La montaña de la niebla eterna

Es una aldea preciosa, con casitas que albergan a familias que viven de lo que da la tierra. Bosques, prados y sembrados les dan el toque bucólico preciso. Cerca hay un río de aguas mansas y dentro de él peces, cangrejos y piedras redondas emigrantes de turbulencias nacidas en la montaña que lo preside todo en la lejanía y a la que nadie la ha visto jamás por completo, debido a las nubes que rodean a su cima. Otras aldeas se reparten por el inmenso valle, hermanas en forma y en espíritu, todas hijas de la misma tradición.

Carmelilla estaba sentada en una sillita, junto a una mesa del huerto, con los ojos medio cerrados, dejando que los rayos del sol calentaran su piel y le dieran noticias de la extraordinaria energía que emanaba de nuestra estrella. Que la alimentaran de pan cósmico, igual para todas las criaturas, sin discriminación alguna. La inmensa bola de fuego se desplaza por la galaxia sin que le preocupen razones para su existencia. Nosotros dependemos de esta zarza ardiente que, sencillamente vuela y se quema dentro de un espacio que está dentro de otro espacio, lleno de objetos errantes como aves solitarias que surcan el universo, pájaros ciegos danzando alrededor de un centro que gira atado a otro, y éste a otro y a otro.

Una abeja melífera estaba atareada en ir y volver del panal, enamorada de las flores que le ofrecían su polen desde deliciosas trampas de colores, proveedoras de néctar y elementos para producir cera a partir de las glándulas ceríparas, situadas bajo los espejos. La niña había estado siguiendo las incursiones del insecto completamente absorta en su labor interminable, mientras no dejaba de sentir las caricias de la brisa, que le llevaban los olores del campo y los murmullos de las hojas de los árboles.

En una de las pasadas de la abeja, ésta se posó en una flor de lavanda que estaba cerquita. Allí estuvo un buen rato curioseando y tramando la manera de llevarse el mejor botín. Carmelilla aprovechó entonces la oportunidad para dirigirse a ella, sintiéndola compañera junto con las plantas y demás criaturas vivas que la rodeaban.

“¿Qué tal la mañana? Yo la siento espléndida” – le hablaba como si la conociera de toda la vida. La abeja se hizo la remolona y continuó con su recogida de néctar. Luego pareció descansar y emitió un zumbido amable, que Carmelilla reconoció como conversación.

“Estoy metida en la rutina diaria, que para mí no es rutina. Es júbilo de hacer lo correcto. Vuelo y hago estación en el cortejo de las flores. Luego vuelvo a la colmena por los caminos del aire. Y así soy feliz”.

Era una descripción que desbordaba la imaginación de la niña. Ella era todavía más simple. O así lo creía. En realidad en ese momento le embargaba una cuestión que parecía llegarle a gritos desde la naturaleza. Arriba estaba el firmamento. Abajo la tierra con cuantos pululamos en su atmósfera y en sus aguas, pasajeros de esta enorme nave redonda en la que todos surcamos los cielos.

“¿Qué es lo que hacemos aquí?”.

“No entiendo. Yo hago lo que hago y me siento plena” – la abeja estaba contenta en su mundo limitado, que para ella era la eternidad. Cada día la misma acción que, no obstante, era nueva. Cada día el único día.

“Me refiero a ese misterio que nos rodea. ¿Por qué estás tú y estoy yo? ¿Qué es la vida?”.

“Sigo sin entender” – ahora movía las alas con ritmo de perplejidad y daba vueltas. “Te digo que lo que hago es lo que tengo que hacer en este mismo instante. Para mí no hay otra cosa. Soy un latido del viento cuando éste mece a las flores. Soy vuelo cuando vuelo y también soy la colmena cuando estoy con las demás abejas” – el laborioso insecto se abría por completo a las dudas de Carmelilla, pero no parecía suficiente. Tras un buen rato en el que el silencio era la cuerda invisible que las unía, la abeja agitó las alas lanzando un zumbido de adiós. Carmelilla se quedó contemplándola con mirada ausente mientras se alejaba. Luego se incorporó y se dirigió a un naranjo que permanecía callado en una esquina. Cuando estuvo a su lado acercó su mejilla a una de las ramas y entornó los ojos. Sentía que estaba vivo.

“¿Qué me puedes decir tú de la vida?” – hacía la pregunta sin esperar contestación, ya que nunca antes había conversado con el árbol, a pesar de los incontables años de huerto que acumulaban sus raíces. El naranjo dejó transcurrir muchos alientos de Carmelilla sin decir nada, hasta que de pronto hablaron sus hojas, abanicando las palabras, y éstas llegaron suavemente hasta aquellos oídos que esperaban una respuesta desde su esperanza infantil.

“Soy un árbol, pero soy también todos los árboles. Mi existencia está unida a la tierra y está unida al cielo. Me alimento del aire, del agua, del sol y del polvo de las estrellas que bulle alrededor de mis pies. Si quiere la primavera, doy fruto y algunas semillas me regalan eternidad. Las estaciones me dan forma en el tiempo y, sin embargo, yo no soy tiempo”.

“Si no eres tiempo, ¿qué eres en realidad?” – ella se había interesado en el acertijo.

“La respuesta es la vida” – el árbol arrastraba su sentencia mientras sus ramas paraban de moverse conforme se esfumaba la brisa.

“¿La vida no es tiempo?”.

“La vida es tiempo”.

“No te comprendo” – estaba desconcertada.

“La vida es tiempo y la vida no es tiempo. Los árboles estamos atados a la tierra y, no obstante, nos las arreglamos para esparcirnos por toda ella. El tiempo nos mueve, pero igualmente estamos fuera de él, porque la luz es siempre la misma luz mientras la contemplamos. Desaparecen árboles y luego aparecen otros. Desaparecerá el sol. Desaparecerán las criaturas que él cobija con su presencia. Y, a pesar de eso, seguirá latiendo el impulso de la vida para que tú y yo hablemos en una dimensión en la que no cabe el tiempo”.

El discurso había sido muy elocuente, pero su mensaje duró en el corazón de la niña lo preciso para una siguiente respiración. Su extrema sensibilidad tropezaba ante explicaciones tan rotundas y, sin embargo, no se podía permitir cejar en su empeño, ya que quería absorber el significado de la vida, que penetrara en su sangre como una inyección de claridad suprema. La mañana invitaba a la aventura, de modo que en ese mismo momento decidió subir a la Montaña de la Niebla Eterna, la que dominaba todo el valle y donde decían que moraba el Genio de la Vida y de la Muerte, aunque nadie se hubiera cruzado con él jamás, que ella supiera. Era tan listo como los ratones colorados, de los que habla mucha gente pero que nadie ha visto, precisamente por su enorme astucia para pasar desapercibidos. Cogió cuatro cosas para el camino y se puso en marcha. Cuando ya llevaba subido lo menos un kilómetro apenas podía ver a un brazo de distancia, de espesas que se habían vuelto las nubes que daban nombre a la montaña. Pudo distinguir una piedra apropiada al borde del sendero que serpenteaba entre rocas y árboles y se sentó para recuperar la respiración. A escasos centímetros la contemplaba un conejito azul, que había sido importunado por la visita mientras se hallaba descansando en un extremo de la piedra.

“¿Sabes si está lejos el Genio?” – le preguntó ilusionada.

“Está más cerca de lo que te imaginas. Y más lejos”.

“¿Cerca y lejos? No estás muy bien de la cabeza. No puedo creer nada de lo que digas” – le había incomodado tanto la respuesta del conejo que desbarraba. Cerró los ojos y los puños de pura rabia y, cuando los abrió, no había ni rastro del animalito azul. Torció el gesto todavía enfurruñada y se dispuso a continuar el ascenso, casi a tientas. En éstas que se dio de bruces contra un árbol que había crecido en el sitio equivocado. Equivocado para ella, que recibió un buen coscorrón en la frente y la nariz. Se tocó con la mano y sintió la tibieza y la humedad de un hilillo de sangre. Seguro que le saldría un chichón.

“¿Has visto al Genio de la Vida y de la Muerte?” – a pesar del encontronazo tenía arrestos para preguntarle cosas. Era el segundo árbol con el que hablaba el mismo día

“Todo lo que ves son genios. Aquí arriba no es igual que abajo, en la llanura, donde no son tan genios”.

“Pues yo no veo nada. Sólo niebla”.

“Eso es porque tus ojos no están preparados para ver” – parecía una conclusión lógica.

“Yo lo que quiero es encontrar al Genio de la Vida y de la Muerte para hacerle una pregunta. No me importa no verlo”.

“¡Ay! ¡Cuántos piensan lo mismo que tú! Se juegan la existencia por un simple deseo, cuando ver no cuesta nada” – sonaba enigmático el árbol.

“Dime qué dirección debo tomar” – estaba empezando a hartarse.

“No me escuchas, pero te voy a hacer un regalo de mí mismo. Hay una rama especial a mi izquierda. La que es más recta que las demás. Córtala y úsala para continuar tu camino sin pegarte más trompazos”.

Carmelilla buscó como pudo donde le indicaba el árbol, toqueteando su corteza.

“Me haces cosquillas” – decía diciendo – Un poco más… Eso es. Ahora tira hacia ti. Es una rama mágica. No creas que no me cuesta desprenderme de ella”.

Con la rama a modo de lanza completó un círculo alrededor de sí misma. Cuando la ponía horizontal se iluminaba como un tubo fluorescente y podía percibir lo que había a menos de cinco metros. La dirigió hacia el árbol. Era un ejemplar majestuoso, con un buen tronco y hojas muy verdes. Él las agitó a modo de despedida y ella hizo lo propio moviendo la mano como hace la gente cuando arrancan los trenes llenos de viajeros. Tras otro rato de penosa subida pudo distinguir unos reflejos plateados en lo alto de un saliente. Se acercó cuanto pudo y, con ayuda de la rama, comprobó que se trataba de un águila blanca y majestuosa, de triple altura con respecto a la que hubiera visto jamás y que la miraba con una intensidad que llegaba al alma. Era un espectáculo en sí misma, por lo que decidió echarse en el suelo para contemplarla y de paso descansar y recuperar la respiración, dejando la rama a un lado. Ésta se apagó y ella se quedó dormida.

Entretanto, en el valle transcurrían los años. La aldea había crecido hasta convertirse en villa. Carmelilla pasó a ser Carmela. Conoció a un muchacho y unieron sus destinos terrenales. Ambos se sumieron en la vorágine de la sociedad, con momentos de felicidad y muchos de sufrimiento. Promesas de políticos, engaños, gente pasando hambre y gente derrochando. Tuvo hijos y más tarde nietos. Y enviudó. Pero la Carmelilla niña seguía en la Montaña de la Niebla Eterna, como aletargada. Un día Carmela se despertó y sintió en su corazón que le quemaba la pregunta que la llevó a la montaña. Era abuela y era niña. Y Carmelilla se despertó también. La ramita había dado fruto: una manzana, un melocotón y un pastel de nueces. Comió con buen apetito y luego se incorporó. El águila blanca seguía en la roca. Se acercó, ayudándose de la ramita mágica para no tropezar, y abrazó a la extraordinaria rapaz como si fuera una amiga perdida y reencontrada. Luego se subió sobre ella y se agarró a su cuello, arrancando a volar silenciosamente entre medio de las nubes.

Carmelilla se sintió embargada de sentimientos desconocidos hasta entonces cuando se aliaron el vértigo y la neblina para suscitar una especie de ofrenda al misterio, que se convirtió en apoteosis cuando abandonaron las sombras y volaron a cielo abierto. Allá abajo se veían ríos, cosechas, casas y animales como un todo. No había diferencias entre las partes y todo funcionaba como un organismo único. La flor depende de la abeja y ésta de la flor. Y ambas se relacionan con el aire, el sol, el agua y la tierra. Un mecanismo de vida gigantesco en el que cada pieza es importante y ninguna existe por separado. La mente del ser humano acostumbra a olvidar, a ignorar esta verdad vital para cuantos poblamos el planeta, mientras viajamos con él por el universo sin estaciones de partida ni destino.

Cuando regresaron, lágrimas de comprensión brotaban de los ojos de Carmelilla. Atravesaron las nubes y las lágrimas las disolvían. El águila se posó sobre la misma roca desde la que habían comenzado su periplo de navegación y la niña todavía lloraba. Saltó a tierra y dio un último abrazo al ave de plata. Para su sorpresa, podía ver todo cuanto la rodeaba. Piedras preciosas de muchísimos colores se esparcían por la superficie y el mantillo de los árboles era como hilos de oro y plata reflejando la luz igual que minúsculos diamantes. Había animales parecidos a los que ya conocía, pero con ojos brillantes de felicidad no ajena a la inteligencia. Como impulsada por la inercia de su búsqueda reinició la escalada hasta la cumbre con su ramita mágica, dejando que el azar condujera su marcha, ya que no había caminos para elegir. La cabeza del conejito azul asomó detrás de una piedra de jade.

“¿Tenías una pregunta? – farfulló enseñando los dientes.

“Ya no tengo preguntas. Sólo camino por este lugar donde no hay caminos. Me gustaría encontrar al Genio de la Vida y de la Muerte. Verlo. Es mi última hazaña”.

El conejito azul pegó unos brincos divirtiéndose. Se acercó a la niña y se subió a uno de sus hombros. Luego susurró unas palabras muy bajito.

“Creía que ya habías averiguado eso”.

Carmelilla abrió los ojos como tazas. Entendía al mismo tiempo que hablaba el animalito.

“El Genio es la Montaña. Y la Montaña es la Vida. Tú eres la Vida y tú misma eres el significado de la Vida”.

La niña dio un suspiro que hizo entrar en sus pulmones la mitad del aire de la montaña. Cogió la rama mágica y volvió sobre sus pasos. Al encontrarse con el amable árbol parlanchín le devolvió el regalo, uniéndolo con el resto de las ramas y quedando todo como si no la hubiera arrancado. Un golpe de viento fuerte lo hizo moverse entero, lo que interpretó Carmelilla como un hasta luego muy sentido. Finalmente, dando saltitos sobre el aire, llegó de nuevo a la aldea que la vio nacer, ahora villa, y donde había vivido de siempre, hasta ser una abuela serena y comprensiva.

Carmela estaba en su lecho de muerte. Se encontraba rodeada de sus hijos y de sus nietos. Su difunto marido también revoloteaba su recuerdo alrededor de todos ellos. Una de las nietas le cogía las manos.

“Abuela, no te vayas. Tengo miedo de que nos dejes. Tengo miedo a la muerte”.

Ella la miró con ojos de ternura.

“La muerte es la vida. No puede existir la una sin la otra”.

La nieta continuaba sollozando, desconsolada.

“¿Por qué te vas? ¿Cuál es entonces el significado de la vida?”.

Con su último aliento, Carmela aún tuvo fuerzas para acercar su boca al oído de su nieta.

“Sube a la Montaña de la Niebla Eterna y pregunta por el conejito azul”.

Después de estas palabras apoyó su cabeza sobre la almohada y expiró dulcemente, con una sonrisa dibujada en los labios.

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