La calle de mi infancia

Mi madre se llamaba Antonia y estaba sentada a la puerta de su casa, que tenía un número sugerente. El 30; como la sílaba sagrada OM con nuevo diseño. Era la tarde de un día como cualquier otro, cuando el sol comienza a tomarse sus horas de descanso y las sombras te invitan a darte un baño de frescor con la suave brisa que llega desde la esquina de la calle, acariciando los balcones de las casas para enfriarles las persianas y los hierros de las barandillas. Junto a ella había un hombre mayor con el pelo totalmente blanco, sentado en el escalón.

“Buena hora para parar las horas” – era María, la vecina del corralón de al lado, que se acercaba con una silla bajita de nea, con la clara intención de dejar que el reloj ralentizara el tiempo que faltaba para recoger velas y aterrizar en la cama, siempre hostil en esos meses por las calores del verano. “¿Espera a alguien?” – añadió dirigiéndose al hombre, sin pretender en el fondo una respuesta.

“Sí. Estoy esperando al destino” – no era una expresión típica del barrio de Capuchinos de la época y a la vecina no le pareció de buen gusto, pero no hizo ningún comentario. Si reflexionamos un poco, en el fondo nuestra actitud miope ante la vida se asemeja a una espera inconsciente del tránsito a dios sabe dónde. La calle empedrada olía a tierra mojada, después de haber sido barridos y regados con cubos de cinc los trozos que daban a cada fachada por mujeres, algunas con coco y delantal, al socaire de su reconocida fama de limpias y solidarias. Era un aroma peculiar que acompañaría a sus hijos hasta el fin de sus días con sólo evocar los recuerdos de su infancia atraídos a la memoria por un sonido familiar o una luz de nostalgia. Más normal hubiera sido escucharle decir “espero al tío de los bollos”. Pero no fue así, a pesar de que aquel día el peculiar vendedor no faltó a su cita vespertina, paseando por la calle, con parsimonia, su cesto de mimbre colgado del brazo y emitiendo cansinamente, casi en voz baja, su retahíla de pregonero jubilado. “¡Hay bollos de leche! ¡Hay bollos de leche!”. Todos recordaban que años atrás, cuando ya se apagaba la alegría de una de las muchas fiestas vecinales, tapizada con papelillos al viento la línea de cielo que colgaba de los tejados, el tío de los bollos regresaba a su hogar cabizbajo y pregonando, más rendido que nunca, su estribillo cambiado. “¡Ay, qué leche de bollos!”.

Poquito a poco el portal, y todos los portales, se fueron llenando de vecinas con abanicos para espantar la calor. Del número 32 bajaba, como cada tarde, Pepa la Ciega con su esportillo rescatado de la cocina de carbón, que repartía viento para todo el que se quisiera acercar. De mucha más edad que cualquier otra vecina, era una de las más estrafalarias de la calle. Una vez las sorprendió a todas con un delantal inmaculado, que resultó ser la única prenda que llevaba, como demostró al volverse para acomodarse en su silla y enseñar sin tapujos su viejo culo de vieja paso de todo.

Las niñas jugaban a la rueda y cantaban sus canciones de siempre, como concierto imprescindible para completar una algarabía de conversaciones y alegría sana. La puta de la calle, que era una vecina integrada como la que más en los menesteres y la historia del reducido entorno, se levantó mientras comentaba a las demás: “Por ahí viene Pasos Lentos”. Era uno de sus asiduos. Otras veces era el Campanillas o el padre de su hijo. La gente la respetaba y la temía, porque arrestos tenía todos los que te pudieras imaginar. Durante una temporada alojó en su casa (un eufemismo para referirme a una o dos habitaciones con derecho a cocina común y retrete también compartido) a su hermana monja. Puede parecer contradictorio, pero entonces era tomado como una anécdota más, sin rechazo alguno. Lo mismo ocurría con los mariquitas, gente adornada normalmente con unas gotas de gracia, que formaba parte de la comunidad sin exclusiones.

“¿Habéis oído las noticias de la radio?” – decía una recién llegada.

“No” – contestaba otra. “Hoy no he tenido tiempo más que para cocinar, fregar y planchar”.

“Ha aparecido un monstruo en la calle Alta. Acabo de venir de allí y está todo lleno. Han venido de toda Málaga”.

“Eso no son más que mentiras. ¡La gente no sabe ya qué inventar!” – contestaba otra escéptica.

“Y pensar que todo esto terminará cuando llegue la televisión…” – era el hombre, en plan futurista.

“¿La qué?” – era una palabra desconocida. A lo más que llegaba Antonia era a agenciarse un buen novelón, por supuesto alquilado de la tiendecilla de calle Dos Aceras, y fusilarlo a la luz de una bombilla amarillenta, muy cerca de los ojos por mor de sus córneas, cuarteadas por unas úlceras mal curadas durante su niñez.

“Cuando pasen treinta o cuarenta años todo esto desaparecerá. Demolerán los corralones y construirán edificios nuevos. Incluso descubrirán aquí mismo la tumba de un guerrero fenicio. Se verán películas dentro de las casas y la gente vivirá de otra manera. Habrá más comida y cada familia tendrá su propio cuarto de baño y su cocina”.

“¿Más comida?” – era la parte más intrigante. En la mente de algunas de las vecinas (o vecindonas, como decía mi padre) estaba aquella vez en que Remedios le dio a uno de sus hijos un pedazo de pan con un agujero en medio, en el que vertió un poco de aceite y le añadió un terrón de azúcar, con el sabio consejo de “Ten cuidado de que no te lo quite el Telesforo”. Éste era miembro de una familia tan falta de recursos como la mayoría, que solía pasar más hambre que un maestro de escuela de aquellos tiempos.

“Sí. Y dejarán de existir los corrillos como los de ahora. Las personas serán más independientes y se perderá bastante el salero que hoy parece tan natural. También habrá algunas crisis”. La expresión crisis económica no era tampoco conocida por el común de la gente del barrio, aunque todos estábamos inmersos en la negra depresión que sucedió a la contienda del 36 y el abandono del país por los europeos después de la segunda guerra mundial. Nos tocó el lado de la miseria.

Las mujeres guardaron silencio, sin entender del todo algo tan chocante. Por la punta de la calle asomó un gorrito blanco, parecido al que llevan los legionarios, y debajo de él a un hombre portando una tabla de madera llena de agujeros, en cada uno de los cuales había un cucurucho pequeño con lo que pretendía ser merengue y una cucharilla plana. “¡Al rico coqui!” – el estribillo era una pieza más en la variedad de sonidos y el mosaico de colores que pintaba el verano de calle Jinetes. Obviamente, el vendedor tenía pocas posibilidades de desprenderse de su mercancía, salvo que alguna abuela se compadeciera de su nieto y le diera una perra gorda para conseguir su golosina, despertando la envidia del resto de la chiquillería.

Cuando llegaba el corpus, las madres solían colgar sus colchas en los balcones. Mi madre tenía una roja y otra amarilla y sólo las recuerdo prendidas allá arriba. El párroco pasaba con su ropaje medieval y bendecía uno o dos altares que montaban entre todas. Los jarrones de metal solían llegar de un almacén de antigüedades que tenía uno de los vecinos pudientes. Al menos, más pudiente que el resto.

El rosario de la aurora era uno de los exponentes arquetípicos del barrio. Más de una mañana muy temprano me atrajo a la puerta de mi casa el sonsonete de las avemarías rezadas por las que mi madre llamaba beatas, paseando la lumbre de sus velas encendidas en su camino pausado alrededor del cura de San Felipe. Un espectáculo imborrable para una mente infantil atrapada entre la presión católica y el silencio prudente de una familia republicana. La posguerra había extremado las diferencias entre una sociedad favorecida por el poder de los vencedores y los pobres, que no sabíamos que lo éramos. Mi hermano mayor, desde una ingenuidad disculpable, presumía de pertenecer a la clase media.

En junio se quemaba a los júas, sentados en sillas viejas o colgados de cables que tendían de balcón a balcón. Cuando se celebraban las fiestas de la calle los vecinos pintaban las fachadas y se cubría todo de papelillos de colores. Hasta se adornaban los portales con hojas de palmeras y solía aparecer un yamba, palabra que los malagueños recortaron del inglés “jazz band”, si bien los únicos instrumentos a su alcance solían ser una batería y un acordeón. También podían oírse en ocasiones las notas lanzadas al aire por un organillo, accionado con un manubrio por el organillero, que acudía para ganarse unas perras, consiguiendo que buena parte de la parroquia se lanzara a bailar sobre el pavimento de piedras.

Recuerdo que en una ocasión se asomó por la puerta de mi casa la cabeza enorme del Chato, con expresión de ansiedad. Había galopado desde el extremo de la calle arrastrando el carro de la basura, en busca del contenido de una talega de pan duro que sabía que le guardaba mi madre. Era un mulo muy simpático y ella tenía debilidad por los gatos y los caballos. Cuando veía a alguno tirando de una manola le hablaba con cariño y le preguntaba cómo le iba en la vida. Los carruajes fúnebres también eran jalados por caballos con adornos negros y a mí me daban verdadero susto. Otros eran blancos y me aterrorizaban más, si cabe. Estaban reservados para los ataúdes de los niños. Los moribundos solían ser visitados por el cura para darles la extremaunción, con su estola al cuello y el bonete, que era un gorro negro con cuatro puntas hacia arriba, llevando entre sus manos el viático. Le acompañaban uno o dos monaguillos, con roquete blanco adornado con encajes y vestido rojo. Éstos portaban la oliera con el aceite bendecido y el hisopo. Si además tocaban la campanilla, era como para correr de miedo.

Muchos hombres llevarían los pantalones en sus casas, según la tradición de entonces, pero la calle era el reino de las mujeres. Era raro ver a un varón entre tanta hembra. El escalón de granito rojo con lunares menudos y blancos le resultaba reconfortante al hombre del pelo canoso. Cuando salió Antonia aquella tarde él ya estaba sentado en una de los extremos, con una media sonrisa en los labios. Se levantó muy educado y le dio un abrazo que casi esquivó ella, mirándole con aire de sorpresa. No obstante, a los pocos minutos ya charlaban de todo, como si se conocieran de toda la vida. Y es que para Antonia no había extraños, dado su carácter comunicativo y sin esquinas. Cuando se fueron incorporando las habituales no les resultó chocante, entendiendo que se trataba de alguien de la familia. Con el corro ya completo el hombre sacó de la cartera que tenía a su lado una especie de tableta de chocolate y se la mostró a la concurrencia. Todas miraron con cierto interés, sin comprender del todo lo que pretendía. En un momento que resultó mágico le dio a un botón y se iluminó el interior de la tableta. ¡Eran imágenes en movimiento! Puso un dedo en una parte del marco y se oyó una conversación. Y música. Era un milagro.

“Esto es el futuro” – les dijo, divertido. Las exclamaciones de sorpresa llamaron la atención de las vecinas de los otros portales y pronto había una muchedumbre alrededor, con expresiones de estupor ante lo insólito del aparato que mostraba. Finalmente lo apagó y volvió a meterlo en la cartera. La gente creyó que estaba ante un mago y tardaron en volver a las puertas de sus corralones, con la comidilla del suceso que habían contemplado, como conversación única. Pronto volverían a sus temas de todos los días, porque cualquier cosa te sorprende hasta que la ves diez minutos seguidos. No obstante, las vecinas que se sentaban en el número 30 continuaban interesadas con el misterio del hombre que las acompañaba.

“No querrán creerlo, pero la mayoría de sus nietos irán a la universidad” – añadió, como si estuviera viendo lo que decía.

“¿La qué?” – otra palabra que no era habitual en la tertulia.

“La universidad es el sitio donde se estudian carreras. Carreras universitarias. Ahora sólo están al alcance de los adinerados, pero con el tiempo abrirán una en Málaga. Y podrá estudiar todo el que lo desee y tenga capacidad para ello”.

Las vecinas estaban hipnotizadas con los cuentos del vidente. Éste extrajo de nuevo la tableta de chocolate de su cartera y les mostró escenas de la Málaga del siglo XXI. Era increíble. El puerto, la calle Larios. El túnel bajo la Alcazaba. También las fachadas de los museos Picasso y Thyssen y el cubo del Centro Pompidou. Y gente saliendo del metro. Escenas del primer ser humano en la Luna. La misma calle Jinetes aparecía cambiada y no había gente a las puertas de las casas tomando el fresquito. A la mañana siguiente aparecería el afilaó, chiflando su melodía encadenada mientras empujaba su taller portátil de madera de una sola rueda, que servía de motor a pedal para hacer girar la muela de esmeril. Al oír el chiflido las mujeres se restregaban las posaderas contra una puerta para conseguir buena suerte. O quizás se presentara el sillero, con su carga de nea bien apretada formando un cono muy alargado. Y posiblemente el lechero, acompañado de su rebaño de cabras que se anunciaban ellas solas con sus balidos enternecedores. O aquél otro que arreglaba las camas, las cunas y las máquinas. Pero esa noche era mágica, a lo que contribuían las luces agónicas de las farolas murales de hierro, muchas de ellas huérfanas de cristales.

Continuaron así durante bastantes horas, todas fascinadas con las historias del hombre mayor. Finalmente éste se incorporó y a continuación se inclinó para coger de la mano a Antonia. Ella se levantó algo desprevenida y él aprovechó para darle un último abrazo.

“Adiós, mamá” – le dijo al oído. Y luego se marchó andando muy lentamente por la única acera de la calle, hasta desaparecer de la vista de todas confundiéndose entre las sombras del futuro.

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