La muerte y el caminante

Llevaba largo tiempo deambulando por agrestes senderos, adornados con árboles y arbustos de crecimiento anárquico y embriagantes aromas. El cuerpo protestaba con dolor y cansancio por la falta de costumbre, pero paulatinamente el lenguaje físico cambió su queja hasta transformarse en regocijo por el gratificante contacto con las brisa de la sierra. A su lado, algo más atrás y a una prudente distancia de un metro, caminaba la muerte, sin síntomas de fatiga y con el aire digno que siempre se auspicia a esta dama ancestral, tocada con elegante toga negra y con un simbólico broche en forma de guadaña prendido en el pecho. Ambos avanzaban sin pronunciar palabra alguna, atento él a las voces diversas de los campos y muy concentrada ella en el silencio del primero.

En determinado momento dictado por el azar, el caminante salió del camino y se adentró en la incertidumbre de parajes desconocidos, seguramente familiares a cabras montesas y restante fauna autóctona, aversa al ser humano. La muerte frunció el ceño con una sonrisa maliciosa, como captando el peligro adelantado que suponía abandonar la seguridad de una vía transitada, aunque sólo fuera cauce para pastores y otra gente en época de caza. Ahora la dirección era ascendente, habiendo de apurarse agarrándose a rocas y palmitos para conservar el equilibrio. Arriba esperaba la cota más alta a la vista, prometiendo descanso y la revelación del encanto de un paisaje expandido y total.

Conforme coronaban la cima fueron percatándose de que el otro lado no se correspondía con el trayecto recorrido. Por el contrario, apareció ante ellos un corte súbito de la tierra, semejando una tribuna abierta a un panorama interminable. Él se acercó jugando con el límite de la prudencia y se asomó al abismo que se abría a sus pies. Le inundó la más alta sensación de vértigo que nunca hubiera antes experimentado, junto con una intensa oleada de afecto cósmico que traía a su cuerpo noticias del misterio insondable emanado de la cúpula celeste, volcada casi opresivamente sobre el entorno natural que le rodeaba.

Como algo inevitable afloró de su garganta un sonido ininteligible que nacía del extraordinario júbilo de todo su organismo y que inmediatamente fue contestado por el verbo de la naturaleza que viajaba en ecos sucesivos, progresivamente languidecidos, como suspiros del viento.

El tajo de rocas se prolongaba hasta un fondo difuminado que se adivinaba muy distante, invitando al observador a un vuelo imposible que sería el último. Levantó la cabeza y pudo advertir en el frente de la mirada, justo por debajo del firmamento, una fantástica línea que trazaba de modo irregular el perfil de un muro cargado de enigmas. Aquellas montañas se mantenían herméticas, guardando celosamente en sus archivos de piedra las huellas de cuantas criaturas nos precedieron y hasta la dama de negro se mostraba fascinada por la belleza que emanaba de conjunto tan prodigioso.

Respiró profundamente inhalando la virginidad que residía en el aire salvaje del lugar. Éste se desposó con los componentes vitales de su sangre, en un matrimonio de eufórica contemplación del instante sagrado que le envolvía, ajeno al tiempo y al espacio. La muerte, aprovechando situación tan propicia, rozó su hombro izquierdo y le hizo llegar en un susurro de respiración la sutil sugerencia de un salto al éxtasis final, visto el estado de embriaguez religiosa que envolvía al ser al que acompañaba. Después de todo era su trabajo y, aunque no figuraba en su agenda de ese día, aquél era tan buen momento como cualquier otro para concluirlo.

El hombre hinchó su pecho completamente y, cuando ya no cabía más oxígeno en la caja torácica, cerró los ojos sumergiéndose en un universo sin formas, presto a precipitarse al vacío. En el instante en que llegó la conciencia a lo más profundo del túnel de su mente tropezó con un golpe de luz, cuya blancura cegadora actuó de despertador mágico de los sentidos. Abrió su mirada a la naturaleza y giró la cabeza hacia atrás, encarándose con su oscura y solícita compañera en el camino de la vida. Le sonrió y le dio un cariñoso pescozón en la mejilla. “Hoy no” – le dijo amistosamente.

“Otra vez será” – respondió la muerte, también sonriente, mientras reflexionaba sobre la delicada labor que le había encomendado la creación.

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