Ali, la traviesa

Se había perdido. La madre la tenía firmemente cogida de la mano pero, en un descuido, se soltó y arrancó a correr entre la ingente cantidad de personas que paseaban por la acera de aquella calle principal. Llevaba puestos unos borceguíes que emulaban los del gato con botas y un abriguito que le proporcionaba un aspecto muy gracioso. Su pelo a media melena era tan peculiar que, a pesar de su rebeldía, la hacía parecer siempre recién peinada. Se encontraba contenta de poder llevar a cabo su travesura e hizo lo posible por alejarse para luego disfrutar de los inefables momentos en los que la buscarían y aparecería al final ella, triunfante, con los brazos abiertos, ganadora del premio a la mejor fechoría infantil.

 

Pero no cayó en la cuenta de que la cosa podría ir a peor. Era tal la cantidad de gente a su alrededor que llegó un momento en que se quedó totalmente desorientada. Las lágrimas acudieron a sus ojos y supo que estaba solita en el mundo. Nadie le hacía caso, salvo un árbol junto al que se detuvo para tomar aliento. Era de tronco ancho, como de dos personas gordas dándose un abrazo, y tenía la voz cavernosa. Cavernosa de profunda, de afectuosa.

 

“Niña. Niña…”

 

Ali pegó un salto, porque no terminaba de entender de dónde la llamaban.

 

“Soy el árbol. Ven y entra”. Entonces se abrió una cortina de madera que tenía la altura de nuestra protagonista y ésta, tras una breve indecisión, se metió dentro. Los niños ven naturales las cosas más extrañas. Habría que añadir que son extrañas porque no las ven los adultos, instalados en sus quehaceres rutinarios donde no cabe lo que puede estar delante de ti y que permanece invisible a tus ojos, debido a que sólo das validez a lo que aparece como útil o viejo.

 

Al principio no distinguió nada, porque estaba oscuro, y más después de cerrarse herméticamente la entrada de arriba abajo, como si fuera una cremallera. Poco a poco fueron perfilándose las formas y luego los colores. No hubiera imaginado jamás que aquello fuera como era. Y era algo parecido a una plaza enorme, muchísimo más grande que lo que aparentaba en la acera. Debería medir unos treinta saltos de diámetro, circunstancia que pudo calcular cuando se encendieron de golpe unas antorchas que colgaban de las paredes a distancias regulares, cuyas llamas eran ondulantes y de colores suaves, entre las que aparecían y desaparecían líneas blancas que chisporroteaban estrellitas naranjas, igual que las bengalas de las copas de helado que le compraba su madre. Estas luces trepaban por las paredes dibujando una hélice de sombras, que era una escalera de caracol sin barandillas, temblorosa por mor del baile de las llamas.

 

En el centro mismo de la insólita plaza se erigía un mástil de madera que subía hasta donde no se sabe dónde y de él pendían relojes de todas clases, cada uno con la hora que le venía bien. Algunos eran de cuerda y otros de péndulo, provocando un ruido infernal con sus tictacs escapados de la torre de babel. Subió por la escalera de caracol y, cuando llevaba no más de diez escalones, los relojes fueron sacudidos por un soplo que cayó como el agua de una fuente y se sincronizaron con un único sonido, poderoso como la voz del trueno, al que respondía con tono sagrado su propio eco. Aún con la boca abierta de par en par por el asombro, aparecieron desde detrás del mástil unas bailarinas con ropas orientales muy ligeras y largas cabelleras que flotaban al compás del tamborileo rítmico que marcaba la lectura del tiempo. En un torbellino de éxtasis, se confundieron en la misma danza y su giro se fue haciendo más rápido hasta que se convirtieron en humo de muchos colores, que se enredó alrededor del mástil, señalando una dirección. Hacia arriba.

 

Ali no se lo pensó dos veces. Impulsada por la curiosidad continuó ascendiendo por la escalera, cuidando de pegarse a la pared y ajustándose a la velocidad del humo de colores. De improviso, éste adoptó la forma de una cara enorme, encaramada al mástil como una piruleta. Sus dos enormes y oblicuos ojos la miraban con insistencia y profundidad, podría decirse que hasta con un tinte algo severo. La boca se abría y cerraba igual que un trozo de cielo que se asoma entre nubes de algodón. Pero por más que aguzaba el oído no escuchaba nada más que el tictac solemne que lo llenaba todo. Subió varios escalones más y observó cómo la cara se transformaba en un poliedro de espejos que giraba reflejando las luces de las llamas de modo fantasmagórico. Delante de sus ojos desfiló su propia figura repetida docenas de veces. Para su sorpresa, la imagen no era la Ali de siempre, sino otra ya adolescente, con la espalda fija a la pared y expresión de espanto. En lugar de bajar, que sería lo lógico para escapar de aquel desvarío, corrió hacia arriba como alma que lleva el diablo. Al detenerse para recuperar el aliento comprobó que el poliedro había ascendido con ella, si bien ahora estaba experimentando una metamorfosis increíble. Se transformaba en una nube que rotaba majestuosamente formando una espiral de cuatro brazos, en cuyo interior brillaban infinitas luces. Una galaxia alrededor del misterioso mástil, cuya madera se había hecho tan enorme que había dejado de parecerlo. La escalera continuaba y se difuminaba en la lejanía. Hizo ademán de subir otro escalón y descubrió que tenía una altura que la sobrepasaba. Al segundo intento le asaltó la ilusión de que ella estaba dentro de sí misma, como si se hubiera sumergido en los ríos de las venas. En realidad ocurría que había rodado al saltar y se había introducido en una de las ramas del árbol, cuyo interior era gigantesco.

 

Se animó a explorar esa nueva invitación a la aventura e inició unos tímidos pasos por el insólito túnel que, conforme avanzaba, se estiraba más y más, hasta el punto de que pudo distinguir sin ningún problema las células del ser vegetal, entre las que discurrió como si estuviera en una atracción de feria. Se agachó para acariciar una de aquellas simpáticas células y, al hacerlo, nuevamente comenzaron a ensancharse a una velocidad mareante. Su vista voló entre espacios de moléculas y luego de átomos que, en la distancia, parecían bolas de billar. Y la cosa no se detuvo ahí. Los átomos se abrieron descubriendo sus secretos, y tras la cortina de su apariencia se mostraron vertiginosas y efímeras estrellas fugaces que eran la antesala del misterio primigenio. Partículas subatómicas. Trató de atrapar algunas de ellas en un divertido juego nunca antes jugado, pero se escapaban entre los dedos como si fueran los colores del arco iris. Cuando aumentó de nuevo la escala de las cosas ya sólo pudo percibir movimiento. No había materia como ella la había concebido hasta entonces. Sólo viento que no era viento. No contenía nada y constituía la esencia de todo. Y la nada era superlumínica.

 

Sin transición, el espacio comenzó a cambiar de nuevo, decreciendo de modo que le parecía estar viajando por un embudo desde lo más ancho hasta lo más estrecho. Pronto se vio andando dentro de la rama que había confundido con el interior de ella misma, en dirección hacia el extremo exterior. De esta manera atravesó un laberinto de pasillos y llegó hasta una hoja, desde la que se asomó sacando medio cuerpo fuera. La hoja se mecía con la brisa como un barco de vela navegando por un océano de éter, lo que le procuró algún mareo, y desde ese balcón extraordinario pudo contemplar el largo de la calle y los edificios. La gente se movía agitadamente y hasta distinguió a varios policías que ponían orden. Desde la distancia, la implicación de los seres humanos en su miseria cotidiana se mostraba como un obstáculo para la comprensión de lo que es. Luego abandonó su atalaya y se volvió hacia la escalera de caracol. En ésta los escalones superiores se mostraban como altísimos muros imposibles de salvar. Por encima de ellos se oían voces de almas de sacerdotes, políticos y otros redentores de la humanidad que se hallaban aislados y a salvo de sabe dios qué. Se acercó al borde, desde donde todo se veía infinito, y se sintió atraída irremisiblemente hacia el centro de la galaxia que aún giraba majestuosamente alrededor del mástil. Tanta era la fuerza que tiraba de ella que se precipitó en caída libre, volando entre estrellas y sistemas de planetas, separados entre sí por distancias considerables. Muy al fondo orbitaba un agujero negro alrededor de una estrella peonza, formando un sistema binario en el que ésta giraba a una velocidad cercana a su límite de rotura y aquél se alimentaba silenciosamente de la materia que perdía la estrella. Y también arrastraba a Ali. Entonces comprendió lo que significaba el mástil. Era un eje cósmico que unía universos. Si traspasaba el horizonte de sucesos del agujero negro quizás caería en otra totalidad local y podría decir adiós a todo lo conocido.

 

En ésas estaba cuando la envolvió el humo de colores, semejando una alfombra de niebla mágica que la puso a viajar en dirección contraria a la estrella peonza, impulsada por la danza de algunas de las bailarinas orientales, que comenzaban a recuperar su forma. A continuación atravesó el poliedro de espejos como una exhalación y luego se detuvo en el centro justo de la cabeza de nubes. Allí pudo escuchar el pensamiento que daba expresión a la cara gigante. “Tu madre te está buscando” entendió que decían los labios de vapor. En el mástil se abrió una puerta que daba paso a una cabina circular. Entró y no sabía qué hacer. Estaba encerrada en un cilindro que parecía de plata, sin ninguna señal que permitiera deducir nada. Otra vez era una niña traviesa y no entendía de máquinas. Después de haber estado tan absorta en su azarosa aventura le llegaba ahora el recuerdo de sus padres y le entró una gran tristeza. Éste debía ser uno de los mecanismos que accionaban lo que en realidad era un ascensor de viajes en el tiempo, que se puso en marcha y descendió vertiginosamente. Conforme se acercaba a la base del mástil disminuyó su velocidad y también podía oírse el tictac acompasado de los relojes. Nada más llegar al suelo, el ruido del impacto puso fin a la armonía de éstos, que reiniciaron su algarabía, funcionando cada uno por su lado. Ella se abrió paso por una rendija del mástil y se puso a dar vueltas, en busca de una salida al mundo, a la luz de las antorchas chisporroteantes.

 

El árbol habló de nuevo. “La palabra clave es el nombre de tu madre”.

 

“¡Rosa!” exclamó Ali con ansiedad. Al nombrar a su madre se iluminó la cremallera de la puerta prodigiosa, que descorrió con mano trémula. Sacó su cabecita y el viento hizo flamear su preciosa mata de pelo.

 

“Para abrir es Rosa. Para cerrar, Sergio” – sentenció el árbol.

 

Una vez fuera pronunció el nombre de su padre. Su corazón saltaba de alegría cuando comprobó que todo volvía a ser lo que llamamos normal. Árboles, una calle. Gente. Sus padres, que la miraban llenos de felicidad, mientras ella reía, nerviosa por el temor a que pudieran castigarla por su travesura. “Mamá” – gritaba. “He aprendido que entre las cosas que se ven hay otras cosas que no se ven”. Y la madre le pegó un apretón de no te menees, sin hacer demasiado caso a lo que le decía, porque lo único que realmente le importaba era tener a su niña entre sus brazos.

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