El color de la realidad

La lluvia se había apoderado de la noche, pero luego el alba se alió con los soplidos del viento y dibujó con parsimonia un paisaje celeste y plata, sobre el que, conforme avanzaba triunfante la luz, se alzaban majestuosos los colores del arco iris. Cualquier observador sensible podría verse aturdido ante el gran orden que emanaba del equilibrio cósmico.

Juan no solía mirarse al espejo, pero aquella mañana se asomó a la ventana fingida que devuelve el inverso de la realidad para comprobar cómo estaban su peinado y su cara. Necesitaba estar presentable para una reunión delicada, por lo que mimó su cabello con las manos y curioseó en el fondo de sus pupilas y en los párpados para descubrir detalles no deseados. Se dio el visto bueno e iba a retirarse para completar su atuendo cuando vio, con sorpresa, que sus orejas estaban intensamente rojas. Como si una linterna las estuviera iluminando por detrás. Extrañado, giró la cabeza a derecha izquierda, buscando en la cara algún otro punto con tonos parecidos que sugiriera alguna reacción rara de la piel. Nada. Sólo las orejas. Se encogió de hombros y continuó con sus tareas, pensando que el transcurso del día pondría las cosas en su sitio. Salió del piso. Al llegar al portal, se cruzó con un perro de lanas y estuvo en un tris de tropezar y medir el suelo con toda su estatura. El animal le miró fijamente y con severidad: “Podrías andar con más cuidado” le farfulló al hombre entre gruñidos.

Juan tenía grandes inquietudes filosóficas, no reñidas con una intensa dedicación a su vida profesional, en la que a dura penas lograba encontrar huecos para su gran pasión interior, por lo que nadaba en una gran contradicción, entre la marea de lo material y “lo otro”, lo que él consideraba la ocupación fundamental del ser humano.

En su mente estaba grabada a fuego la inscripción que lucía en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”. No olvidaba que el oráculo insinuaba al lector con esta máxima que, siguiendo el consejo, conocería el universo y a los dioses.

A veces satisfacía sus ansias interiores releyendo el texto completo:

“¡Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza que, si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera.

“Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias?

“En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros.

“¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los Dioses”.

Le intrigaban las turbaciones que nacían dentro de su mente como respuesta a los millones de retos que encontraba en su existencia diaria, pero su vida tan agitada le impedía concederles la vigilancia que sin duda requerían y que tendrían mucho que ver con el hecho de lo que era él mismo en cada momento. Dormir, trabajar, comer de bulla, volver a acostarse… La rutina le devoraba y ansiaba aire fresco, la brisa divina que aligerara su pesado paseo por los caminos del mundo, antes de que la muerte presentara su tarjeta de visita, la invitación inapelable a abandonar el seguro territorio de lo conocido.

La jornada transcurrió como uno de tantas, con reuniones interminables, discusiones, algún triunfo y mucho cansancio. Cuando regresó a su casa, después de cerrar la puerta con cierto alivio, lanzó los zapatos al aire y se fue quitando la ropa, que hizo descansar sobre la cama, poniéndose luego todo lo cómodo que le permitía el acogedor sofá del salón, gran y silencioso amigo en las horas finales de un día de trabajo. Se había olvidado por completo del color de sus orejas.

Pasaron varias semanas y ocurrió que una mañana nuestro protagonista se encontraba en la barra del bar de un restaurante con los delegados de una empresa, en el preludio de lo que prometía ser una tediosa comida de trabajo. Frente a ellos había un espejo de grandes dimensiones y, en uno de sus viajes visuales por el entorno, contempló distraídamente la escena. Eran tres hombres y dos mujeres, todos pulcramente vestidos. Reconoció la ropa que llevaba él mismo y luego se fijó en su propia cara. ¡Las orejas eran verdes! Rápidamente miró a los demás para encontrar en sus ojos algún gesto de reprobación o de burla. No daban señales de ello y eso le hizo pensar que se trataba de personas muy discretas, muy de mundo.

La cuestión comenzaba a resultar alarmante, por lo que decidió acudir a la consulta de un dermatólogo. El hombre le escuchó muy atentamente y casi se diría que con una exquisita educación. La recomendación final no dejó de ser sorprendente, ya que parecía rendirse a la evidencia de que no podría curarle con sus conocimientos médicos. “Yo le aconsejaría que fuera a ver a un conocido mío que tiene fama de resolver problemas parecidos al suyo” – y escribió un nombre y una dirección en un papel, que le entregó a nuestro preocupado amigo. Éste, algo confundido, salió atropelladamente a la calle y optó por parar el primer taxi que se acercó, entregándole al conductor el papel para que le llevara directamente al lugar en cuestión, donde se introdujo en el ascensor y pulsó el botón de la planta correspondiente. En la cabina había también un espejo. ¡Horror! Las orejas habían adquirido un color celeste brillante. Salió y se acercó a la puerta que buscaba. “José Ortinosa – Psiquiatra”, rezaba el letrero dorado.

Un psiquiatra. Jamás lo hubiera adivinado. Al abrirse la puerta asomaron los bigotes de un gato persa, que la enfermera apartó a un lado para permitir la entrada del visitante. “¿El Doctor Ortinosa?” – preguntó indeciso y tímido. No le apetecía el encuentro, pero ya no podía dar marcha atrás. “¡Si ya lo pone en el letrero! No entiendo a los humanos” – comentó el gato mientras se encaminaba a una de las habitaciones.

“Pase. ¿Tiene cita?” – inquirió amablemente la enfermera.

“En realidad no” – respondió. “Si no puede atenderme, no se preocupe. Ya lo resolveré”. Intentaba huir.

“Casualmente hay un hueco para usted. Por favor, siéntese. ¿Cuál es su nombre?”.

Le facilitó sus datos y se sentó a esperar. Al cabo de unos veinte minutos apareció de nuevo la sonrisa de la enfermera. “Adelante” – dijo, abriendo la puerta de la enigmática habitación que había estado contemplando todo el rato.

El psiquiatra era un individuo de mirada penetrante y de maneras amables. Lo recibió detrás de una mesa con pocos adornos. A la izquierda, un ordenador portátil. Detrás, en unas estanterías, muchos libros con nombres raros. “¿Y bien?” – preguntó, invitando al visitante a vomitar cuanto estuviera suspendido en sus entrañas.

Juan lo miró y tardó unos segundos en contestar, ensimismado como estaba con el reflejo dorado de los pabellones auditivos del doctor. Tras este paréntesis de silencio desbrozó atropelladamente todo lo que le consternaba, desde el color de las orejas hasta los animales que hablan e incluso su fijación con la máxima del oráculo.

El doctor permaneció callado durante unos minutos interminables. “Está usted como un cencerro” – dijo finalmente, en un susurro difícil de entender.

“Me desconcierta. Comprendo que ver y oír las cosas de las que le hablo rayan en el límite de la locura, pero ésa es precisamente la parte que le corresponde a usted explicar y, si puede, encontrarle solución” – Juan estaba algo molesto.

“No ha cogido el sentido de mi comentario” – respondió el psiquiatra. “Lo que ve y oye no son los síntomas de una aberración mental. Al contrario. Observo la anomalía justamente en su rechazo. Usted está viendo la realidad y quiere apartarse de ella”.

El paciente miró al facultativo con aire de incredulidad, fronterizo con la descortesía, pero éste no se amilanó. “Se ha pasado la vida mirando de lejos la profundidad de ésta. Sabe que conocerse es fundamental para comprenderla y, sin embargo, escapa de ella fundiéndose en la mediocridad de la supervivencia superficial. Ha llamado a la puerta del oráculo y éste le ha contestado. Ahora empezará a verlo en los demás”.

De hecho, ya había empezado con las orejas del psiquiatra. “No le entiendo… Yo miro dentro de mí”.

“Ése es su verdadero problema. Mira dentro sí pensando sólo en usted mismo. Siempre usted. Ha olvidado mirar a los demás. Los demás son usted y lo que ve en ellos es lo que es usted”.

No había reflexionado jamás sobre el argumento que le ponían delante de las narices.

“¿Me recetará algo para atajar mi angustia?”

“¿Qué angustia quiere atajar? ¿La de ver el mundo tal como es? ¿La de estar aislado dentro de usted mismo? Primero tiene que poner orden en el patio. Cuando éste llegue, comprenderá y, cuando comprenda, se revelará una libertad que ahora no conoce”.

Buen galimatías. Sintió que no podría sacar nada más del galeno y se levantó para despedirse y pagar la cuenta.

“No tiene que pagar nada. Soy yo el que tendría que pagarle a usted, porque ha puesto delante de mis ojos un resumen de mis errores”.

Al salir de la consulta, el gato se rozó con su pierna mientras exclamaba: “Tú eres el mundo”. Cuando se cerró la puerta miró hacia el letrero. Permanecía el nombre, pero, misteriosamente, había cambiado el oficio: “José Ortinosa – Filósofo”. En la calle, lo de siempre, salvo que ahora las orejas de la gente aparecían con todos los colores imaginables en una gama de incontables tonalidades. Lo que antes veía de sí mismo en el espejo ahora bullía por doquier. Se acercó a uno de los viandantes. “¿Te has dado cuenta de que tus orejas son amarillas?”. El interpelado le miró con desconfianza, echándose hacia atrás, y se giró para contemplar la imagen que le devolvía el escaparate de un comercio. No vio nada de lo que hablaba el desconocido. De inmediato se marchó acelerando el paso prudentemente, no fuera que aquel loco resultara más peligroso de lo que aparentaba.

Juan se detuvo en medio de la acera y respiró profundamente. Un nuevo mundo se abría ante su mente y no tenía del todo claro si estaba preparado para afrontarlo. Pero era la realidad que le tocaba: infinitos espejos se cruzarían en su vida y tendría que mirarse en todos ellos, sin que ahora estuviera en su mano eludir tamaña responsabilidad.

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