Las raíces del tiempo

Aunque ellas no lo saben, existe un instinto primordial que induce a las criaturas vivas a peregrinar en busca de su origen cósmico, igual que los salmones abandonan los océanos para trepar por las corrientes de ríos salvajes y entregan desinteresadamente sus vidas en una última acción para preservar su especie.

 

Él había estado en los lugares más lejanos de la tierra y, en ellos, había conocido a personajes apartados de la sociedad, que pretenden discurrir por caminos ajenos a la falsedad y entregados a la búsqueda interior. En aquellos raros momentos de su travesía por la vida se sintió hermano del compromiso personal y el fervor profundo que les animaba, tan desconocido para los seres enroscados en la ambición y la competencia. Le guiaba un único norte, que no era otro que encontrar noticias de la fuente, aquélla de la que emana el agua sagrada que da origen a lo conocido y a lo desconocido. La respuesta al enigma del infinito.

 

En alguna ocasión, José había visitado, en sueños, los jardines etéreos alimentados por esa agua creativa, cuyo latido sin causa promueve la danza del universo. Había en ellos rosas de pétalos delicados como el aliento de una mariposa y otras que estallaban de colorido cuando derramabas tu mirada sobre ellas. No obstante, conforme se adentraba por la parte central de aquel laberinto de dioses, comenzaban a dolerle los oídos por el extraordinario silencio que defiende su presencia. Más adelante se encontraba con la nada, una ausencia total, que rebotaba su mente hacia fuera, hasta los límites del vergel intangible. Y despertaba entre sudores de angustia.

 

Un día su cuerpo paseaba aburrido por las estrecheces de calle Granada y, cuando llegó a la altura de la Iglesia de Santiago, justo cuando los duendes empujan a las fachadas para hacerla más calle, sintió que le pesaban las piernas algo más que la costumbre de moverlas, hasta el punto de que, conforme se acercaba a la Plaza de María Guerrero, era una verdadera tortura levantar cada pie del suelo, igual que si los zapatos tuvieran suelas de plomo. Arriba, las nubes habían cerrado por un rato las puertas del firmamento. Echó una mirada a la izquierda, en dirección al monumento a Torrijos y discernió que tenía que llegar como fuera hasta alguno de los bancos de la Plaza de la Merced, que son sillones de mármol con respaldos de viento en esa romántica sala de espera de la eternidad. Recordó que los actuales sustituían a los anteriores, gastados por el tiempo, y que habían viajado en busca de la quietud de los árboles que acompañan a los muertos en el cementerio inglés. Pero esa evocación sólo fue un relámpago en sus pensamientos, porque ansiaba descansar en uno de aquellos asientos fríos y esa urgencia anulaba cualquier otro interés. Conseguido su propósito, echó una mirada a su alrededor y ante sus ojos desfilaron árboles y gente ociosa de atardecer y, en medio de la escena, el obelisco que clavaron los malos tiempos en un puñado de corazones místicos de libertad. Cerca estaba, sentada para siempre, la carne de bronce de Pablo Picasso, al que hacía poco habían cambiado de banco contra su voluntad, si bien las fuerzas vivas lo habían devuelto a su sitio para que continuara tomando apuntes expropiados por el tiempo.

 

Terminando su recorrido visual notó que se escapaba a la carrera la luminosidad del día, apagándose al unísono todas las farolas y el alumbrado de las tiendas. Algo inusitado, teniendo en cuenta que la tarde acababa de despertar. En la oscuridad más absoluta vio que giraba delante de él un chorro de destellos blancos, fijo en el espacio. Una voz de luces impactó entre sus ojos.

 

“Soy el guardián de la fuente primera”.

 

Avezado en lides metafísicas, José no se sorprendió en absoluto.

 

“¿De dónde vienes?” – preguntó con curiosidad crítica.

 

“Del centro del universo”.

 

“¿Y dónde está el centro del universo?” – José lo ponía a prueba.

 

“Está en tu interior” – fue la respuesta de la luz. Hasta entonces el diálogo resultaba impecable. Luego comenzó a complicarse.

 

“Tienes que subir al Mundo Nuevo y atravesar el túnel. Y tienes que hacerlo desnudo”.

 

Podría admitir la propuesta como parte de un juego raro. Lo del túnel. Pero le resultaba chocante quitarse la ropa así por las buenas. La lucecita le apremió.

 

“O te decides o aquí se acaba tu aventura”.

 

Podría estar dentro de un sueño. Pegó un salto y comprobó que todo era tan normal como solía ser la parte aburrida de su vida. Se encogió de hombros y empezó por quitarse la camisa con parsimonia, continuando con el resto de su impedimenta, que depositó sobre el banco que antes le ofreció descanso. Finalmente lo ató todo con los perniles de los pantalones y se puso en marcha. Las nubes que hasta entonces habían ocultado a la luna dieron un respiro a la cara de plata de nuestro satélite y esto permitió a José orientarse en la dirección sugerida por la luz. Su alrededor semejaba ahora un desierto callado. La gente había desaparecido o se habían convertido en mobiliario urbano. Notó que no le quedaba aprensión alguna y hasta le resultaba reconfortante el frescor de la primavera al contacto con su piel. Cuando terminó la cuesta arriba se enfrentó a la entrada del túnel, negra tan negra que le pareció una pared imposible de atravesar. Apretó los párpados y la traspasó.

 

De niño paseó innumerables veces con sus amigos por el interior de aquel enorme gusano de aire, nunca de noche, que fue también atajo a la playa para victorianos y capuchineros. En esta ocasión iba solo, desnudo y rodeado de oscuridad. A tientas. Como dentro de una gran tumba, o como si estuviera cubriendo la distancia entre el vientre de su madre y la salida al mundo del dolor. Súbitamente apareció de nuevo ante él la luz del guardián. La siguió, consciente de que era su único asidero en la lucha comprometida consigo mismo. Transcurrió un tiempo que le parecieron horas y, con ellas, la sensación equivocada de que había andado varios kilómetros, hasta que a lo lejos vislumbró un puntito de claridad que, poco a poco, se fue agrandando hasta convertirse en una promesa de liberación. Era el otro extremo del túnel. Y era de día. Fuera había una viejecita sentada en una silla de nea junto a una mesita. Vendía aceitunas y José le compró un cartucho, sacando algo de dinero del lío de ropa. Ella no pareció sorprenderse de que él estuviera desnudo, aunque sí miró extrañada las monedas que le ofrecía.

 

Tenía hambre y las aceitunas le supieron a gloria. Ante él se extendían los jardines de Puerta Oscura. Descendió por sus pasillos y se reencontró con una habitación de paredes vegetales en la que había un pupitre de piedra, con su banqueta detrás. Había sido en otros tiempos refugio de amantes perdidos en la complicidad de las flores, huyendo de la mirada intolerante del guarda jurado que vigilaba el lugar. Ahora estaba ocupada por un anciano que leía, ensimismado, un libro antiguo. José se acercó y miró por encima de su hombro, impulsado por una curiosidad insuperable. El título venía recogido en cada una de las hojas. “Sobre la fuente suprema”. Sintió un escalofrío cuando se dio cuenta de que estaba dentro del cuerpo del anciano. Era él mismo. Luego desapareció.

 

Abandonó aquel sitio y siguió caminando. A su derecha advirtió las largas escaleras de piedra que tenían el ancho de dos pies juntos y que le rememoraban recuerdos entrañables. Hasta le llegaron los ecos de sus propios gritos de alegría y los de sus amigos de cuando todavía era un chavea. Sin pensarlo bajó por ellas y sintió el contacto del agua fría de una manguera, manejada con habilidad por un jardinero fantasma. Todo estaba como hacía decenas de años y era una delicia. Sin poder contenerse pegó un brinco y se encontró a continuación suspendido en el aire. Vio a lo lejos los barcos atracados en el puerto y se dirigió hacia allá. Por la vía estrecha que circundaba su perímetro se esforzaba en caminar un tren de vapor inundando de humo el espacio que le separaba del Paseo de los Curas, camino de calle Vélez Málaga, para pasar luego por delante de los Baños del Carmen y dibujar la línea costera a base de achuchones de carbón. Se acercó y aterrizó suavemente en el límite que separaba el puerto y la Malagueta. Allí redescubrió, a la salida del pequeño túnel que trocaba el paisaje portuario en barrio marengo, la pequeña taberna donde una vez probó unas tapas cuyos aromas se le quedaron pegados en la memoria para siempre.

 

Examinó con enorme júbilo todo cuanto le rodeaba y le asaltó la sensación de estar resbalando por un enorme escenario construido con reflejos de fotografías antiguas. De encontrarse nadando en una gran bañera rellenada con recuerdos extraídos del olvido. Como un hueso de almencina tragado por un canuto de caña, se halló de nuevo en la escalerita empinada de Puerta Oscura. Había lágrimas en sus ojos. Sentía cerca la presencia de las casas de La Coracha y era un peso muy grande el que tiraba de sus hombros hacia atrás. Recorrió de vuelta aquellos senderos que tenían vocación de caminos de ermita y se volvió a encontrar a la vieja de las aceitunas, que le miró con ojos ausentes. Ante él estaba otra vez la boca del túnel por debajo de La Alcazaba. Se metió en sus entrañas y regresó la oscuridad, persiguiendo el faro, ahora casi imperceptible, de la luz del guardián. Fuera atardecía. Abajo, donde muere el Mundo Nuevo, había una muchedumbre agolpada en las aceras contemplando un río de encapuchados que se derramaba por calle Victoria buscando Carretería. Iban conducidos por el sonido acompasado de tambores y cornetas y apuntaban al cielo con sus capirotes, invitando a las estrellas que estaban por llegar. Detrás de ellos, doscientos esforzados hombres de trono separaban del suelo la carga de su devoción, divina para sus tradiciones. Repetían la estampa de todos los años por esas fechas, cuando las calles se encienden con las luces de los cirios y las cubre la bóveda celeste con un fantástico manto de luz de luna. Él continuaba con toda la piel rendida a la brisa y su lío de ropa bajo el brazo. Se detuvo y se vistió de nuevo, confundiéndose luego con la gente para regresar a la Plaza de la Merced.

 

Se sentó en el banco junto al que había aparecido el guardián de la fuente primera. La luz estaba frente a él, inmóvil y a un metro de su mente, en la que se desplegó un manojo de colores brillantes que oscilaban recorriendo todo el abanico del arco iris. Sus pulmones se extasiaron en un suspiro casi sobrenatural. Sin pretenderlo, acudió en su ayuda el espíritu de la percepción y supo que tenía que terminar con aquella asociación extravagante. Y así fue. La luz del guardián se fue debilitando ante sus ojos, quemándose en el fuego de su propia resistencia a la comprensión de José, y finalmente desapareció, diluida en la magia de la noche.

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