Adela

Cuando era niña, cuando todo era nuevo y no le mordía ningún dolor, recibía frecuentes visitas del duende de las zapatillas azules. Algunas veces jugaba con ella en la parte de la piscina reservada a los peques y otras tenían los dos largas conversaciones cuando se quedaba sola en su cuarto, esperando la llegada del sueño. Le contaba mil aventuras que después ella misma confirmaba leyendo los cuentos que le compraba su madre. Era un paraíso infantil lleno de felicidad que tendría que terminar más tarde o más temprano. Ya se lo advirtió el duende: “Llegará un día en que contemplarás el mundo con los ojos de los mayores. Entonces ya no me verás y te olvidarás de mí”.

Vivía en una casa antigua. La casa que había sido su hogar durante casi toda su vida, donde se criaron sus hijos y donde murió su marido. Estaba plantada en medio de una gran parcela en la que había un amplio jardín, bancos de hierro y, sobre todo, un soberbio roble que era su signo distintivo. Ahora la gobernaba su hijo, junto con su nuera y varios nietos. Pero ya no era lo mismo. Ella se había transformado en una pieza residual del motor que constituía lo que era su familia actual.

Adela frisaba los setenta. Una veterana con muchas batallas ganadas y perdidas en los conflictos que sostienen estúpidamente los seres humanos y ahora se había convertido en un ser acorralado por el escepticismo. Se pasaba tres cuartas partes del día y de la noche sentada en una silla de nea con los brazos apoyados en la mesa de la cocina y mirando al infinito. Podían ser las tres de la mañana o las doce del mediodía. Daba igual. Si pasabas por la cocina te la encontrabas con los ojos paseando por un escenario que sólo ellos veían. A veces aparecía dibujada en su cara una sonrisa y otras un ramalazo de indignación. Sólo cuando la madrugada empezaba a empujar a la oscuridad pesada de la noche se permitía transitar por ese reencuentro de luces y sombras, aprovechando la porfía para incorporarse y dirigirse a la cama.

“¿Qué es lo que miras, abuela?” – era Ali, la nieta pequeña, que carecía del corsé de las formas que impone nuestra sociedad y lanzaba preguntas tal como le venían a la cabeza. La mujer desvió la mirada del punto imaginario donde se proyectaban las imágenes que proveía su mente y la fijó en su nieta. Una expresión amable se reflejó en su semblante cuando contempló la inocencia que aún palpitaba en su carita.

“Es la película de mi vida. Está siempre delante de mí y me recuenta los detalles de mi historia con sus penas y sus alegrías. También están los avatares de las personas que he conocido, los recuerdos de los objetos que han pasado por mis manos…” – no tenía muchas esperanzas de que la niña entendiera del todo lo que manifestaba y ni siquiera si ella misma conseguía expresar lo que sentía.

“Yo veo los dibujitos de la tele. Lo que tú miras sólo puedes mirarlo tú. A mí me gustaría verlo contigo” – la niña se arrimó como un gatito, rozando melosamente con el cabello el brazo de su abuelita, que volvió a sonreír.

“¡Cuánto me encantaría poder mostrarte todo lo que he vivido! Pero es imposible. Las personas nos hacemos mayores y nos volvemos invisibles. Y hasta estorbamos. Ya lo comprobarás cuando vayan pasando los años. Incluso para mí se convierte todo en un misterio, porque estoy instalada en un proyecto de constante viaje al futuro. Cada segundo de mi vida. Antes era un futuro cargado de ilusión, pero el tiempo lo ha ido volviendo plano como el aceite que se extiende en una bandeja. Un futuro del que nadie me ha contado nada. O no he querido escuchar cuando alguien ha intentado hablarme de sus propias experiencias”.

La niña miraba con los ojos muy abiertos. Quizás era la única persona que mostraba un interés tan personal por la mujer mayor. Aun así, no entendía del todo sus explicaciones, aunque le gustaba oírla hablar. Era como si escuchara una canción de sintonía de alguno de sus programas favoritos.

“Abuela. Ha venido el duendecillo de las zapatilla azules” – parecía que estuviera recordando algún episodio fantástico de los que veía en la tele. Ella rio alegremente ante lo que para otra persona hubiera sido un desatino infantil. Le gustaba la jovialidad que se desprendía de la espontaneidad de la niña.

“¿Sí?” – le siguió la corriente a las fantasías de su nieta, porque lo que no deseaba en modo alguno era que se rompiera ese hilo tan sutil que la unía con ella. Por eso fingió interesarse por el inexistente duende.

“¿Y cómo es? ¿Qué te ha contado?”.

“Hemos estado jugando al escondite. Dice que tú no lo ves porque te has llenado de voces y que esas voces no te dejan sitio para el silencio interno”.

La abuela echó una carcajada. Verdaderamente era feliz en compañía de su nieta.

“¿El silencio? ¡Ya me gustaría a mí que el mundo callara, al menos durante media hora! Todo está inundado por el ruido. Rara vez llegan a mis oídos unas notas de armonía y es porque la gente vive en torres de babel, cada uno hablando en una lengua distinta. La de su egoísmo”.

“¿Qué es el silencio interno, abuelita?” – la pregunta brotaba de la pura ingenuidad. Adela dudó durante una fracción de segundo. En el fondo, no sabía de qué estaba hablando. Ella tenía siempre voces dentro de su cabeza. Conversaciones consigo misma que se volvían interminables.

“Creo que deberías merendar. Dile a mami que te prepare un zumito con unas tostadas” – no era cuestión de perderse en disquisiciones abstractas que ni ella era capaz de discernir.

Volvió a poner los codos sobre la mesa de la cocina con los ojos entregados a sus historias. Al cabo de un rato apareció la madre de Ali que empezó a trastear con los vasos y el pan. Mientras realizaba esta tarea le sugería a la mujer mayor que tenía que salir más, hablar con las vecinas, con la vida, pero Adela ya no la escuchaba. La nieta tiró de la falda de su mami y le hizo gestos para que mirara a la abuela. Así lo hizo y ese acto arrancó de su cara un gesto de resignación. Intentaba comprender la soledad de su suegra, pero la madre de Ali estaba en esa edad en la que lo que te reclama es lo inmediato. Lo urgente. Era imposible que pudiera acceder a un universo donde todo transcurre en una dimensión distinta. Con otra velocidad. Se había abierto un muro enorme entre Adela y su nuera.

Una tarde de invierno el ambiente se había vuelto plomizo, cargado, presagiando una buena tormenta. Ali llegó corriendo y jadeante a la cocina. Casi sin aliento, era toda ella un grito de emergencia.

“¡Abuela, abuela! El duende dice que va a ocurrir algo muy malo. Que tenemos que tener cuidado. Que nos alejemos de las ventanas y de las puertas. Que no cojamos el teléfono de la cocina ni nos duchemos, ni freguemos los platos esta tarde. Que tampoco conectemos el ordenador…

Adela atrajo a Ali a su regazo y le dio un fuerte abrazo para procurarle tranquilidad, pero la niña insistía en su aviso de peligro. “¿Dónde están papá y mamá?”. Estaban fuera. Habían salido a realizar unas compras de última hora. Ali no tenía paciencia para esperar. Salió al jardín a buscarlos. Allí la sorprendió la lluvia, que arreció de pronto, como si hubiera estado agazapada esperando la oportunidad para manifestarse con todo su poderío.

“¡Papá!, ¡mamá!” – Ali chillaba como una posesa. La abuela se había quedado dentro, sentada y pasiva, como siempre. Una luz intensísima penetró por las ventanas vistiéndolo todo de transparencias, acompañada de un estruendo ensordecedor que hizo temblar los cristales y los muebles. Levantó la cabeza, sorprendida ante un acontecimiento tan singular. Y entonces lo vio. Estaba frente a ella dando saltos y gesticulando con expresión de alarma extrema.

“¡Te veo y te oigo!” – no daba crédito a sus ojos. Delante justo de ella estaba el duende de las zapatillas azules.

“¡La niña! ¡El rayo!” – el aviso estridente del duende actuó igual que un resorte en el cerebro de Adela, que salió despavorida al exterior. El roble estaba partido por la mitad, como si una espada de fuego hubiera llegado de los cielos para castigar su hermosura. Se había vuelto negro y echaba llamas y humo. En el suelo, sobre el césped, se encontraba Ali, boca abajo y totalmente inconsciente. Adela se agachó e intentó inútilmente hacerla volver en sí. Ante el fracaso de sus esfuerzos, desesperada y completamente empapada, agarró a la nieta y, con ella firmemente cogida entre sus brazos, arrancó a correr buscando el hospital más próximo. Atrás quedó la casa con la puerta abierta de par en par, mientras los viejos músculos de la abuela trabajaban al límite de su capacidad para alcanzar con premura el sitio donde atendieran a su nieta.

La primera parte del camino fue una auténtica odisea, un combate contra la muerte durante el cual no cruzó por su mente pensamiento alguno, salvo la intención de salvarla. La segunda parte resultó aún más dramática. Agotado por el sobreesfuerzo, su cuerpo dejó de servir a su mente y ésta sencillamente se perdió en una oscuridad sin remedio. Las dos quedaron tiradas sobre el asfalto como dos bultos anónimos, azotados por la lluvia e iluminados intermitentemente por los relámpagos. La luz de uno de ellos las salvó de ser atropelladas por uno de los pocos coches que circulaban en tamaña tarde de perros. El conductor detuvo providencialmente el vehículo a tiempo, a escasos centímetros de las sombras que subrayó el fulgor del último rayo, y las trasladó al hospital.

Cuando llegaron los enfermeros las colocaron en sendas camillas y volaron hacia el centro de reanimación, junto con los médicos, que daban atropelladamente instrucciones de urgencia para gestionar la difícil situación que se les había echado encima. Con grandes dificultades, los encargados de recepción pudieron localizar a los padres de Ali, que se enfrentaron a una larga y angustiosa noche en vela, aguardando, trémulos, el resultado del trabajo de la medicina. A la mañana siguiente se les acercó uno de los médicos y les dio cuenta de la situación.

“La buena noticia es que la niña ha salido de peligro. La tendremos todo el día en observación y probablemente recibirá el alta al final de la tarde”.

Los padres suspiraron aliviados. La penosa vigilia los había dejado exhaustos. Luego se miraron a los ojos, inquietos.

“¿Y las malas?” – tenían que preguntar, aunque no era un plato de buen gusto la respuesta que pudieran obtener.

“La abuela. El esfuerzo y la lluvia han podido con ella. Está muy grave. Tiene neumonía”.

“¿Cómo es posible? Nosotros no habíamos observado nada anormal y, a pesar de su retraimiento, no parecía enferma”.

“La enfermedad estaba larvada y presentaba escasos síntomas. Ahora ha aparecido fiebre, tos con esputos purulentos y dolor torácico con la inspiración. El cuadro se completa con escalofríos, malestar general y disnea” – el galeno se volvía profesional en sus explicaciones.

“¿Pero saldrá adelante?” – ésa era la cuestión clave.

“Todo depende de su respuesta a los antibióticos y del progreso durante los próximos días. Es un diagnóstico muy dudoso. Por el momento continuará en la unidad de cuidados intensivos”.

Los responsables del equipo médico les permitieron acercarse a la UCI donde se hallaba la abuela y la pudieron observar a través del cristal, que las separaba de una cama con aparatos sofisticados a su alrededor y varios tubos que la mantenían medicada. Al final del día recogieron a Ali y se marcharon los tres a la casa del roble quemado.

Dos días después de lucha enconada contra la fiebre y una sistemática administración de tratamiento bacteriostático combinado por vía endovenosa, Adela abrió los ojos. A su izquierda, sentado sobre la almohada, estaba el duende de las zapatillas azules. Parecía haber estado pendiente de ella todo el tiempo y ahora le acariciaba los cabellos con una extraordinaria delicadeza.

“¡Ali! ¿Dónde está Ali?” – ésa era su única preocupación.

“Totalmente a salvo. La que los tiene nerviosos a todos eres tú misma – la voz del duende sonaba tranquilizadora. Ella parpadeó ligeramente, evidenciando que había comprendido.

“Estoy perdiendo mis recuerdos” – fue la siguiente idea que le llegó a la cabeza.

“No se están perdiendo” – el duende era enfático. Y continuó. “Están en su sitio. Donde tienen que estar. Si te hacen falta, volverán”.

“¿Qué soy yo sin mis recuerdos?” – una expresión de tristeza se apoderó de su rostro.

“Tú no eres tus recuerdos” – sentenció nuevamente el duende.

“¿Soy mi cuerpo?” – parecía una niña pequeña.

“No eres tu cuerpo. No puedes percibir lo que eres, lo mismo que tu nariz no puede oler su propio olor”.

“Entonces, ¿qué soy?” – la pregunta rondaba la desesperación. El duende se quedó mirándola durante largo rato, durante cuyo transcurso el tiempo se quedó colgado de una percha invisible.

“Eres el aroma de un perfume que viene del infinito” – terminó por declarar, arrimando suavemente su frente a la frente de ella, en un gesto de profundo afecto. Este mensaje, que a ella le pareció preñado de poesía y para el duende era simplemente una descripción de la realidad, la devolvió al país de los sueños. A través del cristal había una enfermera que trasladó inmediatamente la noticia al médico de guardia.

“¿Tienen idea de que su madre sufriera algún trastorno mental?” – el doctor les preguntaba a los padres de Ali, tras comunicarles la grata mejoría de la paciente. Los dos se quedaron boquiabiertos.

“No. En absoluto. Ya sabe, algo ensimismada sí que se mostraba durante los últimos años, pero nada que ver con lo que dice usted”. El médico miró hacia los lados buscando alguna explicación en un archivo imaginario.

“La han visto hablando sola. Bueno, quizás sea sólo un efecto secundario” – terminó por teorizar el facultativo.

Dos semanas después el sol brillaba con todo su esplendor, físicamente y dentro de los corazones de los miembros de la hasta entonces atribulada familia. Adela salió del hospital acompañada de Ali, que no se lo hubiera perdido por nada del mundo, y de su hijo y de su nuera. Entraron en el coche de vuelta a casa con una sonrisa en los labios. Delante iban los padres. Detrás se retrepaban la abuela y la nieta, que se cogían las manos con complicidad de amigas. Entre ambas, el duende de las zapatillas azules, achuchándolas hacia los lados con ánimo de conseguir algo de sitio para su menuda naturaleza.

“Me ha visitado el silencio interno” – decía la abuela, guiñando un ojo a la nieta.

“Si estás contenta, seguro que es bueno” – replicó Ali, apretándola con fuerza. El duende se llevó el dedo índice a los labios, en una clara señal de que permanecieran calladas.

“Éste es un momento maravilloso que tú olvidarás dentro de unos años” – se dirigía a Ali. Ella lo miró con incredulidad y una pizca de decepción.

“Ocurrirá. Pero, lo mismo que tu abuela, llegará un día en que te reencontrarás con la inocencia. Entonces sabrás lo que auténticamente eres. El mismo perfume y la misma magia”.

Ali no entendía el discurso. Pero no importaba. Las rodeaba un halo resplandeciente que lo protegía todo y, además, estaba con su abuela. ¿Qué más podía pedir?

El duende dio un salto y salió disparado por una de las ventanillas con dirección a lo desconocido. Desde dentro las dos se despedían de él agitando las manos, mientras la madre de Ali las miraba sin dejar de sonreír, creyéndolas unas payasas.

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