Angelika

El fuego se aquerenció con la caseta de resina y la envolvió con sus brazos ardientes, en un homenaje de iluminación de lo efímero. Las llamas hambrientas devoraban cuanto había de combustible en el interior, que era todo, y regurgitaban las sobras en forma de columna negra de humo espeso que ascendía avergonzada para reunirse allá en lo alto con unas tenues nubes viajeras del verano. Juntas, terminarían por desaparecer, disueltas en el inmenso paño oscuro del firmamento.

La muerte camina paciente a nuestro lado y nos acaricia el hombro en cada instante, señalando aspectos de nuestra vida que deben morir porque, de otro modo, se convierten en un equipaje pesado y difícil de arrastrar, que conlleva sufrimiento y hasta enfermedades que llaman de origen desconocido. Un simple gramo de sabiduría sería suficiente para mirar allá donde señala la muerte, y actuaría como un revulsivo revolucionario en millones de espíritus que deambulan dormidos por los caminos del mundo.

Angelika había encontrado el amor a los cincuenta. Amor de antiguo, con adornos de pecado. Vivía en una casa alquilada de la Costa, acompañada de trece gatos tranquilos como una noche de agosto y conoció a un hombre casado. La chispa que dormía en el fondo de su corazón se encendió igual que un castillo de fuegos artificiales y decidió abandonar su refugio andaluz y volver a su tierra germánica, a construir allí su nido de felicidad, lejos de las dos vidas que habían sido la de ella y la de él. Creando, con la pasión de ambos, una nueva esperanza.

Con eficacia alemana empaquetó toda su historia, que arrejuntó en 45 cajas de cartón. En ellas durmieron pacíficamente bolsos de las mejores marcas, chaquetones de buena calidad, fotos de toda una vida, papeles y papeles, vestidos, adornos, joyas y un larguísimo etcétera de objetos reunidos con infinita paciencia y cariño. Los armarios del interior de la casa permanecieron llenos sólo de aire, salvo la ropa de necesidad diaria. Y, cuando fue a Alemania para preparar el viaje definitivo, todas las cajas se quedaron en la caseta de resina que había fuera de la casa.

Es curioso cómo hacemos planes infalibles para escribir un futuro a nuestra medida, un barco tan seguro como el más arrogante y firme de todos, en el que pensamos que navegaremos por aguas tranquilas, arribando a puertos construidos por nuestra imaginación, sin imprevistos, en una singladura eterna.

Angelika no contaba con el resentimiento que la infidelidad de un hombre puede generar en el corazón despechado de una mujer. Así lo contó. Alguien dijo que vio una figura femenina moverse entre las llamas, pero sólo era una sombra sin cara. La sombra de la venganza.

Cuando regresó de su penúltimo viaje a su tierra encontró cenizas donde antes había recuerdos y las lágrimas que derramó eran tan tardías que no podían hacer nada contra aquel fuego devorador de su pasado. Lloró impotente, porque su rival había demostrado ser más terminante que ella para derribar lo que había sido su vida. La había dejado sin apoyo y sólo le quedaban cenizas, de las que habían escapado las palabras que servían para nombrar la nostalgia de lo que ahora se había convertido en suspiros. Entre los restos halló el envase vacío de una laca ajena. De la laca de la rival.

Esta historia se rompe donde estalla el dolor por la pérdida de una identidad guardada en simples cajas de cartón. ¡Cuántos de nosotros imitamos a nuestra manera esa ansia por conservar aquello que arrastra el tiempo! Guardamos el aire vivo en una botella bien tapada, consiguiendo sólo que se vuelva rancio, en lugar de permitirle saltar como brisa por las colinas, acariciando la piel de la tierra.

Pero detrás del relato del corazón interesado puede ocultarse algún secreto que permanece invisible bajo la cascada de llanto. Una póliza de seguros que vence a la semana de quemarse tanto misterio guardado, rosario de encuentros con el mundo que hubieran escrito toda una biografía. Un envase de la otra, encontrado entre decenas de otros objetos ennegrecidos, sin que ninguna otra casualidad permitiera hallar las joyas que también estarían perdidas entre las reliquias del fuego.

¿No es posible imaginar una conversación cabalgando entre teléfonos y un puñal de reconciliación entre amante y esposa? Nos sorprendería cómo cambia nuestra escala de valores cuando las circunstancias hacen hervir nuestra sangre y el cerebro se dispara por mor del rechazo hacia aquello que es y que no queremos que sea.

¿Quién era aquella sombra de fémina que se hacía humo ante el observador de la noche? ¿Era la rival? ¿Podría haber sido la misma Angelika? Machacar el pasado con la fuerza del rencor es simplemente crear más pasado, proporcionar a los recuerdos el brillo fatuo de una nueva corona de dolor.

Ajenos a la historia retorcida que quebranta la mente de los seres humanos, los trece gatos retozaban por la casa que consideraban suya, sin que mediara en sus miradas otra cosa que el presente. El pasado y el futuro no eran asunto de aquellos pequeños felinos, inevitablemente fundidos en el instante.

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