La montaña de la niebla eterna

Es una aldea preciosa, con casitas que albergan a familias que viven de lo que da la tierra. Bosques, prados y sembrados les dan el toque bucólico preciso. Cerca hay un río de aguas mansas y dentro de él peces, cangrejos y piedras redondas emigrantes de turbulencias nacidas en la montaña que lo preside todo en la lejanía y a la que nadie la ha visto jamás por completo, debido a las nubes que rodean a su cima. Otras aldeas se reparten por el inmenso valle, hermanas en forma y en espíritu, todas hijas de la misma tradición.

Carmelilla estaba sentada en una sillita, junto a una mesa del huerto, con los ojos medio cerrados, dejando que los rayos del sol calentaran su piel y le dieran noticias de la extraordinaria energía que emanaba de nuestra estrella. Que la alimentaran de pan cósmico, igual para todas las criaturas, sin discriminación alguna. La inmensa bola de fuego se desplaza por la galaxia sin que le preocupen razones para su existencia. Nosotros dependemos de esta zarza ardiente que, sencillamente vuela y se quema dentro de un espacio que está dentro de otro espacio, lleno de objetos errantes como aves solitarias que surcan el universo, pájaros ciegos danzando alrededor de un centro que gira atado a otro, y éste a otro y a otro.

Una abeja melífera estaba atareada en ir y volver del panal, enamorada de las flores que le ofrecían su polen desde deliciosas trampas de colores, proveedoras de néctar y elementos para producir cera a partir de las glándulas ceríparas, situadas bajo los espejos. La niña había estado siguiendo las incursiones del insecto completamente absorta en su labor interminable, mientras no dejaba de sentir las caricias de la brisa, que le llevaban los olores del campo y los murmullos de las hojas de los árboles.

En una de las pasadas de la abeja, ésta se posó en una flor de lavanda que estaba cerquita. Allí estuvo un buen rato curioseando y tramando la manera de llevarse el mejor botín. Carmelilla aprovechó entonces la oportunidad para dirigirse a ella, sintiéndola compañera junto con las plantas y demás criaturas vivas que la rodeaban.

“¿Qué tal la mañana? Yo la siento espléndida” – le hablaba como si la conociera de toda la vida. La abeja se hizo la remolona y continuó con su recogida de néctar. Luego pareció descansar y emitió un zumbido amable, que Carmelilla reconoció como conversación.

“Estoy metida en la rutina diaria, que para mí no es rutina. Es júbilo de hacer lo correcto. Vuelo y hago estación en el cortejo de las flores. Luego vuelvo a la colmena por los caminos del aire. Y así soy feliz”.

Era una descripción que desbordaba la imaginación de la niña. Ella era todavía más simple. O así lo creía. En realidad en ese momento le embargaba una cuestión que parecía llegarle a gritos desde la naturaleza. Arriba estaba el firmamento. Abajo la tierra con cuantos pululamos en su atmósfera y en sus aguas, pasajeros de esta enorme nave redonda en la que todos surcamos los cielos.

“¿Qué es lo que hacemos aquí?”.

“No entiendo. Yo hago lo que hago y me siento plena” – la abeja estaba contenta en su mundo limitado, que para ella era la eternidad. Cada día la misma acción que, no obstante, era nueva. Cada día el único día.

“Me refiero a ese misterio que nos rodea. ¿Por qué estás tú y estoy yo? ¿Qué es la vida?”.

“Sigo sin entender” – ahora movía las alas con ritmo de perplejidad y daba vueltas. “Te digo que lo que hago es lo que tengo que hacer en este mismo instante. Para mí no hay otra cosa. Soy un latido del viento cuando éste mece a las flores. Soy vuelo cuando vuelo y también soy la colmena cuando estoy con las demás abejas” – el laborioso insecto se abría por completo a las dudas de Carmelilla, pero no parecía suficiente. Tras un buen rato en el que el silencio era la cuerda invisible que las unía, la abeja agitó las alas lanzando un zumbido de adiós. Carmelilla se quedó contemplándola con mirada ausente mientras se alejaba. Luego se incorporó y se dirigió a un naranjo que permanecía callado en una esquina. Cuando estuvo a su lado acercó su mejilla a una de las ramas y entornó los ojos. Sentía que estaba vivo.

“¿Qué me puedes decir tú de la vida?” – hacía la pregunta sin esperar contestación, ya que nunca antes había conversado con el árbol, a pesar de los incontables años de huerto que acumulaban sus raíces. El naranjo dejó transcurrir muchos alientos de Carmelilla sin decir nada, hasta que de pronto hablaron sus hojas, abanicando las palabras, y éstas llegaron suavemente hasta aquellos oídos que esperaban una respuesta desde su esperanza infantil.

“Soy un árbol, pero soy también todos los árboles. Mi existencia está unida a la tierra y está unida al cielo. Me alimento del aire, del agua, del sol y del polvo de las estrellas que bulle alrededor de mis pies. Si quiere la primavera, doy fruto y algunas semillas me regalan eternidad. Las estaciones me dan forma en el tiempo y, sin embargo, yo no soy tiempo”.

“Si no eres tiempo, ¿qué eres en realidad?” – ella se había interesado en el acertijo.

“La respuesta es la vida” – el árbol arrastraba su sentencia mientras sus ramas paraban de moverse conforme se esfumaba la brisa.

“¿La vida no es tiempo?”.

“La vida es tiempo”.

“No te comprendo” – estaba desconcertada.

“La vida es tiempo y la vida no es tiempo. Los árboles estamos atados a la tierra y, no obstante, nos las arreglamos para esparcirnos por toda ella. El tiempo nos mueve, pero igualmente estamos fuera de él, porque la luz es siempre la misma luz mientras la contemplamos. Desaparecen árboles y luego aparecen otros. Desaparecerá el sol. Desaparecerán las criaturas que él cobija con su presencia. Y, a pesar de eso, seguirá latiendo el impulso de la vida para que tú y yo hablemos en una dimensión en la que no cabe el tiempo”.

El discurso había sido muy elocuente, pero su mensaje duró en el corazón de la niña lo preciso para una siguiente respiración. Su extrema sensibilidad tropezaba ante explicaciones tan rotundas y, sin embargo, no se podía permitir cejar en su empeño, ya que quería absorber el significado de la vida, que penetrara en su sangre como una inyección de claridad suprema. La mañana invitaba a la aventura, de modo que en ese mismo momento decidió subir a la Montaña de la Niebla Eterna, la que dominaba todo el valle y donde decían que moraba el Genio de la Vida y de la Muerte, aunque nadie se hubiera cruzado con él jamás, que ella supiera. Era tan listo como los ratones colorados, de los que habla mucha gente pero que nadie ha visto, precisamente por su enorme astucia para pasar desapercibidos. Cogió cuatro cosas para el camino y se puso en marcha. Cuando ya llevaba subido lo menos un kilómetro apenas podía ver a un brazo de distancia, de espesas que se habían vuelto las nubes que daban nombre a la montaña. Pudo distinguir una piedra apropiada al borde del sendero que serpenteaba entre rocas y árboles y se sentó para recuperar la respiración. A escasos centímetros la contemplaba un conejito azul, que había sido importunado por la visita mientras se hallaba descansando en un extremo de la piedra.

“¿Sabes si está lejos el Genio?” – le preguntó ilusionada.

“Está más cerca de lo que te imaginas. Y más lejos”.

“¿Cerca y lejos? No estás muy bien de la cabeza. No puedo creer nada de lo que digas” – le había incomodado tanto la respuesta del conejo que desbarraba. Cerró los ojos y los puños de pura rabia y, cuando los abrió, no había ni rastro del animalito azul. Torció el gesto todavía enfurruñada y se dispuso a continuar el ascenso, casi a tientas. En éstas que se dio de bruces contra un árbol que había crecido en el sitio equivocado. Equivocado para ella, que recibió un buen coscorrón en la frente y la nariz. Se tocó con la mano y sintió la tibieza y la humedad de un hilillo de sangre. Seguro que le saldría un chichón.

“¿Has visto al Genio de la Vida y de la Muerte?” – a pesar del encontronazo tenía arrestos para preguntarle cosas. Era el segundo árbol con el que hablaba el mismo día

“Todo lo que ves son genios. Aquí arriba no es igual que abajo, en la llanura, donde no son tan genios”.

“Pues yo no veo nada. Sólo niebla”.

“Eso es porque tus ojos no están preparados para ver” – parecía una conclusión lógica.

“Yo lo que quiero es encontrar al Genio de la Vida y de la Muerte para hacerle una pregunta. No me importa no verlo”.

“¡Ay! ¡Cuántos piensan lo mismo que tú! Se juegan la existencia por un simple deseo, cuando ver no cuesta nada” – sonaba enigmático el árbol.

“Dime qué dirección debo tomar” – estaba empezando a hartarse.

“No me escuchas, pero te voy a hacer un regalo de mí mismo. Hay una rama especial a mi izquierda. La que es más recta que las demás. Córtala y úsala para continuar tu camino sin pegarte más trompazos”.

Carmelilla buscó como pudo donde le indicaba el árbol, toqueteando su corteza.

“Me haces cosquillas” – decía diciendo – Un poco más… Eso es. Ahora tira hacia ti. Es una rama mágica. No creas que no me cuesta desprenderme de ella”.

Con la rama a modo de lanza completó un círculo alrededor de sí misma. Cuando la ponía horizontal se iluminaba como un tubo fluorescente y podía percibir lo que había a menos de cinco metros. La dirigió hacia el árbol. Era un ejemplar majestuoso, con un buen tronco y hojas muy verdes. Él las agitó a modo de despedida y ella hizo lo propio moviendo la mano como hace la gente cuando arrancan los trenes llenos de viajeros. Tras otro rato de penosa subida pudo distinguir unos reflejos plateados en lo alto de un saliente. Se acercó cuanto pudo y, con ayuda de la rama, comprobó que se trataba de un águila blanca y majestuosa, de triple altura con respecto a la que hubiera visto jamás y que la miraba con una intensidad que llegaba al alma. Era un espectáculo en sí misma, por lo que decidió echarse en el suelo para contemplarla y de paso descansar y recuperar la respiración, dejando la rama a un lado. Ésta se apagó y ella se quedó dormida.

Entretanto, en el valle transcurrían los años. La aldea había crecido hasta convertirse en villa. Carmelilla pasó a ser Carmela. Conoció a un muchacho y unieron sus destinos terrenales. Ambos se sumieron en la vorágine de la sociedad, con momentos de felicidad y muchos de sufrimiento. Promesas de políticos, engaños, gente pasando hambre y gente derrochando. Tuvo hijos y más tarde nietos. Y enviudó. Pero la Carmelilla niña seguía en la Montaña de la Niebla Eterna, como aletargada. Un día Carmela se despertó y sintió en su corazón que le quemaba la pregunta que la llevó a la montaña. Era abuela y era niña. Y Carmelilla se despertó también. La ramita había dado fruto: una manzana, un melocotón y un pastel de nueces. Comió con buen apetito y luego se incorporó. El águila blanca seguía en la roca. Se acercó, ayudándose de la ramita mágica para no tropezar, y abrazó a la extraordinaria rapaz como si fuera una amiga perdida y reencontrada. Luego se subió sobre ella y se agarró a su cuello, arrancando a volar silenciosamente entre medio de las nubes.

Carmelilla se sintió embargada de sentimientos desconocidos hasta entonces cuando se aliaron el vértigo y la neblina para suscitar una especie de ofrenda al misterio, que se convirtió en apoteosis cuando abandonaron las sombras y volaron a cielo abierto. Allá abajo se veían ríos, cosechas, casas y animales como un todo. No había diferencias entre las partes y todo funcionaba como un organismo único. La flor depende de la abeja y ésta de la flor. Y ambas se relacionan con el aire, el sol, el agua y la tierra. Un mecanismo de vida gigantesco en el que cada pieza es importante y ninguna existe por separado. La mente del ser humano acostumbra a olvidar, a ignorar esta verdad vital para cuantos poblamos el planeta, mientras viajamos con él por el universo sin estaciones de partida ni destino.

Cuando regresaron, lágrimas de comprensión brotaban de los ojos de Carmelilla. Atravesaron las nubes y las lágrimas las disolvían. El águila se posó sobre la misma roca desde la que habían comenzado su periplo de navegación y la niña todavía lloraba. Saltó a tierra y dio un último abrazo al ave de plata. Para su sorpresa, podía ver todo cuanto la rodeaba. Piedras preciosas de muchísimos colores se esparcían por la superficie y el mantillo de los árboles era como hilos de oro y plata reflejando la luz igual que minúsculos diamantes. Había animales parecidos a los que ya conocía, pero con ojos brillantes de felicidad no ajena a la inteligencia. Como impulsada por la inercia de su búsqueda reinició la escalada hasta la cumbre con su ramita mágica, dejando que el azar condujera su marcha, ya que no había caminos para elegir. La cabeza del conejito azul asomó detrás de una piedra de jade.

“¿Tenías una pregunta? – farfulló enseñando los dientes.

“Ya no tengo preguntas. Sólo camino por este lugar donde no hay caminos. Me gustaría encontrar al Genio de la Vida y de la Muerte. Verlo. Es mi última hazaña”.

El conejito azul pegó unos brincos divirtiéndose. Se acercó a la niña y se subió a uno de sus hombros. Luego susurró unas palabras muy bajito.

“Creía que ya habías averiguado eso”.

Carmelilla abrió los ojos como tazas. Entendía al mismo tiempo que hablaba el animalito.

“El Genio es la Montaña. Y la Montaña es la Vida. Tú eres la Vida y tú misma eres el significado de la Vida”.

La niña dio un suspiro que hizo entrar en sus pulmones la mitad del aire de la montaña. Cogió la rama mágica y volvió sobre sus pasos. Al encontrarse con el amable árbol parlanchín le devolvió el regalo, uniéndolo con el resto de las ramas y quedando todo como si no la hubiera arrancado. Un golpe de viento fuerte lo hizo moverse entero, lo que interpretó Carmelilla como un hasta luego muy sentido. Finalmente, dando saltitos sobre el aire, llegó de nuevo a la aldea que la vio nacer, ahora villa, y donde había vivido de siempre, hasta ser una abuela serena y comprensiva.

Carmela estaba en su lecho de muerte. Se encontraba rodeada de sus hijos y de sus nietos. Su difunto marido también revoloteaba su recuerdo alrededor de todos ellos. Una de las nietas le cogía las manos.

“Abuela, no te vayas. Tengo miedo de que nos dejes. Tengo miedo a la muerte”.

Ella la miró con ojos de ternura.

“La muerte es la vida. No puede existir la una sin la otra”.

La nieta continuaba sollozando, desconsolada.

“¿Por qué te vas? ¿Cuál es entonces el significado de la vida?”.

Con su último aliento, Carmela aún tuvo fuerzas para acercar su boca al oído de su nieta.

“Sube a la Montaña de la Niebla Eterna y pregunta por el conejito azul”.

Después de estas palabras apoyó su cabeza sobre la almohada y expiró dulcemente, con una sonrisa dibujada en los labios.

El libro de la vida

La luz lo penetraba todo y no había nada que no fuera iluminado por ella. Dos voces de luz mantenían una conversación en la que no contaba el tiempo de la Tierra, delatando dos presencias que flotaban en aquel espacio sin apenas dimensión.

“Aquí tenemos la proyección visual de cuerpos físicos idóneos para tu propósito”.

Todo había arrancado de una curiosidad suscitada en el seno de una de las dos presencias. ¿Habían alcanzado el final del camino? Cuanto les rodeaba era gloria y serenidad. Las perturbaciones eran desconocidas. Todos decían lo cierto porque no había medio de ocultarse en medio de aquella absoluta transparencia. No había complots, ni astucia, ni ambición. Ni envidia…

“Somos ángeles. Seres terminados y perfectos. No cabe mayor evolución entre las criaturas del universo”.

Sin embargo, algo se escapaba de los límites de esta reflexión. Por eso hablaban. Y su diálogo era conocido instantáneamente por el resto de las entidades etéreas que poblaban la esfera angélica.

“Somos vibración consciente. Vivimos una felicidad permanente, ajena a cualquier distorsión. Pero carecemos de conciencia potencial”.

¿Conciencia potencial? Parecía tratarse de un concepto, algo que no tenía cabida en un mundo extraño a las ideas.

“Nos hallamos en un estado eterno, pero entendido como rueda de medida concreta y tránsito infinito. Aquí no existe la discordia, aunque no deja de ser un limbo celeste en el que la verdad ha sido capturada dentro de la eternidad. Hay algo sumamente ligero que no vislumbramos, porque eso sería nuestro fin”.

“¿Tengo que elegir entre estos cuerpos? Algunos parecen muy deteriorados. Unos son muy viejos y otros apenas han salido del vientre de sus madres. Me parece algo complejo discernir cuál sería el idóneo”.

“Ya has elegido. En realidad ya estás viviendo en uno de esos cuerpos. En ellos ha desaparecido la capacidad de percepción directa. Todos se relacionan desde el pasado, porque les es imprescindible el uso de su cerebro, que está aislado en una caja de hueso. A partir de ahí se proyectan en el futuro envueltos en cadenas de deseos. No es precisamente como ocurre en este estadio de luz, donde todos nos comunicamos sin barrera alguna. En el mundo de la materia los seres actúan a partir de creencias y ello les permite sobrevivir”.

“¿Creencias? Para mí creer es igual a ver. No entiendo el matiz”.

“Por eso estás ahora encerrado en un cuerpo físico. Cuando termine este diálogo, aunque no recuerdes nada, prueba a mirar cualquier objeto y luego cierra los ojos. Comprobarás que lo encuentras sin dificultad. Te vales de un mapa que formulas inconscientemente. Eso es una creencia, circunstancia que los seres humanos han complicado en extremo, hasta el punto de regirse socialmente por ese tipo de conceptos”.

El hombre abrió los ojos. Desde la nada se rencontraba con la dura realidad. Su mujer había desaparecido hacía varios meses y la angustia que le invadía le sumía en un estado de desesperación desconocida hasta entonces. Un incontenible ataque de celos se había apoderado de su mente y no conocía descanso. Cabía la lejana opción de que hubiera sufrido algún accidente, pero eso no formaba parte de su catálogo de posibilidades, vistas las experiencias anteriores. Detestaba al mundo y todo lo que había dentro de él por aquello que consideraba una respuesta injusta del género humano hacia su persona. Era aún oscuro, por lo que extendió la mano y pulsó el interruptor de la luz, que estaba donde debía. Haciendo de tripas corazón se incorporó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para asearse. Cumplidos todos los rituales de la mañana, condujo el coche hasta el lugar donde se ganaba la vida y en el que desarrollaba una rutina incansable que acabaría en la jubilación o en la muerte.

“¿Por qué he descendido hasta la materia? Este lugar es un paraíso y aquí no se conoce el dolor. ¡Cómo es que me he metido de lleno en un espacio grosero dónde nadie percibe la esencia de nadie!”.

“Somos vibración pero, aunque el tiempo de los humanos es infinitas veces más intenso que el nuestro, aún vivimos en el tiempo. Más tarde o más temprano es necesario experimentar la individualidad separada para poder llegar a lo más profundo de la vibración que nos constituye, para poder conocer esa esencia en su totalidad”.

“¿Por qué? ¿Por qué hay que pasar por ese martirio de la carne, si ya estamos en la luz?”.

“Tú mismo lo has dicho. Estamos en la luz, pero de lo que se trata es de sumergirnos en la inteligencia creadora. No estar en la luz, sino ser la luz misma, y eso sólo es posible conociéndonos hasta llegar a la división última. Hasta que comprendamos si en realidad somos nada. Percibir si esa nada es luz fuera de toda concepción”.

Era presidente de una gran nación. Había llegado a tan alto cargo tras un rosario interminable de enredos, intrigas y promesas, sostenidas por una ambición desmedida que le había permitido superar toda clase de obstáculos sociales, económicos y filosóficos. El premio oculto era una vanidad colmada de complacencia que justificaba todos sus esfuerzos. Había coronado lo que suponía que era el objetivo fundamental de su vida, pero ahora se enfrentaba a un reto que conmovía los cimientos de su superficialidad. Verdaderamente, era un punto crucial en el centro de su conciencia. Se trataba de una decisión que se oponía a importantes grupos de presión, representantes soterrados de empresas de muy alto nivel, tras los que se parapetaba la riqueza de unos pocos. Estaba en juego el modelo de supervivencia social, que afectaba a la mayoría de la población, sumida desde hacía meses en condiciones próximas a la pobreza. Era necesario un cambio en el rumbo de la política para conseguir una esperanza en el futuro próximo de los ciudadanos del país. Y estaba dispuesto a adoptar las medidas precisas, por más que perjudicaran intereses espurios. No sabía que en pocas horas estaría muerto, sentenciado por la avaricia del poder en la sombra.

“El tiempo en la tierra transcurre como si fuera administrado por demonios. Desde aquí sé lo que va a ocurrir en ese teatro de locos y, sin embargo, continúo ocupando ese cuerpo gobernado por una mente tallada por la herencia racial, la memoria social y las heridas de esa vida efímera. Si conozco el guion, ¿por qué sigo interpretando esa farsa?”.

“Lo importante no es lo que haces o lo que interpretas, sino lo que llegues a percibir de ti mismo, que es justamente la lectura del libro de la vida. Aquí podemos percibirlo todo, salvo a nosotros mismos. Allá abajo todo está a favor para conseguir ver el fondo del espejo que oculta lo que verdaderamente somos cuando vibramos en esta luz”.

La mujer estaba ausente de sí misma. Huía de la realidad que suponía su vida tal como era y buscaba enloquecida una propuesta alternativa, aunque, en lo más íntimo de su corazón, sabía que no había soluciones que resolvieran su descontento. Conoció otras situaciones, amantes, gente… La insatisfacción viajaba con ella y no hallaba consuelo para su dolor. Poco a poco, todas sus aventuras se convirtieron en una nueva rutina y terminó por rendirse a lo que consideraba un destino fatal, en el que las cosas fluían infatigables para devorarla cuando el cansancio acabara con ella.

“En el cuerpo físico que habito en las horas de la tierra se suscita todo género de expectativas. Hay fases de felicidad y de sufrimiento, sobre todo esto último, pero, desde la instancia de la luz, resultan momentos fugaces y no justifican la repercusión que se les concede en las relaciones humanas. ¿Cómo es que parecen tan importantes y definitivos para ellos?”

“Lo que verdaderamente importa es que lo crean así. Que tú lo creas así. Comprender es trascender, pero no hay comprensión si no hay reto. Este gozo infinito no nos proporciona la oportunidad que sí tienen ellos, y ésa es la razón por la que estás viviendo en la materia, por más que parezca un juego. Sólo serás luz cuando te sumerjas completamente en el misterio y eso únicamente ocurrirá en el cuerpo que ocupas ahora. Debes impregnarte de la cualidad de lo nuevo, a lo que se opone la respuesta de los hábitos que anidan en tu interior material. Y lo nuevo está al alcance de todos los seres humanos, fluyendo en un instante fuera del tiempo”.

Había sido un niño de la guerra. Un pelotón de soldados irrumpió en su aldea y asesinó a su padre, violaron a su madre y a él se lo llevaron como botín para nutrir el ala vergonzante de un batallón de niños guerreros. Como bautismo de fuego, le obligaron a disparar a la cabeza de un anciano de otra aldea, principio de lealtad obligada en un ejército de asesinos. Creció odiando y fue pasto de fundamentalismos garantistas de la revolución contra la injusticia del mundo. Sobrevivió a aquella primera expresión de la barbarie colectiva y, pasada la adolescencia, se incorporó a un entrenamiento exhaustivo para luchar contra occidente, su opresión y sus engaños. Recibió educación al efecto y vivió durante varios años en la capital de aquella nación imperialista, como miembro durmiente de una célula de la organización. Y llegó el momento. Le proporcionaron un cinturón de explosivos perfectamente camuflado y se dirigió al lugar donde el presidente del país se disponía a ofrecer un discurso revolucionario, anunciando medidas drásticas contra la corrupción y el sistema de reparto injusto de la riqueza.

En el mundo de la luz todo continuaba imperturbable. Las presencias gozaban de la paz inmensa que proporcionaba el contacto permanente con la ausencia del denso tiempo de la tierra. Los acontecimientos que se sucedían en ésta eran simples destellos apenas perceptibles y aparecían y desaparecían individuos como burbujas en una olla de agua hirviendo.

El presidente se dirigía al estrado de oradores y por el camino estrechaba las manos de cuantos se acercaban para saludarle. Uno de ellos se la apretó con fuerza, con energía inusual, lo que hizo que se volviera para mirarle directamente a los ojos. Se encontró con una mirada encendida, llena de rencor. Fue lo último que tuvo la oportunidad de ver en este mundo. El muchacho pulsó el botón que accionaba la carga de muerte que llevaba amarrada alrededor de su cintura y ambos se vieron envueltos en una enorme explosión, que convirtió a sus cuerpos en miles de piececitas de carne que volaban en todas las direcciones. Hubo decenas de heridos. La onda expansiva alcanzó a un vehículo que circulaba en aquel momento por el lugar y que, impulsado por el destino de la maldita mala suerte, terminó por estrellarse contra una farola, pereciendo también su conductor. Era el pobre diablo invadido por los celos, que conducía para llegar a su centro de trabajo.

“No comprendo cómo, después de una larga vida de lucha por conseguir el poder y, tras ver con claridad por una sola vez cuál era la acción adecuada, puede romperse la posibilidad de llevarla a cabo. ¿Esa era la causa de mi estancia en la tierra? Si podía colaborar para sembrar algo de justicia entre los seres humanos, ¿por qué se trunca de un modo tan atroz?”.

“Has asumido que eras sólo el presidente de esa nación”.

La presencia aludida se quedó confusa.

“Aún conservas restos de humanidad y no sabes la causa. Eras el terrorista. Y eras el hombre celoso. Sólo te han quedado recuerdos de lo que considerabas más justo. Por supuesto, también has sido el presidente”.

“Entonces, ¿he perdido mi oportunidad?”.

“No. Te quedan opciones en ese tránsito por la tierra. Todo este tiempo has sido también mujer. Estás en el cuerpo de la viuda que abandonó a su marido, el hombre que se estrelló por la onda expansiva, y que está ahora desconcertada por su pérdida. Ninguna vida es inútil y todas tienen igual importancia en la lectura del gran libro. Sólo tienes que prestar atención, estar alerta a cuanto te requiere en ese paseo fugaz por el alma de los seres humanos”.

El sol despertaba glorioso en el horizonte, anunciando con su luz la feliz avenida de un nuevo día. La mujer lloraba mientras avanzaba hacía el horno crematorio el ataúd donde se habían recogido los restos del cuerpo de su marido. Era el principio de una existencia llena de esperanza, aunque ella aún desconocía la gran aventura que le esperaba en el misterioso camino de la vida.

El tiempo en el laberinto.

Había entrado en el Hospital Civil buscando el departamento de urgencias, presionado por su amigo Luis tras una caída inoportuna hacia atrás que le provocó un fuerte golpe en la cabeza. Néstor no era aficionado a los dramatismos, pero no pudo negarse ante la alarma que el suceso había provocado en su compañero. Entregó su documentación en el mostrador de admisiones y, tras el papeleo consiguiente, lo derivaron al médico de guardia, que mandó hacer un escáner cerebral para que pudiera ser examinado a fondo por un especialista. Cuando deambulaba por los pasillos, con la prescripción en la mano buscando el área de radiografías, se topó con una puerta que llamó su atención. “Sala 21”, decía el cartelito fijado en la parte superior. Había oído hablar de ese lugar y casi siempre en tono distendido, con anécdotas graciosas y crueles que estaban muy lejos de la realidad. Sin pensarlo dos veces giró el picaporte y cruzó el umbral, sin tener el menor atisbo de la aventura que estaba a punto de experimentar. Dentro había bastantes hombres bajo tratamiento. Tenía entendido que era costumbre separar los géneros.

El edificio tenía su historia. Se empezó a construir en los años finales del XIX y se hallaba junto al Convento de la Trinidad, en unos terrenos que se compraron en 1862 al Conde de Casapalma, con la colaboración de familias notables malagueñas, entre ellas los Larios y los Heredia. Poco a poco contó con su capilla, con un pabellón para niños y otro para dementes. Y leprosería. Había una botica, a la que suministraban medicinas boticarios de la ciudad. También bodega, cocina, despensa y casa de horno. La admisión de enfermos se hacía en los primeros tiempos en la Comisaría de entrada, para lo cual había que demostrar la condición de pobre y natural de la provincia o residente en Málaga. También se admitían, desde el principio enfermos pensionados, heridos, algunos de ellos presos, por lo que el ingreso de éstos se hacía por orden gubernativa o judicial.

Desde el principio la atención a enfermos mentales fue una función específica e independiente, aunque vinculada como departamento dentro del propio hospital Ya en 1973 se acometería una gran reforma general y en 1979 se constituyó en hospital psiquiátrico independiente del que dependerían a su vez distintos centros comarcales.

Volviendo a donde dejamos a Néstor, una vez que éste se encontró en el interior de la sala 21, Raúl, uno de los residentes, se quedó mirando fijamente al muchacho de la camisa de cuadros azules. Llevaba tres años en la institución y no recordaba haberlo visto antes. Aunque también podría ocurrir que se tratara de una de sus frecuentes lagunas de memoria, fruto de sus adicciones, tan remarcadas por María, la doctora que cuidaba especialmente su caso junto con los de otros de parecidas circunstancias. Sin transición se dirigió directamente hacia él, con tanta rapidez que el otro retrocedió un paso, intimidado por los ojos obsesivos del asaltante de su intimidad, cuya frente había llegado casi a rozar la suya.

“¿Quién eres? No te conozco. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?”.

El interpelado guardó unos segundos de silencio, como si estuviera pensando una respuesta. Encontraba la situación muy divertida.

“Soy Néstor y vengo del futuro”.

Era una afirmación digna del lugar. Por eso Raúl no se sorprendió lo más mínimo, teniendo en cuenta que ya conocía casos que desbordaban los límites más extremos, como el de Richard, el mecafílico que había entregado sus contradicciones a los oficios de la psiquiatría, con la esperanza de sanear sus incontrolables impulsos sexuales hacia las máquinas, de algunas de las cuales se confesaba enamorado. En su memoria guardaba una nostalgia especial por un Pontiac Grand Prix de 1997, cuyo doble escape había propiciado una relación íntima y única, de la que ahora pretendía huir.

“Supongo que ya habrás presentado tus cartas credenciales y te habrán asignado a un vigilante jurado” – Se refería a un psiquiatra especialista, siguiendo un galimatías propio que se había inventado después de haber entablado amistad con uno de Orense, que farfullaba en sus delirios el barallete de los afiladores y las orquestas antiguas de aquella parte de Galicia.

“Acabo de llegar a esta misma habitación. No he hablado con ninguna otra persona, salvo contigo” – era una situación prometedora. Y mira que había gente rara allí dentro. Pero aquel muchacho parecía inofensivo, por lo que Raúl que decidió continuar con su interrogatorio de entretiempo, seguro de que más tarde o más temprano descubriría el punto débil de aquella historia. En aquellos momentos se les unió Adán, un residente de corto recorrido temporal y antes ejecutivo que rondaba los cuarenta y cinco y que había ingresado con el síndrome del Camino de Santiago. De él había averiguado que contaba con antecedentes personales y familiares psiquiátricos y problemas importantes de estrés, adaptación social y familiar. En unos días le darían el alta.

“¿Me pierdo algo?” – el tono del caminante roto era amistoso. El hombre del futuro frunció las cejas, preñadas de intriga ante la ambigüedad del recién llegado, mientras de reojo contemplaba cómo dos residentes veteranos se pegaban cabezazos, porfiando por una deuda de cigarrillos florecida en un juego de dados días atrás. El de Orense, que hacía la ronda para minimizar su aburrimiento, aprovechó para intercalar uno de sus dichos, en la jerigonza de cantería que aprendió de su padre: “Hay que chusar anque oretee ou axa barruxo, porque face falta zurro, que Sanqueico nono da de balde”, que en gallego corriente rezaría como que hay que traballar aínda que chova ou haxa lama, porque facen falta cartos, que Deus non os da de balde. Cerca de ellos había dos hombrecillos sentados en un banco, con cabezas que oscilaban rítmicamente de arriba abajo, ojos perdidos y bocas babeantes, en actitud que recordaba a legionarios de épocas pretéritas desorientados tras un gran atracón de marihuana. En uno de los extremos del asiento se veía a otro que frisaba los setenta años. Era un caso también extraño, ya que solía permanecer durante unos meses, se marchaba y volvía indefectiblemente. Tenía una cantinela que repetía a todo el que quería oírla: “La puerta de salida no es la que atravesamos cuando entramos aquí. La única salida es salir del tiempo”. La gente había llegado a quererle, sobre todo por su actitud de escucha ante los sufrimientos de los demás, y todos se alegraban cuando se marchaba, porque era un indicio de que se había curado de cualquiera que fuera la cosa que lo había metido allí.

“¿Esa camisita es del futuro? Mejores las puedes encontrar aquí” – Raúl proseguía con su diálogo, sin hacerle el mínimo caso al caminante rebotado de síndrome novedoso.

“No he dicho que venga del futuro lejano. Vengo del futuro del año que viene” – a Raúl le pareció inapropiada la respuesta, por chistosa, por lo que el de la camisa de cuadros azules se apresuró a matizarla, al ver la boca torcida de aquél.

“Es cierto. He llegado del verano que vendrá después de este verano. Me pareció buena idea regresar al año pasado. Y mejor todavía aparecer en un lugar como éste” – Néstor echó una ojeada a su alrededor y no dejó de parecerle raro que aquella gente llevara una indumentaria más que dispar, como si estuviera ante una pasarela de modas de distintas épocas.

Adán se colocó a un lado del visitante del futuro, como protegiéndose ante el avance de uno que padecía el síndrome de Cotard. Se había enterado de que aquel pobre hombre creía firmemente que estaba muerto y que se descomponía poco a poco, pudriéndose como los difuntos en sus nichos. Ese pequeño detalle le inspiraba al caminante una cierta aprensión envuelta en escalofríos, y más todavía cuando lo veía amigo de otro elemento diagnosticado de autofagia, al que le faltaban tres dedos de la mano derecha, que él mismo se había amputado en días de hambre extraña, comiéndoselos llenos de vida recién cortada. Un auto zombi que no auspiciaba nada bueno. Afortunadamente, el temor del caminante de Santiago se disipó cuando dos fornidos celadores cortaron el paso del presunto muerto y lo trasladaron a otro rincón de la sala.

A lo largo de los días siguientes tendrían tiempo suficiente para ampliar aquella conversación, pero en aquel momento, ya entrada la noche, se vio interrumpida por la aparición de María, la doctora que llevaba el caso de Raúl. Se le acercó y se lo llevó con suavidad hasta una de las consultas que daban al pasillo, sin dejar de mirar a Néstor con cierta curiosidad. Más tarde volvería para preparar un estudio de personalidad del hombre del futuro, circunstancia que éste llevó con paciencia, convencido de que ya tendría tiempo de descubrir su broma. Pero entonces cayó en la cuenta de que un caso así podría traerle complicaciones si alguien lo denunciara. Por eso decidió continuar dando vida al personaje que acababa de crear, hasta el punto de que consideraron su caso como real y lo dejaron en observación. Por unas cosas o por otras, al final quedó ingresado durante tres meses, compartiendo penas y alegrías con los restantes residentes. Lo que más le imponía era el cambio violento de personalidad de un esquizofrénico agudo, al que tenían que vigilar permanentemente por el peligro que entrañaba cuando se imponía su faceta agresiva. Al final Néstor recibió el alta médica y volvió a su vida “normal”. Eso pensaron todos, pero en realidad, al salir por la puerta y reencontrarse con el aire de libertad de la calle entró en una especie de limbo, como si los tres meses hubieran transcurrido sin tocarle, y se reincorporó a su existencia cotidiana sin recordar absolutamente nada de lo que hubiera pasado durante ese tiempo. Aquello le preocupó bastante y, perdido en un penoso desconcierto, al cabo de nueve meses decidió buscar ayuda médica. Unos amigos le recomendaron a la doctora Páez, joven aún pero especializada en síndromes relacionados con la memoria. Llegó a su consulta con total puntualidad, sin olvidar su querida camisa de cuadros azules, y la psiquiatra le recibió con una sonrisa casi maternal, tratándole como si fuera una vieja amiga.

Durante el transcurso de toda una hora la doctora llevó a cabo un sondeo exhaustivo en la mente del muchacho. Éste se mostraba sorprendido e incrédulo ante el cúmulo de datos suyos de que parecía disponer su interlocutora. Luego ella mandó hacer una radiografía y un electroencefalograma. Tras examinarlo todo con extremo cuidado, decidió que era necesaria una tomografía computarizada y le dio las señas del centro donde podría conseguirla. Algo confundido, le preguntó sobre si tenía alguna idea de lo que le pasaba. La doctora no tenía a mano una respuesta que le pudiera resultar convincente y se limitó a citarlo para la semana siguiente. Él se dirigió al lugar donde le tendrían que practicar el examen de TC. Allí le administraron una solución de contraste y luego lo recostaron en la mesa desplazable, momento en que entró en acción el escáner dentro de la máquina, moviéndose a su alrededor. En el instante siguiente estaba en la sala que había visitado un año antes. Era algo asombroso. Ahora podía recordarlo todo sin sombra alguna de duda. Su primera llegada al manicomio. Los residentes variopintos. Los tres meses de intensa convivencia con locos, psiquiatras y enfermeros. Era plenamente consciente de que había viajado en el tiempo un año hacia atrás.

“¿Quién eres? No te conozco. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?” – Raúl continuaba con sus lagunas mentales. Era la misma pregunta y Néstor se temió lo peor. Podría pasarse en aquel sitio otra buena temporada, perspectiva que no era de su gusto. De pronto se sintió fuera de su cuerpo. Se veía a sí mismo cada vez más cerca, cuando súbitamente dos celadores le cerraron toda posibilidad de avance. ¡Él era el del síndrome de Cotard! Se había dirigido al hombre del futuro para avisarle… No sabía de qué. El del Camino de Santiago se guareció detrás, agarrándose a su brazo. Estaba ocurriendo lo mismo y en la misma época. Parecía que aquella gente estaba encerrada dentro de sus mentes y se repetía la escena en el mismo tiempo que ocurriera entonces. Regresó a su cuerpo. Él contestaba atropelladamente las preguntas, pero sus respuestas no eran idénticas. Intentaba decirles que venía de un año adelante, y que algo extraño estaba ocurriendo. Raúl continuaba impertérrito: “¿Esa camisita es del futuro?”. Cuando llegó la noche, apareció la psiquiatra y se llevó a Raúl. Luego le tocó el turno al propio Néstor.

“Parece que tendremos que empezar de nuevo” – le comentó con amabilidad. Él reconocía a la doctora Páez en María, pero ella no parecía tener interés en mencionar la entrevista que había tenido lugar antes de su visita al centro de escáner. Como si no hubiera ocurrido. “Realizaremos unas pruebas y a continuación procederemos con el mismo tratamiento de hace un año, si vemos que es idóneo para tu situación actual” – le dijo con tono profesional, no exento de cierta simpatía.

Nuestro protagonista se encontró nuevamente inmerso en la historia de terror que recordaba ahora tan vívidamente. Los cabezones babeantes. El del Camino de Santiago. El de los setenta años que la tenía tomada con el tiempo. El mecafílico enamorado de las máquinas. El que se comía sus propios dedos… Todos estaban allí y era como si nunca hubiera salido de la sala 21. Ese verano repetido actuó en detrimento de su salud mental y, cada vez que pretendía explicar su situación, la historia que contaba se volvía en su contra. Por fin, al cabo de otros tres meses volvieron a darle el alta. Y nuevo vacío en su memoria. Nueva ansiedad por ese paréntesis de recuerdos borrados y nueva visita a la psiquiatra. En esa etapa fuera de la sala 21 tenía pleno conocimiento de todo cuanto no se relacionara con aquel maldito lugar. Pero ese paréntesis en el tiempo quedaba fuera de su conciencia.

“Vine a verla hace un año y quiero disculparme por no haber vuelto. Estoy en la misma situación”.

“No te preocupes. Tengo aquí los resultados del TC. Me los enviaron por correo” – ella no era consciente de que participaba de una experiencia similar por las noches, y durante el día era igualmente ajena a esos períodos de la sala 21.

“Sé por lo que estás pasando y te ofreceré toda la ayuda posible. El escáner permitió averiguar que se ha formado una pequeña bolsa que afecta al lóbulo temporal de tu cerebro. Cuando se llena de sangre ejerce una influencia extraña en tu comportamiento y eres víctima de alucinaciones. Eso puede explicar amnesia anterógrada e incluso retrógrada y la aparición de episodios confusionales y confabulación” – utilizaba un lenguaje demasiado complicado para él pero en el fondo lo agradeció, más que nada porque inspiraba seguridad.

La relación entre Néstor y la doctora se fue haciendo cada vez más estrecha, entre otras razones por la fascinación que le inspiraba un caso tan poco corriente, que requería muchísima comprensión y afecto. A pesar de esta proximidad tan personal entre médico y paciente, el siguiente verano se reprodujo la situación tan temida por el viajero del tiempo y nuevamente se vio envuelto en las mismas circunstancias de ansiedad y miedo. En esta ocasión se vio a sí mismo a través de los ojos del auto caníbal y fue una experiencia absolutamente horrible. María, la doctora Páez, aparecía en la sala indefectiblemente de noche y se convirtió en un eslabón imprescindible entre las memorias perdidas de Néstor. Así transcurrieron los años, sin que ninguno de los dos pudiera evitar las recaídas y las visitas de aquél al fondo oscuro del país del olvido. Llegaron a consolidar una profunda amistad, quizás empujados por un impulso irresistible de vivir aquella aventura hasta sus últimas consecuencias. En la sala 21 nadie envejecía, salvo ellos dos, y tampoco nadie parecía sorprenderse por esta anomalía, ni siquiera nuestros dos protagonistas. Cuando llegaba la noche, aparecía María y atendía a todos los pacientes a su cargo. Jamás la vieron aparecer durante el día.

Pasados los años, Néstor era todo un personaje en la sala 21. Conocía el más ligero detalle de las anomalías psíquicas de cada residente y se había visto a sí mismo a través de los ojos de todos ellos a lo largo de tantos veranos, que eran el mismo verano. Cuando cumplió los setenta él era aquel hombre que llamó su atención por su filosofía relacionada con el tiempo. Siempre lo había sido. Había comprendido que la única salida era romper, hacer estallar la burbuja del tiempo y adentrarse en lo desconocido abandonando su propia identidad. Y murió en la sala 21. Su cuerpo fue trasladado al depósito de cadáveres, donde esa noche fue visitado por María. Y vio su cuerpo a través de los ojos de María. Ella lo contemplaba con inmenso cariño y él no fue capaz de resistirse a ese último homenaje de amor. Se incorporó, muerto, y se abrazó a ella con la entrega más absoluta que jamás hubiera podido imaginar.

En el siguiente instante estaba ante la sala 21, joven como lo fue la primera vez. Un olor desagradable parecía provenir del interior. Con la mano en el picaporte de la puerta, dudó acerca de abrirla o no abrirla. No lo hizo. En lugar de eso, continuó su camino por los pasillos del Hospital Civil, buscando el área de radiografías.

Cuando por fin alcanzó su objetivo y le practicaron el escáner prescrito, le comentó al enfermero el hedor que emanaba de la sala 21, insoportable para cualquiera que no formara parte del equipo del hospital.

“¿La sala 21? Esa sala se clausuró hace muchos años. No existe” – parecía que el muchacho de la camisa de cuadros azules estuviera hablándole de Marte. Cuando completó su trabajo le entregó la placa en un sobre, en el que escribió la referencia de la especialista que tendría que atenderle. Segunda consulta, a la derecha.

Néstor leyó el nombre. “Doctora María Páez”. No la conocía, pero algo en su interior le hizo pensar que aquello era el anuncio de un futuro sin conflictos.

El color de la realidad

La lluvia se había apoderado de la noche, pero luego el alba se alió con los soplidos del viento y dibujó con parsimonia un paisaje celeste y plata, sobre el que, conforme avanzaba triunfante la luz, se alzaban majestuosos los colores del arco iris. Cualquier observador sensible podría verse aturdido ante el gran orden que emanaba del equilibrio cósmico.

Juan no solía mirarse al espejo, pero aquella mañana se asomó a la ventana fingida que devuelve el inverso de la realidad para comprobar cómo estaban su peinado y su cara. Necesitaba estar presentable para una reunión delicada, por lo que mimó su cabello con las manos y curioseó en el fondo de sus pupilas y en los párpados para descubrir detalles no deseados. Se dio el visto bueno e iba a retirarse para completar su atuendo cuando vio, con sorpresa, que sus orejas estaban intensamente rojas. Como si una linterna las estuviera iluminando por detrás. Extrañado, giró la cabeza a derecha izquierda, buscando en la cara algún otro punto con tonos parecidos que sugiriera alguna reacción rara de la piel. Nada. Sólo las orejas. Se encogió de hombros y continuó con sus tareas, pensando que el transcurso del día pondría las cosas en su sitio. Salió del piso. Al llegar al portal, se cruzó con un perro de lanas y estuvo en un tris de tropezar y medir el suelo con toda su estatura. El animal le miró fijamente y con severidad: “Podrías andar con más cuidado” le farfulló al hombre entre gruñidos.

Juan tenía grandes inquietudes filosóficas, no reñidas con una intensa dedicación a su vida profesional, en la que a dura penas lograba encontrar huecos para su gran pasión interior, por lo que nadaba en una gran contradicción, entre la marea de lo material y “lo otro”, lo que él consideraba la ocupación fundamental del ser humano.

En su mente estaba grabada a fuego la inscripción que lucía en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”. No olvidaba que el oráculo insinuaba al lector con esta máxima que, siguiendo el consejo, conocería el universo y a los dioses.

A veces satisfacía sus ansias interiores releyendo el texto completo:

“¡Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza que, si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera.

“Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias?

“En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros.

“¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los Dioses”.

Le intrigaban las turbaciones que nacían dentro de su mente como respuesta a los millones de retos que encontraba en su existencia diaria, pero su vida tan agitada le impedía concederles la vigilancia que sin duda requerían y que tendrían mucho que ver con el hecho de lo que era él mismo en cada momento. Dormir, trabajar, comer de bulla, volver a acostarse… La rutina le devoraba y ansiaba aire fresco, la brisa divina que aligerara su pesado paseo por los caminos del mundo, antes de que la muerte presentara su tarjeta de visita, la invitación inapelable a abandonar el seguro territorio de lo conocido.

La jornada transcurrió como uno de tantas, con reuniones interminables, discusiones, algún triunfo y mucho cansancio. Cuando regresó a su casa, después de cerrar la puerta con cierto alivio, lanzó los zapatos al aire y se fue quitando la ropa, que hizo descansar sobre la cama, poniéndose luego todo lo cómodo que le permitía el acogedor sofá del salón, gran y silencioso amigo en las horas finales de un día de trabajo. Se había olvidado por completo del color de sus orejas.

Pasaron varias semanas y ocurrió que una mañana nuestro protagonista se encontraba en la barra del bar de un restaurante con los delegados de una empresa, en el preludio de lo que prometía ser una tediosa comida de trabajo. Frente a ellos había un espejo de grandes dimensiones y, en uno de sus viajes visuales por el entorno, contempló distraídamente la escena. Eran tres hombres y dos mujeres, todos pulcramente vestidos. Reconoció la ropa que llevaba él mismo y luego se fijó en su propia cara. ¡Las orejas eran verdes! Rápidamente miró a los demás para encontrar en sus ojos algún gesto de reprobación o de burla. No daban señales de ello y eso le hizo pensar que se trataba de personas muy discretas, muy de mundo.

La cuestión comenzaba a resultar alarmante, por lo que decidió acudir a la consulta de un dermatólogo. El hombre le escuchó muy atentamente y casi se diría que con una exquisita educación. La recomendación final no dejó de ser sorprendente, ya que parecía rendirse a la evidencia de que no podría curarle con sus conocimientos médicos. “Yo le aconsejaría que fuera a ver a un conocido mío que tiene fama de resolver problemas parecidos al suyo” – y escribió un nombre y una dirección en un papel, que le entregó a nuestro preocupado amigo. Éste, algo confundido, salió atropelladamente a la calle y optó por parar el primer taxi que se acercó, entregándole al conductor el papel para que le llevara directamente al lugar en cuestión, donde se introdujo en el ascensor y pulsó el botón de la planta correspondiente. En la cabina había también un espejo. ¡Horror! Las orejas habían adquirido un color celeste brillante. Salió y se acercó a la puerta que buscaba. “José Ortinosa – Psiquiatra”, rezaba el letrero dorado.

Un psiquiatra. Jamás lo hubiera adivinado. Al abrirse la puerta asomaron los bigotes de un gato persa, que la enfermera apartó a un lado para permitir la entrada del visitante. “¿El Doctor Ortinosa?” – preguntó indeciso y tímido. No le apetecía el encuentro, pero ya no podía dar marcha atrás. “¡Si ya lo pone en el letrero! No entiendo a los humanos” – comentó el gato mientras se encaminaba a una de las habitaciones.

“Pase. ¿Tiene cita?” – inquirió amablemente la enfermera.

“En realidad no” – respondió. “Si no puede atenderme, no se preocupe. Ya lo resolveré”. Intentaba huir.

“Casualmente hay un hueco para usted. Por favor, siéntese. ¿Cuál es su nombre?”.

Le facilitó sus datos y se sentó a esperar. Al cabo de unos veinte minutos apareció de nuevo la sonrisa de la enfermera. “Adelante” – dijo, abriendo la puerta de la enigmática habitación que había estado contemplando todo el rato.

El psiquiatra era un individuo de mirada penetrante y de maneras amables. Lo recibió detrás de una mesa con pocos adornos. A la izquierda, un ordenador portátil. Detrás, en unas estanterías, muchos libros con nombres raros. “¿Y bien?” – preguntó, invitando al visitante a vomitar cuanto estuviera suspendido en sus entrañas.

Juan lo miró y tardó unos segundos en contestar, ensimismado como estaba con el reflejo dorado de los pabellones auditivos del doctor. Tras este paréntesis de silencio desbrozó atropelladamente todo lo que le consternaba, desde el color de las orejas hasta los animales que hablan e incluso su fijación con la máxima del oráculo.

El doctor permaneció callado durante unos minutos interminables. “Está usted como un cencerro” – dijo finalmente, en un susurro difícil de entender.

“Me desconcierta. Comprendo que ver y oír las cosas de las que le hablo rayan en el límite de la locura, pero ésa es precisamente la parte que le corresponde a usted explicar y, si puede, encontrarle solución” – Juan estaba algo molesto.

“No ha cogido el sentido de mi comentario” – respondió el psiquiatra. “Lo que ve y oye no son los síntomas de una aberración mental. Al contrario. Observo la anomalía justamente en su rechazo. Usted está viendo la realidad y quiere apartarse de ella”.

El paciente miró al facultativo con aire de incredulidad, fronterizo con la descortesía, pero éste no se amilanó. “Se ha pasado la vida mirando de lejos la profundidad de ésta. Sabe que conocerse es fundamental para comprenderla y, sin embargo, escapa de ella fundiéndose en la mediocridad de la supervivencia superficial. Ha llamado a la puerta del oráculo y éste le ha contestado. Ahora empezará a verlo en los demás”.

De hecho, ya había empezado con las orejas del psiquiatra. “No le entiendo… Yo miro dentro de mí”.

“Ése es su verdadero problema. Mira dentro sí pensando sólo en usted mismo. Siempre usted. Ha olvidado mirar a los demás. Los demás son usted y lo que ve en ellos es lo que es usted”.

No había reflexionado jamás sobre el argumento que le ponían delante de las narices.

“¿Me recetará algo para atajar mi angustia?”

“¿Qué angustia quiere atajar? ¿La de ver el mundo tal como es? ¿La de estar aislado dentro de usted mismo? Primero tiene que poner orden en el patio. Cuando éste llegue, comprenderá y, cuando comprenda, se revelará una libertad que ahora no conoce”.

Buen galimatías. Sintió que no podría sacar nada más del galeno y se levantó para despedirse y pagar la cuenta.

“No tiene que pagar nada. Soy yo el que tendría que pagarle a usted, porque ha puesto delante de mis ojos un resumen de mis errores”.

Al salir de la consulta, el gato se rozó con su pierna mientras exclamaba: “Tú eres el mundo”. Cuando se cerró la puerta miró hacia el letrero. Permanecía el nombre, pero, misteriosamente, había cambiado el oficio: “José Ortinosa – Filósofo”. En la calle, lo de siempre, salvo que ahora las orejas de la gente aparecían con todos los colores imaginables en una gama de incontables tonalidades. Lo que antes veía de sí mismo en el espejo ahora bullía por doquier. Se acercó a uno de los viandantes. “¿Te has dado cuenta de que tus orejas son amarillas?”. El interpelado le miró con desconfianza, echándose hacia atrás, y se giró para contemplar la imagen que le devolvía el escaparate de un comercio. No vio nada de lo que hablaba el desconocido. De inmediato se marchó acelerando el paso prudentemente, no fuera que aquel loco resultara más peligroso de lo que aparentaba.

Juan se detuvo en medio de la acera y respiró profundamente. Un nuevo mundo se abría ante su mente y no tenía del todo claro si estaba preparado para afrontarlo. Pero era la realidad que le tocaba: infinitos espejos se cruzarían en su vida y tendría que mirarse en todos ellos, sin que ahora estuviera en su mano eludir tamaña responsabilidad.

El explorador inconsciente

Era puro movimiento y deambulaba sorteando las brillantes vibraciones que bailaban en aquel espacio inmenso, en el que todo componía un escenario multidimensional, espíritus despiertos en la lejana individualidad de un contacto que interpenetraba sus esencias, haciéndoles parecer un solo cuerpo. Fino, delicado. Sutil hasta lo más extremo.

Imperaba allí el colorido de infinitas pieles de la consistencia de la seda, en su expresión más ligera, acompañado de sugerencias evanescentes de perfumes primorosos. La vida danzaba con alegría que parecía eterna y a ninguno de aquellos seres se le habría ocurrido cambiar el paraíso en el que residían, cuyos jardines eran su mismo tejido etéreo, por la grosera densidad del mundo material.

Sin embargo era llegada la hora en que el feliz movimiento debía convertirse en separación. No había más opción que adentrarse en el ámbito de las formas, que se adueñarían de sus ondulaciones libres, apretándolas para hacerlas carne tras triturarlas en el embudo cósmico que comunicaba el reino de la felicidad con el sumidero del sufrimiento.

Afortunadamente, los hilos de la memoria se retorcían en los primeros años de esta nueva y efímera etapa del ser y no cabía comparación con el estado anterior, circunstancia que lo habría sumido en una profunda nostalgia por la exaltación perdida. El único norte era crecer en la vorágine de retos ilusorios que se mostraban como verdades incontestables, en medio de energía condensada en millones de permutaciones de dureza insoportable para un alma de tan inaprensible origen, cuando ramalazos sin nombre se asomaban ocasionalmente a su entendimiento, en insinuaciones de fragancias ajenas a la existencia cotidiana de aquel ambiente brutal.

Su cuerpo estaba ahora atado tan fuertemente a la tierra que separarse unos centímetros de ella requería un esfuerzo que le consumía, lo mismo que le arrancaba vida no hacerlo. Todo se presentaba firme y doloroso. El fuego de la existencia estaba atrapado en el tiempo y se manifestaba en presencias infranqueables, que el resto de las criaturas pensantes combinaba para hacerlas útiles a sus limitaciones, proyectándose en interminables ecuaciones de los más dotados. Era la cultura. La civilización rastreando sin éxito las evocaciones del universo intangible.

De vez en cuando, sin que la voluntad tuviera influencia alguna, se descorría levemente una cortina en una ventana invisible y el ser recibía mensajes de sí mismo en su experiencia de liviandad anterior. Desaparecía la fuerza de la gravedad y notaba una ligereza que no era de este mundo, confortado con una calidez amorosa en la que flotaba, sin noción de arriba o abajo. Eran momentos de gozo eterno en los que aparecía la perplejidad de hallarse a salvo de todas las miserias y del peso insoportable de la existencia cotidiana, donde todo se presenta tosco, extremadamente lejos del aroma de libertad que sugería aquella ausencia.

Pero la vuelta a la realidad era inapelable. De nuevo los cuerpos alimentándose de cuerpos y las almas ahogadas en una ceguera ancestral que las volvía más y más egoístas por el mismo desamparo que las consumía. Lucha permanente por sobrevivir en un entorno salvaje y desconocido, sumidos en el aislamiento provocado por la carencia de percepción directa. Externamente todos semejantes. Internamente, niveles ocultos alimentados por el miedo y la ignorancia, creadores de las más destructoras fieras, prestas a lanzarse al cuello de cualquiera que cuestionara sus creencias.

Y se preguntaba. ¿De dónde vengo? ¿Es ésta la única realidad posible? ¿Todos vienen de la misma eternidad o hay otros orígenes, otros llantos que estallan desde la barbarie en la cárcel de la materia? Sólo sabía que se ahogaba como, si en lugar de aire, estuviera rodeado de humo oscuro y opresor. ¡Triste destino el del espíritu acosado por recuerdos insondables de felicidad infinita!

Y alguien le escupió en la cara. Le insultó y le escupió. ¿Por qué haces esto? Lo preguntaba con pasividad, paralizado por el movimiento salvaje del prójimo. Transcurrieron días de abatimiento buscando una respuesta. Odiando a la humanidad entera, sin compasión alguna. Se veía reflejado en la hostilidad ajena y eso lo abatía aún más que la mera agresión recibida. Hasta que dio con la clave.

El agresor era él mismo. Se trataba de una mecánica que funcionaba con eficacia rebotando desde una isla hasta otra isla, cuando éstas, solas, no habrían tenido el más mínimo atisbo de su realidad mirándose estáticamente el ombligo.

Y continuó enterrado en la oprimente densidad del mundo, donde todos chocan entre sí llevando vendados los ojos del espíritu y sabiendo ahora que cada golpe recibido es simplemente un saludo de la felicidad perdida. Un aviso de que puedes mirar en otra dirección.

El ladrón de tiempo

La silueta de la casa se recortaba contra el fondo del crepúsculo que adornaban las estrellas, en un escenario mágico que había invitado a la luna a mostrar su cara redonda en el gran patio de la noche. Dentro había una figura con los ojos cerrados, el cuerpo totalmente inmóvil salvo los mínimos movimientos necesarios para respirar y el cerebro plácidamente quieto. Cualquiera que la hubiera mirado pensaría que hasta podría estar muerta. Súbitamente se alarmó. Había oído un ruido sospechoso, como el pisar de una rama seca. La gata dejó de estar quieta. Dio un salto y desapareció por la ventana entreabierta, dejando la habitación huérfana de vida. Vacía. Ese tipo de ausencia de la que huye la mayoría de los seres humanos, cuyas cabezas terminan ocupadas por la propaganda ajena, expulsando cualquier posibilidad del encuentro consigo mismos.

El visitante anónimo era un ladrón de tiempo. Se dedicaba a entrar en las casas y detener el avance de todo reloj que encontraba a su paso. Si era de péndulo, sencillamente paraba sus oscilaciones. Si eléctrico, le retiraba su energía. Y si se topaba con alguno de cuerda le separaba la corona. Él era un guerrero que peleaba contra el recorrido de las agujas dando vueltas interminablemente a un circuito circular y aburrido, contra el avance de los números hasta el límite del día o de cada hora, para reiniciar la cuenta una y otra vez sin llegar a ninguna parte. Robaba el tiempo de los demás, convirtiendo sus actos en pura devoción a una idea. Una vez llegó a parar el curso del reloj de la catedral. Se subió a la manquita con premeditación de lunático y luego bajó pleno de sosiego, convencido de haber cumplido con un deber sagrado. Su lucha particular contra el tiempo.

Tras el sobresalto de la mancha oscura que saltó por la ventana, llegada a su asombro como la tarjeta de visita de un alma en pena, él mismo aprovechó el hueco para colarse en la habitación que había abandonado el animal. No había nadie, de modo que cogió una vela que llevaba previsoramente en el bolsillo y le arrimó una cerilla. La llama le devolvió las imágenes oscilantes de cuadros y muebles, dentro de una estancia que era de doble tamaño de lo que podamos imaginar. Una lámpara de cristales brillaba su belleza agarrada del techo. Había también alfombras que se tragaban el ruido de sus pies y tapices colgados primorosamente de las paredes. Hizo viajar a la vela cerca de la cómoda antigua que se retrepaba en un extremo y no encontró ningún reloj. Tampoco en los cajones. Con el mismo sigilo continuó violando la intimidad del resto de las dependencias sin que hallara en ninguna de ellas ni siquiera indicios de lo que buscaba.

Desanimado, se sentó en la cama de uno de los dormitorios de la planta superior y se quedó un buen rato en esa postura en completo silencio. Oyó el sonido de alguien moviéndose en la oscuridad e inmediatamente sopló y apagó la llama, consiguiendo que la vela inundara su nariz de olor a mecha cabreada por sentir roto su vínculo con la luz. El corazón le galopaba queriendo escaparse del pecho. Era un tic tac poderoso que subía a sus sienes para ensordecerle los oídos. Un reloj que llevaba en su interior desde antes de llegar a este mundo, cuando era el único sonido que le comunicaba, dentro de su madre, con el amor que ésta le entregaba a través del cordón umbilical. Sonaron unos pasos suaves que, poco a poco, arrinconaron al silencio que reclamaba su miedo a ser descubierto. Un clip le avisó de que los dedos del recién llegado accionaban el interruptor que daba luz a la habitación mientras él se mantenía inmóvil igual que el ojo de una sombra, oculto detrás de la gran cortina que vestía el hueco del balcón. Lo delataron las puntas de los zapatos, que asomaban imprudentemente por debajo.

“¿Quién eres? ¿Por qué te escondes como un vulgar maleante? – la voz del vigilante era grave pero amable y no denotaba miedo alguno.

El ladrón de tiempo salió de su escondrijo al verse claramente descubierto. Su cabeza levemente inclinada denotaba el embarazo que le embargaba.

“No he entrado para robar nada de lo que guarda en esta casa. Sólo quiero parar las horas”.

“¿Parar las horas?” – el vigilante pretendía que el intruso se explicara a sí mismo.

“Parar el tiempo del sistema. Parar el tiempo de los pocos que oprimen a los muchos. De la minoría que somete a la humanidad. Que los esclavizan”.

“¿Y cómo pretendes conseguirlo?”.

“Detengo la marcha de los relojes” – parecía turbado con una declaración que el otro podría interpretar como absurda.

“Pero en esta casa no hay relojes. No hay tiempo… Además, ¿Qué conseguirás con esa acción?”.

“Quiero que desaparezca el tiempo de los usurpadores. Ésos que fabrican un tiempo propicio para ellos y letal para el resto, que son los desfavorecidos, los que no tienen derecho a un salario mínimo para sobrevivir, a un tiempo para estudiar si lo desean. A un tiempo para la sanidad universal. A un tiempo para la igualdad. A un tiempo para vivir como seres humanos dignos”.

“No diré que estoy contra de esa voluntad de cambiar las cosas que son injustas. Sin embargo, te vuelvo a repetir que en esta casa no hay tiempo. ¿No sabías que hay casas en las que no hay relojes?”.

El ladrón de tiempo se quedó confundido. Todos los dictadores tenían un reloj. Pensaba que la esencia del sistema que gobierna la sociedad es un escenario de tiempo al que todos prestamos sumisión y que es manipulado por los más astutos.

“¿Cómo puede funcionar una casa sin relojes? Yo los paro para que no funcione” – la perplejidad había dejado sitio a un punto de curiosidad.

“Yo fui una vez como tú. Me refiero a que fui presa de inquietudes parecidas y creía en la posibilidad de darle la vuelta a la situación luchando contra el tiempo”.

“¿Y ahora no piensa igual?”.

“Ahora no. Ahora no pienso pensamientos si no son necesarios. En esta casa no hay tiempo”.

“Pero ¿y el tiempo de los demás? Los dueños de los relojes que marcan las horas del poder son dueños del mundo”.

“Es inútil que pretendas forzar sus mentes. Tanto los dueños de esos relojes como los que están sometidos a su autoridad son víctimas del tiempo. Y tú te preocupas por un orden que es accesorio. Además, quieres parar los relojes de los demás y llevas uno en tu muñeca. El único reloj que te concierne es el tuyo. Como ves, estás en la dirección equivocada”.

“¿Por qué debo parar el mío? Puedo compararlo con la hora de los demás. Los otros relojes marcan la hora que no es. Y con éste puedo medir la vida para proteger a mi cuerpo.”.

“Tu cuerpo no necesita de tu reloj”.

“Dime cómo puedo pararlo”.

“No es cuestión de pararlo. Sólo tiene que dejar de darle cuerda”.

“¿Y si no hay relojes, cómo cuidas entonces de la casa?”.

“La casa se cuida sola”.

“¿Qué haces tú?”.

“Yo vigilo. Hoy te he sorprendido a ti intentando robar”.

“¿Y qué vas a hacer conmigo?” – el ladrón tiraba de ironía.

“Descubrirte es suficiente. Tú desaparecerás cuando comprendas la futilidad de tus intenciones, porque has convertido tu vida en una lucha contra algo ilusorio. Cómo eres eso, dejarás de ser en el mismo instante en que cese esa lucha. Y entonces yo también desapareceré”.

El ladrón de tiempo había comprendido, y como le habían anunciado, dejó de serlo. Como eso era lo único que había sido, se convirtió en parte del aire de la mansión, igual que el vigilante, que se quedó suspendido en la transparencia hasta que lo instara otro asaltante irrumpiendo en la casa vacía.

La noche estaba llegando a su fin. La bola de la luna tiraba de las cumbres de las montañas que se desperezaban en la lejanía y se arropaba con ellas para hundirse en el lecho del firmamento. La gata saltó de nuevo a través de la ventana y luego se quedó quieta, absolutamente quieta, como un objeto más entre los cuadros, las lámparas y las alfombras.

La muerte y el caminante

Llevaba largo tiempo deambulando por agrestes senderos, adornados con árboles y arbustos de crecimiento anárquico y embriagantes aromas. El cuerpo protestaba con dolor y cansancio por la falta de costumbre, pero paulatinamente el lenguaje físico cambió su queja hasta transformarse en regocijo por el gratificante contacto con las brisa de la sierra. A su lado, algo más atrás y a una prudente distancia de un metro, caminaba la muerte, sin síntomas de fatiga y con el aire digno que siempre se auspicia a esta dama ancestral, tocada con elegante toga negra y con un simbólico broche en forma de guadaña prendido en el pecho. Ambos avanzaban sin pronunciar palabra alguna, atento él a las voces diversas de los campos y muy concentrada ella en el silencio del primero.

En determinado momento dictado por el azar, el caminante salió del camino y se adentró en la incertidumbre de parajes desconocidos, seguramente familiares a cabras montesas y restante fauna autóctona, aversa al ser humano. La muerte frunció el ceño con una sonrisa maliciosa, como captando el peligro adelantado que suponía abandonar la seguridad de una vía transitada, aunque sólo fuera cauce para pastores y otra gente en época de caza. Ahora la dirección era ascendente, habiendo de apurarse agarrándose a rocas y palmitos para conservar el equilibrio. Arriba esperaba la cota más alta a la vista, prometiendo descanso y la revelación del encanto de un paisaje expandido y total.

Conforme coronaban la cima fueron percatándose de que el otro lado no se correspondía con el trayecto recorrido. Por el contrario, apareció ante ellos un corte súbito de la tierra, semejando una tribuna abierta a un panorama interminable. Él se acercó jugando con el límite de la prudencia y se asomó al abismo que se abría a sus pies. Le inundó la más alta sensación de vértigo que nunca hubiera antes experimentado, junto con una intensa oleada de afecto cósmico que traía a su cuerpo noticias del misterio insondable emanado de la cúpula celeste, volcada casi opresivamente sobre el entorno natural que le rodeaba.

Como algo inevitable afloró de su garganta un sonido ininteligible que nacía del extraordinario júbilo de todo su organismo y que inmediatamente fue contestado por el verbo de la naturaleza que viajaba en ecos sucesivos, progresivamente languidecidos, como suspiros del viento.

El tajo de rocas se prolongaba hasta un fondo difuminado que se adivinaba muy distante, invitando al observador a un vuelo imposible que sería el último. Levantó la cabeza y pudo advertir en el frente de la mirada, justo por debajo del firmamento, una fantástica línea que trazaba de modo irregular el perfil de un muro cargado de enigmas. Aquellas montañas se mantenían herméticas, guardando celosamente en sus archivos de piedra las huellas de cuantas criaturas nos precedieron y hasta la dama de negro se mostraba fascinada por la belleza que emanaba de conjunto tan prodigioso.

Respiró profundamente inhalando la virginidad que residía en el aire salvaje del lugar. Éste se desposó con los componentes vitales de su sangre, en un matrimonio de eufórica contemplación del instante sagrado que le envolvía, ajeno al tiempo y al espacio. La muerte, aprovechando situación tan propicia, rozó su hombro izquierdo y le hizo llegar en un susurro de respiración la sutil sugerencia de un salto al éxtasis final, visto el estado de embriaguez religiosa que envolvía al ser al que acompañaba. Después de todo era su trabajo y, aunque no figuraba en su agenda de ese día, aquél era tan buen momento como cualquier otro para concluirlo.

El hombre hinchó su pecho completamente y, cuando ya no cabía más oxígeno en la caja torácica, cerró los ojos sumergiéndose en un universo sin formas, presto a precipitarse al vacío. En el instante en que llegó la conciencia a lo más profundo del túnel de su mente tropezó con un golpe de luz, cuya blancura cegadora actuó de despertador mágico de los sentidos. Abrió su mirada a la naturaleza y giró la cabeza hacia atrás, encarándose con su oscura y solícita compañera en el camino de la vida. Le sonrió y le dio un cariñoso pescozón en la mejilla. “Hoy no” – le dijo amistosamente.

“Otra vez será” – respondió la muerte, también sonriente, mientras reflexionaba sobre la delicada labor que le había encomendado la creación.

Angelika

El fuego se aquerenció con la caseta de resina y la envolvió con sus brazos ardientes, en un homenaje de iluminación de lo efímero. Las llamas hambrientas devoraban cuanto había de combustible en el interior, que era todo, y regurgitaban las sobras en forma de columna negra de humo espeso que ascendía avergonzada para reunirse allá en lo alto con unas tenues nubes viajeras del verano. Juntas, terminarían por desaparecer, disueltas en el inmenso paño oscuro del firmamento.

La muerte camina paciente a nuestro lado y nos acaricia el hombro en cada instante, señalando aspectos de nuestra vida que deben morir porque, de otro modo, se convierten en un equipaje pesado y difícil de arrastrar, que conlleva sufrimiento y hasta enfermedades que llaman de origen desconocido. Un simple gramo de sabiduría sería suficiente para mirar allá donde señala la muerte, y actuaría como un revulsivo revolucionario en millones de espíritus que deambulan dormidos por los caminos del mundo.

Angelika había encontrado el amor a los cincuenta. Amor de antiguo, con adornos de pecado. Vivía en una casa alquilada de la Costa, acompañada de trece gatos tranquilos como una noche de agosto y conoció a un hombre casado. La chispa que dormía en el fondo de su corazón se encendió igual que un castillo de fuegos artificiales y decidió abandonar su refugio andaluz y volver a su tierra germánica, a construir allí su nido de felicidad, lejos de las dos vidas que habían sido la de ella y la de él. Creando, con la pasión de ambos, una nueva esperanza.

Con eficacia alemana empaquetó toda su historia, que arrejuntó en 45 cajas de cartón. En ellas durmieron pacíficamente bolsos de las mejores marcas, chaquetones de buena calidad, fotos de toda una vida, papeles y papeles, vestidos, adornos, joyas y un larguísimo etcétera de objetos reunidos con infinita paciencia y cariño. Los armarios del interior de la casa permanecieron llenos sólo de aire, salvo la ropa de necesidad diaria. Y, cuando fue a Alemania para preparar el viaje definitivo, todas las cajas se quedaron en la caseta de resina que había fuera de la casa.

Es curioso cómo hacemos planes infalibles para escribir un futuro a nuestra medida, un barco tan seguro como el más arrogante y firme de todos, en el que pensamos que navegaremos por aguas tranquilas, arribando a puertos construidos por nuestra imaginación, sin imprevistos, en una singladura eterna.

Angelika no contaba con el resentimiento que la infidelidad de un hombre puede generar en el corazón despechado de una mujer. Así lo contó. Alguien dijo que vio una figura femenina moverse entre las llamas, pero sólo era una sombra sin cara. La sombra de la venganza.

Cuando regresó de su penúltimo viaje a su tierra encontró cenizas donde antes había recuerdos y las lágrimas que derramó eran tan tardías que no podían hacer nada contra aquel fuego devorador de su pasado. Lloró impotente, porque su rival había demostrado ser más terminante que ella para derribar lo que había sido su vida. La había dejado sin apoyo y sólo le quedaban cenizas, de las que habían escapado las palabras que servían para nombrar la nostalgia de lo que ahora se había convertido en suspiros. Entre los restos halló el envase vacío de una laca ajena. De la laca de la rival.

Esta historia se rompe donde estalla el dolor por la pérdida de una identidad guardada en simples cajas de cartón. ¡Cuántos de nosotros imitamos a nuestra manera esa ansia por conservar aquello que arrastra el tiempo! Guardamos el aire vivo en una botella bien tapada, consiguiendo sólo que se vuelva rancio, en lugar de permitirle saltar como brisa por las colinas, acariciando la piel de la tierra.

Pero detrás del relato del corazón interesado puede ocultarse algún secreto que permanece invisible bajo la cascada de llanto. Una póliza de seguros que vence a la semana de quemarse tanto misterio guardado, rosario de encuentros con el mundo que hubieran escrito toda una biografía. Un envase de la otra, encontrado entre decenas de otros objetos ennegrecidos, sin que ninguna otra casualidad permitiera hallar las joyas que también estarían perdidas entre las reliquias del fuego.

¿No es posible imaginar una conversación cabalgando entre teléfonos y un puñal de reconciliación entre amante y esposa? Nos sorprendería cómo cambia nuestra escala de valores cuando las circunstancias hacen hervir nuestra sangre y el cerebro se dispara por mor del rechazo hacia aquello que es y que no queremos que sea.

¿Quién era aquella sombra de fémina que se hacía humo ante el observador de la noche? ¿Era la rival? ¿Podría haber sido la misma Angelika? Machacar el pasado con la fuerza del rencor es simplemente crear más pasado, proporcionar a los recuerdos el brillo fatuo de una nueva corona de dolor.

Ajenos a la historia retorcida que quebranta la mente de los seres humanos, los trece gatos retozaban por la casa que consideraban suya, sin que mediara en sus miradas otra cosa que el presente. El pasado y el futuro no eran asunto de aquellos pequeños felinos, inevitablemente fundidos en el instante.

El caballo y el jinete

La noche y el día se suceden con precisión mágica en la gran bola que rueda alrededor del sol, a 30 kilómetros por segundo, sin que ninguna de las criaturas que la pueblan se percaten de este detalle mareante y, mucho menos, que viajen a velocidad veinte veces mayor circunvalando el centro de la galaxia. Los animales irracionales reducen sus intereses a sobrevivir y procrear y los otros, los que se llaman a sí mismos racionales, hacen lo mismo, pero extendiendo sus motivaciones al campo oscuro de la psique. Es como si fueran animales psicológicos pastando pensamientos para nutrir a su conciencia y al subconsciente, que es el sótano de su mundo cotidiano.

El ambiente estaba impregnado del espíritu del aire, que se daba un garbeo por las calles de la ciudad saltando de esquina en esquina, como la luz que rebota en un estanque. El ánima estaba intrigada por el comportamiento de los seres humanos en su entorno tan excluyente, donde ningún otro animal puede alcanzar su estatus, por historia o por ley, y le invadía una gran perplejidad al contemplarlos por dentro y por fuera.

Era feria local nerjeña y los vecinos se habían lanzado a la calle en busca de alivio para su rutina diaria obligada por el miedo, combustible de demostrada eficacia en las relaciones entre individuos y entre grupos de ellos. Y entre naciones. Era difícil distinguirlos, debido a la intensidad de la tradición, que crea individuos como un churrero hace churros.

Un hombre iba sentado, muy ufano, a lomos de un hermoso corcel de raza andaluza, ricamente enjaezado, con amplia silla trabajada y manta de damasco, que ejecutaba al milímetro las órdenes que recibía con ligeros movimientos de pies o suaves tirones de las riendas. El jinete llevaba puesto su traje corto marrón, con su chaleco, su camisa de chorreras y unos tirantes. El pantalón largo y liso terminaba en unas botas camperas y unas polainas, como manda la santa costumbre. En la cabeza, un sombrero cordobés hábilmente colocado para deslumbrar. La gente que se amontonaba alrededor prorrumpía, admirada, en fuertes aplausos con cada uno de los ejercicios que, de manera aparentemente natural, realizaba el caballo, unas veces bailando y otras levantando las patas alternativamente en artísticos movimientos de ballet equino, realzados por el brillo de su piel de luna blanca, su cola suelta y su crin trenzada.

Detrás de aquella arrogancia se ocultaba un duro trabajo de entrenamiento con un maestro de doma y repeticiones forzadas de movimientos que no se correspondían con la naturaleza libre del noble animal. ¿Qué es lo que le impedía percibir la verdadera dimensión del trato que recibía de su amo? ¿Y por qué tenía que tener un amo?

Otros caballos, quizás menos afortunados, eran abandonados a su suerte en el campo por mor de la crisis que lo devoraba todo. Pero no está muy claro que su fortuna consista en ser domados por otro animal dotado de gran poder de comunicación. Si acaso sería ventura para su especie, protegida por intereses egoístas pero, al fin y al cabo, susceptible de prosperar en un entorno tan hostil como el construido durante siglos por el ser humano.

El perfume invisible se dirigió al alazán y se metió por su oreja izquierda. Luego se paseó por su cerebro y no encontró indicios de rebeldía y tampoco de resentimiento. Era verdaderamente sorprendente encontrarse con una criatura sometida a la voluntad de otra y que no aparecieran huellas de conflicto. Quizás se tratara de un caso de ceguera a la realidad; la realidad de los humanos. La violencia estaba por completo ausente, aunque se adivinaba, latente, el amor por la libertad, ahora sofocado por el humo de la sumisión impuesta desde la ignorancia del amo.

A continuación se adentró en el jinete por su nariz. Desde el principio se sintió removido como si viajara en el gusano loco. Los músculos estaban tensos y pudo distinguir contracturas y depósitos de anomalías sabiamente aisladas por el cuerpo en la piel y en lugares alejados de las entrañas vitales. Eran reservorios de conflictos pasados, depositados y no comprendidos que, a veces, interesaban órganos de relevancia, arruinando la salud de los infortunados sujetos. Continuó su exploración atravesando los pulmones, el corazón y las vísceras. Algunas de ellas se estremecían del placer propiciado por la vanidad y otras permanecían calladas, aguardando la caricia de la mirada que nunca llega. El hombre percibió en su interior un aroma peculiar y eso le hizo reparar por una milésima de segundo en sus bloqueos internos, hasta el punto de que se sintió extrañamente incómodo y, en un acto reflejo, tiró de las riendas, haciendo que el caballo se irguiera sobre sus patas traseras mientras babeaba espuma en su pugna con el bocado, lo que provocó el entusiasmo de parte de la audiencia urbana, mientras el resto retrocedía asustada. En el siguiente instante el animal pareció cobrar conciencia de su estado, tras la visita de la fragancia del viento, y coceó repetidamente al vacío, consiguiendo finalmente que el caballero cayera de bruces en el suelo. Su crin reflejaba los siete colores del arco iris y lo siguiente que se oyó fue el sonido de un galope decidido, cuando el caballo abandonó el lugar buscando la puerta de la libertad.

El jinete, que ya no lo era, yacía tumbado y con la mirada extraviada. Le había abandonado la arrogancia, sustituida por la ira contra la rebelión de su dócil esclavo. Al incorporarse se sintió ridículo, enfundado dentro de su avaricia de apariencia y alzando los brazos en petición de ayuda para recuperar al animal.

La policía local realizó un notable despliegue de efectivos dada la notoriedad del caballero infeliz, pero resultó totalmente inútil. Nadie supo dar norte del paradero del animal huido. Era como si se hubiera convertido en humo y se confundiera con alguna de las escasas nubes que volaban ligeras por encima de la ciudad. El perfume viajero se regocijó con las nuevas y luego se sumergió otra vez bajo la piel del jinete frustrado, donde sintió con fuerza la desconcertante soledad de una criatura que podría ser libre con tan sólo tener la intención de serlo. Totalmente poseído por sentimientos encontrados, su actitud era dictada por ellos, advirtiéndose que en su interior era únicamente un muñeco movido por los hilos de las rutinas. Algo como un gas avisador le acariciaba por dentro, llamando su atención hacia las profundidades de su ser, donde tiene la nada su residencia, pero la vencía su soberbia, aisladora y destructiva.

El público había sido testigo de dos estampas con el mismo protagonista y su admiración se había convertido en tristeza. No se preguntaban si aquello que ocurría ante sus ojos era un simple reflejo de sus propias vidas, de las cuales huían ellos centímetro a centímetro, para no ser tocados por la verdad que hay en cada instante. Eran espectadores y aquello era un espectáculo, primando la separación que siempre acompaña a los humanos en su tránsito monótono por la existencia.

Mientras, el perfume curioso observaba cómo la esencia de lo anónimo continuaba asomándose a la ventana de sus vidas, sin que llegaran a percibir la más mínima pizca de su frescura. Una brisa extraña hizo girar hacia el cielo las cabezas de jinete y espectadores. El infinito les obsequió con el intenso color azul de las praderas del firmamento, donde, invisible para ellos, un caballo galopaba, libre, entre los rayos del sol de la mañana.

A la vuelta de la esquina

El hombre estaba tirado con la espalda apoyada en el suelo. Acababa de abrir los ojos y tenía frente a él varias caras que gesticulaban y le miraban alarmadas. Una de ellas movía los labios y emitía sonidos que no alcanzaba a distinguir. Otra le levantaba la cabeza con suavidad y la movía lentamente de arriba abajo, quizás asegurándose de que sus funciones vitales continuaban vigentes. Todo lo que le rodeaba le parecía desconocido y, al propio tiempo, familiar, semejando una paradoja de lo imposible. Al principio eran sólo figuras, que igual podían corresponder a un animal terrestre que a un ave exótica. Poco a poco se revelaron como de la misma especie y, más adelante, sencillamente como seres humanos. Entre ellos estaba su amigo de siempre. Su único amigo. A pesar de este proceso de reconocimiento paulatino, no alcanzaba a entender lo que podrían representar aquellos sonidos, evocadores de un idioma de gente foránea. En su cerebro tampoco se formaban palabras y lo recogía todo como nuevo, sin que apareciera un mecanismo de interpretación que le permitiera contrastar la información recibida con alguna otra referencia del pasado. Todo cuanto le rodeaba se manifestaba envuelto en una fantástica luz azul con destellos dorados. Era la visita del otro lado.

Una hora antes, David estaba muy preocupado con la puntualidad. Tenía que acudir a una cita importante y no era de su agrado llegar tarde y, mucho menos, hacerle perder el tiempo a nadie. Curiosamente, una vez llegó diez minutos antes a otra cita y le llamaron la atención. Llegar antes no era puntualidad, sino descortesía. Y en otra ocasión, por los mismos diez minutos, pero tarde, recibió una reprimenda de muy señor mío. Por eso había decidido que siempre llegaría antes, pero no se presentaría en el lugar hasta el momento fijado, con independencia de la respuesta de la otra parte. Era su responsabilidad, no la de los demás. Ese día iba con lo justo. No había medido bien los tiempos y el reloj le regateaba esos cinco minutos que siempre nos sobran en otras partes de nuestra vida. Y el tráfico. Otra barrera. Estaba horrible. Un monstruo pegajoso que no le dejaba acelerar por las avenidas que le separaban de su meta.

Apenas hacía diez días hubo bronca en su casa. La niña había llegado bastante más tarde de lo que permite la prudencia, cuando lo que te pide la noche es que te metas en la cama y te reconcilies con las sábanas. La madre, que la había esperado desesperando, sentada en una mecedora a la que hizo varios kilómetros de mecidas interminables, no tenía cara de buenos amigos. El miedo a lo imprevisto había mantenido su ansiedad a buen recaudo, encerrada en el baúl de la preocupación, pero cuando la vio sana y salva no pudo evitar que se desbordara el río de los reproches y blandir la espada del castigo reformador. La hija no entendía tanto alboroto. Total, por nada. Y David cometió la torpeza de mediar en una trifulca que por sí misma se hubiera volatilizado, consiguiendo sólo que la artillería de una madre incomprendida girara los cañones en su dirección. El resultado se alojó en el estómago del padre, donde se enquistó toda una semana con forma de tormentas y rayos.

“No es para tanto. Piensa que tenemos que dejarle espacio para que se encuentre a sí misma” – decía con cierto acento filosófico, mientras le venía a la mente una pregunta que siempre aparecía en circunstancias parecidas. ¿Cuándo había empezado ella a coger kilos?

“¡No has comprendido nada en estos años! Tenemos que ser una sola voz ante nuestros hijos. Esa postura tuya sí que la desorienta” – la madre no dejaba de tener sus razones. “Tú eres un egoísta que sólo piensas en ti mismo. ¡Así vamos!” – y dejó de hablarle. Vamos, que durante los días siguientes fue invisible para su mujer. Se acordó de su querido medio metro de esperanza, atascado en las zarzas del camino ante el pánico que le producía que se prolongara la situación demasiado tiempo, como aquella vez.

Y el año anterior fue de aúpa. A punto de perder su trabajo, se pasó muchas noches en blanco tratando de encontrar salida al atolladero económico que se le presentaba. Recurrió a los amigos, a los conocidos y a los enemigos. A la familia. La hipoteca vencida era un fantasma fiero que le encogía las tripas. Y los plazos de cosas compradas por la necesidad y el deseo. Fueron batallas sordas que minaron su confianza en el prójimo. Tras un mes de desasosiego, el túnel negro en el que se había metido le ofreció un rayito de luz, del que tiró como una cuerda divina, consiguiendo llegar al otro extremo para tomar aire fresco. Era la luz celeste, que le visitaba. Se prometió a sí mismo no volver a perder el norte y estar alerta a lo que es y a lo que viene. No permitir que el amor propio se adueñe de tus destinos y aparcar lo superfluo para siempre.

“He comprendido el verdadero sentido de la vida” – le contaba al amigo que le quedaba, de inclinaciones metafísicas y pensamiento abierto. “Lo único que está a mi alcance es medio metro de futuro y he decidido barrerlo y fregarlo todos los días”.

“Una cosa son tus intenciones y otra la realidad. Cada vez que andes por ese medio metro serás otro distinto, un desconocido del que te harás amigo para que no te mate, porque hacerlo sería suicidar a tu pasado. Y no quieres ser ese hombre nuevo. Sólo sobrevivir nadando en la rutina” – era el hombre un poquillo galimatías. Nunca había estado seguro de entenderle del todo.

Diez años atrás se produjo un encontronazo con su mujer. En realidad no sabría decir qué había iniciado la discusión porque tampoco le importaba demasiado el tema. Pero tuvo la debilidad de justificar y contradecir, aunque fuera con la levedad de una pluma desprendida durante el aleteo de un pajarillo. Y es que la recámara de la mente está cargada con dinamita de calidad, alimentada y almacenada por tantos pequeños detalles que se nos escabullen en nuestra relación con lo más próximo. El caso es que la ofensa tuvo que ser gorda, porque ella estuvo sin hablarle durante cinco años. Cinco años de estupor, desayunando, almorzando y cenando en silencio. Y durante ellos recibió varias visitas celestes. Cuando quedó atrás esa historia alucinante hubo algún momento en que hasta añoraba la soledad del ser incomprendido, esos ratos durante los cuales se asoma a la ventana de tu conciencia el ángel de la libertad.

“Cariño. Tenemos que mirar juntos qué instituto le viene mejor al mayor” – decía ella, como si nada hubiera pasado. Él se quedaba atónito. No terminaba de entender el misterio de la mente humana. La mente humana de los demás, claro.

A los veintitantos había completado sus estudios de periodismo, con algún curso repetido, compatible con música, juerga y cachondeo. Su amigo de la niñez le había anunciado que la luz volvería. Efectivamente, algún que otro atardecer las estrellas que anunciaban la noche se iluminaron igual que un árbol de navidad del que colgaran adornos embrujados con reflejos de la lucecita celeste, que pugnaba por encontrar sitio en su vida desordenada. Un trabajito apañado y momentos de euforia mística, alumbrada por gurús de oficio calculado, completaban el cuadro vital de nuestro protagonista, que terminó por rendirse a la tradición familiar cambiando todo aquel capital efímero por una novia que se convirtió en esposa y madre de sus hijos. Un tren sin estaciones intermedias. El viaje transcurrió igual que el tránsito del viento por un laberinto de altas paredes. Caminaba y veía muros y cielo. Un cielo inalcanzable. Sus ojos no alcanzaban a percibir muy lejos adelante en el tiempo. Salía de un apuro y entraba en otro, remendando los errores con hilo de tiempo enhebrado en una aguja de inconsciencia.

Su cumpleaños número quince estuvo lleno de esperanza y de ilusión. En esa época leía relatos de antiguas historias llenas de fantasía y también aventuras de ciencia ficción, evocadoras de mundos desconocidos habitados por seres de los reinos del bien y del mal. El alma se le llenaba de descubrimientos que tenía por reales. Ahí fuera esperaba un mar inmenso deseoso de ser surcado para llevarlo a los lugares más increíbles. Eran momentos en los que explosionaba su optimismo coloreado de estallidos azules. No sabía entonces que la exaltación de aquellos años era un regalo que no se repetiría. Se lo decía su amigo.

“No eres consciente del estado casi sagrado que te embarga. Deberías mirar con mayor atención los mensajes callados que te ofrece la naturaleza y entregarte a ella antes de que te abandone por completo la inocencia” – era un auténtico muermo. Llevaba aguantando sus monsergas desde tanto tiempo como alcanzaba su memoria. Pero le tenía afecto porque, en el fondo, no buscaba mal alguno para él.

Cuando era niño solía jugar con su amiguito. Eran instantes de intenso júbilo, delatado por una risa infantil que todos celebraban, contentos de que, a pesar de estar casi siempre solo, le acompañara constantemente la alegría.

“Míralo. Ahí lo tienes inventándose amigos invisibles. Es un verdadero encanto” – decía una de sus tías al contemplarlo hablando con nadie. Él solía mirarlos sorprendido porque no vieran a su amigo de siempre. Verdaderamente, los adultos eran increíbles. Negaban lo que tenían delante de sus ojos.

La hora anterior al presente estuvo plagada de inconsciencia. Su mente estaba completamente ocupada con la idea de cumplir con la cita prevista y cualquiera que hubiera estado cerca lo habría clasificado como un robot de carne, absolutamente absorto en el objetivo que le marcaba su ansiedad. No se percató de la presencia de aquel pedazo de camión que pedía paso por su derecha, perdido el control por el fallo de los frenos. Su coche dio varias vueltas que ni siquiera sintió. ¡Qué cantidad de vida desperdiciada! Cuando terminaron las volteretas y se quedaron inmóviles él y el vehículo, varias personas acudieron para sacarlo. Eran caras anónimas. Quedó tendido boca arriba, hacia el cielo que tanto tiempo había ignorado. Su amigo lo miraba y movía la cabeza y las manos. Se estaba despidiendo. Ya no quedó nadie que pudiera reconocer. Y fue visitado de nuevo. La luz celeste lo penetró y envolvió con suavidad a su cerebro, a su corazón y a su estómago, que volvieron a funcionar como cuando era niño, esos años en los que no te muerde el dolor y ni siquiera notas que haya algo que duela. Todo su sistema de percepción fue limpiado con el simple roce de la luz. Y para él se manifestó una realidad viviente, una inmortalidad que no puede ser descrita, sólo entendida en la plenitud de la propia acción individual. La experiencia de la auténtica individualidad y la comprensión de lo verdadero. A partir de esa esa fuente eterna quedaron atrás el conflicto, la división y la rivalidad continua.

Se incorporó tranquilamente, provocando el asombro de cuantos le rodeaban. Luego los miró y no supo qué hacían allí. El siguiente paso y el siguiente, y el siguiente del siguiente, fueron un movimiento siempre renovado. Su familia lo encontraría, pero ya no tenía familia. Sencillamente viviría cada segundo como un único segundo, ajeno por completo a lo que había sido, integrado en los latidos del corazón de este universo. Y después trascendería el tiempo, eco del gran impulso que lo empuja todo en esta realidad, adentrándose en la nada que genera la luz creadora, más allá del principio de cuanto conocemos.