Ángel

 

Aunque un miedo ancestral nos haga desconfiar de todos cuantos nos rodean, existen criaturas excelsas y generosas que nos pasan desapercibidas, mientras andan por el mundo apenas rozándolo pero disfrutando intensamente la pasión de vivir en el auténtico sentido de esta palabra. Es posible que, si nos fijáramos en ellas, nos parecieran insignificantes por su condición de extraños al sistema social y falta de ambiciones o del prestigiado espíritu competitivo que acompaña el aura de los triunfadores.

Era un muchacho sanote, aunque su apariencia parecía sugerir un pelín de retraso intelectual. El pelo negro y ensortijado casi siempre estaba pendiente de una visita a la peluquería. Ángel solía vestir de forma desaliñada, quizás por la carencia de una madre que le cuidara las formas. Le faltaban dos dientes y eso contribuía a dibujar una sonrisa simpática en su rostro, aunque también subrayaba aquella primera impresión de torpeza, equilibrada de todos modos por unos ojos grandes y bondadosos. Le gustaba caminar por los montes, acompañado por los trinos de los pájaros y el perfume del tomillo y del romero. Y también rondar por las playas disfrutando el aire marino que trae consigo aromas de puertos nunca visitados. Escuchar con los ojos cerrados el eco de canciones susurradas de sirenas invitándole a bailar con el movimiento de las nubes. Tenía un amigo. Tiempo atrás había encontrado un nido de gorriones, acaso abandonado por unos padres acosados por la crueldad urbana, y había sobrevivido a duras penas uno de los polluelos. Lo cuidó y consiguió que llegara a volar, pero el animalito  agradecido ya no se apartó de su bienhechor  y lo seguía a todas partes.

Ese día llevaba los bolsillos llenos de bolas. No eran bolas vulgares y podían caberle varias en una mano. Su peso luchaba contra la firmeza del pantalón, que resbalaba desde su cintura, haciendo que repitiera frecuentes gestos tirando hacia arriba con las dos manos para colocarlo en su sitio. Las había encontrado en una pequeña cueva del Monte Coronado, experimentando con su contacto una sensación imposible de describir. Allí quedó un buen número de ellas que no pudo llevar consigo por falta de avíos. De vez en cuando hallaba pequeños tesoros en sus paseos por sitios apartados no frecuentados por la gente, tan entretenida en olvidarse de la vida con conflictos que les dibujan un caminito invisible hacia la hora de la muerte. En ocasiones recogía piedras con formas de corazón en las playas del Palo o de Guadalmar y también en los arroyos, en queridos paseos que lo reconciliaban con la naturaleza. O acariciaba alguna planta que lo requería con gritos de olores. Cada encuentro con alguna criatura animada o inanimada que llamara especialmente su atención era un destello mágico, en el que se producía una profunda simbiosis de dos espíritus que descansaban en el letargo del tiempo.

A veces, tenía que salir pitando para escapar de las burlas de los niños, maltratadores inconscientes de la inocencia, que lo perseguían por las calles al grito de “a por el loco de las piedras”. Pero a él no le importaba. Incluso si tenía oportunidad y encontraba a un niño triste no tenía inconveniente alguno en darle una de sus preciadas prendas, consiguiendo recuperar inmediatamente la sonrisa perdida. Cada piedra tenía una historia y todas comenzaban con una llamada de corazón a corazón sólo percibida por nuestro Ángel. Para él eran auténticas joyas que hacían un viaje desde el reposo de la tierra hasta los apuros de los seres humanos, con estación intermedia en alguno de sus bolsillos.

Por la tarde, mientras disfrutaba la vida holgazaneando distraído por la calle Nueva, observó cómo una pareja de lo que parecían ser novios se hallaba enfrascada en una agria discusión. Se acercó y luego se detuvo a contemplar cómo sus mentes quedaban enredadas en la sinrazón con argumentos que cualquiera podría calificar de absurdos, aunque para ellos fueran la verdad desnuda. Cuando el novio se percató de la proximidad del intruso se volvió hacia él con cara de pocos amigos. Ése fue el momento en que Ángel aprovechó para extraer del bolsillo una de las bolas y luego ofrecérsela. El muchacho beligerante se quedó desconcertado con el brillo que escapó espontáneamente de ella al tocarla. Inmediatamente cambió su actitud agresiva a total tranquilidad. A continuación miró a su novia, igualmente confusa por la situación esperpéntica que los envolvía a los tres, y le puso la bolita en su mano, que volvió a iluminarse igual que una estrella de navidad, repartiendo por la sangre de ambos una sensación de absoluta armonía Como si fuera un sortilegio, recuperaron el vínculo con el afecto que habían dejado aparcado y reemprendieron su camino, felices y sin rescoldo del mal momento que los había poseído.

 

Mientras ocurría todo esto, había una extraña nave posada en el fondo de la bahía, a una profundidad de 100 metros y a unos treinta kilómetros de la desembocadura del río Guadalhorce. Tenía forma circular considerada desde arriba y ovoidal vista de frente, con cinco metros de altura y el cuádruple de diámetro. Carecía de ventanas, pero desde el interior podía observarse el exterior sin dificultad alguna cuando se encendían las luces de sus motores de gravitación. Dentro estaban dialogando las mentes de dos presencias, embargadas en un serio problema que dificultaba reanudar su navegación. Se trataba de su última acción cósmica, un insólito viaje de regreso al origen, la línea infinita por donde se desborda el río del tiempo en una inimaginable catarata de proporciones siderales. Para ello precisaban de una inmensa energía, más allá de toda concepción. Y esa energía había sido depositada en las coordenadas terrestres 36º 44’ 21,6” W 4º 26’ 21” N por una expedición precedente, como módulo de reserva a utilizar en aquel tránsito final por las estrellas.

La noche sorprendió a Ángel andando por la Malagueta, por el Paseo de Cánovas, a la vera de la zona comercial anclada a la tierra del puerto y con la Farola al fondo. Pasaron las horas y se sintió invadido por un dulce sopor, tan intenso que se acurrucó de espaldas a la mar y se quedó completamente dormido. No tardó en aparecer un grupo de zagales en época de divertirse a costa del mal ajeno, con los estómagos bien cargados de bebidas impropias de su edad. Llevaban consigo un bote con restos de pintura que alguien había echado al contenedor de basura y, tras cerciorarse de que no había moros en la costa, lo derramaron sobre el desamparado Ángel, terminando por arrojar la lata al suelo con fuerza de locos, con la mala fortuna de que impactó directamente contra el infausto gorrioncillo, que dormía plácidamente junto a su amigo. Éste se despertó sobresaltado y, cuando advirtió la juerga que se corrían aquellos desalmados, intentó hablarles para que entraran en razón. Luego, al girar la cabeza, vio al pajarillo muerto y las lágrimas corrieron por sus mejillas con desconsuelo. Fueron unos instantes que parecieron durar siglos. Sacó una bola de uno de sus bolsillos y acarició con ella al pájaro. Los sorprendidos atacantes recibieron la mayor sorpresa de sus vidas cuando la bola comenzó a brillar y su luz cubrió totalmente al gorrión hasta que, a los pocos segundos, éste recuperó la vida y escapó volando hacia el mar. El que parecía el jefe de la improvisada cuadrilla se percató del valor de aquel objeto y, sin miramiento alguno, se lo arrebató a Ángel y salió que se las pelaba. Los demás se quedaron mirando boquiabiertos desde su borrachera al comprobar que no había animadversión de ninguna clase en Ángel y le ayudaron a incorporarse, deshaciéndose en disculpas por su estrafalaria acción. El muchacho los miró con dulzura desde una enorme sonrisa en la que ahora no faltaba diente alguno.

En el interior de la nave las dos presencias continuaban su conversación.

“Di instrucciones a Expl Uno para retirar la parte necesaria del módulo de reserva en las coordenadas propuestas por el ordenador central. Faltaba una partida de esferas y está comprometido en su localización. Se detecta su movimiento por varias zonas de Málaga simultáneamente. Dada la gravedad de la situación el propio ordenador ha abierto el protocolo de emergencia”.

 

Ángel metió las manos en los bolsillos para cerciorarse de que continuaban dentro las diez bolas que le quedaban de las doce que había hallado en la cueva por encima de La Palmilla y luego le dio un repaso al pantalón para comprobar el alcance de los daños causados por los zagales. Conforme se deslizaban sus dedos por la tela, ésta recuperaba su textura de años atrás, desapareciendo todo vestigio de pintura, como si estuviera recién planchada. Acostumbrado como estaba a presenciar cada día el milagro de la vida con todos esos detalles que ocurren ante nuestros propios ojos y que no llegamos a advertir, no se extrañó de lo que estaba ocurriendo y simplemente se incorporó con su ropa nueva y se dirigió hacia el Parque, cuyos árboles empezaban a mostrar en sus ramas el reflejo de las claras del día.

Expl Uno ya había detectado el lugar donde se hallaba la esfera que quedó en poder de los novios peleones de calle Nueva. Era un pisito de los que se construyeron cuarenta años atrás en la carretera de Cádiz y lo habían conseguido por un alquiler muy asequible. Desde que regresaron de su última disputa las cosas habían cambiado. Lo primero que hicieron fue guardar la bola mágica en uno de los cajones del mueble del salón, con el resultado de que a los pocos minutos estaba como si lo hubieran acabado de comprar. Ante esta respuesta asombrosa se dedicaron a jugar como niños pasando la bola por todos los lugares que les parecía. Las cortinas recobraron una lozanía insólita y lo mismo ocurrió con el resto del mobiliario. El ajetreo les generó un cansancio que superaba su instinto lúdico y terminaron dormidos como troncos. Expl Uno los había estado observando refugiado en una dimensión imperceptible, y aprovechó la oportunidad para materializarse y coger tranquilamente la esfera. Ajustó seguidamente su dispositivo de seguimiento y se dedicó a buscar la siguiente. A los novios los saludó la mañana sobre una cama nueva y un piso de ensueño. De la bola ni rastro.

El rebelde de la pintura se había detenido bastante lejos, allá por el Paseo de Reding, agarrándose con dificultad a un semáforo para recuperar el aliento. Un anciano de ésos que carecen de hogar fijo y se guarecen bajo el techo del firmamento se le acercó con ánimo de interesarse por su estado. Al contrario de lo que pudiera nadie esperar, el muchacho se volvió hacia el recién llegado y lo abrazó con ternura, igual que si se tratara de su abuelo, muerto por las secuelas de la guerra cuando él era todavía un niño. Sacó de su cartera los pocos billetes que le habían quedado tras la noche de jolgorio y se los entregó para que desayunara algo caliente. El anciano se guardó en su bolsa el dinero con dedos temblorosos y le dedicó una mirada de agradecimiento que se esparció por las venas del joven como si se hubiera tomado un sorbito de luz de luna. Allí estaba también Expl Uno para abrir su mano y coger la esfera. El muchacho lo contempló como si lo conociera de siempre y supo que su vida no sería ya la misma a partir de entonces.

Ya sólo quedaban las diez esferas que conservaba Ángel. Expl Uno se le acercó cuando caminaba por el final del parque, tocó su mente y la halló llena de bondad. Puso ante ella lo que había sido su vida en la tierra y también hermosas imágenes de la belleza infinita del universo. Finalmente, le hizo una oferta que no podía rechazar.

En la nave, las dos presencias tenían conocimiento inmediato de la actuación de Expl Uno y una de ellas le hacía un comentario a la otra.

“Parece como si las esferas volvieran buena a la gente”.

“No es eso. Ellas son pura energía. No les concierne el bien y el mal. Sencillamente han proyectado, potenciada, la cualidad de aquél que las encontró”.

“¿Cuál será la estrategia para recuperar el resto? Es una criatura que vive sola en este mundo. Carece de parientes”.

“Expl Uno tiene la solución”.

Los transeúntes que deambulaban a aquellas horas por la Plaza de la Marina se quedaron estupefactos cuando vieron cómo una forma luminosa se acercaba por detrás a un muchachote de pelo negro y bien vestido, con aire de retrasado. La luz se transformó en una gran burbuja transparente que lo envolvió por completo, separándolo a continuación del suelo y elevándolo con dirección a la mar hasta que desapareció de la vista, seguido por el vuelo de un gorrión que parecía unido a la burbuja por un hilo invisible. Ángel había iniciado la más grande aventura que pueda concebir una criatura viva, enrolado en un viaje alucinante más allá del tiempo y del espacio en pos del silencio creador, donde nace el reino de lo conocido y de lo desconocido.

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