El libro de la vida

La luz lo penetraba todo y no había nada que no fuera iluminado por ella. Dos voces de luz mantenían una conversación en la que no contaba el tiempo de la Tierra, delatando dos presencias que flotaban en aquel espacio sin apenas dimensión.

“Aquí tenemos la proyección visual de cuerpos físicos idóneos para tu propósito”.

Todo había arrancado de una curiosidad suscitada en el seno de una de las dos presencias. ¿Habían alcanzado el final del camino? Cuanto les rodeaba era gloria y serenidad. Las perturbaciones eran desconocidas. Todos decían lo cierto porque no había medio de ocultarse en medio de aquella absoluta transparencia. No había complots, ni astucia, ni ambición. Ni envidia…

“Somos ángeles. Seres terminados y perfectos. No cabe mayor evolución entre las criaturas del universo”.

Sin embargo, algo se escapaba de los límites de esta reflexión. Por eso hablaban. Y su diálogo era conocido instantáneamente por el resto de las entidades etéreas que poblaban la esfera angélica.

“Somos vibración consciente. Vivimos una felicidad permanente, ajena a cualquier distorsión. Pero carecemos de conciencia potencial”.

¿Conciencia potencial? Parecía tratarse de un concepto, algo que no tenía cabida en un mundo extraño a las ideas.

“Nos hallamos en un estado eterno, pero entendido como rueda de medida concreta y tránsito infinito. Aquí no existe la discordia, aunque no deja de ser un limbo celeste en el que la verdad ha sido capturada dentro de la eternidad. Hay algo sumamente ligero que no vislumbramos, porque eso sería nuestro fin”.

“¿Tengo que elegir entre estos cuerpos? Algunos parecen muy deteriorados. Unos son muy viejos y otros apenas han salido del vientre de sus madres. Me parece algo complejo discernir cuál sería el idóneo”.

“Ya has elegido. En realidad ya estás viviendo en uno de esos cuerpos. En ellos ha desaparecido la capacidad de percepción directa. Todos se relacionan desde el pasado, porque les es imprescindible el uso de su cerebro, que está aislado en una caja de hueso. A partir de ahí se proyectan en el futuro envueltos en cadenas de deseos. No es precisamente como ocurre en este estadio de luz, donde todos nos comunicamos sin barrera alguna. En el mundo de la materia los seres actúan a partir de creencias y ello les permite sobrevivir”.

“¿Creencias? Para mí creer es igual a ver. No entiendo el matiz”.

“Por eso estás ahora encerrado en un cuerpo físico. Cuando termine este diálogo, aunque no recuerdes nada, prueba a mirar cualquier objeto y luego cierra los ojos. Comprobarás que lo encuentras sin dificultad. Te vales de un mapa que formulas inconscientemente. Eso es una creencia, circunstancia que los seres humanos han complicado en extremo, hasta el punto de regirse socialmente por ese tipo de conceptos”.

El hombre abrió los ojos. Desde la nada se rencontraba con la dura realidad. Su mujer había desaparecido hacía varios meses y la angustia que le invadía le sumía en un estado de desesperación desconocida hasta entonces. Un incontenible ataque de celos se había apoderado de su mente y no conocía descanso. Cabía la lejana opción de que hubiera sufrido algún accidente, pero eso no formaba parte de su catálogo de posibilidades, vistas las experiencias anteriores. Detestaba al mundo y todo lo que había dentro de él por aquello que consideraba una respuesta injusta del género humano hacia su persona. Era aún oscuro, por lo que extendió la mano y pulsó el interruptor de la luz, que estaba donde debía. Haciendo de tripas corazón se incorporó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para asearse. Cumplidos todos los rituales de la mañana, condujo el coche hasta el lugar donde se ganaba la vida y en el que desarrollaba una rutina incansable que acabaría en la jubilación o en la muerte.

“¿Por qué he descendido hasta la materia? Este lugar es un paraíso y aquí no se conoce el dolor. ¡Cómo es que me he metido de lleno en un espacio grosero dónde nadie percibe la esencia de nadie!”.

“Somos vibración pero, aunque el tiempo de los humanos es infinitas veces más intenso que el nuestro, aún vivimos en el tiempo. Más tarde o más temprano es necesario experimentar la individualidad separada para poder llegar a lo más profundo de la vibración que nos constituye, para poder conocer esa esencia en su totalidad”.

“¿Por qué? ¿Por qué hay que pasar por ese martirio de la carne, si ya estamos en la luz?”.

“Tú mismo lo has dicho. Estamos en la luz, pero de lo que se trata es de sumergirnos en la inteligencia creadora. No estar en la luz, sino ser la luz misma, y eso sólo es posible conociéndonos hasta llegar a la división última. Hasta que comprendamos si en realidad somos nada. Percibir si esa nada es luz fuera de toda concepción”.

Era presidente de una gran nación. Había llegado a tan alto cargo tras un rosario interminable de enredos, intrigas y promesas, sostenidas por una ambición desmedida que le había permitido superar toda clase de obstáculos sociales, económicos y filosóficos. El premio oculto era una vanidad colmada de complacencia que justificaba todos sus esfuerzos. Había coronado lo que suponía que era el objetivo fundamental de su vida, pero ahora se enfrentaba a un reto que conmovía los cimientos de su superficialidad. Verdaderamente, era un punto crucial en el centro de su conciencia. Se trataba de una decisión que se oponía a importantes grupos de presión, representantes soterrados de empresas de muy alto nivel, tras los que se parapetaba la riqueza de unos pocos. Estaba en juego el modelo de supervivencia social, que afectaba a la mayoría de la población, sumida desde hacía meses en condiciones próximas a la pobreza. Era necesario un cambio en el rumbo de la política para conseguir una esperanza en el futuro próximo de los ciudadanos del país. Y estaba dispuesto a adoptar las medidas precisas, por más que perjudicaran intereses espurios. No sabía que en pocas horas estaría muerto, sentenciado por la avaricia del poder en la sombra.

“El tiempo en la tierra transcurre como si fuera administrado por demonios. Desde aquí sé lo que va a ocurrir en ese teatro de locos y, sin embargo, continúo ocupando ese cuerpo gobernado por una mente tallada por la herencia racial, la memoria social y las heridas de esa vida efímera. Si conozco el guion, ¿por qué sigo interpretando esa farsa?”.

“Lo importante no es lo que haces o lo que interpretas, sino lo que llegues a percibir de ti mismo, que es justamente la lectura del libro de la vida. Aquí podemos percibirlo todo, salvo a nosotros mismos. Allá abajo todo está a favor para conseguir ver el fondo del espejo que oculta lo que verdaderamente somos cuando vibramos en esta luz”.

La mujer estaba ausente de sí misma. Huía de la realidad que suponía su vida tal como era y buscaba enloquecida una propuesta alternativa, aunque, en lo más íntimo de su corazón, sabía que no había soluciones que resolvieran su descontento. Conoció otras situaciones, amantes, gente… La insatisfacción viajaba con ella y no hallaba consuelo para su dolor. Poco a poco, todas sus aventuras se convirtieron en una nueva rutina y terminó por rendirse a lo que consideraba un destino fatal, en el que las cosas fluían infatigables para devorarla cuando el cansancio acabara con ella.

“En el cuerpo físico que habito en las horas de la tierra se suscita todo género de expectativas. Hay fases de felicidad y de sufrimiento, sobre todo esto último, pero, desde la instancia de la luz, resultan momentos fugaces y no justifican la repercusión que se les concede en las relaciones humanas. ¿Cómo es que parecen tan importantes y definitivos para ellos?”

“Lo que verdaderamente importa es que lo crean así. Que tú lo creas así. Comprender es trascender, pero no hay comprensión si no hay reto. Este gozo infinito no nos proporciona la oportunidad que sí tienen ellos, y ésa es la razón por la que estás viviendo en la materia, por más que parezca un juego. Sólo serás luz cuando te sumerjas completamente en el misterio y eso únicamente ocurrirá en el cuerpo que ocupas ahora. Debes impregnarte de la cualidad de lo nuevo, a lo que se opone la respuesta de los hábitos que anidan en tu interior material. Y lo nuevo está al alcance de todos los seres humanos, fluyendo en un instante fuera del tiempo”.

Había sido un niño de la guerra. Un pelotón de soldados irrumpió en su aldea y asesinó a su padre, violaron a su madre y a él se lo llevaron como botín para nutrir el ala vergonzante de un batallón de niños guerreros. Como bautismo de fuego, le obligaron a disparar a la cabeza de un anciano de otra aldea, principio de lealtad obligada en un ejército de asesinos. Creció odiando y fue pasto de fundamentalismos garantistas de la revolución contra la injusticia del mundo. Sobrevivió a aquella primera expresión de la barbarie colectiva y, pasada la adolescencia, se incorporó a un entrenamiento exhaustivo para luchar contra occidente, su opresión y sus engaños. Recibió educación al efecto y vivió durante varios años en la capital de aquella nación imperialista, como miembro durmiente de una célula de la organización. Y llegó el momento. Le proporcionaron un cinturón de explosivos perfectamente camuflado y se dirigió al lugar donde el presidente del país se disponía a ofrecer un discurso revolucionario, anunciando medidas drásticas contra la corrupción y el sistema de reparto injusto de la riqueza.

En el mundo de la luz todo continuaba imperturbable. Las presencias gozaban de la paz inmensa que proporcionaba el contacto permanente con la ausencia del denso tiempo de la tierra. Los acontecimientos que se sucedían en ésta eran simples destellos apenas perceptibles y aparecían y desaparecían individuos como burbujas en una olla de agua hirviendo.

El presidente se dirigía al estrado de oradores y por el camino estrechaba las manos de cuantos se acercaban para saludarle. Uno de ellos se la apretó con fuerza, con energía inusual, lo que hizo que se volviera para mirarle directamente a los ojos. Se encontró con una mirada encendida, llena de rencor. Fue lo último que tuvo la oportunidad de ver en este mundo. El muchacho pulsó el botón que accionaba la carga de muerte que llevaba amarrada alrededor de su cintura y ambos se vieron envueltos en una enorme explosión, que convirtió a sus cuerpos en miles de piececitas de carne que volaban en todas las direcciones. Hubo decenas de heridos. La onda expansiva alcanzó a un vehículo que circulaba en aquel momento por el lugar y que, impulsado por el destino de la maldita mala suerte, terminó por estrellarse contra una farola, pereciendo también su conductor. Era el pobre diablo invadido por los celos, que conducía para llegar a su centro de trabajo.

“No comprendo cómo, después de una larga vida de lucha por conseguir el poder y, tras ver con claridad por una sola vez cuál era la acción adecuada, puede romperse la posibilidad de llevarla a cabo. ¿Esa era la causa de mi estancia en la tierra? Si podía colaborar para sembrar algo de justicia entre los seres humanos, ¿por qué se trunca de un modo tan atroz?”.

“Has asumido que eras sólo el presidente de esa nación”.

La presencia aludida se quedó confusa.

“Aún conservas restos de humanidad y no sabes la causa. Eras el terrorista. Y eras el hombre celoso. Sólo te han quedado recuerdos de lo que considerabas más justo. Por supuesto, también has sido el presidente”.

“Entonces, ¿he perdido mi oportunidad?”.

“No. Te quedan opciones en ese tránsito por la tierra. Todo este tiempo has sido también mujer. Estás en el cuerpo de la viuda que abandonó a su marido, el hombre que se estrelló por la onda expansiva, y que está ahora desconcertada por su pérdida. Ninguna vida es inútil y todas tienen igual importancia en la lectura del gran libro. Sólo tienes que prestar atención, estar alerta a cuanto te requiere en ese paseo fugaz por el alma de los seres humanos”.

El sol despertaba glorioso en el horizonte, anunciando con su luz la feliz avenida de un nuevo día. La mujer lloraba mientras avanzaba hacía el horno crematorio el ataúd donde se habían recogido los restos del cuerpo de su marido. Era el principio de una existencia llena de esperanza, aunque ella aún desconocía la gran aventura que le esperaba en el misterioso camino de la vida.

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