El vuelo de la mariposa

Toda la vida de dios había estado allí aquella columna de cristal. Era redonda y tenía el diámetro justo como para que pudiera abrazarla y sus manos se tocaran en el otro extremo del abrazo. La recorrían dos surcos que la rodeaban igual que dos anacondas que reptaran hasta el infinito, que es donde se perdía la parte superior. Su color violeta se tornaba oscuridad después del crepúsculo, cuando sólo podía percibirse por el reflejo de las luces de las estrellas a lo largo de la transparencia de las serpientes.

 

Indi se había quedado sola en aquella parte de la tierra. Sus dieciséis años apenas le habían ofrecido una ligera semblanza de lo que era el mundo, los seres humanos, las criaturas que caminan y vuelan. Los peces, siempre alertas a otro pez mayor, ansioso por terminarles la existencia. Las plantas, las montañas. Las nubes. El rocío de la mañana y el calor del mediodía. Sólo dieciséis vueltas de un insignificante guijarro alrededor de una pequeña estrella, que era su única fuente de vida. Y todos los habitantes habían desaparecido. Junto a ella estaba su gatita, también desconcertada por aquella soledad tan extraña. También sentía cerca a Gustavo, su duende. Naturalmente, sólo ella lo veía desde siempre, a pesar de su piel azul y su ropa de época, que no debería pasar inadvertida para cualquiera que pasara por su vera. Percibía cómo el viento se iba lejos y luego volvía trayendo en su ulular el mensaje de nadie. En su mente estaba el recuerdo de su viaje a Gumi, con sus mundos de fuego y las alfombras volando por un cielo de fantasía. Ahora todo aquello quedaba muy lejos, tanto que se le escapaba a chorros del estanque de la memoria. ¿Y cómo ocurrió? En verdad que no tenía mucha conciencia de cómo había sucedido. La vida es una escalera con infinitos escalones y cada uno de ellos en sí no nos dice mucho. Sin embargo, mirada de lejos, cobra un sentido inesperado que no advertimos cuando se contempla muy de cerca. Y es que se nos escapa el presente, que para nosotros es sólo un pedacito de pasado desde el que nos sentimos eternos.

 

Un año antes notó que faltaba un amigo muy querido. Se volatilizó de la noche a la mañana y todo prosiguió igual que siempre. Ella observaba que a los demás no les afectaba la ausencia de ese ser especial y no alcanzaba a comprenderlo. Había significado mucho en su corta vida y, sin embargo, para el resto apenas tenía importancia. Más adelante, los compañeros del instituto también se habían ido convirtiendo en humo. Era sorprendente. Desaparecían y no pasaba nada. No se daba noticia alguna en la televisión ni en los periódicos. Se decidió a investigar por sí misma pero no llegó a obtener mayor justificación para un hecho tan insólito, salvo que se advertía una especie de adormecimiento en la sensibilidad de los que aún permanecían a su alrededor. Es como si fuera la única persona en el mundo que se diera cuenta de aquel extraordinario misterio, inmerso en el cual sólo le iba quedando el consuelo del ronroneo de su gatita y su fuerte vinculación a la naturaleza y sus preciosos colores.

 

Por entonces era rara la semana durante la cual no desapareciera gente. Tuvo que dejar de acudir al kiosko donde acostumbraba a comprar cosas propias de su edad porque la kioskera ya no lo atendía. Los vecinos comentaban que había cogido algún virus, pero ella sabía perfectamente que sólo se había transformado en aire. Y a esos vecinos también les fue tocando el turno, dejando sus casas vacías y a sus perros ladrando a su nostalgia. Llegó un momento en que empezó a inquietarse. Temió por su madre y su hermanita. Y por su padre. Y por los abuelos. ¿Qué podría hacer si ellos también desaparecieran? Resuelta a impedirlo, tomó una decisión heroica. Fabricó unas cuerdas muy largas con hilo invisible y las ató a la pierna derecha de cada uno de ellos. Luego se enrolló alrededor de la cintura el otro extremo de cada una y se sintió segura.

 

“¿Crees que la cuerda invisible impedirá que no les ocurra lo que a los demás? Para mí que esa medida no va a dar los frutos que piensas” – le decía Gustavo en un idioma que sólo ella era capaz de entender.

 

“¿Y qué otra cosa puedo hacer? Estoy muy preocupada y sé que tengo que hacer algo. No voy a permitir que le pase a mi familia ninguna cosa mala” – Indi era una muchachita muy apegada a su gente y sentía un cariño verdadero por todos ellos. No era raro que hiciera cualquier cosa por protegerlos.

 

“Todo se termina rompiendo. Hasta los amores jurados para siempre se diluyen con los golpes del tiempo. Tienes que entender que tus ojos son únicos y contemplan el milagro de la creación desde su profunda soledad”.

 

“No estoy sola. Todavía tengo a mi padre y a mi madre. Y a mis abuelos. Yo lucharé por ellos” – contestaba ella con firmeza.

 

“Te hablo de una soledad inexpresable, desde la que nos relacionamos con todo cuanto existe. Todos los ojos son tus ojos. La idea de que quieres a otra persona distinta de ti es sencillamente eso: una idea. En el éxtasis de esta comprensión palpita el corazón vivo del amor verdadero”.

 

Indi tenía mucho respeto a la opinión del duende Gustavo, pero ahora se excedía con sus reflexiones de otra galaxia. Lo que auténticamente ocupaba su atención era el incesante fenómeno de las desapariciones y el hecho inexplicable de que nadie pareciera percatarse del proceso. Cuando aquel sentimiento se volvía insoportable hacía un viaje secreto hasta la columna de las serpientes y la abrazaba. Era como un remedio alquímico que le reportaba nuevas energías para enfrentarse a los retos oscuros de la existencia. Curiosamente, nadie había reparado tampoco en aquel monumento a las estrellas, del que sólo había hablado alguna vez con Gustavo, a quien, por otra parte, no le parecía nada extraordinario. Hay que recordar que un duende ya reside en el universo de lo increíble, de modo que había que perdonar su falta de interés.

 

Lo peor de aquellos acontecimientos sucedió cuando dejó de sentir tensión en dos de las cuerdas invisibles, tras lo cual desapareció su padre y luego su abuelo. Indi cayó en la mayor desesperación y apretó con más fuerza aún a su cintura las otras cuatro cuerdas. Las que amarraban a su madre, a su hermanita y a las dos abuelas. No quería perderlas por nada del mundo, pero algo en su interior le decía que ya todo estaba escrito. Que iba a quedarse sola del todo en una tierra sin gente. Sin pensarlo dos veces se puso en camino para buscar a los desaparecidos, costara lo que costara. En esta nueva aventura atravesó un larguísimo pantalán de madera que salvaba el hedor de un agua pantanosa, donde crecían unos árboles muy extraños que eran como palmeras gordas coronadas por unas ridículas ramas radiales semejando látigos de madera. La situación se tornaba amenazadora, si bien Indi no llegaba a percibirlo del todo por el supremo interés que le embargaba. Al atardecer, tras recorrer todo el pantano con su gatita bien segura en una cesta y su inseparable duende, encontró una puerta abierta al pie de una montaña que daba paso a una estancia excavada en la roca con una de las paredes repleta de velas encendidas. Entre todas custodiaban a una escultura pintada de colores, parecida a la Virgen de Fátima, con las manos juntas a manera de oración. El fuerte olor a cera estuvo a punto de tirarla al suelo. Gustavo, acostumbrado a toda clase de lides, puso su mano sobre el hombro de su amiga para darle ánimos. De entre las luces oscilantes y el humo espeso emergió una voz.

 

“¡Loado sea Dios! ¡Una devota para la Señora!” – apareció un hombre mayor con los ojos desmesuradamente abiertos y una sonrisa boba en el rostro.

 

“Estoy buscando a mi padre y a mi abuelo” – se atrevió a decir Indi, sin fiarse mucho de la apariencia inofensiva del poseso. El chisporroteo de las velas hizo que la gatita asomaba la cabeza por un lado de la cesta mientras le bailaba la vista con el movimiento de las llamas.

 

“Por aquí no viene nadie desde hace casi un año. Creí que todos habían abandonado a la Señora, pero estás aquí y vienes a ofrecerle tu devoción. ¡Mis súplicas no han sido en vano!”.

 

“No quisiera contradecirle, señor, pero yo no he dicho que venga a eso”.

 

“Pues entonces, arrodíllate y reza para que aparezcan. Ella te lo concederá” – estaba muy convencido de lo que decía y, para dar ejemplo, se puso de rodillas frente a la estatua, mientras hacía movimientos con la cabeza para que le acompañara en sus plegarias, al tiempo que le guiñaba un ojo con gesto cómplice. Indi retrocedió sin dejar de mirarle, hasta que atravesó la puerta y salió corriendo de la artificiosa caverna como alma que lleva el diablo. Atrás quedó el cuidador de la ermita, cuya silueta se destacaba en la puerta realzada por el baile sinuoso de las luces de las velas. Movía desesperadamente los brazos y vociferaba, reclamando la vuelta de la fugada devota. Ella se detuvo para recuperar el resuello y luego continuó su marcha siguiendo la huella invisible que marcaba el vuelo de una mariposa de luz. Ésta dibujaba arte en el aire con sus piruetas, ajena a la tragedia que embargaba a los bípedos que se habían hecho dueños de la tierra. Indi, que llevaba al duende en cascoletas sobre los hombros, le habló mientras perseguía su vuelo.

 

“Me gustaría volar como tú. Tener esas graciosas alas y subir por encima de las copas de los árboles para ver todos los rincones”.

 

“Tú ya tienes alas” – le contestaba el grácil insecto. Ella sonrió, a pesar de la penosa situación que atravesaba.

 

“No sabía que los animalitos como tú también mentían”.

 

“Tus alas están replegadas todavía en tu corazón. Algún día volarás libremente como yo”.

 

“¿Cuándo será eso?” – le contestaba, incrédula. Gustavo se agarraba a su pelo, divertido con una conversación que sería de locos para cualquiera, menos para él.

 

“Cuando aprendas”.

 

“¿Aprender a volar? ¿En avión?”.

 

“Cuando aprendas a mirar sin miedo y, libre de prejuicios, dejes de ser. Entonces volarás por el infinito”.

 

La mariposa desapareció detrás de unos matorrales y volvió la oscuridad. En su persecución del fulgor que danzaba, Indi había olvidado momentáneamente el motivo de su carrera. Consciente de nuevo de sí misma, atravesó varias aldeas completamente deshabitadas, donde algunas vacas mugían implorando un ordeño que se retrasaba más de la cuenta. En una de las casas sólo se olía el intermitente golpeteo de una puerta agitada por las veleidades del viento. El cuadro era fantasmagórico, subrayado por el eco de los porrazos y los mugidos, reverberando en un silencio sepulcral. Vio que en un extremo del lugar se apagaba una luz. Allí había alguien. Se acercó con sigilo pero no distinguió a nadie. Súbitamente un crujido delató a la persona que pretendía ocultarse.

 

“¡No me hagas nada! Haré lo que tu mandes… – era una mujer de ni sé cuántos años, con el pelo completamente blanco y una expresión de pánico en su semblante. La gatita estiró las orejas ante la aparición del nuevo personaje.

 

“¿Cómo podría hacerte daño? Eres una abuelita indefensa y yo nunca he maltratado a nadie. ¿Me puedes explicar qué ha pasado aquí?”.

 

La viejita se quedó muda durante un buen rato.

 

“Han sido las sombras” – acertó a decir, temblorosa. Y luego continuó.

 

“La sombras vinieron y se los llevaron a todos. ¿Tú no eres una sombra?” – todavía desconfiaba. Indi se acercó para darle un abrazo, esperando calmarla, pero cuando la estrechaba contra su pecho se volatilizó. Desconcertada, miró a Gustavo esperando una respuesta lógica.

 

“Han tirado de ella las sombras” – dijo el duende, encogiéndose de hombros. Daba la impresión de que nada de lo que ocurría lograba alterarle. En ese momento Indi se dio cuenta de que se habían soltado otras tres cuerdas invisibles. Despavorida salió pitando fuera de aquel caserío, sin saber del todo qué dirección tomar. La oscuridad se iluminó otra vez con el vuelo de la mariposa, que dio unas cuantas cabriolas para llamar la atención de la muchacha. Como era cuestión de urgencia, Gustavo tomó la forma de una nube azul para acoger el cuerpo de su amiga con la gatita, y los tres volaron en persecución del insecto alado, que los condujo hasta la casa de la madre de Indi. Por el camino se cruzaron con el guardián de la Señora, que todavía tuvo arrestos para agitar los brazos pidiendo que volvieran. La mariposa entró en la cueva y luego salió, dejándola totalmente a oscuras. Al guardián no le quedó otra que olvidarse de Indi y dedicarse a encender las velas una por una, presa de un cabreo imponente. Reanudado el camino del aire, encontraron a la madre sentada en su mecedora de madera, mirando al infinito con ojos llenos de lágrimas, mientras la mariposa se quedaba dando vueltas alrededor de la columna de las serpientes.

 

“¡Estás quedándote sola! Te quiero más que a ninguna otra cosa en el mundo. Te cuidaré y te protegeré contra todo lo que pueda hacerte daño”. Ambas mujeres se fundieron en un abrazo que pretendía ser eterno. El cariño de madre e hija parecía generar un poder que se sobreponía a todo. Sin embargo, el proceso persistía. En los días sucesivos continuó desapareciendo gente sin que pudieran hacer nada por evitarlo. Una mañana Indi se despertó y ya no había nadie ni cerca ni lejos. Gritó clamando por la respuesta de alguna persona viva y sus gritos volvían sin equipaje y luego caían sobre la tierra. Desesperada, se dirigió al lugar donde se erigía la columna de las serpientes, como guiada por un instinto desconocido, seguida por Gustavo y la gatita. Allí vio aparecer una especie de cabina acristalada y cilíndrica que giraba siguiendo el curso de los ofidios transparentes, descendiendo desde la profundidad del firmamento, hasta que se detuvo a ras del suelo. Sintió que algo tiraba de su pierna derecha. Era una cuerda invisible, como las que había usado para atar a su familia, y venía del ascensor estelar. En el otro extremo de la cuerda distinguió a su madre, que sonreía invitándola a entrar en aquel extraño artefacto. Así lo hizo y, cuando estuvo en el interior, volvió a quedarse sola. La figura de su madre se había disuelto, pero quedó su voz.

 

“No temas. Lo que ocurre es lo más idóneo”.

 

“¿Por qué ha sucedido todo esto? ¿Por qué habéis desaparecido todos?” – era un lamento más que una pregunta.

 

“Lo que ha desaparecido es cada parte de cuantos se reflejaban en tu conciencia. Cada trocito de todo lo que has conocido. El mundo continúa. Eres tú la que estás dejando de ser”.

 

Se sentó e inclinó la cabeza en un acto de rendición incondicional. Sabía que ya no podría hacer nada y la mirada del duende corroboraba ese sentimiento. Entonces sintió una fuerte sacudida que la oprimió contra el suelo. La cabina del ascensor se movía a lo largo de la columna de las serpientes a una velocidad prima hermana de la luz. Atrás quedó la gatita, mirando incrédula el sitio donde apenas unos segundos antes se hallaba su amita.

 

Conforme ascendía, le invadió a Indi una sensación insufrible de vértigo al cruzar la negrura del cosmos, cuajado de fuegos lejanos. Contemplando el exterior pudo observar a su alrededor lucecitas con alas que jugaban en dimensiones allende la conciencia. La puerta de la cabina se abrió de improviso y ese momento fue aprovechado por Gustavo para propinarle un fuerte empujón que la lanzó al abandono del espacio. No podía creerlo. Su más íntimo e intangible amigo la había traicionado. Ya no podría creer en nada. Y entonces ocurrió lo inesperado. Flotaba. Ella era otra luz con alas de mariposa, hechas con el hilo del amor de su madre y de todas las personas que la habían querido. Y en ellas estaba toda la humanidad propiciando el vuelo más fantástico que jamás hubiera imaginado. Junto a Indi jugaba a volar su duende, una luz igual que ella misma con idénticas alas de seda intemporal. Juntos emprendieron la aventura de sus vidas, camino de la inteligencia creadora, en un viaje sin límites que partía de la libertad única.

 

Y luego la mariposa se transformó en crisálida y volvió al cuerpo de Indi en la tierra, donde recuperó su vida como una linda muchachita de dieciséis años y, a su lado, su gatita y su duende. Ahora albergaba, por fin, dentro de su pecho la luz de la comprensión, que derramó a raudales sobre su mami querida y su gente, que era la humanidad entera y todas las demás criaturas. Indi estaba de nuevo en el mundo, pero ya no era del mundo.

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