El explorador inconsciente

Era puro movimiento y deambulaba sorteando las brillantes vibraciones que bailaban en aquel espacio inmenso, en el que todo componía un escenario multidimensional, espíritus despiertos en la lejana individualidad de un contacto que interpenetraba sus esencias, haciéndoles parecer un solo cuerpo. Fino, delicado. Sutil hasta lo más extremo.

Imperaba allí el colorido de infinitas pieles de la consistencia de la seda, en su expresión más ligera, acompañado de sugerencias evanescentes de perfumes primorosos. La vida danzaba con alegría que parecía eterna y a ninguno de aquellos seres se le habría ocurrido cambiar el paraíso en el que residían, cuyos jardines eran su mismo tejido etéreo, por la grosera densidad del mundo material.

Sin embargo era llegada la hora en que el feliz movimiento debía convertirse en separación. No había más opción que adentrarse en el ámbito de las formas, que se adueñarían de sus ondulaciones libres, apretándolas para hacerlas carne tras triturarlas en el embudo cósmico que comunicaba el reino de la felicidad con el sumidero del sufrimiento.

Afortunadamente, los hilos de la memoria se retorcían en los primeros años de esta nueva y efímera etapa del ser y no cabía comparación con el estado anterior, circunstancia que lo habría sumido en una profunda nostalgia por la exaltación perdida. El único norte era crecer en la vorágine de retos ilusorios que se mostraban como verdades incontestables, en medio de energía condensada en millones de permutaciones de dureza insoportable para un alma de tan inaprensible origen, cuando ramalazos sin nombre se asomaban ocasionalmente a su entendimiento, en insinuaciones de fragancias ajenas a la existencia cotidiana de aquel ambiente brutal.

Su cuerpo estaba ahora atado tan fuertemente a la tierra que separarse unos centímetros de ella requería un esfuerzo que le consumía, lo mismo que le arrancaba vida no hacerlo. Todo se presentaba firme y doloroso. El fuego de la existencia estaba atrapado en el tiempo y se manifestaba en presencias infranqueables, que el resto de las criaturas pensantes combinaba para hacerlas útiles a sus limitaciones, proyectándose en interminables ecuaciones de los más dotados. Era la cultura. La civilización rastreando sin éxito las evocaciones del universo intangible.

De vez en cuando, sin que la voluntad tuviera influencia alguna, se descorría levemente una cortina en una ventana invisible y el ser recibía mensajes de sí mismo en su experiencia de liviandad anterior. Desaparecía la fuerza de la gravedad y notaba una ligereza que no era de este mundo, confortado con una calidez amorosa en la que flotaba, sin noción de arriba o abajo. Eran momentos de gozo eterno en los que aparecía la perplejidad de hallarse a salvo de todas las miserias y del peso insoportable de la existencia cotidiana, donde todo se presenta tosco, extremadamente lejos del aroma de libertad que sugería aquella ausencia.

Pero la vuelta a la realidad era inapelable. De nuevo los cuerpos alimentándose de cuerpos y las almas ahogadas en una ceguera ancestral que las volvía más y más egoístas por el mismo desamparo que las consumía. Lucha permanente por sobrevivir en un entorno salvaje y desconocido, sumidos en el aislamiento provocado por la carencia de percepción directa. Externamente todos semejantes. Internamente, niveles ocultos alimentados por el miedo y la ignorancia, creadores de las más destructoras fieras, prestas a lanzarse al cuello de cualquiera que cuestionara sus creencias.

Y se preguntaba. ¿De dónde vengo? ¿Es ésta la única realidad posible? ¿Todos vienen de la misma eternidad o hay otros orígenes, otros llantos que estallan desde la barbarie en la cárcel de la materia? Sólo sabía que se ahogaba como, si en lugar de aire, estuviera rodeado de humo oscuro y opresor. ¡Triste destino el del espíritu acosado por recuerdos insondables de felicidad infinita!

Y alguien le escupió en la cara. Le insultó y le escupió. ¿Por qué haces esto? Lo preguntaba con pasividad, paralizado por el movimiento salvaje del prójimo. Transcurrieron días de abatimiento buscando una respuesta. Odiando a la humanidad entera, sin compasión alguna. Se veía reflejado en la hostilidad ajena y eso lo abatía aún más que la mera agresión recibida. Hasta que dio con la clave.

El agresor era él mismo. Se trataba de una mecánica que funcionaba con eficacia rebotando desde una isla hasta otra isla, cuando éstas, solas, no habrían tenido el más mínimo atisbo de su realidad mirándose estáticamente el ombligo.

Y continuó enterrado en la oprimente densidad del mundo, donde todos chocan entre sí llevando vendados los ojos del espíritu y sabiendo ahora que cada golpe recibido es simplemente un saludo de la felicidad perdida. Un aviso de que puedes mirar en otra dirección.

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