El ladrón de tiempo

La silueta de la casa se recortaba contra el fondo del crepúsculo que adornaban las estrellas, en un escenario mágico que había invitado a la luna a mostrar su cara redonda en el gran patio de la noche. Dentro había una figura con los ojos cerrados, el cuerpo totalmente inmóvil salvo los mínimos movimientos necesarios para respirar y el cerebro plácidamente quieto. Cualquiera que la hubiera mirado pensaría que hasta podría estar muerta. Súbitamente se alarmó. Había oído un ruido sospechoso, como el pisar de una rama seca. La gata dejó de estar quieta. Dio un salto y desapareció por la ventana entreabierta, dejando la habitación huérfana de vida. Vacía. Ese tipo de ausencia de la que huye la mayoría de los seres humanos, cuyas cabezas terminan ocupadas por la propaganda ajena, expulsando cualquier posibilidad del encuentro consigo mismos.

El visitante anónimo era un ladrón de tiempo. Se dedicaba a entrar en las casas y detener el avance de todo reloj que encontraba a su paso. Si era de péndulo, sencillamente paraba sus oscilaciones. Si eléctrico, le retiraba su energía. Y si se topaba con alguno de cuerda le separaba la corona. Él era un guerrero que peleaba contra el recorrido de las agujas dando vueltas interminablemente a un circuito circular y aburrido, contra el avance de los números hasta el límite del día o de cada hora, para reiniciar la cuenta una y otra vez sin llegar a ninguna parte. Robaba el tiempo de los demás, convirtiendo sus actos en pura devoción a una idea. Una vez llegó a parar el curso del reloj de la catedral. Se subió a la manquita con premeditación de lunático y luego bajó pleno de sosiego, convencido de haber cumplido con un deber sagrado. Su lucha particular contra el tiempo.

Tras el sobresalto de la mancha oscura que saltó por la ventana, llegada a su asombro como la tarjeta de visita de un alma en pena, él mismo aprovechó el hueco para colarse en la habitación que había abandonado el animal. No había nadie, de modo que cogió una vela que llevaba previsoramente en el bolsillo y le arrimó una cerilla. La llama le devolvió las imágenes oscilantes de cuadros y muebles, dentro de una estancia que era de doble tamaño de lo que podamos imaginar. Una lámpara de cristales brillaba su belleza agarrada del techo. Había también alfombras que se tragaban el ruido de sus pies y tapices colgados primorosamente de las paredes. Hizo viajar a la vela cerca de la cómoda antigua que se retrepaba en un extremo y no encontró ningún reloj. Tampoco en los cajones. Con el mismo sigilo continuó violando la intimidad del resto de las dependencias sin que hallara en ninguna de ellas ni siquiera indicios de lo que buscaba.

Desanimado, se sentó en la cama de uno de los dormitorios de la planta superior y se quedó un buen rato en esa postura en completo silencio. Oyó el sonido de alguien moviéndose en la oscuridad e inmediatamente sopló y apagó la llama, consiguiendo que la vela inundara su nariz de olor a mecha cabreada por sentir roto su vínculo con la luz. El corazón le galopaba queriendo escaparse del pecho. Era un tic tac poderoso que subía a sus sienes para ensordecerle los oídos. Un reloj que llevaba en su interior desde antes de llegar a este mundo, cuando era el único sonido que le comunicaba, dentro de su madre, con el amor que ésta le entregaba a través del cordón umbilical. Sonaron unos pasos suaves que, poco a poco, arrinconaron al silencio que reclamaba su miedo a ser descubierto. Un clip le avisó de que los dedos del recién llegado accionaban el interruptor que daba luz a la habitación mientras él se mantenía inmóvil igual que el ojo de una sombra, oculto detrás de la gran cortina que vestía el hueco del balcón. Lo delataron las puntas de los zapatos, que asomaban imprudentemente por debajo.

“¿Quién eres? ¿Por qué te escondes como un vulgar maleante? – la voz del vigilante era grave pero amable y no denotaba miedo alguno.

El ladrón de tiempo salió de su escondrijo al verse claramente descubierto. Su cabeza levemente inclinada denotaba el embarazo que le embargaba.

“No he entrado para robar nada de lo que guarda en esta casa. Sólo quiero parar las horas”.

“¿Parar las horas?” – el vigilante pretendía que el intruso se explicara a sí mismo.

“Parar el tiempo del sistema. Parar el tiempo de los pocos que oprimen a los muchos. De la minoría que somete a la humanidad. Que los esclavizan”.

“¿Y cómo pretendes conseguirlo?”.

“Detengo la marcha de los relojes” – parecía turbado con una declaración que el otro podría interpretar como absurda.

“Pero en esta casa no hay relojes. No hay tiempo… Además, ¿Qué conseguirás con esa acción?”.

“Quiero que desaparezca el tiempo de los usurpadores. Ésos que fabrican un tiempo propicio para ellos y letal para el resto, que son los desfavorecidos, los que no tienen derecho a un salario mínimo para sobrevivir, a un tiempo para estudiar si lo desean. A un tiempo para la sanidad universal. A un tiempo para la igualdad. A un tiempo para vivir como seres humanos dignos”.

“No diré que estoy contra de esa voluntad de cambiar las cosas que son injustas. Sin embargo, te vuelvo a repetir que en esta casa no hay tiempo. ¿No sabías que hay casas en las que no hay relojes?”.

El ladrón de tiempo se quedó confundido. Todos los dictadores tenían un reloj. Pensaba que la esencia del sistema que gobierna la sociedad es un escenario de tiempo al que todos prestamos sumisión y que es manipulado por los más astutos.

“¿Cómo puede funcionar una casa sin relojes? Yo los paro para que no funcione” – la perplejidad había dejado sitio a un punto de curiosidad.

“Yo fui una vez como tú. Me refiero a que fui presa de inquietudes parecidas y creía en la posibilidad de darle la vuelta a la situación luchando contra el tiempo”.

“¿Y ahora no piensa igual?”.

“Ahora no. Ahora no pienso pensamientos si no son necesarios. En esta casa no hay tiempo”.

“Pero ¿y el tiempo de los demás? Los dueños de los relojes que marcan las horas del poder son dueños del mundo”.

“Es inútil que pretendas forzar sus mentes. Tanto los dueños de esos relojes como los que están sometidos a su autoridad son víctimas del tiempo. Y tú te preocupas por un orden que es accesorio. Además, quieres parar los relojes de los demás y llevas uno en tu muñeca. El único reloj que te concierne es el tuyo. Como ves, estás en la dirección equivocada”.

“¿Por qué debo parar el mío? Puedo compararlo con la hora de los demás. Los otros relojes marcan la hora que no es. Y con éste puedo medir la vida para proteger a mi cuerpo.”.

“Tu cuerpo no necesita de tu reloj”.

“Dime cómo puedo pararlo”.

“No es cuestión de pararlo. Sólo tiene que dejar de darle cuerda”.

“¿Y si no hay relojes, cómo cuidas entonces de la casa?”.

“La casa se cuida sola”.

“¿Qué haces tú?”.

“Yo vigilo. Hoy te he sorprendido a ti intentando robar”.

“¿Y qué vas a hacer conmigo?” – el ladrón tiraba de ironía.

“Descubrirte es suficiente. Tú desaparecerás cuando comprendas la futilidad de tus intenciones, porque has convertido tu vida en una lucha contra algo ilusorio. Cómo eres eso, dejarás de ser en el mismo instante en que cese esa lucha. Y entonces yo también desapareceré”.

El ladrón de tiempo había comprendido, y como le habían anunciado, dejó de serlo. Como eso era lo único que había sido, se convirtió en parte del aire de la mansión, igual que el vigilante, que se quedó suspendido en la transparencia hasta que lo instara otro asaltante irrumpiendo en la casa vacía.

La noche estaba llegando a su fin. La bola de la luna tiraba de las cumbres de las montañas que se desperezaban en la lejanía y se arropaba con ellas para hundirse en el lecho del firmamento. La gata saltó de nuevo a través de la ventana y luego se quedó quieta, absolutamente quieta, como un objeto más entre los cuadros, las lámparas y las alfombras.

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