Jaime y el fantasma

 

Unas nubes perezosas paseaban por el horizonte dejando ver entre ellas un celeste indescriptible que celebraba el gozo de la creación, simplemente asomando su belleza. A la derecha, el Mar Mediterráneo se mostraba tranquilo mientras una bandada de gaviotas revoloteaba por encima en busca de alimento. A la izquierda, las montañas observaban, desde su silencio de milenios, la efímera existencia de los seres vivos. El tráfico a lo largo de la carretera de la costa era moderado y conducir suponía un placer añadido dentro de aquella estampa llena de colorido que dibujaba la mañana. Mientras conducía placenteramente, Jaime se sentía extasiado y cercano a la insignificancia ante el espectáculo que le ofrecía la naturaleza.

 

Y pensó. “Dentro de cien años no estaré aquí”.

 

Algo más tarde se sumergió en la vorágine de las actividades humanas, con sus conflictos siempre pendientes de resolver y la realidad volátil que fabricamos cada día. En verdad que era penoso comprobar la tozudez de la sociedad en sostener un sistema paralelo y a la vez distante con respecto al orden auténtico de las cosas. Perder y ganar se convierte en un juego que prevalece sobre cualquier contacto directo con la verdad, como hecho único y cambiante a cada segundo de nuestra existencia. Algún que otro disgusto, soluciones pequeñas a problemas pequeños y mucha tarea. Rutina.

 

Y pensó. “Dentro de cien años no estaré aquí”.

 

Tras una larga jornada de trabajo, regresó a su hogar. Los hijos ya habían creado sus propias familias, abandonando la que había sido su casa, que ahora estaba solitaria. Introdujo la llave en la cerradura, tras atravesar el jardín, y a continuación empujó levemente la puerta, que le devolvió un chirrido de protesta. Tras pulsar el interruptor de la luz se adentró en la frialdad de la salita, donde dejó la cartera llena de papeles sobre el sofá. Luego se dirigió al dormitorio y se desprendió de la ropa que él llamaba de trabajo y se puso cómodo, enfundado en una reconfortante bata con la que viajó hasta la cocina, extrayendo del microondas un plato precocinado que plantó en la mesita que le separaba del televisor, vuelto a la vida con un sencillo pellizco al mando a distancia. Las noticias eran las de siempre: malas. Guerras, secuestros, violaciones y alguna veleidad, nunca disculpable.

 

Y pensó. “Dentro de cien años no estaré aquí”.

 

Del pasillo llegó un sonido apenas audible. No se inmutó. Ya estaba acostumbrado al trajín del fantasma. Hacía años que deambulaba por el pasillo y las habitaciones, justo desde que murió su mujer. Al principio pensó que podía tratarse de su alma en pena, rebotando recuerdos por los rincones, e incluso se dirigió una vez a su sombra cuando se detuvo en la puerta de la cocina durante su peregrinaje doméstico.

 

“¿Eres tú, Concha?” – fue el nombre de su esposa mientras estuvo viva. Hacía años que formuló esa pregunta. Esa primera vez el silencio fue la única respuesta, circunstancia que a cualquier otra persona le hubiera helado la sangre en las venas. Él se lo tomó con filosofía. “Quizás no está preparada” – fue la reflexión que le vino a la cabeza. Sin embargo, ciertos detalles le hicieron abandonar su primera conjetura. Por ejemplo, el empeño del fantasma en visitar una y otra vez el cuarto de baño. En ocasiones la tapadera del retrete caía estrepitosamente y eso no era una actitud habitual en su mujer, muy cuidadosa siempre con las formas. Andando el tiempo, decidió no hacerle ni puñetero caso. Allá el fantasma con sus manías. Bastante tenía con el trato diario con la gente y sus miserias. Para eludir cualquier asomo de miedo solía recurrir a su frase de batalla.

 

“Dentro de cien años no estaré aquí”.

 

Pero el fantasma había venido para quedarse. Alguna madrugada Jaime se desvelaba y era corriente que lo oyera desplazándose por toda la casa. En una ocasión se detuvo frente a la puerta de su dormitorio y hubiera jurado que sintió una respiración pausada.

 

“¡Manifiéstate!” – le dijo con convicción, deseando acabar de una vez con aquel juego que le conducía a ningún lado. Pero todo se disolvió entre los habituales ruidos de los muebles al crujir y algún ladrillo de perro de una casa cercana. Eso sí, una ráfaga de aire le cruzó por la cara, pareciéndole una despedida hasta una nueva incursión del visitante invisible.

 

La mañana siguiente lo encontró cargado de cansancio, sin ganas de abandonar la cama. Haciendo un supremo esfuerzo se incorporó e inició su tanda diaria de ejercicios, después de la inevitable ración de agua con limón. Tras el desayuno de frutas, rematado con tostadas acompañadas de una infusión ad hoc, le esperaba la carretera y la gente. La gente de todos los días, adormecida con la droga de deseos, reclamaciones, insatisfacción y competitividad sin fin. Amables cuando ganan e insufribles en su lucha por no perder. Siempre viajaba solo, pero ese día tuvo la sensación de que estaba ocupado el asiento del copiloto. Miró y no vio a nadie. Pero seguro que había alguien. Se encogió de hombros y continuó con su tarea de esa parte del día. Iba justito de tiempo para su siguiente cita y eso le hizo conducir apresuradamente y con un pelín de descuido. En una curva apretó en exceso el acelerador y casi estuvo a punto de colisionar con otro vehículo que se acercaba en dirección contraria. El brusco giro que imprimió al volante hizo que se encaminara rápida y directamente hacia el precipicio de la derecha, debajo del que acechaban las olas de un mar embravecido. Entonces algo redujo la velocidad del coche y redirigió la marcha, hasta detenerlo suavemente junto al arcén. “¡Ha sido el fantasma!” – se dijo a sí mismo, todavía con el estómago contraído por la experiencia vivida. Salió del coche y contempló el Mediterráneo como si fuera la primera vez. La existencia es un misterio y en ese instante se mostraba en toda su plenitud.

 

Tras el incidente decidió que era el momento idóneo para concluir su jornada de trabajo. Regresó a su casa y cumplió con el protocolo acostumbrado, terminando por dejarse caer sobre el sillón, sin ganas de hacer nada más. Ni siquiera coger el mando, que estaba a unos metros. Cerró los ojos y oyó una melodía. Era la televisión, que se había encendido sola. ¿Sola? Luego se apagó. Una voz rompió el silencio.

 

“Tenemos que hablar” – esta vez oyó las palabras dentro de su cabeza. La giró buscando su origen y no vio a nadie. Cerró los ojos, resignado.

 

“Adelante” – se dijo a sí mismo. Vivir en soledad le estaba llevando a cierta desorientación, probablemente igual que a tantísimos individuos que llegan a esa etapa, nunca anunciada por la vida, que hace parecer locos a los que únicamente necesitan algo de compañía desinteresada y afecto.

 

“Yo soy tu compañía. Y tú para mí eres lo mismo”.

 

“¿Eres un muerto? No quiero la compañía de un muerto” – estaba siendo sincero. No deseaba compartir su soledad con algo que carecía de cuerpo y probablemente de sentimientos.

 

“Hoy por fin has abierto las puertas de tu percepción gracias a las llaves del miedo. Antes era sólo voluntad, pero, en el coche, tu miedo a morir ha roto la barrera. Y no te has dado cuenta de que tú eres el muerto, no yo. Es gracioso que me niegues cuando no tienes nada que ofrecer. Llevo años intentando atraerte a tu segunda atención”.

 

“¿Yo un muerto? Mi imaginación me está jugando malas pasadas”.

 

“Antes te he librado de llegar a los sótanos de mi mundo” – se refería al episodio del casi accidente. “Aquí yo no soy un muerto. Nos separa el espesor de la nada. Donde tú estás es para mí sólo un reflejo. Por eso he podido intervenir, simplemente estirando el tejido del sueño en el que te desenvuelves”.

 

Jaime se mantuvo en silencio. Su mente se estaba yendo de juerga y era cuestión de dejar que se asentara. Pensó. “Dentro de cien años no estaré aquí”.

 

“Tus cien años son sólo ilusión” – dijo la voz.

 

“¿En tu mundo no hay años?” – quiso ser sarcástico.

 

“Es lo que intento explicarte. Cuando me muevo, cuando mi mente se mueve, se proyecta su movimiento en cientos de dimensiones y, entre ellas, la que te ha tocado a ti. Te crees autónomo, pero en realidad no piensas. Eres pensado”.

 

“Entonces, ¿por qué dices que me has librado de ir a tu mundo? ¿Es que puedo entrar ahí así de fácilmente?”.

 

“Entrarías en un vórtice de mi mundo. Una especie de estación intermedia en la que también se sueña. Como no sabes nada de ti mismo, este ciclo se vuelve interminable. Sueñas y crees que vives”.

 

“No entiendo. ¿Por qué te diriges a un sueño, si es que soy un sueño?”.

 

“Estoy atrapado. Hay un detalle que se me escapa. Tengo la vaga sensación de ser también parte del sueño de otro. Y, en ese caso, la ausencia de tiempo sería ficticia. De otro modo, no estaría hablando contigo”.

 

El asunto se estaba retorciendo demasiado. “Dentro de cien años no estaré aquí” – volvió a decir para sí. Sentía que lo estaba convirtiendo en un mantra.

 

“¿Cómo puedes resolver ese enigma? Me refiero al tiempo” – dijo, pretendiendo ser amable.

 

“Interactuando contigo. Si soy un sueño, la vibración que lo produce podría anularse al interferir con aquello que te hace creer que eres un ser que piensa, como una especie de resonancia”.

 

Nuestro personaje dio un golpe en la mesa con la palma de su mano izquierda, en un gesto claro de dar por terminada aquella conversación. El ruido hizo que el fantasma se recogiera en su espacio velado y volviera a reinar la realidad cotidiana, que Jaime subrayó accionando el mando a distancia. La pantalla del televisor le devolvió las imágenes del trasiego mundano y se sumergió en las malas noticias para olvidar el debate tan absurdo que acababa de protagonizar. Suspiró aliviado. No transcurrió más de media hora cuando la televisión volvió a apagarse sola. Torció el gesto y alargó la mano en busca del mando. No estaba. Era el juego del gato y el ratón. A continuación la luz huyó de la lámpara del salón y todo quedó a oscuras. El fantasma estaba empeñado en darle la noche. Pero no era el fantasma. Eran otros.

 

No se movió del sillón. Esperó, prudentemente, a que la situación recuperara la normalidad. Si no, sencillamente se iría a la cama a descansar. Súbitamente sintió en la nuca un viento frío que se multiplicó luego, envolviéndole todo el cuerpo. A su alrededor giraban, muy despacio, decenas de figuras fantasmales de las que emanaba una luz mortecina. Si bien todas vestían igual, cada una de ellas mostraba una peculiaridad, manifestada en el color o la expresión de sus rostros. Se incorporó y se acercó a una de ellas. Su cara transparente era la misma que él contemplaba cuando se miraba en el espejo, aunque con el gesto congelado. Se fijó en las demás y todas eran él mismo. Tragó saliva con dificultad. Podía enfrentarse a un fantasma con cierto cinismo, pero no esperaba un espectáculo así.

 

“Es una ocasión única” – la voz era la del fantasma pesado, que reaparecía.

 

“¿Para echar a correr?” – contestó Jaime, con algo de ironía.

 

“Los seres humanos suelen terminar sus existencias sin conocerse a sí mismos. Meros robots acuciados por la supervivencia. A ti te es dado tener esa experiencia en una sola noche”.

 

“¿Conocerme? ¿Te refieres a estos espantajos colgados del aire?” – en ese momento pasó muy cerca uno de color ligeramente rojizo y él, instintivamente, lo apartó dándole un sopapo. La reacción fue inesperada. Casi le muerde, tornándose el color a rojo encendido.

 

“Son fragmentos de ti mismo. Si los pudieras unir a todos…” -ya llegaban a cientos- “… serían tu réplica exacta”.

 

“¿Una copia?” – el asunto parecía cosa de brujas.

 

“No una copia. Tú mismo. Tu ego. Eso que te acompaña en cada instante de tu vida y que es tan poco conocido como que te parece nuevo. Míralos con atención”.

 

“¿Para qué? Visto uno, vistos todos”.

 

“Para que desaparezcan. Ése es el primer y último paso para ser libre. Si eres libre tú, también lo seré yo”.

 

Jaime era duro de mollera. Estaba rodeado de cientos de versiones de sí mismo y no acertaba a dar con la tecla. Además, ¿libre de qué? Jamás se le hubiera ocurrido que estuviera preso. En ésas que una de las figuras medio transparentes se le coló por la nariz. Sintió cómo se acomodaba en su interior y a continuación le llegaron a la mente imágenes eróticas imposibles. Era Doña Lujuria, que se hacía dueña de su voluntad. Sin saber de dónde extraía fuerzas se metió dos dedos en la garganta y consiguió vomitar la transparencia, que voló por el salón con síntomas de cabreo.

 

“¿Qué hago?” – ahora le suplicaba al fantasma.

 

“Míralos intensamente, sin rechazarlos ni aceptarlos, y sopla. Sopla con energía, hasta que no quede ni uno”.

 

“¿Pero no dices que ellos son yo?”.

 

“¡Sopla!” – sonó como una orden inapelable.

 

Así lo hizo. Era como si se hubiera metido con el coche en una carretera que no le llevaba a ninguna parte y sólo cabía abandonarla. La aventura le llevó la noche entera y acabó extenuado. Cada soplido había estremecerse a la concurrencia y siempre abatía alguno de los fragmentos voladores. Al final, el suelo estaba tapizado de restos descoloridos, de manera que, después de tomar algo de aliento, agarró la escoba y los barrió a todos. Se sintió ligero, como nunca antes lo había estado. Eso de la libertad resultó ser un gran invento. Se sentó en su sillón con los ojos cerrados. Al abrirlos se dio cuenta de que en el sillón gemelo había alguien.

 

“¿Tú eres…?” – no se atrevía a terminar la frase.

 

“Sí. El que tú llamas el fantasma. Estoy asomándome a tu mundo, con sus vibraciones. Su sonido y su color. Es el final del camino”.

 

Jaime no llegaba a comprender el sentido de lo que oía. Se fijó en el otro. Tenía su misma apariencia, aunque algo más viejo. Éste continuó hablando.

 

“Has disuelto tu ego que, en el fondo, era también el mío. Desde mi estado incorpóreo no tenía posibilidad alguna de realizar la proeza que has llevado a cabo”.

 

“Pero tú no existes…” – Jaime hacía esfuerzos por entender.

 

“Tú tampoco. Los dos somos simplemente un sueño de dioses. Dos sueños de un solo dios. Sin embargo, tú estabas lastrado con un ego muy poderoso, y yo estoy encadenado a ti. Ahora ambos dejaremos de ser y nos fundiremos en una sola inteligencia, en un viaje de regreso al origen”.

 

“¿Moriré?” – la pregunta estaba de cajón. El fantasma rio. ¿Por qué le divertía la situación?

 

“Seguirás anclado a tu cuerpo terrenal hasta que éste agote su ciclo vital. Morir es un concepto inventado. En realidad, has muerto para ti mismo, para tu pasado. Pero eso no es lo que los humanos entienden como morir, aunque sea lo más genuino y liberador”.

 

Jaime tomó con ansia una bocanada de aire. Rebuscó en su memoria su frase talismán pero, por más interés que ponía en ello, no la encontró. En su lugar, aparecieron en su mente dos imágenes que brillaban en las sombras y que se enroscaban entre sí, como serpientes de oro. El resplandor que desprendían languideció lentamente conforme las miraba, hasta que simplemente no quedó nada. Su cerebro se quedó quieto, aunque extraordinariamente activo. La luz volvió a la lámpara del salón. Estaba solo. Se quedó un rato contemplando sin ver y luego se fue a dormir.

 

Esa noche no le perturbarían los paseos del fantasma.

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