Corazón de piedra

La existencia de la mayoría de los seres humanos consiste en un triste juego de la oca, en el que el dado te manda de paseo por las casillas del tablero, unas veces para adelante y otras en contra de la dirección del viento. Sonríes cuando saltas por encima de situaciones adversas y te encoges, atenazado por la angustia, cuando los números te llevan a lugares con malas luces. Tanto te identificas con la partida en esa superficie plana que te conviertes en una simple ficha, olvidándote de una tercera dimensión en la que hay aire, sol y montañas, además de seres que respiran y se mueven. Es curioso cómo nos vemos como enemigos cuando, en el mundo que llamamos real, volvemos a olvidarnos de la posibilidad de otras perspectivas, sencillamente porque orientamos nuestros sentidos a la mera supervivencia física o psicológica gobernada por el temor. Por el contrario, ese instinto de conservación, sin la concurrencia del miedo, abre la puerta a una dimensión desconocida, en la que todo te habla y todo es información libre, no condicionada.

 

Aquella piedra llamó su atención, a pesar de ser una calcita corriente, de las que se encuentran en cualquier parte del mundo. Su forma de corazón le proporcionaba un encanto especial y se le antojaba como un animal abandonado que buscaba meterse en el hogar de alguien que lo quisiera y diera cobijo a su ternura salvaje. Se hallaba encima de un banco de la calle Larios, entre dos farolas Fernandinas y frente a la tienda de Massimo Duti, al lado de Souvenirs Málaga. Todo indicaba que alguien la había olvidado junto con el cansancio de una larga caminata por el centro de la ciudad. Se agachó y la acarició en un impulso espontáneo. Cuando Isabel la tuvo entre sus manos experimentó una especie de autoconfianza, seguida de una grata relajación que hizo que sus miedos se tomaran unas cortas vacaciones. La introdujo en su bolso como un preciado talismán y continuó su paseo con la cabeza bien alta, impregnada de una inusitada alegría. Sentía como si le hubieran estirado la columna vertebral y hubiera crecido unos centímetros. Amor a primera vista.

 

Varios días después seguía llena de felicidad. Las cosas que normalmente le hacían torcer el gesto se convertían en motivo de júbilo y la gente se extrañaba de aquel cambio tan súbito. Caminando por la calle Peña se sentía tan ufana que no se dio cuenta de que se acercaba por detrás una figura amenazadora. Era un muchacho dispuesto a consumar una actuación peligrosa para él y para su víctima. Le propinó a ésta un fuerte empujón que le hizo perder el equilibrio, y a continuación pegó un tremendo tirón del bolso, llevándoselo consigo a toda carrera. La mujer se agarró como pudo a un saliente de la pared y, mientras recuperaba el equilibrio, chilló con todas sus fuerzas. “¡Socorro! ¡Al ladrón!”.

 

Un segundo había bastado para traspasar la puerta que separaba la euforia de la desesperación. A los gritos de la infortunada acudieron varios viandantes, que nada pudieron hacer por recuperar lo perdido, ya que el muchacho había desaparecido completamente del mapa. Isabel rompió a llorar desconsoladamente. Le habían robado un tesoro que sólo disfrutó un tiempo que para ella fue un suspiro. Cuando uno de los transeúntes se interesó por su estado, no tuvo por menos que pensar que el asalto la dejó trastornada. “Se han llevado mi corazón” – fue su respuesta, mientras miraba a lo lejos con nostalgia, buscando en la profundidad de su mente un pasillo para llegar a su querida piedra.

 

Tras alcanzar un sitio seguro, allá por un portal de calle Parras, el ladrón de corazones se detuvo para recuperar el aliento y abrió el bolso para averiguar el alcance de su botín. El rastreo no fue muy optimista. Dentro había mucha quincalla, pinturitas y un bolígrafo. También una caja de compresas mini. Y el corazón de piedra. Desanimado, comenzó a arrojar objetos a su alrededor como si fuera el padrino lagarto eche usted los cuartos. Cuando llegó al pedrusco se quedó mirándolo, incrédulo. “Esa mujer está como una chota” – pensó Jorge. Pero no lo tiró al suelo. El corazón tenía cosas que contarle.

 

Tras el incidente, Isabel temblaba con sólo pensar en las tierras oscuras de su antiguo pesimismo, cuando le era penoso levantarse después de una noche de peleas con las sábanas, y lo mismo ocurría con el espejo del cuarto de baño, a cuya ventana no quería asomarse porque no le agradaba la imagen que habitaba detrás del cristal a esas horas de la mañana. Y por delante siempre quedaba todo un día de falsedades y reencuentros con el fariseísmo de la gente que deambulaba por el complicado laberinto de su vida. Y ésta no era de su agrado.

 

Mientras tanto, el corazón de piedra se había expresado. Las yemas de los dedos de su último portador resbalaron sobre la rugosidad de su superficie y leyeron palabras que no conocen los diccionarios. En ellas se describía su propia infancia y los tristes años que siguieron hasta llegar a su condición actual. Y vio que era muy semejante a muchos seres humanos. Y en lo más hondo de la mente era exactamente igual que los demás. Sufrimiento. Conflictos. Alguna sonrisa. No se arrepentía de haber robado, pero sí sentía ahora el dolor que subyacía en sus actos, que era el mismo dolor que hacía común a toda la humanidad, igual que una lámina invisible de lamentos pegada a la piel del espíritu. El mensaje silencioso que emanaba de algo tan primitivo le hizo adentrarse, sin pretenderlo, en la delicadeza sublime de la compasión, tan desconocida hasta entonces para él por mirar sólo lo que sus ojos querían ver. Fueron unos instantes tan intensos que podrían haber durado una vida entera o el tiempo que tarda en caer una estrella fugaz en una noche de verano. Para Isabel, por el contrario, eran la tristeza del Cautivo bamboleando su túnica blanca por el puente de la Aurora tras levitar muy despacito por la calle Mármoles, instalada como estaba la mujer en las penurias de su pasado.

 

Jorge entendió que alguna parte profunda de su ser le empujaba a devolver el objeto sagrado. Envuelto en un aura de bienaventuranza volvió sobre sus pasos y recorrió en sentido inverso las calles Dos Aceras y Jinetes hasta llegar al lugar donde había perpetrado su delito. Ella estaba ahora sola, echada sobre la pared de la casa que hacía esquina y parecía una sonámbula. Cuando él se acercó, Isabel abrió desmesuradamente los ojos como si estuviera viendo un mensajero del más allá. Su primera intención fue gritar a todo pulmón, pero el hilo de la voz se atascaba en el túnel de su garganta. El muchacho extrajo la piedra del bolsillo y se la ofreció como el más preciado presente. Ella la atrapó hambrienta, igual que si se tratara de un mendrugo de pan en un campo de concentración de la guerra civil. Inmediatamente sintió circular por sus venas un río de sensaciones agradables y todo su aspecto cambió, trocándose en una criatura amable a la que nunca hubieran ofendido.

 

Y entonces se cambiaron las tornas. Jorge comprobó cómo desaparecía su entusiasmo y recuperaba las sombras de la pena negra que siempre le había acompañado. Contempló la piedra sin terminar de comprender qué hechizo provocaba en las raíces de su percepción y luego levantó la vista hasta tropezar con la mirada, ahora dulce y comprensiva, de Isabel. Ésta parecía haber descubierto la esencia de aquel misterio, porque le tendió la mano invitándole a participar en el juego cósmico que los había reunido. Al contacto de sus dedos recorrió sus cuerpos una sacudida eléctrica, que era un latigazo de retorno a la conciencia de ser. Sin mediar palabra, ambos se pusieron en marcha calle abajo, en dirección al lugar donde ella había encontrado su corazón. Estaba atardeciendo y el aire traía y llevaba a gente cómplice del ocio que anuncia el final del día.

 

Cuando llegaron al sitio que originó su aventura común, sin soltarse de la mano, ella depositó piadosamente sobre el banco la piedra mágica, en un gesto sereno de pura devoción. Se sentaron y estuvieron acompañándola durante largo rato, expresándose el silencio de los tres protagonistas como una sola entidad. Sea cual fuere el destino que aguardara en el horizonte, ya no volverían a sentirse separados del resto de la humanidad, del universo ni de ninguna de sus criaturas. Y tampoco de las montañas, de los ríos o de las nubes. Era un acto de meditación espontánea y, en esa ceremonia ajena al tiempo, comprendieron al unísono que el corazón de calcita había cumplido su misión con ellos y no lo necesitarían nunca más. Cuando abandonaron el lugar pudieron sentir el latido de la piedra, integrada en todo cuanto existe, quizás en espera de la llegada de otra alma abatida y aislada dentro de la cárcel de su propio pellejo.

 

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