El caballo y el jinete

La noche y el día se suceden con precisión mágica en la gran bola que rueda alrededor del sol, a 30 kilómetros por segundo, sin que ninguna de las criaturas que la pueblan se percaten de este detalle mareante y, mucho menos, que viajen a velocidad veinte veces mayor circunvalando el centro de la galaxia. Los animales irracionales reducen sus intereses a sobrevivir y procrear y los otros, los que se llaman a sí mismos racionales, hacen lo mismo, pero extendiendo sus motivaciones al campo oscuro de la psique. Es como si fueran animales psicológicos pastando pensamientos para nutrir a su conciencia y al subconsciente, que es el sótano de su mundo cotidiano.

El ambiente estaba impregnado del espíritu del aire, que se daba un garbeo por las calles de la ciudad saltando de esquina en esquina, como la luz que rebota en un estanque. El ánima estaba intrigada por el comportamiento de los seres humanos en su entorno tan excluyente, donde ningún otro animal puede alcanzar su estatus, por historia o por ley, y le invadía una gran perplejidad al contemplarlos por dentro y por fuera.

Era feria local nerjeña y los vecinos se habían lanzado a la calle en busca de alivio para su rutina diaria obligada por el miedo, combustible de demostrada eficacia en las relaciones entre individuos y entre grupos de ellos. Y entre naciones. Era difícil distinguirlos, debido a la intensidad de la tradición, que crea individuos como un churrero hace churros.

Un hombre iba sentado, muy ufano, a lomos de un hermoso corcel de raza andaluza, ricamente enjaezado, con amplia silla trabajada y manta de damasco, que ejecutaba al milímetro las órdenes que recibía con ligeros movimientos de pies o suaves tirones de las riendas. El jinete llevaba puesto su traje corto marrón, con su chaleco, su camisa de chorreras y unos tirantes. El pantalón largo y liso terminaba en unas botas camperas y unas polainas, como manda la santa costumbre. En la cabeza, un sombrero cordobés hábilmente colocado para deslumbrar. La gente que se amontonaba alrededor prorrumpía, admirada, en fuertes aplausos con cada uno de los ejercicios que, de manera aparentemente natural, realizaba el caballo, unas veces bailando y otras levantando las patas alternativamente en artísticos movimientos de ballet equino, realzados por el brillo de su piel de luna blanca, su cola suelta y su crin trenzada.

Detrás de aquella arrogancia se ocultaba un duro trabajo de entrenamiento con un maestro de doma y repeticiones forzadas de movimientos que no se correspondían con la naturaleza libre del noble animal. ¿Qué es lo que le impedía percibir la verdadera dimensión del trato que recibía de su amo? ¿Y por qué tenía que tener un amo?

Otros caballos, quizás menos afortunados, eran abandonados a su suerte en el campo por mor de la crisis que lo devoraba todo. Pero no está muy claro que su fortuna consista en ser domados por otro animal dotado de gran poder de comunicación. Si acaso sería ventura para su especie, protegida por intereses egoístas pero, al fin y al cabo, susceptible de prosperar en un entorno tan hostil como el construido durante siglos por el ser humano.

El perfume invisible se dirigió al alazán y se metió por su oreja izquierda. Luego se paseó por su cerebro y no encontró indicios de rebeldía y tampoco de resentimiento. Era verdaderamente sorprendente encontrarse con una criatura sometida a la voluntad de otra y que no aparecieran huellas de conflicto. Quizás se tratara de un caso de ceguera a la realidad; la realidad de los humanos. La violencia estaba por completo ausente, aunque se adivinaba, latente, el amor por la libertad, ahora sofocado por el humo de la sumisión impuesta desde la ignorancia del amo.

A continuación se adentró en el jinete por su nariz. Desde el principio se sintió removido como si viajara en el gusano loco. Los músculos estaban tensos y pudo distinguir contracturas y depósitos de anomalías sabiamente aisladas por el cuerpo en la piel y en lugares alejados de las entrañas vitales. Eran reservorios de conflictos pasados, depositados y no comprendidos que, a veces, interesaban órganos de relevancia, arruinando la salud de los infortunados sujetos. Continuó su exploración atravesando los pulmones, el corazón y las vísceras. Algunas de ellas se estremecían del placer propiciado por la vanidad y otras permanecían calladas, aguardando la caricia de la mirada que nunca llega. El hombre percibió en su interior un aroma peculiar y eso le hizo reparar por una milésima de segundo en sus bloqueos internos, hasta el punto de que se sintió extrañamente incómodo y, en un acto reflejo, tiró de las riendas, haciendo que el caballo se irguiera sobre sus patas traseras mientras babeaba espuma en su pugna con el bocado, lo que provocó el entusiasmo de parte de la audiencia urbana, mientras el resto retrocedía asustada. En el siguiente instante el animal pareció cobrar conciencia de su estado, tras la visita de la fragancia del viento, y coceó repetidamente al vacío, consiguiendo finalmente que el caballero cayera de bruces en el suelo. Su crin reflejaba los siete colores del arco iris y lo siguiente que se oyó fue el sonido de un galope decidido, cuando el caballo abandonó el lugar buscando la puerta de la libertad.

El jinete, que ya no lo era, yacía tumbado y con la mirada extraviada. Le había abandonado la arrogancia, sustituida por la ira contra la rebelión de su dócil esclavo. Al incorporarse se sintió ridículo, enfundado dentro de su avaricia de apariencia y alzando los brazos en petición de ayuda para recuperar al animal.

La policía local realizó un notable despliegue de efectivos dada la notoriedad del caballero infeliz, pero resultó totalmente inútil. Nadie supo dar norte del paradero del animal huido. Era como si se hubiera convertido en humo y se confundiera con alguna de las escasas nubes que volaban ligeras por encima de la ciudad. El perfume viajero se regocijó con las nuevas y luego se sumergió otra vez bajo la piel del jinete frustrado, donde sintió con fuerza la desconcertante soledad de una criatura que podría ser libre con tan sólo tener la intención de serlo. Totalmente poseído por sentimientos encontrados, su actitud era dictada por ellos, advirtiéndose que en su interior era únicamente un muñeco movido por los hilos de las rutinas. Algo como un gas avisador le acariciaba por dentro, llamando su atención hacia las profundidades de su ser, donde tiene la nada su residencia, pero la vencía su soberbia, aisladora y destructiva.

El público había sido testigo de dos estampas con el mismo protagonista y su admiración se había convertido en tristeza. No se preguntaban si aquello que ocurría ante sus ojos era un simple reflejo de sus propias vidas, de las cuales huían ellos centímetro a centímetro, para no ser tocados por la verdad que hay en cada instante. Eran espectadores y aquello era un espectáculo, primando la separación que siempre acompaña a los humanos en su tránsito monótono por la existencia.

Mientras, el perfume curioso observaba cómo la esencia de lo anónimo continuaba asomándose a la ventana de sus vidas, sin que llegaran a percibir la más mínima pizca de su frescura. Una brisa extraña hizo girar hacia el cielo las cabezas de jinete y espectadores. El infinito les obsequió con el intenso color azul de las praderas del firmamento, donde, invisible para ellos, un caballo galopaba, libre, entre los rayos del sol de la mañana.

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