A la vuelta de la esquina

El hombre estaba tirado con la espalda apoyada en el suelo. Acababa de abrir los ojos y tenía frente a él varias caras que gesticulaban y le miraban alarmadas. Una de ellas movía los labios y emitía sonidos que no alcanzaba a distinguir. Otra le levantaba la cabeza con suavidad y la movía lentamente de arriba abajo, quizás asegurándose de que sus funciones vitales continuaban vigentes. Todo lo que le rodeaba le parecía desconocido y, al propio tiempo, familiar, semejando una paradoja de lo imposible. Al principio eran sólo figuras, que igual podían corresponder a un animal terrestre que a un ave exótica. Poco a poco se revelaron como de la misma especie y, más adelante, sencillamente como seres humanos. Entre ellos estaba su amigo de siempre. Su único amigo. A pesar de este proceso de reconocimiento paulatino, no alcanzaba a entender lo que podrían representar aquellos sonidos, evocadores de un idioma de gente foránea. En su cerebro tampoco se formaban palabras y lo recogía todo como nuevo, sin que apareciera un mecanismo de interpretación que le permitiera contrastar la información recibida con alguna otra referencia del pasado. Todo cuanto le rodeaba se manifestaba envuelto en una fantástica luz azul con destellos dorados. Era la visita del otro lado.

Una hora antes, David estaba muy preocupado con la puntualidad. Tenía que acudir a una cita importante y no era de su agrado llegar tarde y, mucho menos, hacerle perder el tiempo a nadie. Curiosamente, una vez llegó diez minutos antes a otra cita y le llamaron la atención. Llegar antes no era puntualidad, sino descortesía. Y en otra ocasión, por los mismos diez minutos, pero tarde, recibió una reprimenda de muy señor mío. Por eso había decidido que siempre llegaría antes, pero no se presentaría en el lugar hasta el momento fijado, con independencia de la respuesta de la otra parte. Era su responsabilidad, no la de los demás. Ese día iba con lo justo. No había medido bien los tiempos y el reloj le regateaba esos cinco minutos que siempre nos sobran en otras partes de nuestra vida. Y el tráfico. Otra barrera. Estaba horrible. Un monstruo pegajoso que no le dejaba acelerar por las avenidas que le separaban de su meta.

Apenas hacía diez días hubo bronca en su casa. La niña había llegado bastante más tarde de lo que permite la prudencia, cuando lo que te pide la noche es que te metas en la cama y te reconcilies con las sábanas. La madre, que la había esperado desesperando, sentada en una mecedora a la que hizo varios kilómetros de mecidas interminables, no tenía cara de buenos amigos. El miedo a lo imprevisto había mantenido su ansiedad a buen recaudo, encerrada en el baúl de la preocupación, pero cuando la vio sana y salva no pudo evitar que se desbordara el río de los reproches y blandir la espada del castigo reformador. La hija no entendía tanto alboroto. Total, por nada. Y David cometió la torpeza de mediar en una trifulca que por sí misma se hubiera volatilizado, consiguiendo sólo que la artillería de una madre incomprendida girara los cañones en su dirección. El resultado se alojó en el estómago del padre, donde se enquistó toda una semana con forma de tormentas y rayos.

“No es para tanto. Piensa que tenemos que dejarle espacio para que se encuentre a sí misma” – decía con cierto acento filosófico, mientras le venía a la mente una pregunta que siempre aparecía en circunstancias parecidas. ¿Cuándo había empezado ella a coger kilos?

“¡No has comprendido nada en estos años! Tenemos que ser una sola voz ante nuestros hijos. Esa postura tuya sí que la desorienta” – la madre no dejaba de tener sus razones. “Tú eres un egoísta que sólo piensas en ti mismo. ¡Así vamos!” – y dejó de hablarle. Vamos, que durante los días siguientes fue invisible para su mujer. Se acordó de su querido medio metro de esperanza, atascado en las zarzas del camino ante el pánico que le producía que se prolongara la situación demasiado tiempo, como aquella vez.

Y el año anterior fue de aúpa. A punto de perder su trabajo, se pasó muchas noches en blanco tratando de encontrar salida al atolladero económico que se le presentaba. Recurrió a los amigos, a los conocidos y a los enemigos. A la familia. La hipoteca vencida era un fantasma fiero que le encogía las tripas. Y los plazos de cosas compradas por la necesidad y el deseo. Fueron batallas sordas que minaron su confianza en el prójimo. Tras un mes de desasosiego, el túnel negro en el que se había metido le ofreció un rayito de luz, del que tiró como una cuerda divina, consiguiendo llegar al otro extremo para tomar aire fresco. Era la luz celeste, que le visitaba. Se prometió a sí mismo no volver a perder el norte y estar alerta a lo que es y a lo que viene. No permitir que el amor propio se adueñe de tus destinos y aparcar lo superfluo para siempre.

“He comprendido el verdadero sentido de la vida” – le contaba al amigo que le quedaba, de inclinaciones metafísicas y pensamiento abierto. “Lo único que está a mi alcance es medio metro de futuro y he decidido barrerlo y fregarlo todos los días”.

“Una cosa son tus intenciones y otra la realidad. Cada vez que andes por ese medio metro serás otro distinto, un desconocido del que te harás amigo para que no te mate, porque hacerlo sería suicidar a tu pasado. Y no quieres ser ese hombre nuevo. Sólo sobrevivir nadando en la rutina” – era el hombre un poquillo galimatías. Nunca había estado seguro de entenderle del todo.

Diez años atrás se produjo un encontronazo con su mujer. En realidad no sabría decir qué había iniciado la discusión porque tampoco le importaba demasiado el tema. Pero tuvo la debilidad de justificar y contradecir, aunque fuera con la levedad de una pluma desprendida durante el aleteo de un pajarillo. Y es que la recámara de la mente está cargada con dinamita de calidad, alimentada y almacenada por tantos pequeños detalles que se nos escabullen en nuestra relación con lo más próximo. El caso es que la ofensa tuvo que ser gorda, porque ella estuvo sin hablarle durante cinco años. Cinco años de estupor, desayunando, almorzando y cenando en silencio. Y durante ellos recibió varias visitas celestes. Cuando quedó atrás esa historia alucinante hubo algún momento en que hasta añoraba la soledad del ser incomprendido, esos ratos durante los cuales se asoma a la ventana de tu conciencia el ángel de la libertad.

“Cariño. Tenemos que mirar juntos qué instituto le viene mejor al mayor” – decía ella, como si nada hubiera pasado. Él se quedaba atónito. No terminaba de entender el misterio de la mente humana. La mente humana de los demás, claro.

A los veintitantos había completado sus estudios de periodismo, con algún curso repetido, compatible con música, juerga y cachondeo. Su amigo de la niñez le había anunciado que la luz volvería. Efectivamente, algún que otro atardecer las estrellas que anunciaban la noche se iluminaron igual que un árbol de navidad del que colgaran adornos embrujados con reflejos de la lucecita celeste, que pugnaba por encontrar sitio en su vida desordenada. Un trabajito apañado y momentos de euforia mística, alumbrada por gurús de oficio calculado, completaban el cuadro vital de nuestro protagonista, que terminó por rendirse a la tradición familiar cambiando todo aquel capital efímero por una novia que se convirtió en esposa y madre de sus hijos. Un tren sin estaciones intermedias. El viaje transcurrió igual que el tránsito del viento por un laberinto de altas paredes. Caminaba y veía muros y cielo. Un cielo inalcanzable. Sus ojos no alcanzaban a percibir muy lejos adelante en el tiempo. Salía de un apuro y entraba en otro, remendando los errores con hilo de tiempo enhebrado en una aguja de inconsciencia.

Su cumpleaños número quince estuvo lleno de esperanza y de ilusión. En esa época leía relatos de antiguas historias llenas de fantasía y también aventuras de ciencia ficción, evocadoras de mundos desconocidos habitados por seres de los reinos del bien y del mal. El alma se le llenaba de descubrimientos que tenía por reales. Ahí fuera esperaba un mar inmenso deseoso de ser surcado para llevarlo a los lugares más increíbles. Eran momentos en los que explosionaba su optimismo coloreado de estallidos azules. No sabía entonces que la exaltación de aquellos años era un regalo que no se repetiría. Se lo decía su amigo.

“No eres consciente del estado casi sagrado que te embarga. Deberías mirar con mayor atención los mensajes callados que te ofrece la naturaleza y entregarte a ella antes de que te abandone por completo la inocencia” – era un auténtico muermo. Llevaba aguantando sus monsergas desde tanto tiempo como alcanzaba su memoria. Pero le tenía afecto porque, en el fondo, no buscaba mal alguno para él.

Cuando era niño solía jugar con su amiguito. Eran instantes de intenso júbilo, delatado por una risa infantil que todos celebraban, contentos de que, a pesar de estar casi siempre solo, le acompañara constantemente la alegría.

“Míralo. Ahí lo tienes inventándose amigos invisibles. Es un verdadero encanto” – decía una de sus tías al contemplarlo hablando con nadie. Él solía mirarlos sorprendido porque no vieran a su amigo de siempre. Verdaderamente, los adultos eran increíbles. Negaban lo que tenían delante de sus ojos.

La hora anterior al presente estuvo plagada de inconsciencia. Su mente estaba completamente ocupada con la idea de cumplir con la cita prevista y cualquiera que hubiera estado cerca lo habría clasificado como un robot de carne, absolutamente absorto en el objetivo que le marcaba su ansiedad. No se percató de la presencia de aquel pedazo de camión que pedía paso por su derecha, perdido el control por el fallo de los frenos. Su coche dio varias vueltas que ni siquiera sintió. ¡Qué cantidad de vida desperdiciada! Cuando terminaron las volteretas y se quedaron inmóviles él y el vehículo, varias personas acudieron para sacarlo. Eran caras anónimas. Quedó tendido boca arriba, hacia el cielo que tanto tiempo había ignorado. Su amigo lo miraba y movía la cabeza y las manos. Se estaba despidiendo. Ya no quedó nadie que pudiera reconocer. Y fue visitado de nuevo. La luz celeste lo penetró y envolvió con suavidad a su cerebro, a su corazón y a su estómago, que volvieron a funcionar como cuando era niño, esos años en los que no te muerde el dolor y ni siquiera notas que haya algo que duela. Todo su sistema de percepción fue limpiado con el simple roce de la luz. Y para él se manifestó una realidad viviente, una inmortalidad que no puede ser descrita, sólo entendida en la plenitud de la propia acción individual. La experiencia de la auténtica individualidad y la comprensión de lo verdadero. A partir de esa esa fuente eterna quedaron atrás el conflicto, la división y la rivalidad continua.

Se incorporó tranquilamente, provocando el asombro de cuantos le rodeaban. Luego los miró y no supo qué hacían allí. El siguiente paso y el siguiente, y el siguiente del siguiente, fueron un movimiento siempre renovado. Su familia lo encontraría, pero ya no tenía familia. Sencillamente viviría cada segundo como un único segundo, ajeno por completo a lo que había sido, integrado en los latidos del corazón de este universo. Y después trascendería el tiempo, eco del gran impulso que lo empuja todo en esta realidad, adentrándose en la nada que genera la luz creadora, más allá del principio de cuanto conocemos.

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