El tiempo en el laberinto.

Había entrado en el Hospital Civil buscando el departamento de urgencias, presionado por su amigo Luis tras una caída inoportuna hacia atrás que le provocó un fuerte golpe en la cabeza. Néstor no era aficionado a los dramatismos, pero no pudo negarse ante la alarma que el suceso había provocado en su compañero. Entregó su documentación en el mostrador de admisiones y, tras el papeleo consiguiente, lo derivaron al médico de guardia, que mandó hacer un escáner cerebral para que pudiera ser examinado a fondo por un especialista. Cuando deambulaba por los pasillos, con la prescripción en la mano buscando el área de radiografías, se topó con una puerta que llamó su atención. “Sala 21”, decía el cartelito fijado en la parte superior. Había oído hablar de ese lugar y casi siempre en tono distendido, con anécdotas graciosas y crueles que estaban muy lejos de la realidad. Sin pensarlo dos veces giró el picaporte y cruzó el umbral, sin tener el menor atisbo de la aventura que estaba a punto de experimentar. Dentro había bastantes hombres bajo tratamiento. Tenía entendido que era costumbre separar los géneros.

El edificio tenía su historia. Se empezó a construir en los años finales del XIX y se hallaba junto al Convento de la Trinidad, en unos terrenos que se compraron en 1862 al Conde de Casapalma, con la colaboración de familias notables malagueñas, entre ellas los Larios y los Heredia. Poco a poco contó con su capilla, con un pabellón para niños y otro para dementes. Y leprosería. Había una botica, a la que suministraban medicinas boticarios de la ciudad. También bodega, cocina, despensa y casa de horno. La admisión de enfermos se hacía en los primeros tiempos en la Comisaría de entrada, para lo cual había que demostrar la condición de pobre y natural de la provincia o residente en Málaga. También se admitían, desde el principio enfermos pensionados, heridos, algunos de ellos presos, por lo que el ingreso de éstos se hacía por orden gubernativa o judicial.

Desde el principio la atención a enfermos mentales fue una función específica e independiente, aunque vinculada como departamento dentro del propio hospital Ya en 1973 se acometería una gran reforma general y en 1979 se constituyó en hospital psiquiátrico independiente del que dependerían a su vez distintos centros comarcales.

Volviendo a donde dejamos a Néstor, una vez que éste se encontró en el interior de la sala 21, Raúl, uno de los residentes, se quedó mirando fijamente al muchacho de la camisa de cuadros azules. Llevaba tres años en la institución y no recordaba haberlo visto antes. Aunque también podría ocurrir que se tratara de una de sus frecuentes lagunas de memoria, fruto de sus adicciones, tan remarcadas por María, la doctora que cuidaba especialmente su caso junto con los de otros de parecidas circunstancias. Sin transición se dirigió directamente hacia él, con tanta rapidez que el otro retrocedió un paso, intimidado por los ojos obsesivos del asaltante de su intimidad, cuya frente había llegado casi a rozar la suya.

“¿Quién eres? No te conozco. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?”.

El interpelado guardó unos segundos de silencio, como si estuviera pensando una respuesta. Encontraba la situación muy divertida.

“Soy Néstor y vengo del futuro”.

Era una afirmación digna del lugar. Por eso Raúl no se sorprendió lo más mínimo, teniendo en cuenta que ya conocía casos que desbordaban los límites más extremos, como el de Richard, el mecafílico que había entregado sus contradicciones a los oficios de la psiquiatría, con la esperanza de sanear sus incontrolables impulsos sexuales hacia las máquinas, de algunas de las cuales se confesaba enamorado. En su memoria guardaba una nostalgia especial por un Pontiac Grand Prix de 1997, cuyo doble escape había propiciado una relación íntima y única, de la que ahora pretendía huir.

“Supongo que ya habrás presentado tus cartas credenciales y te habrán asignado a un vigilante jurado” – Se refería a un psiquiatra especialista, siguiendo un galimatías propio que se había inventado después de haber entablado amistad con uno de Orense, que farfullaba en sus delirios el barallete de los afiladores y las orquestas antiguas de aquella parte de Galicia.

“Acabo de llegar a esta misma habitación. No he hablado con ninguna otra persona, salvo contigo” – era una situación prometedora. Y mira que había gente rara allí dentro. Pero aquel muchacho parecía inofensivo, por lo que Raúl que decidió continuar con su interrogatorio de entretiempo, seguro de que más tarde o más temprano descubriría el punto débil de aquella historia. En aquellos momentos se les unió Adán, un residente de corto recorrido temporal y antes ejecutivo que rondaba los cuarenta y cinco y que había ingresado con el síndrome del Camino de Santiago. De él había averiguado que contaba con antecedentes personales y familiares psiquiátricos y problemas importantes de estrés, adaptación social y familiar. En unos días le darían el alta.

“¿Me pierdo algo?” – el tono del caminante roto era amistoso. El hombre del futuro frunció las cejas, preñadas de intriga ante la ambigüedad del recién llegado, mientras de reojo contemplaba cómo dos residentes veteranos se pegaban cabezazos, porfiando por una deuda de cigarrillos florecida en un juego de dados días atrás. El de Orense, que hacía la ronda para minimizar su aburrimiento, aprovechó para intercalar uno de sus dichos, en la jerigonza de cantería que aprendió de su padre: “Hay que chusar anque oretee ou axa barruxo, porque face falta zurro, que Sanqueico nono da de balde”, que en gallego corriente rezaría como que hay que traballar aínda que chova ou haxa lama, porque facen falta cartos, que Deus non os da de balde. Cerca de ellos había dos hombrecillos sentados en un banco, con cabezas que oscilaban rítmicamente de arriba abajo, ojos perdidos y bocas babeantes, en actitud que recordaba a legionarios de épocas pretéritas desorientados tras un gran atracón de marihuana. En uno de los extremos del asiento se veía a otro que frisaba los setenta años. Era un caso también extraño, ya que solía permanecer durante unos meses, se marchaba y volvía indefectiblemente. Tenía una cantinela que repetía a todo el que quería oírla: “La puerta de salida no es la que atravesamos cuando entramos aquí. La única salida es salir del tiempo”. La gente había llegado a quererle, sobre todo por su actitud de escucha ante los sufrimientos de los demás, y todos se alegraban cuando se marchaba, porque era un indicio de que se había curado de cualquiera que fuera la cosa que lo había metido allí.

“¿Esa camisita es del futuro? Mejores las puedes encontrar aquí” – Raúl proseguía con su diálogo, sin hacerle el mínimo caso al caminante rebotado de síndrome novedoso.

“No he dicho que venga del futuro lejano. Vengo del futuro del año que viene” – a Raúl le pareció inapropiada la respuesta, por chistosa, por lo que el de la camisa de cuadros azules se apresuró a matizarla, al ver la boca torcida de aquél.

“Es cierto. He llegado del verano que vendrá después de este verano. Me pareció buena idea regresar al año pasado. Y mejor todavía aparecer en un lugar como éste” – Néstor echó una ojeada a su alrededor y no dejó de parecerle raro que aquella gente llevara una indumentaria más que dispar, como si estuviera ante una pasarela de modas de distintas épocas.

Adán se colocó a un lado del visitante del futuro, como protegiéndose ante el avance de uno que padecía el síndrome de Cotard. Se había enterado de que aquel pobre hombre creía firmemente que estaba muerto y que se descomponía poco a poco, pudriéndose como los difuntos en sus nichos. Ese pequeño detalle le inspiraba al caminante una cierta aprensión envuelta en escalofríos, y más todavía cuando lo veía amigo de otro elemento diagnosticado de autofagia, al que le faltaban tres dedos de la mano derecha, que él mismo se había amputado en días de hambre extraña, comiéndoselos llenos de vida recién cortada. Un auto zombi que no auspiciaba nada bueno. Afortunadamente, el temor del caminante de Santiago se disipó cuando dos fornidos celadores cortaron el paso del presunto muerto y lo trasladaron a otro rincón de la sala.

A lo largo de los días siguientes tendrían tiempo suficiente para ampliar aquella conversación, pero en aquel momento, ya entrada la noche, se vio interrumpida por la aparición de María, la doctora que llevaba el caso de Raúl. Se le acercó y se lo llevó con suavidad hasta una de las consultas que daban al pasillo, sin dejar de mirar a Néstor con cierta curiosidad. Más tarde volvería para preparar un estudio de personalidad del hombre del futuro, circunstancia que éste llevó con paciencia, convencido de que ya tendría tiempo de descubrir su broma. Pero entonces cayó en la cuenta de que un caso así podría traerle complicaciones si alguien lo denunciara. Por eso decidió continuar dando vida al personaje que acababa de crear, hasta el punto de que consideraron su caso como real y lo dejaron en observación. Por unas cosas o por otras, al final quedó ingresado durante tres meses, compartiendo penas y alegrías con los restantes residentes. Lo que más le imponía era el cambio violento de personalidad de un esquizofrénico agudo, al que tenían que vigilar permanentemente por el peligro que entrañaba cuando se imponía su faceta agresiva. Al final Néstor recibió el alta médica y volvió a su vida “normal”. Eso pensaron todos, pero en realidad, al salir por la puerta y reencontrarse con el aire de libertad de la calle entró en una especie de limbo, como si los tres meses hubieran transcurrido sin tocarle, y se reincorporó a su existencia cotidiana sin recordar absolutamente nada de lo que hubiera pasado durante ese tiempo. Aquello le preocupó bastante y, perdido en un penoso desconcierto, al cabo de nueve meses decidió buscar ayuda médica. Unos amigos le recomendaron a la doctora Páez, joven aún pero especializada en síndromes relacionados con la memoria. Llegó a su consulta con total puntualidad, sin olvidar su querida camisa de cuadros azules, y la psiquiatra le recibió con una sonrisa casi maternal, tratándole como si fuera una vieja amiga.

Durante el transcurso de toda una hora la doctora llevó a cabo un sondeo exhaustivo en la mente del muchacho. Éste se mostraba sorprendido e incrédulo ante el cúmulo de datos suyos de que parecía disponer su interlocutora. Luego ella mandó hacer una radiografía y un electroencefalograma. Tras examinarlo todo con extremo cuidado, decidió que era necesaria una tomografía computarizada y le dio las señas del centro donde podría conseguirla. Algo confundido, le preguntó sobre si tenía alguna idea de lo que le pasaba. La doctora no tenía a mano una respuesta que le pudiera resultar convincente y se limitó a citarlo para la semana siguiente. Él se dirigió al lugar donde le tendrían que practicar el examen de TC. Allí le administraron una solución de contraste y luego lo recostaron en la mesa desplazable, momento en que entró en acción el escáner dentro de la máquina, moviéndose a su alrededor. En el instante siguiente estaba en la sala que había visitado un año antes. Era algo asombroso. Ahora podía recordarlo todo sin sombra alguna de duda. Su primera llegada al manicomio. Los residentes variopintos. Los tres meses de intensa convivencia con locos, psiquiatras y enfermeros. Era plenamente consciente de que había viajado en el tiempo un año hacia atrás.

“¿Quién eres? No te conozco. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?” – Raúl continuaba con sus lagunas mentales. Era la misma pregunta y Néstor se temió lo peor. Podría pasarse en aquel sitio otra buena temporada, perspectiva que no era de su gusto. De pronto se sintió fuera de su cuerpo. Se veía a sí mismo cada vez más cerca, cuando súbitamente dos celadores le cerraron toda posibilidad de avance. ¡Él era el del síndrome de Cotard! Se había dirigido al hombre del futuro para avisarle… No sabía de qué. El del Camino de Santiago se guareció detrás, agarrándose a su brazo. Estaba ocurriendo lo mismo y en la misma época. Parecía que aquella gente estaba encerrada dentro de sus mentes y se repetía la escena en el mismo tiempo que ocurriera entonces. Regresó a su cuerpo. Él contestaba atropelladamente las preguntas, pero sus respuestas no eran idénticas. Intentaba decirles que venía de un año adelante, y que algo extraño estaba ocurriendo. Raúl continuaba impertérrito: “¿Esa camisita es del futuro?”. Cuando llegó la noche, apareció la psiquiatra y se llevó a Raúl. Luego le tocó el turno al propio Néstor.

“Parece que tendremos que empezar de nuevo” – le comentó con amabilidad. Él reconocía a la doctora Páez en María, pero ella no parecía tener interés en mencionar la entrevista que había tenido lugar antes de su visita al centro de escáner. Como si no hubiera ocurrido. “Realizaremos unas pruebas y a continuación procederemos con el mismo tratamiento de hace un año, si vemos que es idóneo para tu situación actual” – le dijo con tono profesional, no exento de cierta simpatía.

Nuestro protagonista se encontró nuevamente inmerso en la historia de terror que recordaba ahora tan vívidamente. Los cabezones babeantes. El del Camino de Santiago. El de los setenta años que la tenía tomada con el tiempo. El mecafílico enamorado de las máquinas. El que se comía sus propios dedos… Todos estaban allí y era como si nunca hubiera salido de la sala 21. Ese verano repetido actuó en detrimento de su salud mental y, cada vez que pretendía explicar su situación, la historia que contaba se volvía en su contra. Por fin, al cabo de otros tres meses volvieron a darle el alta. Y nuevo vacío en su memoria. Nueva ansiedad por ese paréntesis de recuerdos borrados y nueva visita a la psiquiatra. En esa etapa fuera de la sala 21 tenía pleno conocimiento de todo cuanto no se relacionara con aquel maldito lugar. Pero ese paréntesis en el tiempo quedaba fuera de su conciencia.

“Vine a verla hace un año y quiero disculparme por no haber vuelto. Estoy en la misma situación”.

“No te preocupes. Tengo aquí los resultados del TC. Me los enviaron por correo” – ella no era consciente de que participaba de una experiencia similar por las noches, y durante el día era igualmente ajena a esos períodos de la sala 21.

“Sé por lo que estás pasando y te ofreceré toda la ayuda posible. El escáner permitió averiguar que se ha formado una pequeña bolsa que afecta al lóbulo temporal de tu cerebro. Cuando se llena de sangre ejerce una influencia extraña en tu comportamiento y eres víctima de alucinaciones. Eso puede explicar amnesia anterógrada e incluso retrógrada y la aparición de episodios confusionales y confabulación” – utilizaba un lenguaje demasiado complicado para él pero en el fondo lo agradeció, más que nada porque inspiraba seguridad.

La relación entre Néstor y la doctora se fue haciendo cada vez más estrecha, entre otras razones por la fascinación que le inspiraba un caso tan poco corriente, que requería muchísima comprensión y afecto. A pesar de esta proximidad tan personal entre médico y paciente, el siguiente verano se reprodujo la situación tan temida por el viajero del tiempo y nuevamente se vio envuelto en las mismas circunstancias de ansiedad y miedo. En esta ocasión se vio a sí mismo a través de los ojos del auto caníbal y fue una experiencia absolutamente horrible. María, la doctora Páez, aparecía en la sala indefectiblemente de noche y se convirtió en un eslabón imprescindible entre las memorias perdidas de Néstor. Así transcurrieron los años, sin que ninguno de los dos pudiera evitar las recaídas y las visitas de aquél al fondo oscuro del país del olvido. Llegaron a consolidar una profunda amistad, quizás empujados por un impulso irresistible de vivir aquella aventura hasta sus últimas consecuencias. En la sala 21 nadie envejecía, salvo ellos dos, y tampoco nadie parecía sorprenderse por esta anomalía, ni siquiera nuestros dos protagonistas. Cuando llegaba la noche, aparecía María y atendía a todos los pacientes a su cargo. Jamás la vieron aparecer durante el día.

Pasados los años, Néstor era todo un personaje en la sala 21. Conocía el más ligero detalle de las anomalías psíquicas de cada residente y se había visto a sí mismo a través de los ojos de todos ellos a lo largo de tantos veranos, que eran el mismo verano. Cuando cumplió los setenta él era aquel hombre que llamó su atención por su filosofía relacionada con el tiempo. Siempre lo había sido. Había comprendido que la única salida era romper, hacer estallar la burbuja del tiempo y adentrarse en lo desconocido abandonando su propia identidad. Y murió en la sala 21. Su cuerpo fue trasladado al depósito de cadáveres, donde esa noche fue visitado por María. Y vio su cuerpo a través de los ojos de María. Ella lo contemplaba con inmenso cariño y él no fue capaz de resistirse a ese último homenaje de amor. Se incorporó, muerto, y se abrazó a ella con la entrega más absoluta que jamás hubiera podido imaginar.

En el siguiente instante estaba ante la sala 21, joven como lo fue la primera vez. Un olor desagradable parecía provenir del interior. Con la mano en el picaporte de la puerta, dudó acerca de abrirla o no abrirla. No lo hizo. En lugar de eso, continuó su camino por los pasillos del Hospital Civil, buscando el área de radiografías.

Cuando por fin alcanzó su objetivo y le practicaron el escáner prescrito, le comentó al enfermero el hedor que emanaba de la sala 21, insoportable para cualquiera que no formara parte del equipo del hospital.

“¿La sala 21? Esa sala se clausuró hace muchos años. No existe” – parecía que el muchacho de la camisa de cuadros azules estuviera hablándole de Marte. Cuando completó su trabajo le entregó la placa en un sobre, en el que escribió la referencia de la especialista que tendría que atenderle. Segunda consulta, a la derecha.

Néstor leyó el nombre. “Doctora María Páez”. No la conocía, pero algo en su interior le hizo pensar que aquello era el anuncio de un futuro sin conflictos.

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