La caravana

Yoiyoga era un personaje singular y de gran prestigio entre el gran número de alumnos a los que había iniciado en artes orientales. Estos discípulos habían seguido fielmente los pasos de su maestro y ellos mismos se habían convertido en instructores de esta nueva escuela, auspiciados y alentados por su mentor, que llegó a escribir varios libros fundados en un esoterismo peculiar, entresacado de diversas tradiciones. Para un observador ajeno cabría incluir la duda en las afirmaciones que se repartían por los distintos pasajes de esta pequeña bibliografía. Sin embargo, los prosélitos las consideraban palabra de ley, a lo que colaboraba el énfasis sostenido que mantenía sobre la realidad de sus descripciones, muchas de ellas expuestas como experiencias propias.

 

Una caravana larguísima de quinientos camellos circulaba por el desierto, con la parsimonia propia de este tipo de transporte ancestral. Cada animal caminaba siguiendo la senda del que le precedía, de manera que su horizonte de marcha se constreñía a las patas traseras y la cola de aquél y el polvo que levantaba. Habían sido cargados convenientemente, muchos de ellos con té y polvo de oro y otros con olíbano, seda y otras ricas mercaderías. Su único ánimo era moverse en la dirección marcada. Cada grupo concreto iba dirigido por un guía humano, que también se sometía a las pautas de otra autoridad, completando entre todos un acatamiento expreso a un jefe supremo, quien los llevaría hasta su objetivo, con paradas en los caravasares de los oasis intermedios y en también en algún enclave abierto entre las dunas.

 

En la primera estación, mientras comían y regurgitaban, uno de los camellos, mirando al infinito, se preguntaba cuál era el sentido de que lo cargaran y lo descargaran día tras día y lo llevaran por caminos desconocidos. ¿Había algo más allá de su entendimiento que pudiera explicar un comportamiento tan singular? Antes de guarecerse en su tienda, uno de los guías, llamado Ahmed, procedió a amarrar a su grupo de veinte camellos, encontrándose con la sorpresa de que le había desaparecido la cuerda del último de ellos, que era el pensador del misterio existencial. En un principio se le ocurrió simular que lo ataba con una cuerda invisible y confiar en que el animal entendería que lo ataba realmente, como hacía en su rutina de siempre. Así lo hizo y la cosa no salió mal. Por la mañana lo encontró en el mismo lugar. El animal pensó, efectivamente, que lo habían atado y no se movió hasta que Ahmed desató la cuerda imaginaria. Años más tarde, un nieto del camello contaría la historia a Jorge Bucay y otros oficiantes de la psiquiatría, cuando los llevara sobre su joroba en los campos de la reflexión psíquica.

 

Tan bien resultó el asunto que el guía no se preocupó de buscar más arreos y en la siguiente parada repitió la faena. Pero no puede uno dejar siempre su destino a la suerte, porque, cuando despertó, el camello pensador no estaba. Tras un buen rato de búsqueda lo encontró en los límites del oasis. Se había dado cuenta del truco. El hombre recibió la reprimenda del jefe de la caravana, que lo castigó a perder una parte de su paga por los perjuicios que ocasionaría el retraso a la comunidad.

 

Como pudo se procuró una cuerda salvadora, pero en otra ocasión se encontró con más problemas. Habían acampado en medio del desierto y no había sitio para atar a sus animales. Entonces se le ocurrió una idea providencial para resolverlo. Ató el ronzal de cada uno de los camellos a la cola del anterior, formando un círculo con todos ellos. Contento de haber hallado la solución se refugió en la tienda y se durmió como un tronco. ¿Que qué fue lo que ocurrió esta vez? ¡Ay de aquél al que persigue la mala fortuna! El camello pensador, que ya sabía más de lo que sabía el día anterior pero menos que el día siguiente, empujado por la sed se incorporó para buscar agua y se puso a andar, provocando que los demás hicieran lo propio y convirtiendo su movimiento en una noria interminable, sin que llegaran a parte alguna. Los veinte se pasaron así toda la noche y Ahmed los encontró agotados, sin fuerzas para continuar. Esta vez la reprimenda que recibió fue de órdago. La caravana perdió medio día de marcha y el camello pensador había aprendido otra lección. Aprovechó la oportunidad para explicarles a sus camaradas las inquietudes que le suscitaba su condición de animal de carga. Seguro que había otras realidades en las que los camellos podían volar libres por encima de las dunas del desierto. Los demás lo miraban con cara de asombro, porque no podían entender absolutamente nada de los desvaríos de su compañero de fatigas.

 

Reanudada la expedición y cuando habían andado ya un buen trecho, se abatió sobre la caravana un simún de no te menees. El viento venenoso, al decir de los árabes, los envolvió a todos con su cuerpo de polvo y arena, provocando en los animales y sus guías una sensación de asfixia insoportable. Ante la furia de este ciclón del desierto, el camello filósofo decidió abandonar la partida. Lo hizo en un descuido de Ahmed, y fue seguido por los otros diecinueve y por los demás que quedaban detrás, ya que no tenían más norte que el culo del atrevido pensador, dejando la caravana en la mitad de lo que era.

 

“¿Dónde está ese sitio en el que podemos ser como las aves del cielo? ¿Y cómo nos quitamos esta carga que llevamos encima?” – preguntaban algunos de ellos, mientras el resto se limitaba a continuar andando detrás del principal, azotados por la implacable y ardiente caricia de un sol abrasador. La verdad genuina es que el improvisado guía no tenía ni idea de dónde estaba ese lugar idílico, pero los miraba a todos con aires de sabiduría. Al menos le guiaba su propio instinto, que tenía el mismo alcance que el de cualquiera de sus acompañantes. El caso es que caminaba y caminaba, y la carga que portaba seguía encima de su joroba. Y los demás caminaban y caminaban, con su carga respectiva, imposible de deshacer. Afortunadamente, el jefe de la caravana había enviado a la mitad de los guías para que encontraran los más de doscientos camellos perdidos, hasta que finalmente dieron con ellos y los juntaron con los que no se descarriaron.

 

Ahmed fue señalado como culpable, porque sus camellos fueron los primeros que rompieron la disciplina de la caravana. Como último recurso de defensa apeló al buen juicio de un sabio del oasis donde estaban acampados esta vez. El jefe no opuso reparos y apoyó su intervención, requiriéndole para que examinara a los animales y luego emitiera un dictamen antes de recogerse en las tiendas, lo que tuvo lugar con todos los guías reunidos alrededor de un buen fuego y servidos con un humeante té aromatizado con hierbabuena.

 

Las estrellas estaban muy atentas y calladas, contemplando desde allá arriba el círculo rojizo que formaban aquellos seres humanos, en un claro de palmeras, embargados con problemas que sólo existían en el tiempo. El sabio tomó un sorbo de su vaso calentito y a continuación expuso lentamente su punto de vista.

 

“Los camellos de Ahmed están enfermos”.

 

Los presentes guardaron un prudente silencio, en espera de una explicación más detallada de la supuesta enfermedad. El riesgo era muy alto, teniendo en cuenta el valor de la mercancía que transportaban, amenazada con una epidemia que los dejara varados en medio del desierto.

 

“¿Qué clase de mal padecen? ¿Dónde pueden haberlo contraído?” – el jefe estaba alarmado.

 

 

“Es la enfermedad del pensamiento, y se la han contagiado los seres humanos. Los animales han aprendido a pensar, pero con el virus de nuestros propias limitaciones. Es una enfermedad terrible que ya se ha hecho endémica entre nosotros. Sus consecuencias son fatales: conflictos, sufrimiento y guerras. Es necesario adoptar medidas drásticas”.

 

El jefe supremo anunció que tomaría una decisión a la mañana siguiente. Lo curioso es que no le pareciera extraño y alarmante que él mismo pensara, fragmento tras fragmento. Cuando amaneció, la expedición reanudó su periplo dejando atrás a los veinte camellos pensadores, junto con Ahmed, que se quedaron en el oasis guardando una prudente cuarentena y fueron condenados a no formar parte jamás de una caravana. Su carga fue repartida entre el resto de los animales. A partir de entonces Ahmed y sus camellos se dedicaron a pasear turistas por pequeños itinerarios de Egipto y países del Magreb. Algunos de sus descendientes llegaron también a las Canarias, donde una camella llamada la Pantoja se las puso difíciles a mi hija Ali una vez que estuvimos por Lanzarote.

 

Volviendo a Yoiyoga, sus discípulos llegaron a tener tanta devoción por su maestro que, cuando éste desapareció de la vida terrenal, su figura permaneció enredada en las molleras de todos ellos, alcanzando el relieve de un verdadero santo. Sin darse cuenta, construyeron un templo dentro de sus cabezas, donde residía y era venerado el recuerdo de su amado preceptor. Consideraban que revolotearía lleno de felicidad por los senderos astrales camino del paraíso y esto les llenaba de esperanza. De este modo, ese sentir era transmitido de unos a otros y permanecía vivo mientras el pensamiento era alimentado con más pensamiento. Transcurridos bastantes años, fue decayendo la herencia recibida y también fueron desapareciendo los discípulos, hasta que el último vestigio de aquellas abstracciones se posó lentamente sobre el mar, igual que una ligera pluma que arrastra la brisa, y el agua las disolvió como la sal de la tierra.

 

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