Escudriñando el misterio

En la naturaleza, tal como la conocemos, se dirime una lucha interminable entre formas de vida por conseguir una porción de alimento cósmico para continuar formando parte de ella. Las plantas recurren a un ritmo pausado para captar ese sustento imprescindible y prevalecen las de mejor rendimiento en su maquinaria de procesar energía. Lo mismo ocurre, a mayor velocidad, con los animales y, entre ellos, nosotros mismos. Este impulso de supervivencia da lugar a innumerables seres de todas las formas imaginables. Cuando llegó a nosotros la luz apenas palpable de la inteligencia convertimos esa secuencia meramente animal en un complejo entramado de caminos, cuya ingeniería invisible nos trasladamos de los unos a los otros, con realidades que cobran vida en nuestras mentes y nos transforman en islas de percepción, ajenos al hecho único que cambia siempre antes de que podamos recoger apenas su reflejo.

 

Las dos llamas de conciencia se hallaban en lo que podríamos entender como una habitación, más bien un cuartito de estar, dentro de la extensión de remolinos de energía que conformaban un hogar en el espacio de la abstracción, situado en ningún sitio que pudiera conocer nuestro concepto del tiempo. Cómodamente sentadas en sillones dibujados por movimientos ordenados de ondas, miraban con interés el desenvolvimiento de las criaturas atrapadas en niveles de vibración groseros, allá en el extremo de la cuerda de la existencia. Se fijaron en particular en una de aquellas formas que albergaban en su rincón más profundo la luz de la inteligencia, sofocada y oculta tras densas cortinas de ocupaciones, conflictos y el pensamiento que los gobierna. Estaba escribiendo y, en ese mismo acto de sencillez, se hallaba en contacto inconsciente con la magia de lo intangible, la bailarina invisible que explica la verdad de las cosas con el susurro etéreo de sus brazos alados.

 

En la empresa lo consideraban un hombre de experiencia y digno de confianza. Le fallaba el carácter, tan proverbialmente valorado en la cadena de mando de cualquier organización que se precie, pero sus indudables conocimientos del oficio y su incapacidad de favorecer el engaño llevaron al dueño de la constructora a nombrarlo jefe de obras en una de sus contratas. Tampoco es que a nuestro hombre le ilusionara en exceso aquella distinción. Sin embargo no había alternativa. Tendría que asumir una responsabilidad que, de algún modo, significaba una incomodidad para su escaso horizonte de pretensiones, máxime cuando apenas le quedaban unos años para jubilarse. Nuestro protagonista era amigo de conversaciones amables en la forma pero incisivas en su fondo, circunstancia que no siempre era comprendida por sus interlocutores en el tajo, acostumbrados a maneras rudas y directas, lejos de la perspectiva profunda que inspiraban sus observaciones.

 

Hay un enemigo invisible que sobrevuela sobre toda actividad humana y que impide que ésta se complete con probidad y sin vicios de ésos que llaman ocultos. Es la bulla. Podría ocurrir que no exista mala voluntad en nuestros actos y que, sin embargo, la intervención de ese enemigo promueva resultados indeseables, fuera del alcance de toda previsión. La llama de conciencia Uno dejaba viajar su mirada desde su compañera de tertulia silenciosa hasta el escenario terrestre que ambas contemplaban, promoviendo así la atención de esta última hacia los acontecimientos que se desarrollaban. Ahora la acción se había trasladado a la caseta de obra, un lugar de decoración mínima, limitada a algunos planos con dibujos técnicos fijados a las paredes, una bombilla colgando del techo, huérfana de lámpara, dos mesas y varias sillas, justo las que podían caber. El jefe de obra recibía una reprimenda del dueño de la empresa.

 

“Has incumplido con tu obligación de vigilancia” – se le oía decir.

 

“En realidad es una omisión involuntaria” – se defendía nuestro hombre, fingiendo desconocer una negligencia de los ferrallas, que habían truncado la línea de resistencia del forjado disponiendo los hierros en el lugar equivocado. Sabotaje inconsciente de sabihondos vencidos por el amor propio, que él mismo había puesto en conocimiento del director técnico de las obras. De nada le sirvió y, al final, se quedó como único responsable del sobrecosto que representaba corregirlo.

 

“¿Ves cómo le oscila el sistema nervioso?” – hablaba la llama de conciencia Dos.

 

“Sí. Está prendido en una indignación que supera su capacidad física”.

 

“Deberíamos intervenir”.

 

“No es ése nuestro quehacer. Sencillamente, observemos” – la llama de conciencia Uno parecía dirigir la conversación.

 

Y el jefe de obra fue postergado a ocupaciones que para cualquiera otro hubieran sido humillantes. Para él no, aunque en lo más íntimo de su pensar caracoleaba el estupor que le inspiraba la paradoja de sus congéneres.

 

Los lances de la existencia se examinan desde una perspectiva muy limitada en el tiempo, como si la vida transcurriera igual que los relatos de las novelas, donde la palabra fin deja suspendida la historia y, con ello, se detuvieran las batallas, las maquinaciones y los miedos. El paréntesis entre el nacimiento y la muerte es muy amplio, la eternidad para cada uno de nosotros, y en medio de esos años ocurren acontecimientos que nos marcan, sólo porque los clavamos en la pizarra del tiempo. Cada uno de esos momentos se convierten en nudos que dejamos flotar en la nube de nuestra memoria y que deberíamos deshacer de la manera más simple: percibiéndolos.

 

Las llamas de conciencia observaban otra escena en las relaciones de los hombres. En esta ocasión eran dos los que hablaban, ambos jubilados del compromiso de trabajar para vivir e inmersos en la tarea de tontear con el infinito.

 

“Estás perdido en la confusión de la búsqueda. Mirar directamente, de primera mano, está reñido con las creencias, con el postureo de los que dicen que saben. Tú estás lleno de conocimiento, pero éste se convierte en un veneno cuando se utiliza fuera del lugar que le corresponde” – nuestro antiguo jefe de obra pretendía orientar al amigo de más edad. Estaban muy cerca el uno del otro, en lo físico, pero en la realidad que no vemos estaban a miles de kilómetros de distancia. Cabría investigar si el conocimiento es algo accidental, efímero.

 

¿Es posible sobrevivir sin un soporte de mínima seguridad? La mente recurre a paraísos que aguardan después de la muerte, a argumentos que expliquen de algún modo el misterio de la vida. Y hay gente que aprovecha este miedo para sus propios intereses, ofreciendo ilusiones que son trampas en el tiempo, en las que caemos los incautos, víctimas de nuestra memoria y de nuestro pánico a dejar de ser.

 

Las dos llamas de conciencia eran ahora cinco. En la tierra continuaban los desencuentros entre las criaturas que creían ser la cúspide de la evolución. Pendencias particulares, desavenencias entre grupos, discrepancias entre naciones. Todo conformaba una música discordante, entre cuyas notas resbalaba el sufrimiento, con algunos momentos de alegría, pronto rotos por los golpes del tiempo. A pesar de considerarse inteligentes, los seres humanos se conducen como autómatas controlados por un sistema caótico creado por ellos mismos, ocupados en lo inmediato y con absoluto olvido de algo más allá del mero raciocinio, algo que pudiéramos considerar como sagrado. Y seguirá ocurriendo así mientras los relojes del corazón y de la mente marquen horas distintas.

 

“Desde esta atalaya imposible podemos apreciar el recorrido horizontal de los seres humanos” – decía la llama de conciencia Tres.

 

“Es sorprendente que no levanten los ojos del suelo. Andan como ganado pastando pura psicología en las praderas del pensamiento” – contestaba la número Cuatro. La llama de conciencia Uno les alertó sobre sus propias observaciones.

 

“Tal como les pasa a ellos, entre nosotros también se interponen límites, aunque de otro orden. Todos carecemos de cuerpo físico en este nivel de percepción. Os consta que cada llama de conciencia atraviesa mundos de densidad creciente, desde esta vibración hasta la terrestre. Mi llama os atraviesa a vosotros, que percibís en un solo sentido, pero tendrá lugar una explosión en esa conciencia vuestra y ésta se hará universal”.

 

Las cuatro conciencias oyentes cayeron entonces en la cuenta de sus propias limitaciones. Al unísono observaron la inter relación entre cuatro seres humanos sentados alrededor de una mesa limpia de objetos, en el salón de una casa. Eran ellos mismos, aislados de su fuente básica de percepción. ¿Era posible una contradicción así?

 

“El circuito debe completarse” – volvía a intervenir la llama de conciencia Uno, que se dirigió a la número Dos, sorprendiéndola con una nueva afirmación. “Tú eres el jefe de obra”.

 

“¿Por qué no lo sabía?”.

 

“Lo sabías. Lo sabes y lo olvidas. Ahora lo sabes de nuevo. Los saltos de olvido garantizan una libertad imprescindible en este juego de acción. Cada uno de vosotros tiene su avatar, que lo representa en el mundo de lo aparente. Para ellos y para vosotros se manifiesta como un gran misterio, pero es algo simple. Entre este nivel de conciencia y la sofocante confusión de allí abajo hay miles de escalones, donde también estáis. Igual que el impulso vital crea miles de formas en la naturaleza, también se establece una multiplicidad en la percepción que os asiste, aunque todos y cada uno de los niveles son ilusorios. Comprender esa ilusión es romper con el círculo que os mantiene atrapados”.

 

“¿Cuál es la fórmula?” – era la llama de conciencia número Cinco.

 

“Hablas como un ser humano. Allí abajo os relacionáis. Recibís las emociones con fuerza, lo mismo que se reciben los golpes físicos. Todo ese efecto llega hasta vosotros y se retroalimenta. Despertáis abajo y despertáis arriba”.

 

“¿Cómo es que no nos habíamos percatado antes de esa realidad de la que hablas?”.

 

“De igual manera que no me habíais percibido a mí hasta ahora. Entraréis por la puerta del no tiempo y arrastraréis con vosotros a todo lo que sois entre esta realidad y la terrestre. Cuando la atraveséis dejaréis de ser conciencia individual y seréis sólo inteligencia”.

 

“¿Y tú?”.

 

“Soy el humilde guardián del tiempo. Permaneceré así hasta que todo vuelva a reunirse en la unidad, sin segundo”.

 

En la tierra, cuatro amigos, distanciados sólo por la superficie de madera de la mesa, reproducían con palabras los mensajes que afloraban unas veces desde lo cotidiano y otras, las menos, desde un manantial desconocido. Eran iguales a otros seres humanos y su intento de entregarse vislumbraba una posibilidad de conectar con la llama de su propia conciencia.

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