El hombre mágico

El mago se sentó directamente sobre el suelo, impregnado de la frialdad de la noche y sin que ésta alcanzara a perturbar su firme concentración en las profundas reflexiones que viajaban por los caminos de su cerebro. A la luz de cualquier otro ser humano su figura se manifestaría magnificada por las dimensiones del poder que emanaba de sus actos. Poder de viajar por los espacios astrales o de sintonizar los cauces de pensamientos ajenos. Poder de contemplar el pasado de la humanidad y los múltiples futuros que la mecánica del azar proporciona a los individuos. Poder de conocimiento… Pero esos niveles de diferencias no oscurecían la mente de aquél que miraba en la más completa soledad, consciente de que sólo eran olas efímeras en el océano inmenso de lo desconocido, por una simple gota de lo cual hubiera entregado todo lo que poseía.

 

En medio de la negrura de un fondo sin relieve, se mostró de repente la explosión de los infinitos colores de la ilusión y la imagen de una diosa extraordinariamente bella le sonrió con ternura, invitándole a plantearle el interrogante que más embargara su espíritu, con la promesa de resolverlo para siempre. La postura del mago no dejaba lugar a dudas.

 

“La respuesta a cualquier pregunta que pueda formular…” – dijo quedamente, como si se hablara a sí mismo arrastrando las palabras sobre un sendero de barro – “… carece de valor alguno, porque sería parte de la misma condición que la requiere”.

 

La sonrisa de la diosa recibió la sentencia como un puñal de hielo que congeló su belleza y la rompió en el tiempo, deshaciéndose con el calor de lo que era obvio para unas alas que volaban por encima de los intereses del mundo.

 

Cayeron al abismo innumerables hojas del calendario y eran recogidas por almas confundidas que buscaban consuelo en las proyecciones que emanaban de la quietud del mago, al que profesaban devoción nacida del brillo externo, aparente a los ojos de la ignorancia. Aquél los apartaba imperturbable, pero consciente de la inutilidad de su gesto, tratando de hacerles comprender que ellos eran iguales en lo fundamental, libres para percibir la unidad de toda la creación y manifestaciones distintas de una misma realidad, de la que todo es un simple reflejo.

 

El mago continuaba atado a la vida pero su mente se iba quedando paulatinamente atrás, cerrada en la oscuridad del aburrimiento al constatar día por día la banalidad de los actos que tienen lugar en el enorme teatro que todos compartimos. Y sin embargo, esta decepción no abría la puerta a algo distinto, nuevo. Sagrado. El deterioro físico anunciaba el final de su visita al mundo de los fenómenos cotidianos y le daba la sensación de pérdida de cualquier posibilidad de encontrarse con aquello que es, fuera del tiempo y del espacio.

 

Abandonada toda esperanza, se resignó a continuar vivo, decidiendo hacer el menor daño posible a los seres que se mueven en el manto de la madre naturaleza, para lo cual se consagró a un ayuno de iniciación que sólo incluía agua pura, como disolvente universal de los tóxicos que aún embargaban a su espíritu. Pronto su mente se vio inmersa en un inmenso júbilo, fruto del descanso que emanaba de tanta carga dejada en el suelo del abandono, hasta tal punto que ya no era capaz de reconocerse como ser diferenciado y su cuerpo se convertía en una simple posada donde reposaba un destello del infinito.

 

Pero después todo quedó reducido a una sencilla anécdota en la inmensidad del universo. La diosa rota cobró entonces apariencia y le volvió a interpelar.

 

“Tu condición es ahora tan ligera como un suspiro de la creación. ¿Tienes la pregunta definitiva?”.

 

El mago contempló absorto las evoluciones de la diosa y su mirada se trocó impía, aunque lo más profundo de su esencia se rebelaba contra cualquier postura. La apasionada lucha entre ser y no ser parió una túnica que vistió su cuerpo como un guante de seda y que, a partir de entonces, le distinguió entre los demás mortales, convirtiéndose en un signo de maestría a los ojos de los buscadores de la verdad. El cabello divino de la diosa se había convertido en santo hilo para tejer las vestiduras que dignificaban al hombre entre los hombres. Y fue reconocido y agasajado. Querido, en los términos que quiere la humanidad.

 

Se miró y no vio felicidad. Un enorme vacío se había apoderado de su espíritu y no hallaba salida para tamaña encrucijada, amarrado a la materia a su pesar. Un buscador le preguntó: “¿Qué es el saber? ¿Cuál es la diferencia con la sabiduría?”. Y, con inmensa pena, se dio cuenta de que el saber es una distancia entre dos opuestos en el mundo del pensamiento. El deseo y su objeto. La virtud y su búsqueda. El saber había inundado su existencia durante toda su vida, y no había dejado sitio para aquello que carece de nombre porque es todo.

 

Lloró desconsolado. Tanto que sus lágrimas se convirtieron en arroyos y éstos en ríos, que finalmente llenaron los valles formando mares de belleza tranquila, que espejaban el azul de los cielos. El mago se sumergió luego en las aguas que habían brotado de su conciencia abrumada por el peso del conocimiento y las vestiduras de seda se disolvieron en ellas, dejándole totalmente desnudo a los ojos de la eternidad. Fue su última acción: la entrega absoluta. Allá donde no hay tiempo se abrió la puerta de lo desconocido y la luz primera y sin causa lo iluminó entero, exhalando su aliento creador para arroparlo con el tejido transparente de la sabiduría, que envolvió amorosamente a aquel cuerpo cansado, gradualmente invisible al confundirse con las mismas lágrimas que había derramado.

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