consiguió avanzar, agarrándose a todo lo que salía a su paso desde la pared de aquella calle que parecía no tener fin. Los hierros de una reja le permitieron darse una pausa en su lenta escapada, como si fueran isla de materia en medio de la bruma de una pesadilla. Alguien estaba al otro lado, dentro de la oscuridad de una habitación guardada por los barrotes que le servían de asidero. “Estoy en tu mente, estoy en tu mente” – repetía una y otra vez.

La mano agarrada al hierro se volvió fría como éste y pasaron muchos aires por su frente. La voz de dentro de las sombras volvió a retumbar. “Soy tú. Tienes cuarenta años y estás hundido en un trabajo de horas y aburrimiento. Tus hijos juegan a ser libres y tú no sabes ni siquiera qué eres” – sentenciaba como nunca y marcaba el olvido de años de desencuentros con la existencia.

No podía creerlo. Se encontraba allí con media vida gastada y parecía que estaba al principio del viaje. “No debes sorprenderte, porque la rutina vuela como un rayo en el tiempo y te deja anclado en la historia de todos, que es la misma interminablemente” – la coincidencia de aquella afirmación con su inconsistencia consigo mismo le hizo detenerse por una vez en aquel camino que no le llevaba a ninguna parte. “¿He vivido?” – se preguntaba apretando fuertemente una mano alrededor del frío metal de la reja, mientras introducía la otra en el bolsillo con ánimo de calentarla. Tocó algo duro. Era la piedra. La sacó, después de tantos años, y comprobó que había cambiado su color. Ahora tenía un fondo verde con destellos negros y sus ganas de hablar parecían no tener límite. “Despierta. No puedes dejarlo todo para el final”.

Volvió a dejar la ahora turmalina en el bolsillo y dio unos pasos balbuceantes. La calle parecía distinta, con un asfaltado liso y limpio, o no había reparado antes en ello. Las aceras estaban impolutas y eran una tentación para dar un paseo. Lo intentó, pero no pudo. Se percató de que le fallaban las fuerzas y se preguntaba cuál sería la causa, si no se había movido del sitio. La puñetera voz, incansable por naturaleza, estaba de nuevo en el candelero. “No te extrañen tus achaques. Has cumplido setenta años y no es edad de muchos alardes” – el sonido venía del bolsillo. “¿Cómo? ¿Otros treinta años como un soplo?”. Se miró las piernas y los brazos, remangándose el pantalón y las mangas hasta donde pudo. Las manos parecían las de un anciano. Se sintió desfallecer. ¿Qué estaba pasando? La voz siguió erre que erre.

“Estás viendo transcurrir el tiempo en un suspiro. Te encuentras leyendo en el mundo de la materia muy a tu pesar y, sin embargo, no has reparado en el libro interior. Lo que tú eres, que se manifiesta en cada instante con toda la energía del universo” – el bolsillo volvía a tomar prestada la voz de la piedra.

Sus cansados pulmones empujaron el escaso oxígeno que podían albergar y exhaló un grito de viejo cansado que pretendía ser una súplica, disfrazada de protesta. “¡Ayúdenme! ¡Que alguien me auxilie!” – alcanzó a expresar. La piedra continuaba implacable con su asedio: “Sólo tú puedes ayudarte a ti mismo. Mira hacia dentro. Contempla lo que eres ahora mismo, ve cómo se mueve el hálito de tu conciencia desde la nada hasta la nada”.

Transcurrió lo que le pareció el peso de un siglo. Francis sintió que se ahogaba en un mundo lleno de aire y, súbitamente, lo percibió fresco y agradable. Nada que ver con el minuto anterior de angustia y cansancio. Sacó la piedra del bolsillo. Era hermosamente azul, igual que el cielo que desde arriba oteaba su vida y derramaba luz en el espacio como un regalo inesperado. Miró sus manos, que volvían a ser jóvenes y fuertes.

Se acercaba una pareja mayor y ella hizo un comentario despectivo mirándolo de reojo. “¡Seguro que ha dormido la borrachera toda la noche en esa esquina! ¡La juventud está cada vez peor!”. Cuando pasaron por su vera, Francis alargó la mano disimuladamente y le metió la piedra en el bolso. Conforme se alejaban podía distinguirse una débil luz amarillenta que emanaba suavemente de su interior, mientras una voz lejana hablaba quedamente sobre algo relacionado con la conciencia de ser.

La cajita de madera

El sol se encontraba justamente detrás de unos árboles de la calle Alcazabilla, que recibían la caricia de la luz con serenidad de sabiduría callada, agradecidos por el aura de transparencia verde que regalaba a cada una de sus hojas. Cerca, en los jardines que se asoman al teatro romano, estaba dando un paseo, sin moverse, la estatua de Solomon ben Yehuda Ibn Gabirol, con su sempiterno pergamino en la mano izquierda. Sabe dios lo que estaría pensando Avicebron, congelado dentro de su piel de bronce bajo las faldas de la Alcazaba. No corría brisa alguna y el tiempo se detenía en la mente de Néstor, procurando gozo para su espíritu. Al contemplar la dignidad de los seres vegetales que le rodeaban se sintió invitado a sentarse en el suelo, junto al tronco de uno de ellos, mientras algunos pajarillos celebraban su libertad saltando entre las ramas. Cerró los ojos durante un buen rato dejando que el aire circulara por su interior como si él ni siquiera estuviera presente, como si por unos instantes su cuerpo fuera el propio aire, hermano de las hojas y de las piedras. Era un tiempo de ausencia en el que quedaban lejos los sinsabores de la existencia diaria. Al recuperar la mirada observó que a su derecha había una cajita pequeña de madera primorosamente decorada, seguramente perdida a su pesar por alguien que le tuviera auténtico aprecio. La cogió y dejó que sus manos recorrieran suavemente su superficie, admirando el talento del artesano que la había diseñado.

El genio se encontraba en una situación que le resultaba incómoda. Llevaba doscientos años recluido en aquella morada de fantasía con paredes que brillaban como el oro, decoradas con cuadros dignos del mejor de los museos. Varias lámparas de porcelana china y otra que pendía del infinito con caireles de mil reflejos proporcionaban una claridad mágica, extraída de los chorros del sol. En el suelo descansaba una alfombra tan mullida que cuando andabas no se te veían los pies. Pero un detalle le hacía perder todo el encanto para un espíritu ansioso de moverse por los caminos del viento. Carecía de ventanas. Eso le privaba de toda referencia con la parte de fuera. Y tal circunstancia, unida al silencio solemne que solía presidirlo todo, significaba aburrimiento eterno.

Cada vez que oía el más insignificante ruido se le arqueaban las cejas en señal de alerta, ansioso porque se tratara del roce de un ser humano que pudiera levantar la tapadera, acción que le abriría las puertas de aquella cárcel dorada. Como mal menor, el tiempo dentro de la cajita transcurría de modo muchísimo más lento que en el mundo ordinario, lo que, mires como lo mires, no restaba hastío a la situación, aunque multiplicaba las posibilidades de comunicación con el exterior. Ahora sentía que la alfombra se inclinaba hacia un lado y hacia otro, lo cual le podría hacer albergar alguna esperanza de que no fuera precisamente un gato u otro animal curioso el que le diera vueltas a su habitación de lujo, con ánimo de jugar con ella.

El humano no se decidía a abrir la caja. Su sentido de la honestidad le impulsaba a preguntar por los alrededores, en busca de su propietario, que seguro que andaría como loco intentando recuperarla. Se incorporó y miró en una y otra dirección sin que apareciera a la vista persona alguna. Dentro el ocupante se impacientaba. Finalmente, Néstor pensó que quizá abriéndola pudiera encontrar una pista del dueño. Cuando el genio vio moverse el techo de su residencia no podía ni creerlo. Unos dedos gigantescos levantaron la tapadera y luego apareció un enorme ojo que miraba el interior con expresión de asombro. El genio aprovechó la rendija para colarse a la parte de fuera, pegando un gran salto digno de los juegos olímpicos.

Más sorpresa, si cabe, experimentó Néstor cuando el genio se puso a crecer y crecer, hasta alcanzar una estatura que duplicaba la suya propia. Para apoyar la escenografía del momento, desde el suelo ascendía una columna de humo de color violeta que envolvía al recién llegado igual que una columna salomónica. Desde allá arriba hizo una reverencia y preguntó con voz amable, aunque con algo de carraspera por el tiempo que se había pasado sin abrir la boca.

“¿Cuál es tu interés?” Estoy aquí para satisfacer un deseo.

Néstor no entendía muy bien el sentido de la pregunta y, además, todavía estaba algo perplejo con los acontecimientos que acababan de ocurrir. Tras un rato de ajuste, aceptó la situación con la mayor naturalidad.

“Tengo miedo al monstruo de mil cabezas”.

¿”De qué monstruo hablas?” – El genio quería más detalles.

“Desde que era adolescente me he sentido amedrentado por policías, ladrones, jueces, abogados, curas, militares o nacionalistas. Por toda clase de funcionarios y también por la gente mayor, sin olvidar a los explotadores y los fanáticos de turno. Son apéndices de una masa oscura que actúan como si fueran un solo individuo. Un monstruo que te vigila y puede aniquilarte”.

“¿Y qué harías al respecto?”.

“Quiero dejar de tenerles miedo”.

“Creo que ése es un deseo de escasa entidad para mis poderes. Está a tu alcance conseguir superarlo. Basta con que mires directamente y el monstruo te revelará sus debilidades, que son también las tuyas”.

El genio dio unos pasos mirando a ningún lado, en una pose de hacerse el interesante, mientras el humano se rascaba inconscientemente la coronilla, con los ojos cogidos a alguna parte del pasado. Estaba intentando hallar alguna circunstancia en la que tuviera verdadero interés.

“Tengo interés en ser desinteresado” – dijo al fin, con aire de triunfo.

“Amiguito, eso es como decir que eres un mentiroso que no dice mentiras. Esa clase de contradicciones me pone de mal humor. Te sugeriría que te tomaras tu tiempo. Mientras que te decides me voy a dar una vuelta por las nubes. Las criaturas de la tierra no son totalmente conscientes del tesoro tan sumamente raro que supone este mundo, único en muchos aspectos y anhelado por cualquier signo de vida que pulula por el universo”.

Dicho esto, el recién aparecido se dio un garbeo por las cimas de las montañas disfrutando como un niño. A lo lejos se dedicó a hacer cabriolas y pegar brincos impresionantes. A veces se ponía cabeza abajo y giraba como una peonza. También abría los brazos pareciendo querer abarcar todo el aire que circulaba por las alturas. En un arrebato infantil, descendió hasta la Alcazaba y se puso a dar saltitos a la pata coja por las almenas de la ciudadela andalusí, rebotando luego por la coracha y el castillo y ascendiendo finalmente hasta una nube pequeñita que pasaba por allí. A ras de suelo, Néstor seguía enfrascado en encontrar algo que valiera la pena para formular un deseo bien armado. El genio se lanzó de cabeza hacia abajo a toda velocidad, recuperando sus maneras cuando estaba a punto de darse un buen trompazo, flotando a continuación como un barquito de vela. Cruzó las piernas y aguardó sentado unos centímetros por encima de la hierba.

“Ya sé cuál es mi interés. Quiero que nunca más me duela nada. Aparta de mí el dolor y me quedaré contento para siempre”.

“Otra vez te equivocas. El dolor es necesario para sobrevivir. Todos los seres vivos disponen de este mecanismo de preservación física. Él y tu buen juicio tienen que ayudarte a tomar decisiones que te salven el pellejo”.

La objeción del genio hizo mostrar un gesto de fastidio a Néstor. Ya no sabía qué pensar ante aquella oportunidad única de satisfacer un gran deseo. De pronto creyó encontrar la opción universal. Para ese momento ya estaba convencido de que se hallaba ante un gran sabio.

“Quiero tener tus poderes”.

Evidentemente ése era un deseo completo porque, una vez conseguido, todo sería posible para él. El genio sonrió con malicia.

“Sigues por el camino erróneo. No obstante, no me opondré. Que sea como tú quieres”.

El genio inclinó la cabeza y extendió los brazos con las manos hacia arriba, en actitud muy teatral, e inmediatamente ocurrió el milagro.

Néstor se encontró de pronto en el interior de una estancia enorme, decorada con lámparas y cuadros inimaginables. Sus pies descansaban sobre una alfombra de ensueño y todo respiraba lujo. Al respirar hondo sentía en sus entrañas que tenía un poder inmenso. Saltaba y flotaba en el aire a voluntad. Suspiró convencido de su acierto y luego quiso contemplar lo que había en el exterior, pero no encontró ventanas para asomarse. Ni puertas.

Fuera, en el mundo que todos conocemos, el genio iniciaba una vida nueva, libre para ser libre. Asumiendo la forma humana de Néstor, no tuvo inconveniente en repasar en cada instante cuál era su condición. Se despidió del trabajo y encontró otro en los Montes de Málaga como cuidador del medio ambiente. Desde entonces puedes encontrarlo por las sierras de Tejeda y Almijara y por los alrededores de los pueblos de la Axarquía y de la Sierra de las Nieves. Amigo incondicional de las cabras montesas, las águilas reales y los búhos, también se siente hermanado con los buitres que paran en Sedella, el Torcal o Cortes de la Frontera de camino para África, aprovechando la ofrenda de caballos o mulos muertos tras toda una vida de servicio al ser humano. Es un apasionado del sol y del olor a montaña. Y todo eso sin olvidarse de la amistad de las encinas, los chaparros, los madroños y tantos árboles que viven serenamente en aquellos templos sagrados de la naturaleza.

La gente lo ve siempre acompañado de su inseparable mochila, que oculta a los demás con aire de misterio. Dentro guarda la cajita mágica de madera, esperando una señal que le avise de que Néstor haya acabado definitivamente con todos los intereses personales. En realidad no tiene del todo claro quién está dentro y quién está fuera, pero está convencido de que cada uno juega su papel en nuestro enigmático viaje por el universo.

El espantapájaros

Era un valle amplio serpenteado por un río de aguas mansas, cuyas innumerables curvas saciaban desde hacía milenios la sed de una tierra muy fértil y agradecida. Desde la majestad que inspiraba la salida del sol, premioso e inmenso, hasta su recogida gloriosa por la tarde, recortado entre maravillosos tonos de rojo esparcidos por el palio del firmamento, las sombras de los árboles, en las faldas de las montañas circundantes, dibujaban una coreografía de movimiento tranquilo enmarcando las acrobacias de millares de pájaros. Vuelo y trinos completaban la sinfonía fantástica de la naturaleza, ajena por completo a las tribulaciones rebuscadas de los seres humanos.

Justo en un lado del valle, algo alejada del río, se extendía una interminable estera amarilla de mies, muy próxima al tiempo de cosecha, cuando el duro trabajo de los hombres separaría el grano y la convertirían luego en harina para hacer buen pan. Para las aves no existía la propiedad privada y sólo distinguían comida fácil de obtener, por lo que se arremolinaban a lo largo del perímetro de aquella alfombra mágica y saciaban su hambre con la alegría de la despreocupación y la libertad. Y lo hacían de esa manera porque algo les alertaba de que no debían acercarse al centro.

Y el lector se preguntará: ¿Qué había por allí tan peligroso que los pájaros ni siquiera intentaban acercarse? Sí, señor. Era una figura humana. Estaba quieta, pero sus brazos se movían de manera amenazadora. Estaba vestido con una chaqueta y unos pantalones muy viejos, cuyas mangas y perneras quedaban sueltas y a merced del viento, haciendo el efecto de que los agitara con su propia voluntad. Su columna vertebral era un largo palo anclado al suelo, cuyo extremo sostenía la cabeza, cruzado por otro horizontal, más pequeño, que armaba a los hombros. El cuerpo era de paja, muy bien ajustado para simular lo que los pájaros temían y, en lo que era la cabeza, se había añadido una zanahoria por nariz y dos nueces por ojos. La boca estaba pintada abierta, con dientes de ajo en el hueco y finalmente se remataba el cuadro con un sombrero de ala ancha, cogido con unas tiras de goma.

El espantapájaros se sentía muy importante en medio del sembrado y muchas veces él mismo creía que movía los brazos y las piernas para imponerse a los intrusos. No le extrañaba nada estar allí tan solo y consideraba a los pájaros como verdaderos enemigos, aunque no sabía muy bien cuál era la razón. Sencillamente era así, y eso bastaba. No obstante, muchas tardes, cuando el horizonte se conmovía anunciando la inmediata retirada del sol, se preguntaba a sí mismo si no existirían otras realidades, desconocidas para él, que explicaran por qué estaba él allí, en aquel lugar aislado, a merced de las inclemencias de la meteorología y de tantos caprichos de la naturaleza.

Una de esas tardes oyó unos gritos. Eran niños jugando y esto le enterneció. Estarían recién salidos del colegio y contentos por verse liberados de la disciplina de los mayores. Contempló, con la vista de los espantapájaros de los cuentos, cómo se acercaban y lamentó no tener voz para animarlos en su alegre algarabía. Por eso le sorprendió que uno de ellos le arrojara con fuerza y buen tino una de las piedras que había esparcidas por el sembrado. Otro se acercó para mirarlo más de cerca y con cara de regocijo tiró de los pantalones, hasta arrancarlos, dejando a la vista los muñones de paja que figuraban las piernas. El espantapájaros no comprendía el sentido de aquellos actos, de nuevo en el misterio de lo que le era desconocido, pero se sintió apesadumbrado al ver que no podría cumplir adecuadamente con su trabajo. Quizás los que le habían dado la vida, los dioses del sembrado, le proporcionarían una nueva prenda, pero eso estaba fuera de sus cálculos, por lo que se enfrentó a la nueva situación con paciencia, que nunca le faltaba.

Conforme avanzaba la oscuridad, descendía la temperatura ambiente, lo cual en realidad no molestaba al espantapájaros, pero sí a un mendigo que atravesaba los campos en busca de algo que llevarse a la boca. Como llevaba poca vestimenta no pudo por menos que fijarse en la chaqueta raída del guardián de la mies, de modo que, tras un fruncimiento reflexivo de entrecejo, trepó por el palo que lo sostenía y se la quitó. De camino, le arrancó las dos nueces que llevaba por ojos, sin poder evitar que se desprendieran también la nariz de zanahoria y los dientes de ajo. Ya en el suelo, se puso la prenda y quedó hasta satisfecho, pensando que algo de frío le iba a evitar en la larga noche que tenía por delante. Cascó las nueces y engañó al hambre durante un rato.

El pobre espantapájaros se quedó en cuadro, con el sombrero como última señal de identidad. Interiormente le invadía un gran desconsuelo, pensando en que los avatares del destino habían sido muy crueles privándole de realizar dignamente su trabajo, cuando de pronto arreció el viento y, ¡hala!, arrambló con el sombrero. En ese instante quedó sumido en la más profunda tristeza haciendo cuentas de lo poco que le habían dejado las circunstancias. “¡Sólo soy un puñado de paja!” – clamaba para sus adentros.

Pero eso no fue todo. El viento aún tenía ganas de guasa y pegó una racha de no te menees, con el resultado de que lo que fue el cuerpo de paja se dispersó por el aire en miles de briznas, cada una de ellas viajera anónima desde una estación perdida.

El espantapájaros ya era nada. Y no quedó tampoco nada para lamentarse. Los minúsculos pedacitos de su cuerpo se habían integrado en el espacio de los vientos y caían luego para unirse con la tierra, que los recibía como hijos perdidos, ahora fundidos con ella en su eterno baile cósmico.

Cuando los campesinos llegaron unos días más tarde para realizar los trabajos de recolección, pudieron ver en medio del campo el testimonio mudo de una solitaria cruz de madera, esperando un nuevo espantapájaros para la siguiente cosecha.

El contrato sagrado

Era un día de otoño traidor al tiempo. En lugar de languidez y embajada del invierno, escondía su verdadera naturaleza bajo un sol radiante que oprimía a las calles con manos ardientes, descolocando a las hojas de los árboles, completamente desorientadas con el mensaje del cielo. Colgaban de las ramas y no terminaban de tomar la decisión de quedarse agarradas o descender suavemente a lomos del aire, como mandaba la época del año.

La joven madre también había salido a la calle confundida con el calendario y sudaba bajo la ropa de entretiempo, aunque no era ese trance lo que mayormente agobiaba su pecho, lleno de angustia por la salud de su hijita de sólo dos meses. La protegía con pasión entre sus brazos, como si ellos y su coraje fueran una barrera disuasoria contra la agresión del mundo entero. El pediatra le había dado una mala noticia: una flecha con la punta envenenada apuntaba directamente contra el pequeño corazón cuyos latidos se estaban todavía asomando a los principios de la vida.

Sin apenas ideas en su cabeza que pudieran proporcionarle una lucecita de esperanza, se encaminó como loca hacia la iglesia del barrio. No era una creyente contumaz, pero la grave situación la empujaba hacia soluciones desesperadas, lejos de sus convicciones cotidianas, lejos de filiaciones religiosas alienantes y siempre tenidas por oscuras en sus más íntimas reflexiones.

Atravesó el umbral de la iglesia como subida en un sueño y se acercó a una de las capillas que había a la derecha, sin reparar siquiera en la pila de agua bendita, de urgente que era la demanda. Había una virgen subida en una peana, iluminada con varios cirios a los lados. No le importaba su nombre. Sólo quería un mediador para pedirle a algo que tuviera el más grande poder. Su cara quedó iluminada con las llamas oscilantes de un montón de velas enanas encajadas en una tabla de ofrendas. Le parecía que sólo estaban las tres en aquel tremendo espacio que era el interior del santo recinto, para ella reducido hasta donde llegaban los temblores de las luces, tan nerviosas que hasta la cara de la estatua de madera parecía cobrar vida con sus caricias amarillentas.

Le ofreció lo único de valor que estaba a su alcance, a cambio de la salud de su hija. Vida por vida. Tal era el frenesí que la embargaba que la niña arrancó a llorar, protestando por la fuerza con que la apretaba su madre contra la esperanza y el deseo que desparramaba su espíritu. Desde la altura donde la habían colocado sus devotos, la virgen abrió los brazos y miró a la madre con extraordinario afecto. En sus ojos se reflejaba una inmensa compasión y la joven supo que su deseo había sido concedido.

Completamente convencida del milagro, se incorporó y fue retrocediendo lentamente, sin dejar de mirar a la imagen en la que había depositado toda su confianza. En la calle había cambiado la perspectiva del tiempo. Ahora se veía oscuro y comenzaban a caer una fina lluvia que se aliaba con el polvo de las aceras convirtiéndolo en barro con olor a otoño. Avanzaba como poseída, en un trance inducido por la alta expectativa que acababa de negociar con la figura sagrada, lo que le impidió percatarse del charco enfangado que se cruzaba en su camino. Cayó de espaldas, sin dejar de sujetar con fuerza a su niña del alma.

Las noticias de la noche reflejaron escuetamente el suceso en la crónica local. Una mujer había muerto desnucada al resbalar en plena calle. La niña que llevaba en sus brazos se había salvado in extremis para asombro de los médicos, tras operarla de urgencia de una malformación cardiaca congénita.

El hombre mágico

El mago se sentó directamente sobre el suelo, impregnado de la frialdad de la noche y sin que ésta alcanzara a perturbar su firme concentración en las profundas reflexiones que viajaban por los caminos de su cerebro. A la luz de cualquier otro ser humano su figura se manifestaría magnificada por las dimensiones del poder que emanaba de sus actos. Poder de viajar por los espacios astrales o de sintonizar los cauces de pensamientos ajenos. Poder de contemplar el pasado de la humanidad y los múltiples futuros que la mecánica del azar proporciona a los individuos. Poder de conocimiento… Pero esos niveles de diferencias no oscurecían la mente de aquél que miraba en la más completa soledad, consciente de que sólo eran olas efímeras en el océano inmenso de lo desconocido, por una simple gota de lo cual hubiera entregado todo lo que poseía.

En medio de la negrura de un fondo sin relieve, se mostró de repente la explosión de los infinitos colores de la ilusión y la imagen de una diosa extraordinariamente bella le sonrió con ternura, invitándole a plantearle el interrogante que más embargara su espíritu, con la promesa de resolverlo para siempre. La postura del mago no dejaba lugar a dudas.

“La respuesta a cualquier pregunta que pueda formular…” – dijo quedamente, como si se hablara a sí mismo arrastrando las palabras sobre un sendero de barro – “… carece de valor alguno, porque sería parte de la misma condición que la requiere”.

La sonrisa de la diosa recibió la sentencia como un puñal de hielo que congeló su belleza y la rompió en el tiempo, deshaciéndose con el calor de lo que era obvio para unas alas que volaban por encima de los intereses del mundo.

Cayeron al abismo innumerables hojas del calendario y eran recogidas por almas confundidas que buscaban consuelo en las proyecciones que emanaban de la quietud del mago, al que profesaban devoción nacida del brillo externo, aparente a los ojos de la ignorancia. Aquél los apartaba imperturbable, pero consciente de la inutilidad de su gesto, tratando de hacerles comprender que ellos eran iguales en lo fundamental, libres para percibir la unidad de toda la creación y manifestaciones distintas de una misma realidad, de la que todo es un simple reflejo.

El mago continuaba atado a la vida pero su mente se iba quedando paulatinamente atrás, cerrada en la oscuridad del aburrimiento al constatar día por día la banalidad de los actos que tienen lugar en el enorme teatro que todos compartimos. Y sin embargo, esta decepción no abría la puerta a algo distinto, nuevo. Sagrado. El deterioro físico anunciaba el final de su visita al mundo de los fenómenos cotidianos y le daba la sensación de pérdida de cualquier posibilidad de encontrarse con aquello que es, fuera del tiempo y del espacio.

Abandonada toda esperanza, se resignó a continuar vivo, decidiendo hacer el menor daño posible a los seres que se mueven en el manto de la madre naturaleza, para lo cual se consagró a un ayuno de iniciación que sólo incluía agua pura, como disolvente universal de los tóxicos que aún embargaban a su espíritu. Pronto su mente se vio inmersa en un inmenso júbilo, fruto del descanso que emanaba de tanta carga dejada en el suelo del abandono, hasta tal punto que ya no era capaz de reconocerse como ser diferenciado y su cuerpo se convertía en una simple posada donde reposaba un destello del infinito.

Pero después todo quedó reducido a una sencilla anécdota en la inmensidad del universo. La diosa rota cobró entonces apariencia y le volvió a interpelar.

“Tu condición es ahora tan ligera como un suspiro de la creación. ¿Tienes la pregunta definitiva?”.

El mago contempló absorto las evoluciones de la diosa y su mirada se trocó impía, aunque lo más profundo de su esencia se rebelaba contra cualquier postura. La apasionada lucha entre ser y no ser parió una túnica que vistió su cuerpo como un guante de seda y que, a partir de entonces, le distinguió entre los demás mortales, convirtiéndose en un signo de maestría a los ojos de los buscadores de la verdad. El cabello divino de la diosa se había convertido en santo hilo para tejer las vestiduras que dignificaban al hombre entre los hombres. Y fue reconocido y agasajado. Querido, en los términos que quiere la humanidad.

Se miró y no vio felicidad. Un enorme vacío se había apoderado de su espíritu y no hallaba salida para tamaña encrucijada, amarrado a la materia a su pesar. Un buscador le preguntó: “¿Qué es el saber? ¿Cuál es la diferencia con la sabiduría?”. Y, con inmensa pena, se dio cuenta de que el saber es una distancia entre dos opuestos en el mundo del pensamiento. El deseo y su objeto. La virtud y su búsqueda. El saber había inundado su existencia durante toda su vida, y no había dejado sitio para aquello que carece de nombre porque es todo.

Lloró desconsolado. Tanto que sus lágrimas se convirtieron en arroyos y éstos en ríos, que finalmente llenaron los valles formando mares de belleza tranquila, que espejaban el azul de los cielos. El mago se sumergió luego en las aguas que habían brotado de su conciencia abrumada por el peso del conocimiento y las vestiduras de seda se disolvieron en ellas, dejándole totalmente desnudo a los ojos de la eternidad. Fue su última acción: la entrega absoluta. Allá donde no hay tiempo se abrió la puerta de lo desconocido y la luz primera y sin causa lo iluminó entero, exhalando su aliento creador para arroparlo con el tejido transparente de la sabiduría, que envolvió amorosamente a aquel cuerpo cansado, gradualmente invisible al confundirse con las mismas lágrimas que había derramado.

El ladrón de tiempo

La silueta de la casa se recortaba contra el fondo del crepúsculo que adornaban las estrellas, en un escenario mágico que había invitado a la luna a mostrar su cara redonda en el gran patio de la noche. Dentro había una figura con los ojos cerrados, el cuerpo totalmente inmóvil salvo los mínimos movimientos necesarios para respirar y el cerebro plácidamente quieto. Cualquiera que la hubiera mirado pensaría que hasta podría estar muerta. Súbitamente se alarmó. Había oído un ruido sospechoso, como el pisar de una rama seca. La gata dejó de estar quieta. Dio un salto y desapareció por la ventana entreabierta, dejando la habitación huérfana de vida. Vacía. Ese tipo de ausencia de la que huye la mayoría de los seres humanos, cuyas cabezas terminan ocupadas por la propaganda ajena, expulsando cualquier posibilidad del encuentro consigo mismos.

El visitante anónimo era un ladrón de tiempo. Se dedicaba a entrar en las casas y detener el avance de todo reloj que encontraba a su paso. Si era de péndulo, sencillamente paraba sus oscilaciones. Si eléctrico, le retiraba su energía. Y si se topaba con alguno de cuerda le separaba la corona. Él era un guerrero que peleaba contra el recorrido de las agujas dando vueltas interminablemente a un circuito circular y aburrido, contra el avance de los números hasta el límite del día o de cada hora, para reiniciar la cuenta una y otra vez sin llegar a ninguna parte. Robaba el tiempo de los demás, convirtiendo sus actos en pura devoción a una idea. Una vez llegó a parar el curso del reloj de la catedral. Se subió a la manquita con premeditación de lunático y luego bajó pleno de sosiego, convencido de haber cumplido con un deber sagrado. Su lucha particular contra el tiempo.

Tras el sobresalto de la mancha oscura que saltó por la ventana, llegada a su asombro como la tarjeta de visita de un alma en pena, él mismo aprovechó el hueco para colarse en la habitación que había abandonado el animal. No había nadie, de modo que cogió una vela que llevaba previsoramente en el bolsillo y le arrimó una cerilla. La llama le devolvió las imágenes oscilantes de cuadros y muebles, dentro de una estancia que era de doble tamaño de lo que podamos imaginar. Una lámpara de cristales brillaba su belleza agarrada del techo. Había también alfombras que se tragaban el ruido de sus pies y tapices colgados primorosamente de las paredes. Hizo viajar a la vela cerca de la cómoda antigua que se retrepaba en un extremo y no encontró ningún reloj. Tampoco en los cajones. Con el mismo sigilo continuó violando la intimidad del resto de las dependencias sin que hallara en ninguna de ellas ni siquiera indicios de lo que buscaba.

Desanimado, se sentó en la cama de uno de los dormitorios de la planta superior y se quedó un buen rato en esa postura en completo silencio. Oyó el sonido de alguien moviéndose en la oscuridad e inmediatamente sopló y apagó la llama, consiguiendo que la vela inundara su nariz de olor a mecha cabreada por sentir roto su vínculo con la luz. El corazón le galopaba queriendo escaparse del pecho. Era un tic tac poderoso que subía a sus sienes para ensordecerle los oídos. Un reloj que llevaba en su interior desde antes de llegar a este mundo, cuando era el único sonido que le comunicaba, dentro de su madre, con el amor que ésta le entregaba a través del cordón umbilical. Sonaron unos pasos suaves que, poco a poco, arrinconaron al silencio que reclamaba su miedo a ser descubierto. Un clip le avisó de que los dedos del recién llegado accionaban el interruptor que daba luz a la habitación mientras él se mantenía inmóvil igual que el ojo de una sombra, oculto detrás de la gran cortina que vestía el hueco del balcón. Lo delataron las puntas de los zapatos, que asomaban imprudentemente por debajo.

“¿Quién eres? ¿Por qué te escondes como un vulgar maleante? – la voz del vigilante era grave pero amable y no denotaba miedo alguno.

El ladrón de tiempo salió de su escondrijo al verse claramente descubierto. Su cabeza levemente inclinada denotaba el embarazo que le embargaba.

“No he entrado para robar nada de lo que guarda en esta casa. Sólo quiero parar las horas”.

“¿Parar las horas?” – el vigilante pretendía que el intruso se explicara a sí mismo.

“Parar el tiempo del sistema. Parar el tiempo de los pocos que oprimen a los muchos. De la minoría que somete a la humanidad. Que los esclavizan”.

“¿Y cómo pretendes conseguirlo?”.

“Detengo la marcha de los relojes” – parecía turbado con una declaración que el otro podría interpretar como absurda.

“Pero en esta casa no hay relojes. No hay tiempo… Además, ¿Qué conseguirás con esa acción?”.

“Quiero que desaparezca el tiempo de los usurpadores. Ésos que fabrican un tiempo propicio para ellos y letal para el resto, que son los desfavorecidos, los que no tienen derecho a un salario mínimo para sobrevivir, a un tiempo para estudiar si lo desean. A un tiempo para la sanidad universal. A un tiempo para la igualdad. A un tiempo para vivir como seres humanos dignos”.

“No diré que estoy contra de esa voluntad de cambiar las cosas que son injustas. Sin embargo, te vuelto a repetir que en esta casa no hay tiempo. ¿No sabías que hay casas en las que no hay relojes?”.

El ladrón de tiempo se quedó confundido. Todos los dictadores tenían un reloj. Pensaba que la esencia del sistema que gobierna la sociedad es un escenario de tiempo al que todos prestamos sumisión y que es manipulado por los más astutos.

“¿Cómo puede funcionar una casa sin relojes? Yo los paro para que no funcione” – la perplejidad había dejado sitio a un punto de curiosidad.

“Yo fui una vez como tú. Me refiero a que fui presa de inquietudes parecidas y creía en la posibilidad de darle la vuelta a la situación luchando contra el tiempo”.

“¿Y ahora no piensa igual?”.

“Ahora no. Ahora no pienso pensamientos si no son necesarios. En esta casa no hay tiempo”.

“Pero ¿y el tiempo de los demás? Los dueños de los relojes que marcan las horas del poder son dueños del mundo”.

“Es inútil que pretendas forzar sus mentes. Tanto los dueños de esos relojes como los que están sometidos a su autoridad son víctimas del tiempo. Y tú te preocupas por un orden que es accesorio. Además, quieres parar los relojes de los demás y llevas uno en tu muñeca. El único reloj que te concierne es el tuyo. Como ves, estás en la dirección equivocada”.

“¿Por qué debo parar el mío? Puedo compararlo con la hora de los demás. Los otros relojes marcan la hora que no es. Y con éste puedo medir la vida para proteger a mi cuerpo.”.

“Tu cuerpo no necesita de tu reloj”.

“Dime cómo puedo pararlo”.

“No es cuestión de pararlo. Sólo tiene que dejar de darle cuerda”.

“¿Y si no hay relojes, cómo cuidas entonces de la casa?”.

“La casa se cuida sola”.

“¿Qué haces tú?”.

“Yo vigilo. Hoy te he sorprendido a ti intentando robar”.

“¿Y qué vas a hacer conmigo?” – el ladrón tiraba de ironía.

“Descubrirte es suficiente. Tú desaparecerás cuando comprendas la futilidad de tus intenciones, porque has convertido tu vida en una lucha contra algo ilusorio. Cómo eres eso, dejarás de ser en el mismo instante en que cese esa lucha. Y entonces yo también desapareceré”.

El ladrón de tiempo había comprendido, y como le habían anunciado, dejó de serlo. Como eso era lo único que había sido, se convirtió en parte del aire de la mansión, igual que el vigilante, que se quedó suspendido en la transparencia hasta que lo instara otro asaltante irrumpiendo en la casa vacía.

La noche estaba llegando a su fin. La bola de la luna tiraba de las cumbres de las montañas que se desperezaban en la lejanía y se arropaba con ellas para hundirse en el lecho del firmamento. La gata saltó de nuevo a través de la ventana y luego se quedó quieta, absolutamente quieta, como un objeto más entre los cuadros, las lámparas y las alfombras.