Ogros

Por mucho que reflexionemos no sabemos del todo hasta qué punto nuestro comportamiento es similar al de otras criaturas que consideramos repulsivas, violentas o todo lo contrario, asignándoles en cualquier caso unos valores o deméritos que no son sino una proyección inconsciente de nuestras propias circunstancias. Un bello atardecer es el mismo para todos. Para los árboles, para los pájaros, para los cerdos y para los seres humanos. Pero nuestra percepción lo convierte en versiones distintas, cuando hay una sola realidad, que llega adornada con los matices de nuestra singularidad como supuestos individuos, enmarañada de memoria y de pensamientos.

 

La ogresa caminaba muy ufana, en su significado de alegre, camino del colegio, con sus dos ogritos bien cogidos de la mano, no fuera que un arranque de insensatez infantil les hiciera salir corriendo y aventurarse a que los pudiera pillar un autobús o cualquiera sabe qué otra bestia urbana. El padre los acompañaba con la cartera de trabajar firmemente agarrada y maneras de elefante distinguido. Los viandantes los miraban disimuladamente, aprensivos ante el aspecto feote y grandón de la familia de ogros, y procuraban apartarse discretamente para no interferir en sus andares. La mañana invitaba al optimismo, propiciado por una capa de luz que reavivaba la superficie de los objetos y de los árboles a los ojos de todo el que quisiera verlo. Que muchas veces tienes las llaves delante de ti y no eres capaz de encontrarlas. El padre detuvo un instante a la comitiva y se agachó para propinar un beso cariñoso a cada vástago, sin olvidarse de otro igualmente sentido a su esposa. Luego se marchó, silbando la cancioncilla que los enanitos entonaban en la película de Blancanieves.

 

Ese día tocaba reponer la despensa, de modo que, nada más despedirse de sus hijos a la puerta del colegio, la ogresa se dirigió al Mercadona, donde se pertrechó de todo lo necesario. Las dependientas la saludaban con afecto, ya que, a pesar de su apariencia brutal, había demostrado a lo largo de los años poseer delicadeza y una gran capacidad afectiva. Por el contrario, buena parte de los clientes, sobre todo los que no habían tenido la oportunidad de conocerla de cerca, se apartaban con prevención, dada la fama que tienen los ogros de come niños y estúpidos. Era algo a lo que estaba tan habituada que apenas le concedía importancia. Luego se dedicó a la faena de arreglar la casa y preparar una buena comida para su gente. Ya con el tiempo justo, vuelta al colegio para recoger a los ogritos. Al llegar se sorprendió de ver que Olev, el mayor, salió cabizbajo. Le levantó la cabeza tirándole de la barbilla y comprobó que tenía los ojos enrojecidos.

 

“¿Qué te ha pasado? ¿Algún percance con los profes?” – intentó resultar desenfadada, para no preocuparle más de lo necesario. El niño guardó silencio, con la vista clavada en sus zapatos.

 

“Quizás es que había mucho humo… Tendré que decirle a los maestros que no es bueno fumar en clase” – continuó ella.

 

“No es eso, mami”.

 

“¿Pues qué, entonces?” – intuyó que ya llegaban al meollo del asunto.

 

“Los demás niños se han vuelto a reír de mi aspecto. Dicen que soy grandullón y tonto. Me dieron ganas de cambiar”.

 

“¡Ah! Tendré que hablar con tu padre. Ya sabes que no debemos mostrar más apariencia ante los demás que la que nos identifica en este mundo. Somos como somos y punto” – no parecía muy convincente su argumento.

 

En cuanto que llegaron a su casa la madre llamó a su marido por teléfono. Estaba muy atareado con la faena de la oficina y no podía prestarle mucha atención. “No te preocupes, que en cuanto que llegue lo zanjamos con una conversación de familia” – dijo con ánimo de tranquilizarla. Y así ocurrió. Cuando todos volvieron a estar juntitos, se sentaron en el salón y, después de la metamorfosis, comenzaron a charlar, al principio tirando de las palabras y luego con la relajación que propiciaba el afecto que se tenían entre ellos. Su aspecto de monstruos gordos había quedado atrás, colgado en la percha de las conveniencias, y ahora se manifestaban como figuras de naturaleza delicada no exenta de belleza.

 

“Estoy harto de soportar los insultos de mis compañeros del cole” – decía Olev. “Quiero demostrarles que no soy como ellos creen que soy” – añadió con firmeza.

 

“Lo que eres está dentro de tu corazón. ¿Qué importa la opinión de los demás? Lo mires como lo mires, siempre estarán equivocados. ¿Qué dices tú, Antov?” – ahora se dirigía a su marido.

 

“Bueno, Crístiv. No sé si nuestro hijo tiene edad para entender ciertas cosas…” – parecía dubitativo. Mientras hablaba se transformó en un hombre de goma y alargó el brazo para llegar con la mano hasta la nevera, de la que sacó una jarra con zumo de naranja, llenando a continuación los cuatro vasos que había en la mesa. Volvió a ser normal. Lo normal que puede ser el interior de un ogro descendiente de onis japoneses, una parte de su linaje que le proporcionaba un barniz de ternura, añadida a otras características supra humanas muy útiles para su menester en este planeta. Tras unos sorbitos que le refrescaron el gaznate se dirigió a su hijo.

 

“Mira, según la mitología y leyendas de las gentes del norte de Europa, los ogros son una raza de humanoides grandes, fieros y crueles que comen carne humana”.

 

“Sí. Ellos dicen que se comen a los niños” – a Olev apenas le salía un hilo de voz.

 

“También los cuentos se refieren a nosotros como tímidos y cobardes, con escasa inteligencia. Que vivimos bajo tierra o en lujosos palacios. En lo que no yerran es en que seamos capaces de cambiar de forma a voluntad” – el padre continuaba con su cantinela.

 

“Pero podemos hacerles ver que están equivocados” – se defendía el hijo.

 

“¿Cómo crees que se lo tomarían? En la sociedad en la que nos hemos integrado, los adultos actúan como si ellos mismos fueran los ogros a los que temen. Literalmente se comen la inocencia de los niños y actúan igual que si les hubiera abandonado el talento, si alguna vez lo han tenido. Lo que verdaderamente nos diferencia de ellos es que nosotros nos vemos como somos en realidad”.

 

A continuación dio una lección magistral sobre la gente de su especie, nacida de la imaginación de los seres pensantes.

 

“En los países escandinavos no emplean la palabra ogro. Son más finos y utilizan la palabra trols para referirse a ellos en sus relatos mágicos. Según ellos, viven en montañas o castillos, donde acumulan tesoros. Se los figuran con aspecto de gigantes feos, aunque en las tierras del sur los ven como más cercanos a los humanos. Luego tenemos a los Negoogunogumbar que, según los pigmeos, devoran niños. Y en Cantabria está Ojáncanu, de un solo ojo, un personaje sumamente malvado, siempre en la fantasía de los que viven por allí. Hasta los indios americanos tienen tradiciones tribales en las que aparecemos como gigantes devoradores de hombres. Y en el centro y el sur de América están el curupira, la ceiuci, el Boraro y tantos otros” – papá ogro hizo una pausa, sentenciando con una frase a modo de colofón.

 

“Como veis, no somos muy bien considerados en ningún sitio”.

 

Y entonces recurrió a un ardid que solía salirle bien cuando deseaba repartir sosiego por los rincones de la casa. Cogió su violín y acometió una sonata de Bach, difícil para cualquiera menos para él, con sus portentosas habilidades de adaptación a cualquier forma. Finalmente, todos se metieron en sus camitas buscando la ayuda reparadora del sueño. La mañana siguiente fue el prólogo de otro día que reproduciría el anterior, con las mismas salidas e iguales encuentros. Aunque no del todo. A la salida del colegio, la madre captó algo en la actitud de Olev que le hizo fruncir el ceño.

 

“Te veo muy contento. Algo ha pasado que no alcanzo a adivinar”.

 

“No es nada. Que me van bien las cosas y ya está” – no era lo habitual. Cuando llegaron a su casita, el padre también se olió la tostada.

 

“Olev, no me engañas. Tú has hecho algo” – su mirada era severa y el niño ogro se sintió intimidado.

 

“Nada, papá… Sólo me he dado a respetar”.

 

Definitivamente algo no iba bien. Antov se sentó junto al hijo y le preguntó hasta la extenuación, hasta que éste no tuvo más remedio que cantar la gallina.

 

“No pude evitarlo, te lo juro. Me acorraló y no me dio opción” – dijo Olev casi en un susurro.

 

“¿No pudiste evitarlo? ¿A qué te refieres? ¿Qué hiciste?”.

 

“Es la primera vez que me pasa. Sin pretenderlo conscientemente, de pronto me convertí en Popeye el marino y le sacudí un mamporro a ése que siempre se ríe de mí. Él salió corriendo como si le persiguiera el diablo. Entonces fui yo el que reí, pero ahora no parece que haya sido algo gracioso, por el modo en que me hablas”.

 

“¿Popeye? ¿Y cómo ibas vestido?” – parecía una pregunta que no venía al caso.

 

“De marinero. ¿Cómo iba a ir vestido?” – y la respuesta taxativa parecía despejar las dudas.

 

“Bien, bien” – el padre se rascó la cabeza pensativo. “Creo que has llegado a la edad del reformatorio” – añadió.

 

“¿Reformatorio? ¿Una cárcel?” – el niño se asustó. Entonces la madre intervino para calmarlo.

 

“No es lo que crees, aunque sí es una especie de colegio. Un colegio de ogros”.

 

Olev se asustó todavía más.

 

“Verás” – el padre se volvía conciliador. “Todos los ogros tenemos que ir al reformatorio. Se trata de pasar una temporada dentro de un cuento apropiado. Puede ocurrir varias veces a lo largo de nuestras vidas”.

 

“Tu padre y yo nos conocimos en Pulgarcito” – dijo la madre con una sonrisa.

 

“¿Cómo se puede estar en un cuento?” – Olev no terminaba de entender la propuesta.

 

“Los cuentos tienen personajes que cobran vida en la mente de los que los leen. O en la cabeza de los más pequeños cuando se los lee alguien” – aclaró la ogresa.

 

“¿Y qué seré yo?” – el niño ya había asumido la que se le venía encima.

 

“Eso lo tiene que decidir el Gran Ogro” – era un título que no había oído antes.

 

La familia ogro entera se fundió en una sola luz y entraron en la bombilla encendida que presidía la habitación. En su interior encontraron una gran estancia con candelabros de época y dos grandes columnas salomónicas, en medio de las cuales había sentado un pedazo de ogro, el más grande que hubieran visto jamás. Sus ojos tenían una expresión feroz, que fue cambiando hasta convertirse en bondad pura y, con ellos, el resto de su figura, que finalmente se manifestó como la de un anciano de aspecto venerable.

 

“Gran Ogro. Traemos a Olev para que le des un destino adecuado. Está en la edad” – se atrevió a decir el padre.

 

El ahora anciano cogió entre sus manos la bola de luz que formaba la familia y la trasteó, dándole vueltas hasta que llegó al sitio donde se hallaba el niño. Lo miró y remiró, hasta que llegó a una decisión.

 

“Me parece que, como eres de otra generación, vas a ser un orco del Señor de los Anillos. No te preocupes. Te vendrá bien”.

 

“Yo no quiero ser un orco. Quiero continuar siendo como soy ahora”.

 

“Pues haberlo pensado antes” – el padre era tajante.

 

“De todos modos, todo transcurrirá muy rápido. En menos de lo que esperas estarás de vuelta. Es como nacer y morir, sólo que volando por la imaginación de las mentes que leen los cuentos” – dijo el Gran Ogro.

 

“Pero esos personajes están fijos. Si me convierto en uno de ellos no saldré de esas historias”.

 

“¡Que va!” – esta vez era la madre la que hablaba. “Los príncipes, las princesas, los villanos o las hadas no son siempre animados por el mismo aliento. Son como trajes. El espíritu se renueva con cada ser que entra en el reformatorio. Y todos salen reformados. Aprenden una lección en el mundo de los cuentos que no pueden recibir en ningún otro lugar” – parecía muy convencida de lo que decía.

 

El Gran Ogro arrancó a Olev del resto de la bola luminosa, sopló sobre su frente y lo metió en uno de los capítulos del Señor de los Anillos. El resto de la familia revoloteó un rato alrededor del jefe de los ogros y luego salieron por la misma bombilla por la que habían entrado.

 

En los días sucesivos, la maestra le preguntaba a Crístiv de vez en cuando por Olev.

 

“Sigue con los abuelos. Es que le hacía falta un cambio de aires. Ya sabes, por la alergia” – ella tenía salida para todo.

 

Transcurrieron los meses y finalmente Olev volvió de nuevo a casa. Venía hecho un hombrecito. Un hombrecito ogro. La madre lo encontró más maduro y reflexivo.

 

“¿Cómo te ha ido? Te veo muy guapo”.

 

“Al principio fue duro mostrarme con la piel, modales y andares de un orco. Después he aprendido cosas”.

 

“¿Del libro?” – la madre le sonsacaba como todas las madres. Poquito a poco.

 

“No. De las mentes de los seres humanos. He estado sobrenadando entre sus emociones. Niños y mayores son crédulos hasta límites extremos. O sencillamente necesitan creer. Ha sido una lección provechosa” – hablaba como un recién licenciado en algo.

 

“¿Quieres decir que te has recuperado de los sentimientos que te acompañaban con los amigos del colegio?”.

 

“He comprendido que en el fondo soy igual que ellos” – era una confesión inesperada. En ese momento el padre regresaba de su trabajo diario. Había oído las últimas palabras de Olev.

 

“¡Vaya! Mi niño ya está con nosotros de nuevo. No sólo eres igual que ellos. Es que además te darás cuenta de que, en lo más profundo, eres nada. Ya llegarás a eso”.

 

“¿Nada?” – la palabra le provocó un gran desconsuelo.

 

“Nada significa todo. Es comprensión. Es libertad completa. El único requisito para que te roce lo desconocido, aquello que es sagrado”.

 

Después de un rato de conversación se sentaron en los sofás del salón y adoptaron la forma de cuatro gatos, ronroneando felices. Antes se cercioraron de que estaban bien cerradas las ventanas, no fuera a ser que a algún perro le diera por asomarse y liarse a ladrar. La tarde se fue también transmutando en noche y todos entraron en el mundo de los sueños, donde se quedaron hasta que la mañana los trajo de nuevo a la realidad cotidiana, a seguir representando su papel de ogros en medio de una sociedad cargada de penumbras.

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